Mazzucchelli_EntreHermesylasoberania

Por Aldo Mazzucchelli

Hermes, el dios griego, es una figura conectada al entre. A lo que media o está entre las cosas. Así, ha regido desde los tiempos homéricos las comunicaciones y el comercio. Hoy le llamaré Hermes a lo que sea que está entre sistemas diferenciados. Y me gustaría observar que ese hermético entre se ha vuelto importante al pensar los problemas que tenemos, por ejemplo, en la educación. Ese “problema de la educación” como dicen tantos sociólogos y políticos con cacofónica insistencia, está ligado con estos asuntos de Hermes, y con la relación entre lo local y lo global. Muchos otros asuntos se pueden organizar y pensar partiendo de esta figurita mitológica

La información está en el aire que vibra por la voz, en la luz que comunica a través de los ojos, en la vibración de los pies que alertan la víbora, en el rebote de las ondas de ultrasonido que sirven de orientación al vuelo del murciélago. Al hablar, el aire de afuera vibra en ondas creadas por el aparato fonador. Por un instante el caos se modifica, un efímero entre es creado y enseguida destruido, al servicio de dos sistemas particulares que se comunican. Esa es una de las notas esenciales de aquel simbólico Hermes antiguo, lo intrínsecamente mutable, mercurial: ese ser y no ser intercambiable, ese deshacer momentáneamente el caos para luego restituirse en caos; ponerse un instante al servicio de, sin convertirse en eso tampoco; esa capacidad de ordenarse y desordenarse por instantes. Hermes también rigió, como su abuelo egipcio Toth o Teuth, la escritura: modificar la materia (un papiro, una tableta de arcilla, un papel) de modo que la luz reflejada se modifique peculiarmente sobre ella, y gracias a un proceso sistémico de aprendizaje de toda una especie, dé lugar a la recuperación de mensajes a través de tiempo y espacio por parte de cualquier individuo de esa especie. También se le asignó a Hermes la cobertura divina de los ladrones y engañadores de toda clase, pues por supuesto el robo consiste en tomar una cosa de un entorno y pasarla a otro a través de un entre. Algunas encrucijadas y cruces de caminos domiciliaron, en la antigüedad, una estatuilla de Hermes, recordatorio de que el momento de decisión implica comunicar internamente una experiencia actual con una posibilidad futura. Al regir toda conectividad, Hermes ha sido también el símbolo del pensar, la lógica, la metáfora y el humor, y también de la mentira y el fraude. Hermes ha sido una figura aérea, es decir, conectada con lo que se mueve continuamente, inasible y cambiable sin descanso. Se lo representó con alas de oro en los tobillos, mediando entre dioses y hombres en la batalla, o pastor y patrón de toda trashumancia, “conductor de rebaños” como lo llama ya un himno homérico del siglo sexto, pues los rebaños no viven quietos sino entre unas pasturas y otras; pero también inspirando sueños, y funcionando a veces como la posterior voz angélica de la conciencia. El caso es que Hermes ha sido desde antiguo un viento que todo lo barre. Y ha sido, para no olvidar este detalle, ese famoso barquero sombrío, comunicador del más acá y más allá, el Hermes Psicopompo que te lleva y, acaso, te trae. Este último Hermes está sirviendo hoy como enterrador para las culturas locales. ¿Cómo? Debido a que determinada intensidad y vastedad de información, contemporáneo viento hermético convertido en tormenta, tiene como consecuencia la transformación de esa frontera entre sistemas (el sistema cultural e imaginario “nación”, y como consecuencia el sistema de “información nacional” y el sistema de la “educación nacional”, entre otros). Más aún: eventualmente, la incapacidad para procesar la información desde un sistema soberano termina amenazando la supervivencia misma de los sistemas mencionados.

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Es así que el Uruguay, en tanto sistema (social, nacional, cultural, humano), está afectado muy intensamente por un fenómeno que llamaría de dispersión digital. Ese fenómeno disuelve o complica la capacidad del sistema para distinguir entre su adentro y su afuera, y para manejar su “observación de segundo orden”. Es decir, para entenderse como entidad relativamente independiente en relación a ese entorno, y para definir políticas acordes a la reflexión que haga sobre sí mismo en tanto entidad autónoma. Nuestro imaginario, nuestro debate público, y todo lo que es afectado por ambos, incluyendo maestros y alumnos, sufre las consecuencias. Es así que, por ejemplo, todos los días vemos confundidos los objetivos de la educación pública nacional, en tanto integración de los ciudadanos a un imaginario particular, con los objetivos de un sistema global, como el de las TIC. Pues “inclusión digital” es un objetivo confuso, que tiene un costado social, y otros de consumo. Sin embargo, a menudo se lo emplea como si fuese un objetivo educativo nacional legítimo. ¿Es posible que esta confusión sistemática sea una causa principal de la llamada “crisis educativa”? ¿Qué pasa si algunos aspectos clave en la relación sistema-entorno, relación que definía una cultura, son barridos por el viento de la información, de modo de que los miembros de un antiguo sistema comienzan a no distinguir más esas fronteras que los definían en tanto tales? ¿Cómo es posible educar en el Uruguay si la gente no existe más en él? ¿Qué, quién, es ese Uruguay que pretende educarse? Nada en el mundo de la comunicación está ya en su mano, no porque se lo hayan robado, sino porque lo ha entregado todo al renunciar a tener políticas sistémicas coherentes desde un punto de vista estratégico como comunidad. Hoy no tenemos políticas de soberanía. Y me temo que ni siquiera tenemos conciencia colectiva de que tal cosa podría discutirse, poniéndola en la agenda común.

El “sistema global”, mientras tanto, funciona a su modo, y ese modo es adecuado a los intereses de los “líderes globales”, sea esto lo que sea. Preguntas obvias no son formuladas en este país. Por ejemplo, ¿Deben todas las naciones, nacionalidades, grupos humanos, aceptar que el viento digital los iguale y mezcle en una sopa mundial indiferenciada? ¿No es posible que se acentúe la resistencia de las culturas locales, de modo de generar una dialéctica cultura global -culturas locales que enriquezca a ambas?

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Algunos síntomas de lo que pasa son muy conocidos. Licuefacción de culturas y unidades nacionales, y concentración y alejamiento de los centros de decisión (tanto políticos como económicos y comerciales), los que se van convirtiendo más bien en centros de control; disolución de las culturas locales en una cultura y pensamiento único y global (menús discursivos iguales, a disposición de todos, sobre la diversidad, el género, la “democracia”, la “horizontalidad” creativa; una neomoralidad aparente y flechada sobre las minorías “raciales” que reinstaura las políticas de raza, intocabilidad del mercado, incluso en la asignación de recursos culturales, al tiempo que se critica la misma política que se impulsa, etc.); mundialización del consumo y el entretenimiento; políticas de “inclusión financiera” (te controlo más para que sigas financiando a mi burocracia y a mis clientes electorales, pero te hago creer que es una obra social la que hacés al pagar más); internacionalización y concentración de la información a través de internet y el cable; avance de la mundialización en las cuestiones jurisdiccionales del derecho internacional. He nombrado seis o siete asuntos que se conectan con el debate educativo, con la imposibilidad actual de educar de acuerdo a pautas sistémicas correspondientes a un tiempo histórico anterior. Hay otros, pero en cada uno de ellos se puede percibir un relampagueo del problema masivo y de fondo que ningún gobierno nacional o local puede resolver, salvo que pueda al menos vagamente formularlo.

Es cuando colapsan sus símbolos de diferenciación soberana, que el sistema educativo entero colapsa. De momento, los estados y gobiernos hacen lo que pueden por mantener algún rol para sus símbolos desempleados. Ejemplo ínfimo: la bandera, el escudo, el ser abanderado, son otras tantas antiguallas tiradas a la calle a ver qué se puede regatear sobre ellas. Lo mismo que le pasa a los abanicos, peinetas y fonógrafos en la feria de Tristán Narvaja, le pasa a los otrora llamados “símbolos patrios” en el imaginario local: perdida su función, caen en un mercado persa donde se los negocia transitoriamente. Un gobierno decidió eliminar de la vista el escudo del país y reemplazarlo por un sol gris. A la vuelta de diez años, los abanderados en las escuelas públicas, que hace mucho se votan, ya enfrentan a padres y estudiantes con maestros, pues hay amplias resistencias a que su elección tenga cualquier relación con la excelencia en el aprendizaje. Hace tiempo que algún meme global ha logrado presentar excelencia como algo opuesto a democracia e inclusión, y bastante gente repite ya esa idiotez, que va directamente en su contra, obedientemente.

Como los puestos de abanderado meramente se votan, la corrupción política de ínfima escala ha aparecido: hace unos años una madre compró votos de niños para que apoyasen a su hija como abanderada, a cambio de hamburguesas de McDonalds. Ese es el destino de los símbolos de cohesión cultural y comunitaria cuando el viento global sopla.

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Es en este panorama contemporáneo que el Uruguay quiere educar. Las risas que le tiene que provocar la idea misma a cualquiera capaz de ver aunque sea parte de este asunto de modo panorámico, son trágicas. ¿Cómo puede un Estado de matriz moderna, tomado hasta los huesos por ideologías corporativas estrafalarias y completamente fuera de su época, que no tiene casi ningún poder sobre el poder hermético de la tormenta digital que atraviesa las culturas locales mundiales, educar a alguien –siempre que educar se entienda como comunicar una cultura soberana, educar en la pertenencia a un sistema independiente hasta un punto digno, de todo lo anterior? Educar es, hasta cierto punto, incidir con las propias ideas en la comunicación. ¿Incide el Uruguay como comunidad en algo de la comunicación que lo inunda? ¿Es deseable esto? ¿En qué medida? ¿Tiene sentido, al menos, que estas cosas se incorporen a la agenda de discusión educativa masiva, de la que están ausentes?

Sus ciudadanos, incluyendo a sus estudiantes y a sus maestros y profesores, están, a los tumbos, en el mundo. La información que reciben sus sistemas durante las 24 horas del día es abrumadoramente más intensa y más interesante, y más fácil y seductora, que las rutinas de tracción a sangre del sistema tradicional. Y aunque este sistema tradicional está basado en la escritura, y en mi opinión la escritura es algo a defender, el sistema debe entender que enseñar a escribir y leer es algo que requiere el acuerdo de los que van a aprender. Ahora bien, si los que van a aprender son bombardeados todo el tiempo con formas no escritas ni lineales de estar en el mundo y en la información, lo primero sería hacer consciente este conflicto y poner en su sitio el valor de la escritura. Hasta que eso no esté claro, la marea llevará a alejarse de ella. Y alejarse de ella es acercarse a una forma de ser dominado por relatos orales e imágenes controladas centralmente, como lo fueron los campesinos medievales. No es que vayamos de nuevo a eso, sino que ya estamos allí.

