París paz

 

Gustavo Ott

En la era del odio y el insulto en masa, la estrategia es conseguir primero el reconocimiento para luego imponer la sumisión. Hablo de ese  deseo general a ser observado para luego desplazar la atención hacia el sometimiento de los demás a nuestros prejuicios más oscuros. A veces, pocas, con la cobardía de una Kalashnikoff disparando contra gente desarmada; otras, muchas, con ese teclado explosivo que, por lo demás, ha probado tantas veces que también puede ser cobarde y al tiempo, mortal.

Como si en la búsqueda del reconocimiento a nuestra superioridad moral, irrumpiéramos en el funeral de un desconocido y a gritos les reprocháramos a los familiares que lloran al fallecido y no a los otros miles que han muerto. Hipócritas, les llamamos, porque prefieren conmoverse con un ser cercano o conocido y no con la niña asesinada en el otro barrio, o con la anciana decapitada en el otro de la ciudad, o con los acribillados en el país vecino. Manipulados por los medios, increpamos: ustedes no son dueños de su dolor. Ustedes son zombis de la manipulación en masa. Su dolor es consecuencia del poder mediático que lo controla todo.

En fin, que su pecado es considerar que el dolor no sólo es libre, sino personal.

La exigencia moral generalizadora –todos los muertos son muertos y a todos hay que sentirlos por igual- sirve por estos días a una agenda  totalitaria tan vieja como la sociedad misma: la sumisión de los demás a lo que pienso yo. Y confieso que la tentación de vincular a los moralistas globales con los jihadistas asesinos es irresistible: ¿acaso no coinciden en ese punto del imaginario-paranoico todos los que prefieren la violencia para imponer su agenda, cualquiera que esta sea? Y, ¿no podríamos trasladar el dilema a la dinámica social? De pronto la respuesta está en otra pregunta: ¿quién tiene el poder para imponer la sumisión a los demás?

Nos podemos pasar páginas nombrándolos, pero de lo que sí estoy seguro es que la minoría musulmana en Europa y los EEUU, ciertamente, no tiene poder. Excluida como ninguna otra, tanto por su cultura como por su raza y religión, hoy amanece aplastada entre dos fuerzas que exigen su sumisión sin condiciones. Por un lado, el miedo, y por lo tanto, el odio de las sociedades en las que viven excluídos; por el otro, la opresión de las fuerzas del terror extremistas que, con éxito, ha secuestrado a sus hijos, su nombre, y el derecho a llamarse de una forma y hasta de ser como son. Por ellos, les dicen, matan, aunque en primer lugar sean los mismos responsables de su odisea emigrante.

A la comunidad musulmana se les ha usurpado su derecho a ser tomados en cuenta como personas que aman la libertad y la vida tanto como cualquiera otra. Aplastada entre dos fuerzas, y ubicados en medio de la batalla entre dos ejércitos, victimas de todos los bandos, arrastran también en su dolor otras víctimas que hoy vierten sangre por las calles y que nos arrancan sentimientos de solidaridad que, por lo demás, es un acto subversivo contra el poder que imparte la doctrina de la sumisión.

Como por ejemplo, los doscientos mil refugiados tanto de Siria como de Libia e Irak: súper victimas de actos vandálicos por parte de occidente pero también de compatriotas que sobre ellos han ejercitado la mayor brutalidad. Sometidos y vilipendiados por las sociedades  acogedoras, y antes por los que los expulsaron, ahora también son vilipendiados por la infiltración jihadista. El mundo, para ese pueblo de todos los pueblos que son los refugiados, se resume en el infierno multilateral del desterrado ya no de su patria, sino de todos los continentes.

En las redes, versión sin mesura de los medios, y en muchos casos, su consecuencia epidérmica y automática, la furia arde no por los hechos ocurridos, sino por la exigencia de reconocimiento a la agenda más violenta, grosera, e intolerante. La critica va por el insulto, y las pasiones buscan sangre ofendiendo cualquier interpretación personal. Los prejuicios y los llamados a la acción violenta alimentan la prosa de teclados AK47 dejando claro que todo lo que ocurre es consecuencia de los nuestros enemigos. La furia ha llegado por estos días a tales niveles de locura que se ha establecido, ya como tendencia, que pase lo que pase a escala internacional, los ciudadanos de cada país no debemos desviar el tema de lo que “realmente” nos afecta a nosotros; sea inmigración, políticas económicas, secesión territorial, las elecciones por venir, nuestros gobiernos siempre tan déspotas, o los hechos que conforman la granada diaria. Nada debe tener importancia si no podemos imponer el reconocimiento a nuestra realidad más cercana. En fin, que no hablemos tanto del niño en la playa turca, o de los muertos en Paris o Beirut, porque luego el mundo olvida lo que nos sucede a nosotros y en especial lo que digo yo. El dolor libre y la solidaridad impulsiva desvía a los demás de mis necesidades. La exigencia colectiva de reconocimiento a lo que yo creo implica la sumisión de los demás, aunque sólo sea por unas horas.

Digo por unas horas porque, como dice hoy el telediario, Paris amaneció con su rutina de siempre. No es que la gente no hable ni discuta de los que sucedió el fin de semana. Pero, a pesar del esfuerzo de la violencia y la brutalidad, la fuerza colosal de la cultura termina por imponerse una y otra vez. Los actos del terror nunca han logrado su objetivo quizás porque lo que nos define mejor no son los gobiernos, ni los partidos, ni las religiones, sino nuestra pasión por la solidaridad y nuestra inequívoca apuesta por la sensibilidad. La misma que expresa la victima, sea quien sea y esté donde esté; nada nos conmueve tanto como su cuerpo caído, nada nos hace tener tanta fe como la nobleza del que ha perdido la vida.

Nuestra preocupación por los demás no tiene límites y aunque no estemos enterados de lo que sucede en un rincón del mundo, la verdad es que cuando nos enteramos, nos conmovemos también. No reconocemos la ira ni la ofensa, nos resistimos a convertirnos en parte del ejercito de la sumisión. Paris, como Beirut, Tel Aviv, Gaza, o Damasco, regresan a su actividad de todos los días porque están sostenidas por una vocación por la vida y una cultura monumental capaz de resistir todas las pretensiones de la violencia.

Sabemos cómo desvanecer las agendas del terror y proclamar su fracaso. Por eso, en pocos días, me parece que tendremos que salir a marchar a favor de la comunidad musulmana en Europa y, al tiempo, por los refugiados que siguen y seguirán intentándolo todo para poder vivir con un poco de dignidad. Y es que ni las armas del terror, ni los teclados AK47, tienen facultad para derrumbar lo mejor de nosotros mismos; nuestra capacidad de sentir un dolor personal y colectivo al mismo tiempo, ese del que somos dueños y que nadie nos puede condenar.

De las muchas preguntas que uno se hace a diario, hay algunas repetitivas que se presentan siempre como nuevas; ¿debo tomar café? ¿Salir a la calle? ¿Ver por la ventana? Pero por estos días hay una más rara: ¿debo expresar mi opinión? Quizás sí, aunque el mundo de las  redes, contrariamente a las definiciones, no nos salva de la caída. De hecho, por estos días del odio y el insulto en masa, parece que la red  es la caída misma.

 

 

GUSTAVO OTT

Anuncios