drogas

 

Por Andrés Hoyos

Yo pensé que a Juan Manuel Santos no le quedaba gasolina para intentar un viraje en la guerra contra las drogas y estoy feliz de haberme equivocado.

En esta materia la participación de un presidente en ejercicio es insustituible. Hace décadas que personas de muy diversa procedencia defendemos la necesidad de reducir el daño producido por las drogas –en realidad el grueso lo produce el narcotráfico, no las sustancias en sí– tratándolas como un problema de salud pública y de proceder a la legalización progresiva de todas las sustancias prohibidas, bajo un régimen de suministro controlado para adultos que, además, imponga a la venta altos gravámenes que ayuden a financiar la acción restaurativa del Estado. Pero una cosa es la opinión de una minoría creciente que, por ejemplo, ya es mayoría en Estados Unidos para la marihuana, y otra muy distinta que un jefe de Estado pida un viraje (varios lo han pedido cuando salen del gobierno). El presidente representa a la sociedad y por lo mismo su mensaje tiene gran calado. Tanto es así, que el prohibicionismo acaba de entrar al debate electoral colombiano de cara a las presidenciales de 2018.

Es paja que la guerra contra las drogas se haya emprendido para defender la salud de la gente. Siempre se basó en prejuicios raciales, como lo reconoce aquí (bit.ly/2hmz6jW) John Ehrlichman, alto asesor de Nixon en los tiempos en que se declaró la fatídica guerra, y en mitos, el más persistente de los cuales consiste en temer que la permisividad conduzca a epidemias de abuso. Los propios americanos, fuente ideológica del prohibicionismo, se han encargado de demoler este mito. La nicotina no solo es una droga muy peligrosa, sino que hay pocas más adictivas. No es ilegal porque ni al más Trump se le ocurriría meter a cárcel a millones de fumadores. Pues bien, en 1965 el 43 % de los adultos en Estados Unidos fumaba; para 2014 la cifra se había reducido al 16,8 %, un poco más de la tercera parte. Aunque los fumadores todavía son muchos, fumar ya no es cool y la reducción del consumo del tabaco justamente en USA demuestra que no es necesario prohibir una droga peligrosa para desestimular su uso.

Nada impide replicar el enfoque del tabaco con las demás drogas, una vez legalizadas. Esto tumba el argumento de que quizá esté bien legalizar la marihuana, pero no las demás. Todas pueden hacer parte de un esquema razonable, considerando sobre todo que la alternativa ha producido 186 mil muertos en una década en México, atribuibles a la prohibición, mientras que el conflicto colombiano, incomprensible sin el dinero del narco, trajo 220 mil muertos, además de todo lo demás.

En últimas la guerra contra las drogas que defiende la derecha colombiana e internacional es una forma de abyección. ¿No nos queda más remedio que ser abyectos? ¿Estamos condenados a matarnos para satisfacer los prejuicios del míster?

Hagamos, por lo menos, lo que hizo California, un estado con 39 millones de habitantes y cinco y media veces el PIB de Colombia: legalizar la marihuana. Después se verá que, más que posible, es deseable proceder con el resto de la farmacopea. Un principio liberal dice que, para evitar causar sufrimiento inútil, el Estado no se debe meter con la vida privada de la gente, sino a lo sumo con las posibles consecuencias públicas de los abusos que ocurran en ella.

Es hora de ganar la guerra imposible contra las drogas, abandonándola.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

Anuncios