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Por Andrés Hoyos

Soy padre tardío, y la madre de mis hijos y yo no queremos que aprendan a ser vengativos. Los días que corren van a ser esenciales en ese aprendizaje. El mensaje que el mundo nos manda es: dejen ya la mezquindad.

La semana que acaba de pasar es la más dramática que yo recuerde en mis 62 años de vida, apenas equiparable a la segunda de noviembre de 1985, cuando el M-19 se tomó el Palacio de Justicia y las instituciones del país iban saltando por los aires.

La noche del domingo y todo el lunes Uribe, el jefe indiscutible del No, salió en CNNE en la entrevista que Fernando del Rincón, personaje fugado de Fox News, le ofreció a manera de tapete rojo, o en Semana con la más ufana de las sonrisas. Todo lo llevaba a uno a pensar que el senador se acababa de ganar el Baloto y no que había puesto en entredicho el más exitoso proceso de paz adelantado nunca con las Farc. Era un triunfo que nos tiraba a muchos al piso.

Bastaron cuatro días para que el flujo de la marea diera un giro de 180°. Uribe, con afán inusitado, le pidió al presidente Santos una cita, la cual le fue concedida. Llegó puntual a Palacio el miércoles a las 11:30 a.m. con su largo memorial de agravios y durante cuatro horas lo presentó. A poco de salir él para su casa, se armó en el centro de Bogotá la marcha estudiantil más grande del último cuarto de siglo y después del atardecer la Plaza de Bolívar estaba llena a reventar y la gente desbordaba hacia el norte por la Carrera Séptima. La noticia del día no fue la visita de Uribe a Palacio ni su memorial de agravios, sino la marcha de los jóvenes, porque marcha mata cantaleta. No sobra recordar que para cualquier político con la mira puesta en las presidenciales de 2018, la oposición masiva de los jóvenes es una pesadilla. En simultánea, Juan Carlos Vélez dio —¡y promovió!— su ya célebre entrevista harakiri a La República, desnudando de inmediato las mentiras y manipulaciones del No. El viernes en la madrugada se anunció desde Noruega que Santos había ganado el Premio Nobel de la Paz. El mundo nos decía: colombianos, durante 200 años ustedes han manejado mal su convivencia, no ignoren ahora la oportunidad de mejora que les ofrece la paz.

Este domingo la última encuesta de Datexco para El Tiempo reveló un cambio dramático en favor de la paz. Como es una encuesta comparativa y tiene la misma metodología y el mismo cuestionario que la de julio de este año, su validez es sólida. Implica un obvio peligro para los enemigos del proceso de paz. Ante todo esto, Uribe archivó su memorial de agravios y presentó una propuesta casi sensata que, por lo mismo, deja colgados de la brocha a los partidarios radicales del No, dígase Alejandro Ordóñez. Nadie que no desee autodestruirse políticamente quiere aparecer ahora como el más duro enemigo del proceso de paz. Las propuestas que hace Uribe implican que descartó de plano dilatar la solución hasta 2018. El gobierno y las Farc, con incorporar una parte de lo que propone el expresidente, están al alcance de un acuerdo viable.

La que parecía una batalla política se ha convertido en una batalla moral. Es cierto que el No triunfó el 2 de octubre, pero la insostenibilidad ética de la postura metió a sus proponentes en líos. Esperemos que en las próximas semanas la mezquindad sea depuesta del todo y que al final sea posible dejar atrás 52 años de guerra, muertos, masacres, secuestros y otras lindezas que tan esquiva hacen nuestra convivencia.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes