castigo

Por Dulce María Tosta

La característica fundamental del régimen democrático es el respeto a la voluntad popular y al principio constitucional de que la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo (Art. 5). Por tanto, cuando un gobierno, llámese de izquierda o de derecha, apela a las argucias para aparentar un respeto que no profesa pierde, simultáneamente, tanto el derecho a gobernar como a ser llamado democrático.

La informática y la telemática están cambiando la participación popular en las decisiones políticas; cualquier evento acaecido en las antípodas se conoce en cuestión de minutos; la inserción de cámaras y filmadoras en los llamados teléfonos inteligentes ha reducido el espacio a la irresponsabilidad y a la mentira; la promesa falaz aumentó su costo y los otrora todopoderosos editores vieron evaporarse su influencia ante el avance imparable de las redes sociales que juntan lo que está lejos y hermanan a seres desconocidos entre sí.

En contraposición a los beneficios de estos productos del ingenio humano, se encuentra la ignorancia de los pueblos que hace posible la intromisión de la política en asuntos que no son de su incumbencia. Es menester diferenciar la política como la ciencia relativa a la organización de la sociedad y del Estado, de la política como medio de hacerse del poder para satisfacer ambiciones y resolver problemas personales.

La ignorancia hace a los pueblos desidiosos y manipulables. ¿Conoce usted a alguien que haya leído un programa de gobierno antes de votar? Ciertamente, tales programas se han convertido en una larga lista de promesas incumplibles y que nadie tiene interés en cumplir, dirigidos a captar el voto de electores más proclives a leer la Gaceta Hípica que un material referente a los asuntos sociales. Así, nos hemos convertido en malos votantes y sobre todo hemos permitido que sean grupos penumbrosos quienes tomen las grandes decisiones, quienes elijan a los que han de ejercer la intermediación para el ejercicio de la democracia indirecta que, en definitiva, termina siendo muy poco democrática.

En la generalidad de los casos, hemos votado para castigar al gobierno de turno y no para elegir el futuro gobierno; de allí que le demos gran importancia a las posibilidades de triunfo de cada candidato y convirtamos la más importante justa política del País en una suerte de confrontación hípica donde todos desean adivinar el ganador. Eso hace que la primera preocupación de los candidatos presidenciales sea la de presentarse victoriosos antes que acertados en sus planteamientos sobre la conducción del Estado; para ello contratan asesores y hacen todo tipo de piruetas, como la absurda de la economía del voto como contrapartida del voto consciente.

Década tras década hemos votado economizando el voto y castigando al gobierno de turno; de esta forma, hemos votado mirando hacia atrás, castigando el presente y renunciando al futuro. No es de extrañar, entonces, que cada gobierno resulte peor que el anterior y que hayamos caído en un pingpong electoral (AD-Copei) que tuvo su culminación en el limpio triunfo de Chávez en 1998 y los sucesivos triunfos de quienes estaban dispuestos a todo menos a dejar el poder, máximo ahora cuando saben que muchas son las cuentas que les ha de pedir la justicia nacional e internacional.

El venezolano no debe seguir votando a ganador ni como verdugo cobrador de pasadas ofensas. Estos diecisiete años de barbarie y antidemocracia pueden revertirse en lo mejor que le haya pasado al País, si resultan útiles para que todos tomemos conciencia de nuestros deberes como unidades del colectivo nacional, si son buenos para que vaciemos nuestras ciudades de pobladores y las llenemos de ciudadanos, para erradicar el patrioterismo y suplirlo con patriotismo que responda positivamente el planteamiento que una vez hiciera John Kennedy: «No te preguntes que puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país.»

La patética situación del País nos exige a todos por igual grandes esfuerzos y sacrificios mayúsculos. En su gran mayoría, nuestros políticos se muestran renuentes a la democratización de la manera de elegir la cúpula del Estado; de la firmeza que mostremos en la exigencia de elecciones primarias para todos los cargos de elección popular, puede depender buena parte de nuestro futuro y, sobre todo, el de los niños, víctimas inocentes de nuestros errores.

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