Trump
Por Andrés Hoyos

Nada, salvo quizás una crisis económica de la madona o que a Hillary Clinton le aparezca en el clóset un esqueleto del tamaño de un mamut, podrá alterar el resultado. Bernie Sanders, pese a su carisma, demostró que está demasiado a la izquierda para ser un candidato viable en Estados Unidos, mientras que Donald Trump es el iceberg que va a echar a pique el Titanic del Partido Republicano. En la cabina de mando están borrachos cantando: “Make America White Again”, al tiempo que se acerca una sombra gigantesca, justamente blanca.
Es posible que Trump obtenga una mayoría de votos entre los hombres blancos menos educados del país, pero la dinámica de la campaña sugiere que va a perder en el resto de las grandes categorías sociológicas: las mujeres, de las que se burla, los latinos, a los que llama violadores, los negros, a quienes enrostra el KKK, los más educados, que desprecian su fanfarronería, los jóvenes, que han demostrado una fuerte atracción por ideas diametralmente opuestas a las suyas. Una campaña pasaría a la historia universal si triunfara burlándose de la mayoría de los electores. Solo que eso no va a pasar.
El daño, por lo demás, ya está hecho pues han sido tan brutales los ataques del establecimiento republicano para tratar de frenar a Trump, que si se erige en candidato no habrá manera de defenderlo. Aquí, por ejemplo, Mitt Romney le tira hasta con las ollas: http://nyti.ms/1SlYhSa. Todo parece indicar que los jefes del partido optaron por quemar las naves y están concediendo la Presidencia a los demócratas desde ahora. Un pedazo grande del partido, sin apoyar a Hillary Clinton, nunca votaría por Trump. Por ahí derecho, muchos candidatos a Senado y Cámara se van a desmarcar de él como si tuviera la peste, mientras que a los demócratas les bastará con repetir lo que dijeron de Trump sus propios copartidarios o con preguntar a la gente si permitiría que sus hijos y nietos se comportaran como él en el colegio. Mejor dicho, podría no quedar ni el peluquín.
Los defectos de Hillary, que los tiene, se están volviendo irrelevantes. Las líneas gruesas de su trabajo son sencillas: conformar una amplia coalición, cimentada en sus electores convencidos, pero incorporando a los millones que no quieren a Trump. No se necesita que unos y otros se amen con pasión. De resto, la candidata podrá ser cordial, discutir los temas programáticos con altura y tomar la campaña con un ocasional destello de humor. Le llegarán aliados de todas partes, incluso muchos republicanos sensatos, que también los hay.
Pero pongamos que los republicanos logran perder con otro candidato —la única alternativa es Ted Cruz, un extremista sin acceso al centro político—. Cuando se saque el balance final, el de 2016 será un iceberg del cual al Partido Republicano le tomará décadas reponerse, si es que —en materia presidencial— se repone. Sucede que Trump es un autorretrato que los republicanos prefieren no ver. Tanto jugaron con fuego, tanto fomentaron las bajas pasiones, tanto odio sintieron por sus adversarios, tanto despreciaron la política y el Estado como males absolutos que había que erradicar, que crearon el caldo de cultivo para el monstruo que ahora amenaza con devorarlos.
Yo creo que con el tiempo se le dará a Obama el crédito que merece: apenas por ser quien era, enloqueció al Partido Republicano.
andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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