huelga

Por Dulce María Tosta

El llamado a huelga general realizada por la dirigencia de la MUD tiene antecedentes que vale la pena analizar, pues rompe el hilo de ineficacia que era característica de las acciones de esta confederación de partidos políticos.

Si bien lo deseable era que la huelga fuera indefinida hasta lograr objetivos preestablecidos, a ésta no le podemos negar el mérito de ser la muestra de un cambio de actitud forzado por el instinto de supervivencia política de los que pretenden liderar la oposición venezolana.

Hace unas semanas empezó a flotar en el ambiente la idea de que la gente no seguiría acudiendo a las anodinas (en sus dos acepciones) convocatorias de la oposición oficial. Lo acaecido el 1° de septiembre hizo que aun los más lerdos empezaran a sospechar la existencia de arreglos y componendas entre el régimen y su contraparte; un patético Chúo Torrealba llamando a la pronta disolución de la multitudinaria manifestación e invitando a un cacerolazo para esa noche, era más de lo que la ingenuidad política del venezolano podía soportar.

El aguacero de preguntas sin respuestas se convirtió en diluvio universal: ¿Por qué se rehúye la nacionalidad de Maduro? ¿Por qué la Asamblea Nacional no se encrespó ante la violación de sus competencias con el caso de los diputados de Amazonas? ¿Por qué aceptó cohabitar con una Sala Constitucional que era una evidente versión judicial de la autoridad paralela? ¿Por qué se reunieron a escondidas, entre gallos y medianoche en República Dominicana? ¿Por qué el G4 de la MUD se considera con derecho a decidir, vía conciliábulo, lo que debemos hacer todos los venezolanos para superar este desastre?

Cada día se estaba haciendo más fuerte la convicción popular de que la MUD era el bombero del régimen o, en otras palabras, el ministerio de catarsis del chavismo. Cómo no pensarlo, si cada vez que el barómetro de la opinión pública marcaba en rojo convocaba a una actividad ineficaz que terminaba en desencanto y tristeza, en la angustiada convicción de que el régimen era el dueño de todas las victorias y el pueblo el de todas las derrotas.

De manera más que ladina se nos plantearon dos opciones: pacífica aceptación de una realidad no deseada, o muerte violenta; de manera muy similar a como presentó su problema Santos en Colombia (paz o guerra), aquí se nos vendió la idea de que la supervivencia pasaba por las horcas caudinas de la sumisión, que aceptábamos las decisiones del status quo opositor o nos ahogábamos en sangre, con lo cual se trató de provocar una interrogante interior: ¿Para qué luchar por la vida, si en la lucha resultaremos muertos?

Los que pretenden monopolizar el poder, bien desde el gobierno o desde la oposición, tienen buen cuidado de no mencionar el poder popular, el poder de la gente común, de esa que viaja en autobús o se apretuja en el Metro durante las horas pico, de la que tomó el Cuartel de la Policía Militar el 7 de septiembre de 1958, o acudió valiente y decidida al llamado de las campanas eclesiales el 21 de enero de ese mismo año.

Mas no por no ser nombrado, ese poder ha dejado de existir aquí o en otras partes. Se mostró en las hermosas jornadas de Gdansk, bajo el inspirado liderazgo de Lech Walesa en 1980; en la revuelta de Haymarket, en Chicago, que dejó treinta y ocho mártires sobre el pavimento, pero logró su cometido laboral; en la Marcha de la Sal, en India, precursora de la desobediencia civil y de la liberación de la tierra de Ghandi; en la Revolución Naranja, como se conoce la protesta popular ucraniana de 2004, ante un fraude electoral inadmitido por el pueblo; en la Primavera Árabe, mucho más cercana en el tiempo, que se iniciara en Túnez en 2010 y aún se muestra en la guerra de Siria.

El 28 de octubre de 2016, le toca a los venezolanos de hoy demostrar que no somos distintos, ni en nuestros genes ni en nuestras esperanzas, a los que marcharon desde los comederos de Achaguas y desde los morichales de Apure hasta la llanura de Ayacucho; que seguimos siendo un pueblo rebelde, amante de la libertad y que entiende, desde las profundidades de su tragedia actual que, como dijera el Secretario de Estado estadounidense Alexander Haig (1981), «Hay cosas más peligrosas que la guerra y cosas más importantes que la paz».

Todos en casa, todos en armonía, todos con esperanza.

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