Los estudiantes y los docentes, mientras tanto, intentan negociar imaginariamente día y noche lo que se les dice que su vida en “su país” debe ser (deben convertirse en algo así como los técnicos extractores de materias primas, carne lácteos arroz madera soja, o los intermediarios, agentes de comunicación y servicios, entre entidades abstractas de un mundo real y muy ajeno), con lo que ellos ven que la vida es en otras partes. En Silicon Valley, digamos, o en Beijing, o en Singapur, o en Barcelona. En fin, en las partes que se representan, que no son las propias. Salvo a título de informe sobre obediente “país del tercer mundo”, o algún etiquetado similar. Salvo a título de aplauso porque “el pequeño Uruguay” ha logrado aprobar el matrimonio gay, o la marijuana libre, o cualquier otra obediente hazaña de los delegados locales de esa agenda global de “derechos” de pacotilla. Nunca olvido cuando llegué al campus de Brown University y me encontré con una pintoresca casa en una esquina de la calle Prospect cuyo cartel en madera decía “Third World Institute”. Inmediatamente aprendí una miríada de diferencias, tan espesas y tan grandes que pueden caber en un cartel a la calle. En algún momento durante los seis años que pasé allí el nombre del instituto fue cambiado (ahora se llama, en porfiado viaje al empeoramiento, The Brown Center for Students of Color). No cambió su esencia, pero ya era políticamente incorrecto llamarle de ese modo. Los profesores fuimos debidamente consultados, en general, por si queríamos aportar alguna idea al respecto del nuevo nombre. Todo es así de hipócrita, así de patético, y así de rociado con buenas intenciones.

¿Puede hacer algo el Uruguay? Creo que sí. Puede asumirse culturalmente como una parte relevante de una región cultural que más o menos coincide topográficamente con la pampa húmeda, y promover su historia y su futuro. Nuestro sistema no es exclusivamente nacional, pero sí regional, y esto último en un sentido modesto, de alcance humano. En lugar de enorgullecerse de ser una entidad abierta a todos los vientos, movidos por el dios de los chistes, los ladrones y los comerciantes, puede decidir tener una política fuertemente regional y nacional respecto de la cultura y la educación, empleando para ello todos los medios tecnológicos a su alcance. Pero esto hay que decírselo a los estudiantes: Entrás acá para educarte respecto de una curiosa entidad rioplatense en la que te tocó nacer, de la que estamos muy orgullosos. Y eso hay que enseñarlo. Nadie puede estar orgulloso de lo que no conoce. Por eso, en lugar de eliminar vergonzosamente (es decir, sin sacarlas del curriculum, pero enseñándolas miserablemente) a las humanidades, el país debiera potenciarlas al mismo nivel que la ciencia, y por encima de la tecnología. Esto va de la mano con enseñar con el ejemplo, creando políticas y discursos de respeto a lo poco o mucho propio. Esto no es salirse del mundo, sino entrar a formar parte de él no como pelele de mala calidad de la mundialización, sino como esquinita que se precia de sí; como diferencia valiosa. Es así que el país puede decidir preservar y a la vez explotar en beneficio propio, con una política sustentable, sus recursos naturales, en lugar de entregarlos, subvencionados, a las industrias transnacionales de extracción, a cambio de beneficios transitorios para la burocracia. Puede elegir ser un refugio para formas de vida y sociabilidad en vías de desaparición en todas partes. Puede recordarse y enseñarse su propia historia y cultura, para seguirla enriqueciendo a partir de un pasado sobre el que no tiene nada de que avergonzarse. Pero para ello tiene que entender primero cuáles son sus problemas y sus posibilidades. Bastaría con que, como primer modesto paso, seamos capaces de organizar nuestra propia discusión, reivindicar la posibilidad de que todavía haya una discusión nacional/regional que dar, impulsada con todas sus fuerzas por el sistema educativo público y los medios locales. Esto no lo estamos haciendo, pues el viento hermético que nos barre no incluye ya en ninguna parte importante este último concepto. Y aparentemente, hoy como comunidad solo somos capaces de pensar y representar lo que el mundo de la globalización nos dice que pensemos. Y los ciudadanos pagamos, por ello, un precio altísimo: el desinterés de quien no está viviendo para nada mayor que las anécdotas que habita. Pareciera ser que el efecto más notable, cuando uno meramente se deja barrer por vientos herméticos, es que se pierde no de los demás, sino de sí mismo. Empieza a verse a sí mismo como un objeto, algo movible e intercambiable al que todo le da igual.

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