Erdogan

Fernando Mires

La noticia no pudo ser peor para los demócratas europeos. El partido de Recep Tayyip Erdogan, Justicia y Desarrollo (AKP) ganó las elecciones en Turquía (1-N) obteniendo la mayoría absoluta perdida hace cinco meses. Así Erdogan ha sido investido como autócrata de una nación que no hace mucho tiempo parecía enrumbarse en dirección democrática. Pero el problema no es solo ese.

El problema es que Erdogan necesita esa mayoría –la que no solo consiguió con argumentos sino mediante el uso de la represión medial y una nueva y feroz guerra a los kurdos- para dar curso a una Constitución destinada a poner en forma una república islámica, echando por la borda el proceso de secularización impulsado en Turquía desde los tiempos del “padre de la patria”: Atatürk. Por el momento solo faltan algunos escaños. Pero seguirá insistiendo por otros medios. Es lo más seguro.

Una gran cantidad de comentaristas europeos intenta minimizar el triunfo de Erdogan aduciendo que el interés de Turquía por ingresar a la EU no le permitirá acentuar el carácter teocrático del Estado. Pero ¿se han preguntado si el interés de Erdogan por ingresar a la EU sigue siendo tan grande como antes? ¿No han advertido como el gobierno turco juega con la posibiidad de no ser más cola de ratón en Europa sino cabeza de león en el mundo islámico?

La islamización del poder político bajo formato sunita permitirá a Erdogan convertirse en estrecho interlocutor de Arabia Saudita. Y si la guerra en contra del pueblo kurdo continúa, podría incluso establecer contactos con ISIS (si es que no los tiene ya). Como sea, el hecho objetivo es que Erdogan ha retomado el hilo justo en el punto en que le fue quitado a Morsi en Egipto. Pero la diferencia es grande. Mientras el ejército no era fiel a Morsi y a sus cofradías, sí lo es con respecto a Erdogan.

Europa no tendrá más alternativa que aceptar a Turquía como ha llegado a ser: un poder político-confesional. Una verdadera desgracia. Sobre todo lo es si se tiene en cuenta que hasta hace poco Turquía era considerada la nación vanguardia en el proceso de secularización del espacio islámico. Hoy, después del fin de la mal llamada primavera árabe y de la promesa laicista que traía consigo, está teniendo lugar en Oriente Medio todo lo contrario: la re-islamización del estado.

Arabia Saudita, Irán, y ahora Turquía, vale decir, las tres potencias del mundo islámico (a la vez, los principales aliados de Occidente) son naciones regidas por gobiernos confesionales.

Sin embargo, la des-secularización del poder no solo es un signo islámico. Ya ha penetrado en la propia Europa.

En Hungría, Victor Orban encabeza un proyecto integrista muy similar al que impuso Franco en España (Dios y  Patria). En Polonia, la victoria del conservador Partido de la Ley y de la Justicia impone una curiosa mezcla de capitalismo ultraliberal con el conservatismo más oscuro de la de por sí muy conservadora iglesia católica. En Rumania, la reaccionaria iglesia ortodoxa es parte del gobierno. Sigue así el ejemplo de Putin en Rusia quien fue el primero en llevar al poder político a los patriarcas ortodoxos. Para no pocos rusos Putin es un enviado de Dios.

En todos estos países no se trata de poner el poder político al servicio del religioso. Todo lo contrario. El poder espiritual  está siendo usado con fines muy terrenales por inescrupulosos autócratas y dictadores. Incluso en América Latina, mandatarios que hasta ayer hacían ostentación de su radical ateísmo, corren con las trenzas sueltas a buscar refugio debajo de las sotanas del Papa. Como escribió con ironía un disidente cubano: “Si las cosas siguen así vamos a tener que volver a luchar por la separación de la Iglesia con respecto al Estado”. Y parece que así será. Si ya el avance del nacional-populismo era un enorme peligro, mucho más lo será si sus fundamentos ideológicos son religiosos.

Ha llegado la hora de defender los principios legados por la Ilustración. Imperativo no solo válido para los estados políticos. También lo es para los poderes religiosos de la tierra. La idea de que unidas al poder circunstancial de la política las religiones pueden alcanzar una mayor hegemonía sobre las almas ha probado ser falsa. Dios no se impone con armas. Ni siquiera con votos.

Si las diversas confesiones quieren ser respetadas, deben actuar con independencia respecto a los estados. Dios, o como quieran llamarlo, no puede convertirse en un sirviente de sátrapas, dictadores y presidentes autoritarios. El Papa y el Pope, Imanes y Rabinos, así como todas las autoridades religiosas de este mundo, deberían pronunciarse cuanto antes. El peligro es muy grave

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