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Por Federico Boccanera

http://federicoboccanera.blogspot.com/

En estos días vivimos una explosión de polémica, tanto en la opinión pública mercantil como en la ciudadana, a raíz de la promulgación del decreto 2.367, en donde La Habana transfiere de un títere a otro, el poder para supervisar no tanto militarmente, sino entre compañías militares, el desmantelamiento de los últimos remanentes de mercado que quedan en la espectral economía venezolana.

Es el paso previo de la guerra económica a una guerra a secas, en donde el comando pasa a la parte militar para poder ejecutar mejor la destrucción final del viejo orden, con miras a la implantación de modos, no solo de producción, sino políticos, más compatibles con ese comunismo futuro según modelo chino/habanero/adaptado, que nos pretenden imponer.

La verdad, es que el estado castrochavista siempre se condujo ejerciendo la política como guerra, no tanto por hacer honor a la clásica equivalencia de von Clausewitz, no tanto por seguir, aquella fórmula de “caudillo-ejército-pueblo” propuesta por esa calamidad intelectual llamada Norberto Ceresole, sino por un hecho más simple y esencial, y es que Chávez era militar, un militar deformado en muchos sentidos, pero era un militar, y en modo militar, ordenó siempre todos sus pensamientos, sus planes y sus ejecuciones, su vida. Pero hay otra cosa que señalar.

Señores, hemos estado en guerra, contra militares y “armados”, desde hace un buen tiempo, y esta que nos afecta actualmente, ha sido guerra soterrada desde 1958, y abierta desde 1989.

Punto Fijo, fue pacto en tiempos de paz, pero pendiente de esa guerra, y Carlos Andrés Pérez, fue una baja de esa guerra, ese “hubiera preferido otra muerte” es un reflejo vano del que descubre tardíamente, de que se trata todo.

Y desde 1999, desde el primer acto, en donde a la constitución de 1961 la ponen en un campo de concentración, a la espera de su ejecución, siempre y desde el mismo principio, hemos estado bajo una tiranía civil militar. Una tiranía en guerra contra la nación, y en donde el único cambio fundamental que ha ocurrido en el plan, ha sido la sustitución del caudillo ductor militar, por un “locutor oficial” civil, adoptando la feliz definición exacta del caricaturesco personaje, surgida recientemente.

En fin, la “cuestión militar” ha vuelto a la palestra, y una vez más, se roza el problema, mas no se profundiza en él.

VENEZUELA NACIÓN MILITAR

Volvamos atrás para ejecutar unos pocos vuelos rasantes, tratando de aferrar algo del problema de lo militar en nuestra historia, y comencemos por lo manido, pero que nunca esta demás repetir: lo militar está en el origen de nuestra nación, y en toda su accidentada evolución a lo largo de sus dos siglos de existencia. Somos una nación que, a duras penas, puede mostrar civiles entre sus próceres originarios primero, y entre sus gobernantes después, hasta el sol de hoy.

En 205 años de “vivencia republicana”, hemos tenido (excluyendo provisionales e interinos) 13 gobernantes civiles de un total de 32 nombres (40 %), pero es en términos temporales, donde se aprecia la magnitud “militarista”, pues la extensión total de períodos de gobierno encabezados por civiles, apenas representa el 26%.

Y lo peor es que, habiendo logrado la “modernidad persistente” durante un período prolongado e ininterrumpido de gobiernos civiles y democráticos, que duró 40 años, de 1959 a 1999, terminamos poniendo de nuevo a un militar, al frente de nuestro destino, en un momento álgido curiosamente provocado en gran parte por él mismo, y de paso el elegido no es uno cualquiera: pues cuidadosa y sensatamente coronamos, a un teniente coronel golpista, que conspiró y atentó contra la democracia durante toda su vida adulta, y que además estaba lejos, pero muy lejos, de tener una hoja de servicio destacable en algún punto.

Esta sociedad en su conjunto, escogió a un sinvergüenza en todo sentido, para encargarse de su destino, increíblemente y sin que le temblara el pulso, lo apostó todo a un “comandante” comprobadamente más que mediocre, y no para rectificar y gobernar, sino para vengar y poner orden, y este atavismo, que avergonzaría incluso a la más bananera de las repúblicas, sobre todo afloró y germinó profundamente en nuestras elites, si, en nuestras elites.

