basura conceptual

Aldo Mazzucchelli

Pequeñas acumulaciones de basura conceptual (detritus de ideologías en descomposición hace décadas) se lanzan al ruedo imaginario oriental cada mañana. La afirmación anterior no es, ni puede ser, apocalíptica, revolucionaria ni conservadora, porque el tiempo ha sido dado de baja hace rato, y solo se puede ser cualquiera de esas cosas en el tiempo.

Basta mirar internet, abrir el diario o prender la radio (o, en un caso de extremo desinterés por uno mismo, prender la tele) para que nos llegue el brulote del día, bajo la forma semiamenazante del aliento de uno de nuestros ministros o de nuestra ex primera dama campesina, o alguno de los miles de incesantes comentaristas deportivos. ¿Qué efecto tiene eso sobre la vida común, y sobre nuestra perspectiva de futuro? Aparentemente, casi ninguna. Automáticamente uno responde con alguna de las viejas armaduras que ha aprendido a recomendarse al efecto. Por ejemplo, se dice “qué increíble que la Ministra afirme que hay que hacer asistencialismo y no pedir nada a cambio”, y se hace otra tostada; o “qué disparate que el Ministerio del Interior reconozca que no se puede hacer nada con el vandalismo en el Estadio”, y se toma un segundo café; o “qué asombroso que se plantee reformar la Constitución para sacarle independencia al Poder Judicial porque éste no legitima algunas cosas que quiere hacer aprobar el gobierno”, al tiempo que agarra las llaves para salir de casa. Cosas así, de todos los días. Y así se integra al paisaje cada uno de estos aportes a una curiosa forma de estar en sociedad en la que los que mandan hacen sin dar pistas ni abrir motivos a la consideración de los demás. Estos aportes pasan y se van, aparentemente sin dejar rastro. Los periodistas anotan, pero ya casi no preguntan nada. Preguntarle al gobierno puede no caer bien, y además a nadie le interesa la respuesta.

Las expresiones como “qué increíble” y otras similares no pasan de interjecciones, expletivos, válvulas de seguridad hermenéuticas para dejar salir el exceso de presión neuronal. Pero, aunque no tengan contenido, cumplen con la tarea de ir permitiendo que lo no habitual (es decir, lo “increíble” y aledaños) se instale y se vuelva, no solo creíble, sino la norma y la forma de las cosas cotidianas. Todo esto no podría haberse logrado tan fácil si no hubiésemos optado colectivamente, en un proceso que llevó décadas y que está ya bien maduro, por aceptar que el mundo es algo muy complicado como para que los ciudadanos lo entendamos, y que los demás son seres increíblemente complejos y diferentes a nosotros (como de otra especie: cada uno es una especie en sí mismo, y una minoría en sí mismo, con derechos completos en tanto tales). Es decir: exageramos el factor de la complejidad colectiva y el factor de misterio individual, de modo que ambos se vuelvan conceptualmente intratables. La sociedad y los demás han pasado a ser cajas cerradas en las que solo se puede “intervenir” rompiendo, evitando, penetrando, cerrando, abriendo, etc. Es decir, a los que hay que tratar cabal y completamente como objetos, no como congéneres con los que hay mucho en común. Todo esto se vende como respeto a la diversidad, pero juro que es otra cosa.

La nueva oralidad que nos organiza viene al pelo para abandonar la información y el ahonde en cualquier asunto colectivo, y estimular el atonismo general —el que viene además matizado de celebraciones. La gran metáfora moderna objetivante, que hubo traducido el mundo a máquina primero, a red inmaterial, inmanejable e inabarcable enseguida, aconsejó hace más de 100 años aceptarse engranaje; ahora asegura que es mejor aceptarse, no individuo, sino nodo. Sepa que usted no sabe, pero contribuye en la red a algos generalizados y en general muy poco interesantes. Es por su bien. Y encima, si algo no le gusta y amaga que no acepta, usted es además un intolerante, porque ¿qué derecho tiene su opinión frente a otra opinión? Mejor ni la diga. Es deliciosa la inanidad de la noción de tolerancia, uno de los malentendidos más útiles del utilitarismo líquido. La marea va para allá. Flote, y comunique su intransferible experiencia en Facebook. Claro, como es intransferible, no se preocupe si su experiencia, tan única, suena igual que la de todos los demás. Nosotros estamos convencidos de su honestidad, y de la intensa fruición con la que ha vivido la experiencia de, digamos, las nuevas 150 fotos de su tercer bebé, que comparte con todos nosotros, que —de alguna manera— nos veremos seguramente reflejados en la emoción inédita de esa nueva vida que se agrega, intransferible, única, irreproducible.

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Sin leer ni escribir el mundo para fijarlo, observarlo y criticarlo, sino solamente operando en/con él; sin discutir, sin poder agarrar ninguno de los asuntos (los que pasan al vuelo en el habla), los gobiernos hacen lo que se les canta en el forro de las pelotas, valga la rioplatense expresión. Cuando había tiempo (pasado y futuro, sobre todo), la gente se plantaba cuando algo cruzaba su trayectoria imaginaria, y le hacía frente. Ahora no hay futuro, por tanto nada nos hace frente, sino que va al lado nuestro, intocable, como dos trenes en vías paralelas, perfectas e incomunicadas (salvo en el centro de control de la red ferroviaria, al que ninguno de nosotros tiene acceso).

