troglodita

Por: Andrés Hoyos

Ya habrá tiempo para examinar los yerros de quienes no supieron (no supimos) prever los descalabros electorales de este fatídico 2016.

Hablo de aquellos que, sin ser protagonistas directos y a veces desde una perspectiva liberal, se inmiscuyen en los procesos electorales: los intelectuales, los encuestadores, los medios, los columnistas, los académicos y en general los grupos que de una u otra forma pretenden orientar a los votantes. Sí, no ha sido fácil calibrar la fuerza de este leviatán repotenciado, el populismo, encarnado por lo general en un caudillo hábil, que tiene una comunicación casi física con la gente. La victoria de Donald Trump fue, claro, el golpe de gracia.

Sea lo primero desechar la imagen de “yo no fui” que ahora quiere proyectar el escurridizo presidente electo. Obviamente que no podrá aplicar la totalidad de sus propuestas de campaña aunque solo sea porque generarían una catástrofe económica que empezaría en los propios Estados Unidos. Basta, sin embargo, con calibrar un par de los responsables que ha puesto a cargo para ver lo que viene pierna arriba. La estrategia de Trump la va a manejar Steve Bannon, un extremista conocido por sus ideas racistas y su paranoia. En la Agencia de Protección Ambiental (EPA por su sigla en inglés), puso a cargo de la transición a Myron Ebell, quien más que un negacionista recalcitrante, ha sido un provocador. Trump también ha insistido en que nominará a la Corte Suprema de Justicia candidatos dispuestos a revocar Roe vs. Wade, o sea a convertir el aborto en un delito otra vez en gran parte del país.

Hay que insistir en que Trump no ganó las elecciones tanto como Hillary las perdió. No digo esto para cuestionar la legitimidad institucional de la elección, que es clara, sino para calibrar la fortaleza del mandato. Si se comparan las elecciones de 2016 con las de 2008, las últimas en las que la noción de cambio fue central, Trump obtuvo 9,4 millones de votos menos que Obama, cantidad que equivale hoy a 9,8 millones si se tiene en cuenta el aumento de la población en edad de votar. Esto implica que el mandato de Trump es débil. Cierto, tiene una base social incuestionable entre las personas blancas, más que todo entre los hombres menos educados, pero en el resto de los sectores tiene muy poco apoyo, así su contrincante no haya sido capaz de capitalizar el rechazo que allí produce Trump.

Ahora bien, una cosa es ser el outsider en una campaña, el nuevo matón del barrio, y otra muy distinta presidente de Estados Unidos. El outsiderpuede alzarse de hombros ante las críticas, el presidente no. Algo me dice que, dada la importancia de lo que está en juego, vienen más marchas y más activismo exaltado en Estados Unidos. ¿Lograrán estos fenómenos descarrilar en algo las políticas más peligrosas de Trump? No se sabe. Lo que sí se sabe es que el propio presidente electo lo teme, porque de otro modo no estaría haciendo contorsiones retóricas y echándose para atrás en la mitad de las locas propuestas que hizo cuando todavía era candidato.

Si los gringos se alzan de hombros, el troglodita, junto con la banda de trogloditas que está reclutando, podría causar estragos gigantescos que afectarían al mundo entero. Veremos si sus compatriotas lo dejan o no. Los extranjeros, claro, nada pintamos en este horroroso panorama.

Posdata: el nuevo Acuerdo de Paz suscrito entre el Gobierno colombiano y las Farc es más que razonable y debe implementarse ya.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes