Colombia

Por Andrés Hoyos

El adjetivo razonable nos remite a la civilización. Lo razonable contrasta con lo absurdo, lo exagerado, lo extremo, lo desequilibrado y siguen docenas de adjetivos. Lo razonable está emparentado con lo justo. En el mundo anglosajón una persona se salva de ser condenada penalmente si puede convencer al jurado de que existe una “duda razonable” sobre su culpabilidad. Para mí, el Acuerdo Final firmado la semana pasada en La Habana por Humberto de la Calle e Iván Márquez tiene por encima de todo la virtud de ser un acuerdo razonable.

Ganar un conflicto interno aniquilando al enemigo es posible, pero puede ser irrazonable. No solo hay que matar a mucha gente, sino que antes de morir esa gente mata muchos servidores públicos. Dada la geografía física y política de Colombia, la victoria final que quieren algunos dejaría cientos de bandoleros sin jefe, dispuestos a casi todo, como pasó en la época de la Violencia con personajes por el estilo de Sangrenegra y Desquite.

El Acuerdo Final es razonable porque partió de objetivos razonables. No se trataba de ganar la guerra en la mesa de negociaciones, de humillar a un contrario ya vapuleado por fuertes pérdidas militares o de ofrecerle tan pocas concesiones que no tuviera más remedio que volver al monte. Tampoco, claro, se pensó en repetir las experiencias del pasado en las que las Farc se fortalecían militarmente al tiempo que negociaban. No, aquí, opínese lo que se opine del tamaño de los batracios que deberemos tragarnos, las Farc siempre perdieron capacidad militar a lo largo de los cuatro años de negociación. Y ojo que con el paso de los frentes de hoy a las 23 zonas especiales y ocho campamentos quedarán destruidas como aparato militar funcional aún antes de dejar las armas.

Se ha repetido que el acuerdo no es perfecto y, sí, cada cual le encontrará defectos. Lo que a mí menos me gusta es el saldo burocrático que implica, pues está lleno de comisiones, subcomisiones y sub-subcomisiones. La sola lista de nombres se tomaría el resto de esta columna. Ahí el riesgo es de ineficacia. Sin embargo, la vieja guerrilla, con su estructura vertical despojada, ha exigido para desmovilizarse cualquier cantidad de leguleyadas, con la falsa ilusión de que el fárrago garantiza resultados. Además, algunos de esos engendros burocráticos se podrían torcer y eso es peligroso.

La mayor virtud del acuerdo, en contraste, es un muy calibrado sistema de justicia transicional cuya viga de armado es la verdad. Yo creo que los escépticos no han sabido estimar la potencia que tendrá este factor tras un conflicto tan degradado como el que vivió Colombia. Piénsese en la verdad que tendrán que decir los mitómanos del Secretariado si quieren evitar la cárcel y se verá la dimensión del asunto. Está, además, el compromiso expreso de las Farc de dar una lista completa de sus miembros, so pena de que quien no esté en la lista no pueda ser objeto de tratamiento preferencial. Hablando de quemar las naves…

Menos optimista se siente uno ante la perspectiva de que el acuerdo implique un vuelco en la nefasta guerra contra las drogas, terminada la cual la violencia en Colombia tendría los días contados. Lo de menos es que se considere el narcotráfico un delito conexo. Yo lo doy por descontado, dado el daño incalculable que nos ha causado la política antidrogas.

En fin, con la venia de los lectores habrá que seguir con el tema. Es demasiado importante como para dejarlo de lado.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

 

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