Elites cretinas, la mayoría de ellas, que ciegamente alimentaron una crisis sin darse cuenta de que esa crisis, podría llevarse en su colapso a la democracia, elites calculadoras, que “pensaron” que el milico sería un monigote fácilmente manejable, elites cómplices, que ya sabían por dónde venía Chávez, que ya sabían que ese espécimen plenamente certificado por Fidel Castro, representaría el triunfo tantas veces soñado de “la izquierda” …

Al candidato militar, todas esas elites salvo mínimas y honrosas excepciones, le proporcionaron un apoyo jamás visto en candidato alguno, en elección alguna, realmente algo nunca visto y que proporcional a la economía, es posible que constituya un caso único, de porcentaje del producto interno bruto invertido en una sola campaña electoral, tal fue la intensidad arrolladora de esa operación en la cual empresas, medios, bancos, academia e intelectualidad, se zambulleron con un entusiasmo sin precedentes, para asegurarse de llevar a Chávez a la presidencia de la república.

Lo que las elites nunca hicieron, ni siquiera para cabildear por ellas mismas, lo hicieron en cambio por el candidato militar, el comandante de sus corazones. Pero la obra contaría con un alcance social transversal, que ya no obedecería a cálculos de tarambanas encumbrados, sino a una mezcla muy mal dosificada de taras culturales con ignorancia pura y dura, pues la obra de las elites sería rematada por la clase media, de hecho, el aluvión de votos para Chávez por parte del pueblo, ese debía darse por descontado, no se podía dudar de eso, no se podía esperar nada distinto. En cambio, fue algo alucinante observar el disparate, el suicidio absurdo de una clase media que le proporcionó millón y medio de votos delirantes al “comandante” … ese fue el aporte de nuestra, muy educada y preparada, clase media (y no crean que ha dado síntomas de mucha mejoría en los últimos años).

¿ES VENEZUELA UNA NACIÓN CIVILISTA?

La más grande omisión de esos 40 años continuos de poder civil, plural y democrático que tuvimos, lapso que ha debido procrear por lo menos dos generaciones nuevas de venezolanos, fue su esterilidad para crear ciudadanía, y más aún, una ciudadanía particularmente activa, que pudiese llegar a ser compatible con una vida civil, en democracia, aunque sólo se tratase de una “minoría esclarecida”, de una vanguardia, que al menos aportara la energía permanente y renovadora que se necesitaba, para evitar el estancamiento. Eso no pasó.

Nada de eso ocurrió, y la democracia de los civiles en el poder, al final degeneraría en régimen consensual, oligárquico, partidista, y el habitante votante que no ciudadano, se quedaría como cliente decepcionado, de una oferta engañosa de reparto y ascenso, que no pudo sostenerse en el tiempo, y sin entender que no era por democrática sino por rentista, que estaba fallando.

Nada que hacer, se exigía un acto sacrificial para contentar a ciertos dioses, y el cordero elegido al final, no fue uno, sino dos, fue la democracia y su contraparte esencial, la civilidad, las que fueron degolladas, de un solo cuchillazo, porque al elegir a un MILITAR SIN CARRERA, SINVERGÜENZA y GOLPISTA, no otra cosa se estaba haciendo…

LA INFECCIÓN MILITAR ES POR DEBILIDAD CIVIL

En el pasado, antes de la Venezuela petrolera, lo militar prevaleció en el tiempo por constante debilidad institucional, de estados que se sucedían más o menos precarios, al borde de una perenne inestabilidad, que podía incluso ligarse con la caracterial de sus jefes al mando, y así fue durante todo un largo y dramático siglo, hasta que, tan de hecho como paradójicamente, fueron Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, los que más hicieron para desmilitarizar al país, al precisamente crear la escuela militar de Venezuela, lo que implicaba la creación de un único cuerpo institucionalizado para aplicar el monopolio de la violencia, y la consiguiente profesionalización para sus integrantes, de paso y a su vez, Gómez usó el rodearse de civiles inobjetablemente brillantes para el ejercicio del gobierno, gobierno que también fue creador de una sólida institucionalidad CIVIL, que aguantaría la prueba del tiempo.

