Cortes España

 

 

Fernando Mires 

Los debates orientados a formar gobierno, o de pre-investidura, ordenados por el Rey Felipe, han sido productivos en términos políticos. No estuvieron exentos de emocionalidad y agresiones pero también hubo giros retóricos y matices bien logrados de ironía. En cierto modo los cuatro partidos hicieron honor a la política, así como la concebía Max Weber: Rompieron con el aburrimiento que caracterizó al tiempo del bi-partidismo.

Para el gran sociólogo alemán, el aburrimiento en la política era muy peligroso pues puede generar reacciones anti-políticas y anti-parlamentarias (pienso en la Alemania de hoy). La política, escribía Weber en su clásico Política como Profesión, requiere de cierta espectacularidad y el parlamento puede ser el gran teatro en donde los representantes  desencadenen las pasiones de quienes los siguen o denuestan.

Aunque el resultado de los debates era conocido de antemano y por lo mismo ya se suponía que la investidura de Pedro Sánchez estaba destinada a fracasar, la opinión pública siguió la discusión, si no electrizada, con mucho interés. A la gente, como ocurre a los buenos lectores de novelas, no les interesa tanto el argumento como la narración de la historia. La monotonía de los años bipartidistas ha terminado. Y, al parecer, para siempre.

Más allá del espectáculo, los debates tuvieron la virtud de sincerar a los partidos políticos ante seguidores y contrarios. Como pocas veces los políticos mostraron sus intenciones ante la luz pública. En ese sentido la polémica sobre la investidura terminó siendo una verdadera desvestidura.

De Rajoy en representación del PP ya se conocía su línea. “Somos el partido mayoritario y como tal no se puede formar gobierno sin nosotros”. Esa lógica sobredeterminó todas sus frases (o nos siguen o nada). Lógica perfecta para un sistema presidencialista pero no para uno parlamentario y multipartidista a la vez. Como es sabido, lo más importante en un sistema parlamentario es que las mayorías sean formadas por alianzas convergentes y en dirección hacia una gobernabilidad.

Pedro Sánchez, como si fuera un héroe trágico, ya conocía su destino. Al no poder gobernar quería, pero no podía ni debía unirse con Podemos. Razones elementales de ética y principios lo impiden. El programa social de Podemos es irrealizable en términos económicos. La posición frente al euro y frente a Europa de Podemos es exactamente contraria a la del PSOE. Y la alianza contraída con los mal llamados independentistas, sobre todo con los catalanes, atenta contra la integridad de la nación, siempre defendida por el PSOE. De este modo toda alianza con Podemos -si Pablo Iglesias no cedía en puntos para él cruciales- pasaba por la subordinación del PSOE a Podemos. Eso es precisamente lo que ha estado  buscando con denuedo Iglesias.

La intención de Iglesias es gobernar con el PSOE pero a la vez imponer todas sus condiciones. Para cumplir ese objetivo son necesarios algunos requisitos: o el PSOE se divide en dos fracciones  irreconciliables o en una segunda vuelta el PSOE obtiene menos votos que Podemos. Así se explica por qué el partido más interesado en hacer fracasar la investidura fue Podemos. Tanto en estilo, forma y contenido, el mensaje lanzado por Podemos a través de Iglesias fue destructivo. Sobre todo lo fue frente al PSOE

La principal característica de Podemos es su destructibilidad. Como muchos partidos llamados populistas no nació para unir sino para dividir a la nación. Pero a diferencia de otros destructivismos parciales, Podemos es destructivista en los tres pilares básicos de la política: social, nacional y partidista.

Desde el punto de vista social, Podemos abraza la clásica dicotomía de las izquierdas radicales: una política concebida como una lucha entre “pobres” y “ricos”. Desde el punto de vista nacional, Podemos ha unido su suerte con los sectores segregacionistas, sean de izquierda o de derecha. Y desde el punto de vista partidista, el éxito de Podemos pasa por la división interna del PSOE.

No extraña así que Podemos haya concentrado sus fuegos en contra del cuarto partido en discordia: Ciudadanos. Y desde su punto de vista, con toda razón. A diferencias de Podemos, Ciudadanos es el partido más unionista de la política española. Desde el punto de vista social, asume una política no rupturista, desde el nacional se plantea en contra de la división de España, y desde el partidista, no pone condiciones insalvables a ningún partido, ni siquiera a Podemos. Razones suficientes para que Podemos haya declarado la “guerra a muerte” a Ciudadanos e intente presentarlo –hasta ahora sin éxito- como un PP más moderno.

Ciudadanos ha sabido leer la realidad política. Percibiendo que la mayoría de la población se inclina por una alternativa centro-izquierda, abrió sus alas hacia el PSOE. Tal vez mirando en perspectiva hacia una segunda elección, Sánchez aceptó la oferta de Ciudadanos, sustentada en un programa social y económico realizable y hecho a base de mutuas concesiones. Si esa alianza perdura puede ser lograda hacia más adelante una superación de la crisis de gobernabilidad que hoy vive España.

La dificultad de que en una segunda elección PSOE ý Ciudadanos alcancen mayoría puede ser superada durante el tiempo de la campaña si es que ambos partidos se presentan como una fuerza unida (y no como durante la campaña previa al 20-D, cuando el PSOE cometió el gran error de demonizar a Ciudadanos) Y si no es así, ya Rivera abrió la posibilidad de una gran coalición formada por PP, PSOE y Ciudadanos, pero bajo la condición de que el líder del PP no sea Rajoy, algo que podrían aceptar sin muchas dificultades gran parte del PSOE y del PP. La oferta es módica y realista. Ocho de cada diez españoles creen que el tiempo de Rajoy ha terminado.

En política hay derrotas que pueden ser vistas como victorias y victorias que pueden ser consideradas derrotas. Por ejemplo, la victoria electoral del PP, al no ser absoluta, reveló ante la opinión pública la incapacidad de Rajoy para concertar alianzas. A la vez, Podemos parece haber perdido varios puntos. La obsesión de Iglesias por presentarse como un pubertario enfant terrible de la política no produjo ningún efecto positivo. Sus brutales agresiones verbales, sobre todo al PSOE, lo mostraron más como una versión española e izquierdista de Donald Trump que como el joven “alternativo” y “rebelde” que intenta representar. Las evaluaciones no se hicieron esperar. De acuerdo  a un sondeo realizado por Metroscopia, un 73% atribuye el desacuerdo final a Podemos (38%) o al PP (35%). Solo un 17% culpa  al PSOE (15%) o a Ciudadanos (2%).

Todo indica entonces que, si no ocurre un milagro, habrá segundas elecciones.

Por el momento es difícil, si no imposible, hacer predicciones. Pero se presiente que una segunda elección arrojará resultados diferentes al 20-D. Ya ha pasado suficiente agua bajo los puentes, la investidura se transformó en desvestidura y algunos políticos ya han perdido su inocencia.

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