democracia

 

Por Dulce María Tosta

En días pasados, un representante del partido Vente Venezuela (VV) que capitanea María Corina Machado solicitó a la MUD que, en cumplimiento de un acuerdo preexistente, todas las candidaturas a cargos de elección popular fuesen sometidos –sin excepción– a elecciones primarias, es decir, a escogencia popular.

La propuesta tiene una gran envergadura democrática y es el remedio para mucho de los males que enferman la política doméstica, pero parece no haber sido valorada en su exacta magnitud ni siquiera por sus compañeros de tolda y, mucho menos, por la dirigencia de otros partidos.

Hace veinte años, Marcel Granier, en su libro Más y Mejor Democracia formulaba una serie de recomendaciones dirigidas a mejorar el sistema político nacional. Los partidos AD y Copei, engolosinados con décadas de poder sin oposición, fueron víctimas del viejo adagio «A quien Dios quiere perder primero lo pone ciego» y marcharon –mirando por encima del hombro- hacia el entierro de una democracia que, a pesar de sus múltiples fallas, fue inmensamente superior al desastre en el cual hoy estamos sumidos.

El venezolano de 1998 estaba harto de un régimen que priorizaba las formas sobre el contenido y que llegó a la desfachatez de hacerse llamar democracia formal o representativa, en otras palabras, democracia de las formas, de las apariencias, pero vacía de contenido y manejada a su antojo por partidos muy poco democráticos a lo interno y proclives a los acuerdos y componendas secretas, que en mucho perjudicaron al País y a su pueblo.

Desde 1958 hasta la fecha, los partidos han sido los electores y la gente simple votante, convalidadora de decisiones que le son extrañas y que en la mayoría de los casos obedecían más a intereses parciales que a los nacionales. Esa democracia mentirosa y marramunciera fue tejiendo el chinchorro sobre el cual se posaría Chávez con su por ahora, adquiriendo el carácter de héroe de los desposeídos, de los resentidos y de quienes no se explicaban las razones por las cuales una Nación con tan inmensas riquezas y posibilidades se mantenía anclada entre los países del tercer mundo.

La tragedia que hoy vive Venezuela y que asombra al mundo entero por lo inexplicable, tiene sus antecedentes en la democracia pícara que nos impusieron AD y Copei. ¿Acaso es propio de demócratas admitir las amenazas de Radamés Muñoz León, a la sazón Ministro de la Defensa, contra el candidato presidencial Andrés Velásquez en 1993 o la declaratoria de victoria de Claudio Fermín cuando fue apaleado por el candidato a Alcalde de Libertador de la Causa R, Aristóbulo Istúriz?

El inmenso apoyo popular que lograron Rafael Caldera y Andrés Velásquez, en su conjunto, resumían el hartazgo producido por el bipartidismo; los venezolanos estaban buscando terceros caminos que les eran cerrados con tozudez suicida, pero unos políticos de medio pelo fueron incapaces de avizorar el monstruo que se gestaba en las entrañas del País, atentos a la defensa de sus intereses particulares y sectoriales y sordos ante los clamores, cada vez más evidentes, del pueblo al que decían defender.

Pero lo que resulta increíble después de esta tragedia nacional inenarrable, es que los demócratas formales de ayer se empeñen en repetir los errores que los aventaron del poder. En la MUD se alborotaron las ambiciones con motivo de las elecciones gobernadores y hay precandidatos que en el colmo de la arrogancia exigen que no haya primarias y que sea «el dedo» quien disponga los nombres de los candidatos. ¿Pregunto: ¿Quiénes son ellos para erigirse en los grandes electores dejando a la gente la condición de simple votante? Según una reciente encuesta de Datanálisis, Acción Democrática es el primer partido opositor, con el 2,4% de las preferencias del electorado, seguido por UNT con 2,3%, por PJ con 1,9% y VP con 1,8? Entre todos apenas llegan al 8.4% y pretenden apoderarse del 100% de los candidatos a gobernadores, reiterando el poder de «el dedo», ese monstruo oculto y omnipresente que le robó el pasado a Venezuela y pretende robarle su futuro.

Hemos dicho y seguiremos diciendo hasta el cansancio: sin primarias no hay democracia, sin ellas el pueblo vota pero no elige y en realidad entrega a una escuálida minoría el mañana de todos. Esta perversión no debe continuar y si trataran de imponerla una vez más, la abstención masiva debe ser la clara y contundente respuesta popular. ¡Basta de abuso!

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