Sin caer en la apología, estamos ante el primer régimen que le dio una respuesta/solución, civilizatoria y definitiva, al montonerismo y al caudillismo. El antimilitarismo gomecista efectivamente, no dejó como herencia ni dinastía ni otros dictadores, y sus sucesores, aunque militares los dos, precisamente se destacarían por abrirle la puerta a los civiles políticos y periodistas, para que llevaran el país hacia la modernidad, para fundar partidos y periódicos, o sea, abrieron la compuerta que llevaría a la libertad, y en algún momento a la democracia. Desde luego, las velocidades de los años treinta y cuarenta son las que son, y de hecho la respuesta al pedido de democracia fue lenta, pero no fue negada.

Lamentablemente, deplorables procesos que dieron como resultado el penoso retorno hacia a la fatalidad de la dictadura militar, en 1948, parecía que impedirían que la sociedad pudiese asimilar la noción de que orden y prosperidad, pudiesen ir de la mano con la libertad, y estar bajo la égida de civiles. Sin embargo, ciertos sectores de esa misma sociedad y de las elites -verdaderas elites que había por aquel entonces- por no hablar del sector político acallado y perseguido por Marcos Pérez Jiménez, siguieron estando firmemente convencidos de que el país si había madurado lo suficiente, para la libertad y la democracia, a pesar del deslumbre que producía la obra impresionante de desarrollo material, vertida por el dictador de turno.

Tenían razón. Su visión era correcta, y el carácter popularmente democrático y de predominio civil de los acontecimientos de enero de 1958, así lo confirmó, esa fue una revolución democrática.

Con la democracia civil y plural inaugurada en 1959, el país al fin pudo darse la oportunidad de unir la libertad con el progreso: la felicidad en todos los órdenes parecía posible. Pero se dieron dos procesos, cuya ingrata e inconveniente resolución y evolución, a la postre resucitarían el fantasma militar como opción correctiva y “corregidora”, de los destinos del país.

1974: COMIENZA LA INVOLUCIÓN CIVIL

“En el próximo período de gobierno (1974-1979) seré consecuente con los postulados que han guiado siempre la conducta de Acción Democrática, llevados al Gobierno por mis ilustres antecesores… nuestro gobierno mantendrá la plena vigencia de la democracia pluralista. Todas las organizaciones de ciudadanos participarán en la vida pública…”.

Carlos Andrés Pérez, sobre la “Democracia con Energía”.

En 1974, con el aluvión de petrodólares cuadruplicados en pocos meses, dio comienzo la “Gran Venezuela” de CAP I. El Estado venezolano comenzará a sentirse “omnipotente”, y capaz de asumir todas las tareas, todos los planes, toda la dirección. Es así como terminaríamos con un estado que, al sentirse dueño de la máxima riqueza y del poder que le confería, más que nacionalizar como supuestamente hizo con hierro y petróleo, en la práctica se privatizó, cometiendo un error de aprendiz de brujo que de todos modos era justificable, a la luz de los paradigmas de la época.

Lo que no puede justificarse ni defenderse, fue el efecto sobre la sociedad, y en particular, sobre lo que teníamos de sociedad civil.

A partir de 1974, se privatiza el estado y se estatiza la sociedad, y esta a su vez también terminará por caer en el mismo tonel de abundancia embriagante. Al final, todo terminara afectado por esta intoxicación.

Al empresario, el estado borracho dejará de verlo como el aliado indispensable del desarrollo, para convertirlo en cliente/socio, es así como al empresariado nacional lo veremos degradado a mero subconjunto clientelar, para luego convertirse en poder fáctico de posicionamiento colaboracionista o rival, según los cambios y reacomodos de apetencias y ambiciones de poder, de lado y lado.

Y lo mismo pasaría con muchas organizaciones de la sociedad civil como gremios, sindicatos, federaciones, asociaciones, etc… ocurrió también tanto en universidades como en colegios profesionales, incluso hasta en las juntas vecinales: es la politización extrema de una sociedad, pero no en un sentido constructivo y colaborativo, de participación con ideas, equipos y proyectos de país, sino en el sentido perverso y deformador, de extensión del control clientelar y prebendario. Cuando el estado finalmente colonice a los partidos y los incorpore integralmente, y haga lo mismo con la magistratura, y proceda a su “tribalización”, con eso habrá prácticamente colocado una lápida sepulcral, que dificultará mucho el surgimiento de cualquier forma de sociedad civil, políticamente válida.

