Art Federico

Por Federico Boccanera

 

EL MAL VENEZOLANO

Después del triunfo de la oposición venezolana oficialista en las elecciones legislativas del pasado 6 de diciembre, y la materialización del mismo en una nueva asamblea nacional, se produjo en gran parte del país, el renacimiento de la ilusión y la esperanza en una solución política definitiva, a la gravísima crisis nacional que padecemos.

Cabe recordar que el triunfo del 6D no fue meramente un triunfo electoral, en donde los ciudadanos votaron por su fórmula preferida de candidato o partido para elegir a sus representantes para el poder legislativo, no, ese triunfo político responde a un mandato unívoco de la voluntad popular, donde se expresó un profundo e irrevocable rechazo hacia el régimen de Maduro y, por lo tanto, el ferviente deseo de lograr un cambio urgente en la conducción del país.

Esta expectativa, alimentada por la contundencia del triunfo obtenido, exigía por parte de los representantes electos, la entrega total a la tarea de lograr en el menor tiempo posible, la interrupción del periodo presidencial de Maduro, por la vía constitucional, institucional o de derecho natural que más pudiese ahorrarle al país, los sufrimientos de una crisis de penuria en todos los órdenes, que no sólo configura una crisis humanitaria, en términos dramáticos de hambre y enfermedades, sino que además ha terminado por constituir lo que bien podría llamarse un estado de necesidad.

Estado de necesidad de inminente y extrema amenaza para la preservación de la Libertad, la Paz, la Vida y los bienes de todos los ciudadanos, por cuanto estas violaciones de los derechos más sagrados, provienen del Estado que debería ampararlos y defenderlos.

Sin embargo, la oposición oficialista agrupada en los partidos del statu quo, ha estado muy lejos de responder adecuadamente a este clamor de socorro nacional, y en oposición casi diametral a ese sentido de deber y urgencia ante la emergencia nacional, ha optado por seguir una vía de exquisito rigor institucional/legal de no colisión con el régimen, en otras palabras, ha optado por evitar cuidadosamente el “choque de trenes”.

Una vez más hay que decirlo: contra un régimen como este, autoritario y abusador, dictatorial en términos netos, eventualmente se acude a elecciones para provocar un encontronazo, un impasse, y precipitar una crisis, una crisis terminal, y si además se logra como en efecto se logró, la conquista de un poder republicano ¡con mayor razón se debería actuar! Y más contando con un aval de mayoría electoral contundente ¡fueron 8 millones de votos! ¡El momentum proporcionado por el apoyo de un mandato popular, tan entusiasta como masivo, así lo exigía!

Pero no, nada resultó ser como debería ser y a estas alturas, luego de casi 5 meses de imperdonable melindre por parte de la comparsa opositora, son muchos los votantes decepcionados, tanto o más que en otras ocasiones -que lamentablemente no han faltado en los últimos años- pero esta vez, todo resulta más difícil de digerir, porque esta vez, se obtuvo un claro triunfo, no fue ninguna “victoria de mierda”, sino una mayoría contundente, a pesar del CNE, a pesar de todo. Esta vez, la situación es realmente grave, sin ambages, y el descontento es extenso, es real, es persistente y creciente… esta vez, se confrontaría a un Maduro que supuestamente anda más repudiado, odiado, debilitado y asustado que nunca, al menos según el decir persistente de la vocería de la unidad opositora…

¿Y entonces?

EL MAL ENCARNADO EN UNA CLASE POLITICA

Todo este cuadro patológico, tiene una explicación, o mejor dicho varias, todas históricamente interrelacionadas.

La actual oposición oficialista agrupada en la “Mesa de la Unidad Democrática” (MUD) representa a una clase política de partidos tanto viejos como nuevos, pero la diferencia sólo se queda en lo cronológico pues ni los unos ni los otros, han logrado sustraerse a la infección populista en su variante más virulenta: la que procede de un petroestado rentista degenerado hasta el último estado de la improductividad.

