Guachafita

 

 

Dulce María Tosta
Analista de Recursos Humanos Miembro desde el 2010 del movimiento independiente el Voluntariado por la Democracia
Dulce María Tosta

Según el Diccionario de la Real Academia Española, el venezolanismo guachafita significa «Falta de seriedad, orden o eficiencia». Este término centenario parece haber sido inventado para describir la Venezuela del primer cuarto del siglo XXI, la Venezuela de hoy.

Del «bochinche, bochinche, bochinche» del quejumbroso Francisco de Miranda hasta la PDVSA militar con la que Maduro pretende oxigenar la precaria estabilidad de su régimen, nuestra historia está llena de errores de  gobernantes y opositores, de quienes ejercen el poder y de quienes pretenden ejercerlo, inmersos en el caudal de sus intereses personales y cálculos de preponderancia política.

Una población poco avezada en las torceduras de la política percibe dos bloques enfrentados: chavismo y oposición, la eterna confrontación entre los buenos y los malos, entre los «caines» y los «abeles», entre los Herodes y los inocentes pronto a ser degollados.

Pero la realidad es otra muy distinta; tras las banderas de libertad que se enarbolan con aparente fuerza desde la Asamblea Nacional, las turbiedades de la política mezquina saca sus cálculos y vela por sus intereses y, lo que es más, manipula en función de guardar apariencias y evitar que aflore su desnudez de pueblo que los dejaría en el mismo ridículo del protagonista del Rey Desnudo.

La actual Asamblea Nacional tiene graves fallas en su origen. Además de las consabidas fallas del sistema electoral, con un registro electoral no auditado y manejado a su antojo por el chavismo, la forma de escogencia de los candidatos de la MUD adoleció del pecado original  de la determinación arbitraria, esa que en nuestro criollísimo afán de síntesis hemos denominado el dedo, esa fantasmagórica figura de nuestra política, no adosada a ninguna mano, ni brazo ni cuerpo, pero que determina, desde la más perversa obscuridad, asuntos del más alto interés nacional.

Aun así, la gente de este País, acostumbrada a agarrar aunque sea fallo, espera de ese Cuerpo Deliberante una gestión que nos arrime a la libertad, mediante la constitución de un nuevo gobierno ajeno a los vicios y delitos que nos han puesto al borde del colapso.

Las realidades nos impiden ser optimistas con respecto a la Asamblea. La existencia de diputados que no han terminado de calentar la silla y ya están aspirando a gobernaciones de Estado; el empeño de Primero Justicia de mantener el statu quo como fracción más numerosa en el Parlamento, con miras a la escogencia de Capriles como candidato de la oposición para las elecciones del 2019, o antes si se presentara la ocasión; la incertidumbre derivada de la falta de compromiso de los diputados con el pueblo que, si bien los eligió de manera formal, nada tuvo que ver con su escogencia primaria.

La Asamblea Nacional actual bien podría llamarse Asamblea Nacional de Emergencia, dados los motivos que determinaron su elección y la forma en que fue realizada. Que ahora se avoque a elaborar leyes de contenido social, con claro sesgo demagógico, es una desviación del camino que le fijó el conglomerado elector; salvo la Ley de Amnistía, que es un compromiso ético y humano impostergable, esta Asamblea Nacional de Emergencia debe dedicarse a investigar y señalar las obscenas fortunas de los jerarcas del chavismo, con lo cual se desmontarían sus mentiras populistas y sus infames procederes en el ejercicio de la función pública.

El lapso para corregir el rumbo se acorta inexorablemente, empujado por los demonios del hambre y de las más horrendas necesidades. Mañana puede ser demasiado tarde.

turmero_2009@hotmail.com

@DulceMTostaR

http://www.dulcemariatosta.com

 

 

 

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