Unos años después un cínico inveterado como Luis Miquilena, homenajeado por la actual AN durante la escritura de este artículo, preguntaría acerca de la Sociedad Civil: “con qué se come eso” (tenía razón y no fue tan cínico en ese caso…).

Al final de este proceso, no hay organización ni asociación importante que conserve su pureza civil, y la que no es clientela será factor de poder: triunfará por todo lo alto -y lo bajo- el corporativismo prebendario, y por lo tanto, toda salida evolutiva, toda perfectibilidad se trancará, es el momento a partir del cual, el trance regresivo hacia el pasado, quedará habilitado para el que lo sepa invocar…

Por parte de los partidos, su incorporación en el estado, daría lugar a la partitocracia, al régimen consensual y al abandono de todo trabajo político en la base social.

Ya no tendremos líderes naturales sino candidatos empaquetados, el trabajo político será el de la campaña electoral permanente, los “correajes” serán los de financistas y clientelas, los proyectos de país serán desplazados por promesas electorales, las bases serán maquinaria, y el ciudadano, un mero votante.

Cuando todo esto comience a derrumbarse, con el primer triunfo del mal manifestándose por vía del derrocamiento de Carlos Andrés Pérez en 1993, ya los partidos habrán comenzado a disolverse, y no es desdibujo sino derrumbe, pues la política como tal habrá dejado de existir como la “ordenadora de lo político”, o sea de los conflictos y necesidades de orden en la sociedad, para ella dedicarse a tratar de salvar su “propio orden” y su hábitat casi exclusivo dentro del estado: ya a estas alturas y ante el país, todo político aparece como un incapaz, un corrupto, como alguien que “actúa de espaldas al país”, “no da la cara” y “no se responsabiliza por nada”.

La respuesta a la plegaria, en fugaz aparición diurna, se mostrará haciendo lo contrario, es verdad que lo hace porque ha fallado, “los objetivos no fueron logrados…”, pero lo admite con serenidad y fluidez, y se enmarca con un “por ahora” de presagio puro… la respuesta a la plegaria es un engendro, y ese engendro es militar…

La reaparición del germen patógeno militar en 1992, nos agarra sin vacuna, con escasísimos anticuerpos ciudadanos, y con una sociedad civil quebrantada, por su promiscuidad venérea con la politiquería y unas elites que, o han perdido el rumbo, o siempre lo tuvieron firmemente apuntando hacia La Habana.

Lo cierto y lo que debería quedar como lección grabada para siempre, es que nunca podrá levantarse ninguna sociedad civil, con una “población” dependiente del estado para hacer cualquier cosa, casi cualquier cosa, como fue la que terminamos criando bajo el rentismo desaforado que comenzamos a desarrollar, desde mediados de los años setenta.

Y esa sociedad civil perennemente débil, que ya superó los 40 años pero de mengua, es la que no puede ni podrá impedir por los momentos, la reinfección militar, una y otra vez, y eso es algo que estamos viviendo a cada rato, cuando por ejemplo, algún general de la deshonra eterna, como un Rodríguez Torres, un Padrino López, o un Alcalá Cordones, se lanza en aparente invectiva contra el régimen madurista, y vemos con grima como cierto sector mentecato de nuestra clase media y su dirigencia atarantada, se aprestan a celebrarlo con entusiasmo bobalicón.

EL SUPRA PODER FORMAL/FÁCTICO PERO ARMADO

La reinfección nos viene de unas fuerzas armadas, convertidas en un tipo particular de clase política, que milita en una institución que ya no es proveedora de servicio (y de sacrificio si hace falta) sino que es una corporación esencialmente materialista, que trocó “altares de la patria” por arcas bancarias, que defiende al estado y no a la nación, que tutelan al poder y no al soberano, y que al entrar en relación rentista, de asociación y reparto, con el régimen imperante, les pasa lo mismo que le pasa, a los poderes públicos e instituciones, cuando pierden su independencia al ser reemplazada la república por una oligarquía, y es así como la fuerza armada se convierte, en una división formal del poder, pero con prerrogativas de poder fáctico/clientelar a la vez, aunque en este caso trátase de un poder fáctico pero armado.