No voy a cometer el error de mal gusto de citar al pesadísimo dramaturgo, que siempre se cita en estos casos por aquello de “vinieron por mi vecino y no hice nada”, etc. Él, igual que todos los de su calaña, está bien muerto y enterrado. Él, y todos aquellos que creían en un presente que se podía entender solamente como punto de transición situado entre un pasado articulado en interpretaciones, y un futuro abierto a casi infinitas posibilidades. Descartada cualquier posibilidad de instalarse en aquella simplista línea, sinuosa pero con dirección al fin, que unía hegelianamente pasado, presente y futuro, nos instalamos en lo que Hans U. Gumbrecht ha llamado broad present – “presente ancho”, “presente amplio” (o, en otra traducción, “presente lento”).

El presente ancho no conoce dirección (sentido), sino un estancamiento de infinitos presentes paralelos. En lugar de mirar para atrás o para adelante, miramos hacia los costados. Digamos, por ejemplo, que la educación no funciona, no solamente porque la sociedad no logra determinar qué valdría la pena enseñar a un “todos” cada vez más imposible (y esto es muy cierto, y de esto no tienen la culpa los maestros) sino también porque las corporaciones de la educación hace décadas que no tienen el menor interés genuino en nada que no sea aumentar poder y prebendas. En los tiempos en que había tiempo e historia, esto se podía considerar un escándalo. Ahora los políticos siguen, retóricamente, considerándolo un escándalo. Pero no hacen nada al respecto. Esto se explica cuando vemos cómo opera este problema —igual que los brulotes matinales— cuando se lo considera a la luz del presente lento. Consideraciones filosófico pedagógicas, se puede hacer todas las que se quiera, porque no van a cambiar nada. Pero ¿cómo se hace para no hablar del elefante en el bazar, del acuerdo implícito entre corporaciones y gobernantes, pues? Es relativamente sencillo. Se da por sentado que no se puede considerar ni antecedentes ni consecuentes, sino meramente aceptar lo que sea que haya como una situación de hecho. Ayuda bastante que cualquiera que quiera introducir una racionalidad temporal, “historizar” como se decía en tiempos o del viejo Jorge Guillermo Federico, o del igualmente viejo Michel, sea instantáneamente obliterado por una marea de líquida ignorancia y desprecio (en general son lo mismo). “No me vengas con historias” es de las expresiones más sintéticamente perfectas para expresar la ausencia de pathos histórico y de responsabilidad genética del tiempo en el que flotamos. No hay posibilidad de quejarse tampoco, claro. Simplemente las cosas han venido configurándose así, y solo un loco puede pensar que va a transformar un estado de cosas deslocalizado, impersonal, y global. No hay donde pegar.

El “presente lento” genera la ilusión de que todas las líneas paralelas que coexisten lo hacen en una aparente desconexión. Esto, que a veces se confunde con una sabia grandeza (pero no lo es, ni de lejos), hace que uno tenga que pensar que todo vale igual, y que decir o pensar lo contrario es ser intolerante. El estado de cosas, automontado al tiempo que nos monta a todos, es maravilloso: o acepto lo que sea que me digan los que se subieron a los puestos de control, porque no aceptarlo es ser una especie de ludita de la transmodernidad, un raro que no acepta que la ex Primera Chacarera te baile, si se le antoja, un malambo de absurdos en la cabeza, al tiempo que sigue opinando de todo con la misma sabiduría que tendría cualquier persona profundamente no educada, pero sin experiencia, para hablar de lo que ignora. Entre tanto las medidas se toman igual, las disposiciones de los poderes y organismos de control se van ignorando a las risas, citando a un abogado cualquiera que se contrata para que diga lo que se precisa que diga. El reflexivo “se van tomando” es clave. Es un gran síntoma que la mejor representación de algo esencial a este tiempo sea ese impersonal. Al estar todos en el líquido, siendo el líquido, no hay parte de afuera ni ilusión de parte de afuera del líquido desde el que dirigirlo. Nadie puede levantarse de sus propios pelos. Desde el Renacimiento aceleramos nuestra capacidad de construir máquinas, y nos entregamos a las ilusiones del control. Hace un tiempo nos hemos metido dentro de las máquinas mismas (o vamos metiendo las máquinas, cada vez más perfectamente pequeñas, dentro de nuestros cuerpos). Vamos encontrando un lugar sin afuera, sin oposición, sin negatividad.

Lo que queda fuera de este occidente que se invagina para morir son los hechos no integrables: miles de millones de chinos o de hindúes desmienten la inexistencia de obreros fabriles superexplotados; es danzarín y ligero el fluir, pero se apoya en cuerpos y almas ajenas. Los artistas, los escritores, los excéntricos de toda clase, no adaptados a producir para el mercado, son vistos como formas vestigiales de una cultura de autonomía y sujeto, con un pathos trágico o melancólico que ya no se lleva. En cambio, los nuevos niños del fluir son como peces asustados. Viven en cardumen, cumplen sus tareas, piensan más o menos todos lo mismo, en el sentido de que sus pensamientos ya no son individuales sino manifestaciones en el nodo de un alma colectiva. Tienen miedo de lo mismo, y sienten que su vida está llena con los mismos entretenimientos masivos de los demás, con la misma protectora comodidad. Si alguien les dice lo que no quieren escuchar, acusan y condenan, o exigen que su derecho a ignorar sea protegido a toda costa. El pensar, el registrar por escrito, o el entregarse a un trabajo físico de otro tipo, no virtual, son todas viejas formas de resistencia, que obstruyen el fluir de la liquidación.

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