El estado venezolano, gracias a un rentismo en grado ya patológico y cada vez más exacerbado, ha terminado con hacerse de todos los poderes tanto formales como fácticos, suyo es TODO el poder político, económico y militar, hasta el punto que, aunque no se declare nunca como tal, es totalitario de hecho. Y si a alguien le queda duda, los invito a estudiar la microbiología de esa casi entelequia que es la sociedad civil venezolana.

El petroestado venezolano es el trono, el arsenal y el botín al mismo tiempo, sin que quede mucho por afuera, en efecto, cada poder o factor de poder que en apariencia podría suponerse independiente, en la práctica deriva de él y se debe a él, y si no es así, sobrevive en todo caso por graciosa concesión de él. Con decir que en Venezuela el poder es oligárquico se corre el riesgo de quedar corto, y con el advenimiento del chavismo llegamos a extremos casi absolutistas, que aún persisten con la figura de Chávez y su legado teocráticamente determinante.

Por lo tanto llegar al gobierno en Venezuela es llegar al poder, en los términos más amplios y tajantes, pero este poder, aun bajo la impronta tiránica de Chávez y su heredero, es poder basado en una práctica constante, virtuosa a su modo, de consenso y pactos indispensables para consolidarse en la cima, pactos que también sirven para evitar, la caída en desgracia o la persecución, en caso de pérdida del poder, por culpa del mantenimiento fetichista de un decorado “democrático”, sin el cual, hasta el último comisario de la última jefatura de Venezuela, se sentiría a la intemperie.

Es por tanto el poder en Venezuela tan consensual como caudillista, tan democrático como dictatorial, y de la concentración del poder se derivan, extensos andamiajes de concesión clientelar y política que hacen posible el mantenimiento en el tiempo de dirigentes, figuras, cortes, oligarquías, partidos, empresas y, al fin y al cabo, toda clase de institución.

Desde luego y faltaría mas, el factor constituyente, aglutinante y fluidificante al mismo tiempo, de todo este modus vivendi y operandi es la providencial corrupción, sin la cual, todo acuerdo, alianza, pacto, unión, seria de poca solidez y credibilidad y, sobre todo, de poca productividad en el sentido más amplio imaginable del término.

De hecho, sin corrupción no sería posible viabilizar (ni explicar) ascensos, descensos, dinámicas, clases políticas, partidos nacientes (y murientes), popularidades, políticas y políticos, en fin, casi todo lo que pasa bajo el sol en Venezuela.

Durante la democracia civil de la “cuarta república”, al menos por un tiempo (15 años) se mantuvo lo que podría llamarse una democracia virtuosa, que supo mantenerse sobria y mantener al país en ese estado, con las excepciones que siempre son inevitables. Esa democracia comenzaría a decaer con el tsunami de petrodólares que nos sumergió a partir de 1973, y su degeneración nos llevaría directo al chavismo.

(Al único gobernante de la era democrática que se lo ocurrió tratar de detener la degeneración rentista, lo siquitrillaron en consenso casi todos los poderes habidos y por haber, eso fue lo que le ocurrió a Carlos Andrés Pérez en 1993, y el golpe de estado que lo expulsó del poder, como un cuerpo extraño e indeseable, represento el triunfo definitivo del mal que actualmente nos agobia como nación, ni más ni menos).

Pasamos entonces de una partitocracia bipolar a un régimen de partido hegemónico (siempre consensual): pero el estado oligárquico derivado del estado rentista petrolero quedó intacto.

Y la oposición representada en la MUD es, ni más ni menos, un subproducto perfecto, inevitable, fatal, de este sistema, y chapotea felizmente en él desde el mismo principio del chavismo -y antes- y las excepciones conocidas por todos, no son sino eso, y obedecen al desvarío imprudente y enajenado de quien en Venezuela se atreve a cometer la peor locura: sustraerse al consenso y al statu quo.