Una fuerza armada ya distorsionada en supra factor de poder, convertida en compañía transformadora de renta en privilegio, en asociación “ecléctica” con el estado, no puede mantenerse sobre ningún basamento moral, y por lo tanto queda siempre abonado el terreno, para cualquier clase de contaminación, de penetración, incluso foránea, porque lo que se defiende es al poder en sí, y nada más.

Es así como llegamos a esta fuerza armada en el mínimo histórico de su autoestima, que no internaliza su rol como monopolizadora de la violencia, de baluarte de la civilidad y la soberanía, que ha quedado contraída, a clase política y clientelar defensora de su status supremo. Esta decadencia angustiosa, es el resultado de una evolución impedida, y una asociación indebida, la cual nos obliga a retrotraer cronológicamente el relato.

1958: COMIENZA LA GUERRA

La guerra contra la democracia venezolana comienza desde el primer momento, y vamos a estar claros, el Pacto de Punto Fijo, del 31 de octubre de 1958, no solo fue un pacto de gobernabilidad, sino también un pacto de defensa de la democracia civil, contra amenazas militares directas: amenazas internas promovidas desde la misma fuerza armada, y que nunca cesaron (ni cesarían), y una amenaza externa que comenzaría al poco tiempo…

Era necesario defenderse contra amenazas internas inmediatas, por parte de un sector del militarismo descontento por la repetición de un “nuevo desorden democrático”, y sobre todo, porque a diferencia de como participaron en el trienio 1945-1948, tendrían por primera vez en la historia que resignarse a quedar relegados a ser, el sostén obediente, APOLITICO y no deliberante del civilismo gobernante. Esto se manifestaría abiertamente, apenas a 6 meses del 23 de enero, con el intento de golpe de estado por parte del ministro de la defensa de la junta de gobierno, General Jesús María Castro León.

Pero también y al poco tiempo, el gobierno puntofijista de Rómulo Betancourt, debería ocuparse de una amenaza geopolítica externa, que surgiría prácticamente, al año de comenzada la revolución cubana de enero de 1959, y que tendría su expresión nacional materializada en la guerrilla. Se trata de la irrupción continental del expansionismo castrista y sus agentes venezolanos, que en 1960 dividirán al partido Acción Democrática, para llevarse su juventud al MIR (movimiento de izquierda revolucionaria), y que en 1961 activarán la lucha armada, desestabilizadora y conspiradora sin tregua, contra la incipiente democracia venezolana.

LA GRAN OCASIÓN PERDIDA

Esa lucha contra la guerrilla castrocomunista y sus agentes venezolanos, y la categórica derrota militar que la fuerza armada le propinaría en todos los frentes, representó una ocasión histórica única para graduarlas como ejército forjador, no sólo de libertades, sino de democracia, un título y reconocimiento más que merecido, porque además reposaba sobre el sacrificio y heroicidades de muchos hombres valientes. Se trataba de enaltecer al capítulo militar más exitoso y honroso del siglo veinte, para que hubiese podido quedar como “gesta refundadora”, de una institución consagrada y unívocamente identificable, con el nuevo estado democrático venezolano.

Pero nunca hubo tal homenaje, ni honra, ni gloria, al menos algo digno de mención, y así la gesta fue confinada casi que a la anécdota, para disolverse gradualmente hacia el olvido, en un relato relegado y fragmentado que nunca fue incorporado plenamente ni a la memoria, ni a la historia.

Las razones de esta censura histórica deliberada son múltiples: muchos con ruindad y vileza en grado superlativo, invocaron el temor al “César militar” que podría despertarse, ante una nueva “cesión de gloria” por parte de una sociedad agradecida por haber sido liberada de nuevo.

Pero la razón principal, debe atribuirse sin lugar a dudas, a la labor pertinaz de cierta intelectualidad, algunos medios, y la abrumadora mayoría de la academia (todos con su alma vendida a la nueva izquierda “pacificada y democrática”) que se entregó sin pudor a la adulteración de esa apreciable porción de nuestra historia, hasta deformarla, fragmentarla, encogerla, fantasmizando al militar, glorificando al guerrillero, y algo crucial, haciéndola desaparecer de todo plan de estudio, sea de enseñanza básica o superior, e incluso de la instrucción militar.

Mientras tanto la conspiradera en la fuerza armada nunca se detendría, con grupos para todos los gustos y colores, y también la penetración por parte del castrismo, también seguiría impertérrita, hasta empatarse al final con la conspiración a cielo abierto de los victimarios de la guerrilla, y sus socios corporativos, metiéndole la puñalada trapera a esa “política” y esa “democracia”, que años antes los había reconocido y dignificado, aun a costa de falsificar la historia, y mezquinarle toda gloria, al único hito que hubiésemos podido tener, de lo militar en clave civilista/democrática.

Duélale a quien le duela, fue Rómulo Betancourt, el único que siempre estuvo claro frente a la amenaza castrense y la amenaza castrista por igual, a las que tuvo que enfrentar y correr con las consecuencias, en gobierno e integridad de su propio partido, con dolorosas pérdidas en vidas humanas y compañeros, que se llevaban consigo vocación y porvenir, e incluso teniendo que reconocer sin ambages, y en pro de la misma democracia, a aquel Rafael Caldera que luego traicionaría repetidamente todo el esfuerzo, al serpentearse como notable cómplice de la conspiración contra CAP II, al destruir su propio partido fundador del ciclo virtuoso, volver al poder precisamente con los guerrilleros, y liberar apresuradamente en los primeros actos, al demonio exterminador, por “presión de la sociedad”.

Al final de la historia, esta fuerza armada, convertida en clase política cerrada sólo representativa de su propio poder, obrando desde el poder y por el poder, ella misma termina atrapada en un callejón sin salida dentro del cual, solo le quedará actuar con violencia creciente, sea para avanzar en su obra de oprobio hacia la nación, sea para retroceder y liberarse de un destino ominoso, que incluso podría incluir, su propia desintegración.

EL MINOTAURO MILITAR

En toda sociedad realmente democrática, el único factor de poder deberían ser los partidos políticos, como extensión operativa del interés público.

El estado, como organización política al servicio del interés público, y obedeciendo a ese solo interés, debe poder actuar con autoridad y potestad, en otras palabras, ejercer con soberanía, y eso sólo se logra, si puede aplicar un poder indisputable por monopolio de la ley y la violencia.

Para aplicar sus monopolios, el estado debe poder contar entre otros brazos ejecutantes, con una fuerza armada preparada y eficiente, especialmente en el caso de un país pletórico de recursos naturales como es el nuestro, y eso no es ni sustituible, ni delegable, salvo pantomimas como la del protectorado costarricense. Cabe recordar aquí que, la disuasión de la violencia, estamos lejos de poderla superar como método, sustituyéndola con la mera aplicación del derecho: es posible que algún día eso se logre, pero ese día aún está muy lejos.

La fuerza armada deberá seguir existiendo, y su vigencia institucional dependerá exclusivamente, de que siga existiendo como una organización que sirve a la nación, obedeciendo a un estado igualmente al servicio de la nación, esta es la ecuación básica, pero de increíble dificultad, que deberemos resolver en el futuro. En todo caso, la fuerza armada no puede proteger a un estado que secuestra a la nación o peor aún, cogobernar o erigirse ella misma en estado. Lo militar puede y debe eventualmente actuar, dentro de ese ámbito éticamente turbio de la “razón de estado”, pero siempre y cuando la preservación de ese estado, sea para seguir sirviendo únicamente, al interés público.

Al minotauro militar no hay que exterminarlo, pues lo encontraríamos multiplicado a la vuelta, mientras esta sociedad no logre superar su atavismo civil. Más bien, hay que demoler el laberinto en el cual ha sido encerrado, para que pueda sumarse al proceso civilizatorio que la nación tendrá que emprender en su conjunto, y que nos deberá llevar a que cada quien, vuelva al sitio de donde nunca ha debido salir: es así como los militares, solo podrán regresar a sus cuarteles, cuando el cuartel salga de todas las mentes, y los políticos -y la política- regresen a la sociedad civil.

@FBoccanera

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