Esta oposición es una BENDICIÓN para el régimen, Chávez y ahora Maduro no han podido correr con mejor suerte, hasta el punto de que siempre me causa gracia, quienes imaginan escenarios donde se les persigue, apresa o disuelve… cosas que no hacen falta, pues una oposición tan inofensiva, ladrante, patiquinética, y a la vez, tan decorativa y cuchi en su nuevo disfraz asambleario de separación de poderes y democracia ¡es que ni mandada a hacer!

Esta oposición además, cumple con una doble función que la hace útil cuando no indispensable para ciertos planes políticos, uno: es irremediablemente populista, y se apresta a convertirse en universalmente chavista al modo que en la Argentina el peronismo terminó empapando a la casi totalidad del estamento político, y dos: nunca pero nunca jamás, romperá el hilo que realmente importa, el cual faltaría mas, no es el constitucional: se trata del hilo rentista, el hilo con el cual se puede tejer todo tramado populista, clientelar, paternalista y proteccionista.

PERONISMO Y RENTISMO: CHAVISMO FOREVER

Desde la muerte de Chávez, vamos hacia la peronización de la política venezolana, y es muy probable que, en los próximos años, la casi totalidad de la clase política, de lado y lado, se estará disputando en forma más o menos desfachatada, el legado de Chávez, y la competencia proselitista será por quien lo interprete mejor. Así será como el chavismo (al igual que el peronismo y como lo hizo el sandinismo) podrá siempre volver, mientras tengamos élites hambrientas de status, y pueblos que gustan de ser engañados, de hecho, chavismo y peronismo como variantes extremas del populismo, sólo pueden vivir de las debilidades que logran inocular en la sociedad, por lo tanto, podrán reciclarse y regresar con “una nueva presentación”, mientras no se supere una cultura de dependencia y pobreza moral.

En cuanto al hilo rentista, en su mantenimiento y preservación se le va la vida a esta clase política, la cual no podría sobrevivir en ningún ecosistema que no sea ese pantanal repleto de caimanes que es el estado rentista, el cual mientras persista, impedirá cualquier posibilidad para la sociedad venezolana, de alcanzar un desarrollo equilibrado, un desarrollo que debe ser moral y material a la vez, única manera de acabar de una vez por todas, con la dominación y el control que el estado ejerce sobre la sociedad, en todos sus estratos (porque la cultura de la dependencia no es sólo asunto de pobres, pues las élites también se encuentran sometidas en igual o mayor medida, sólo cambia la modalidad “estilística”).

EL MAL QUE NO SE IRÁ

Si de verdad ocurriera el milagro, trabajosamente logrado por el régimen y su oposición, de mantener a Maduro por todo este año y parte del siguiente, se abrirían muchos escenarios, pero ninguno de transición verdadera hacia la democracia, muchos menos de superación del estado rentista, que es la fuente primigenia, esencial, de todo el mal venezolano.

Primero porque uno de los escenarios bien podría desembocar en una ofensiva del régimen hacia el estado comunal, con su nueva geometría del poder y una constituyente de base y deliberación popular, donde se revisitaría el poder originario, pero ahora en clave de profundización de un proceso, que llevaría a la creación del verdadero “poder popular”, en realidad, el expediente final para terminar de desechar cualquier remanente de institucionalidad y “poderes burgueses” (léase constitución y república actuales).

Segundo, porque incluso el escenario alterno de una pseudo-transición pactada entre chavismo/madurismo y la oposición MUD, llevaría a la instauración de un régimen gatopardiano de alternancia “a la nicaragüense”, en donde se pactaría la alternabilidad en aras de mantener el bien más preciado: el estado rentista.

EL MAL QUE VIENE DE CUBA

Lo otro que desde luego se pactaría entre las partes, es que a Cuba “ni con el pétalo de una rosa”, y esto viene muy bien al caso, porque a la potencia dominante se le seguirá honrando y respetando, tal como se instauró como práctica (y acto) cultural en este país, desde la muy inolvidable carta de salutación y manifiesto de bienvenida a Fidel Castro, entusiásticamente firmado por parte de una notable porción de la “intelectualidad” venezolana, en 1989.

Por cierto, y que casualidad, que Castro irrumpiera justo a tiempo en 1989, como si se tratara de un movimiento oportuno, ejecutado con la audacia de un marine, para ayudar a afrontar un peligro máximo, y vaya que, si se estaba corriendo un gran peligro, porque CAP a lo que venía en su segunda presidencia, era a acabar con el festín rentista, y horror de los horrores, despojar de poderes y prerrogativas al Estado, y sus oligarquías y factores de poder conchupantes…

¿Casualidad?

Desde luego que los Castro, Fidel y Raúl, no deberían temer en ningún caso, si ya esta oposición agrupada en la MUD hasta se ha movido internacionalmente para promover la inversión en la isla, además, si a ver vamos ¿que podría temer una Cuba en plena apertura (y expansión) que goza del apoyo internacional irrestricto y sonriente de Obama, El Papa, Putin, China, Colombia (toda Latinoamérica salvo indeseables como Macri), la ONU, varios etcétera, y casi toda la intelectualidad y la academia americana e hispana biempensante y progresista?

Es más, La Habana después de lograr su triunfo máximo en clave colonial con la entrega de Venezuela por parte de Chávez, y consolidarse en Ecuador, Bolivia y Nicaragua, se apresta a dar la batalla con todos los hierros en Brasil y Argentina, y a celebrar el comienzo de la conquista definitiva de Colombia, con el apoyo de sus élites y estamentos de poder.

Cuba más bien pareciera estarse encaminando hacia una verdadera fase expansiva, lo cual no le vendría mal después de haberse estrenado en forma tan brillante como potencia colonial con Venezuela, y es posible que la clave, mas allá de las consabidas complicidades conscientes, encubiertas e inconscientes, de las imbecilidades útiles de intelectuales y académicos, las vulnerabilidades sociales y culturales de ciertas sociedades, y la infiltración sistemática y paciente en los estamentos (militares, culturales, académicos, mediáticos, empresariales), mas allá de todo esto, ese fenómeno de capacidad de adaptación y supervivencia que es el castrismo, es posible que haya descubierto una nuevo mundo de posibilidades en lo que bien podría llamarse, el populismo de primer mundo.

EL MAL QUE VIENE

Sólo diré una cosa: cuidado con ciertas retóricas de altísima carga demagógica, que ya retumban en pleno hemisferio norte, como la de PODEMOS en España o la de DONALD TRUMP en los Estados Unidos. En ambos casos, sociedades que, con toda razón, experimentan un descontento creciente con sus establishments, con sus élites, con sus clases políticas, pueden llevar al triunfo de remedios peores que la enfermedad, que terminen debilitándolas hasta hacerlas vulnerables a infecciones múltiples (comenzando por la autoritaria).

Lamentablemente, y mientras no se encuentre remedio a la inevitable degeneración/corrupción oligárquica del poder, que afecta en forma aparentemente inexorable e indetenible, a muchos estados del mundo occidental, nos estaremos debilitando frente a ciertas amenazas geopolíticas de otros “mundos” y continentes, que solo esperan nuestra inflexión o agotamiento cultural, existencial, para pasar a la ofensiva.

Mientras no tengamos ciudadanía activa, sociedad civil, y también dirigencia, partidos y organizaciones dispuestas a trabajar con sus comunidades, para reabrir el espacio público y reinaugurar la política desde la base ciudadana, estaremos entregando nuestro destino, el de nuestra familia y nuestros países, a la mediocridad irremediable de las actuales clases políticas y su poder oligárquico, las cuales han fallado todas históricamente, hasta sumar en el descrédito conceptos tan fundamentales como libertad, política, república y democracia.

La base de nuestra civilización.

 

Federico Boccanera.

Analista y consultor comunicacional y político.

@FBoccanera

http://federicoboccanera.blogspot.com

Anuncios