Cataluna

Fernando Mires 

Fernando Mires

El lugar del populismo, tendencia creciente en la política de los países europeos caracterizada por la emergencia de partidos que ofrecen soluciones simples para problemas complejos -como las migraciones, el terrorismo y los permanentes desajustes económicos- se expresa en España, como ayer se expresó en la ex- Yugoeslavia, en el auge de alternativas no independentistas, pero sí secesionistas. Vale la pena hacer la diferencia.

Mientras el independentismo surge como expresión de un movimiento nacional frente a otra nación que la oprime y sojuzga, el secesionismo surge como tendencia centrífuga en el marco de un estado nacional previamente constituido, tendencia destinada a separar una parte de la nación de su conjunto histórico y geográfico.

Eso debe estar muy claro: Lo que encabeza el líder de Junts pel Sí, Artur Mas, no es un movimiento de liberación nacional sino una tendencia secesionista que puede llegar a ser dominante no solo en Cataluña sino en el resto de una nación formada por diversas nacionalidades y culturas.

El triunfo electoral alcanzado por el Junts pel Sí en las jornada electoral del 27-S es imponente, pero así y todo, relativo. La alianza de Mas con el secesionismo aún más radical del CUP le permitirá alcanzar la mayoría electoral absoluta de los escaños (47,8%) no así la de los votos. Con mayor razón si se tiene en cuenta que ninguna elección autónoma puede asumir ni el carácter ni la forma de un plebiscito.

Artur Mas ha jugado en las autonómicas con cartas marcadas: ha intentado orientar en un sentido supuestamente  independentista el descontento social y político que existe no solo en contra de un Estado sino en contra de un determinado gobierno de ese Estado.

Los españoles, incluyendo a los catalanes, tienen razones más que suficientes para mostrar disconformidad con respecto al, si no ineficaz, extremadamente burocrático gobierno del PP. Lo prueba antes que nada el hecho de que el gran derrotado en Cataluña ha sido el PP (casi 129.000 votos menos con respecto a las elecciones anteriores). Por lo tanto, no todos los votos anti-PP pueden ser computados como votos secesionistas. Ahí reside la trampa de Artur Mas

Como sea, la alta votación alcanzada por el bloque secesionista ha facilitado su objetivo estratégico; y este no es otro sino acumular fuerzas para llevar a Cataluña a una auténtica confrontación plebiscitaria.

Que el procedimiento plebiscitario no esté de acuerdo con la Constitución, como aducen los dirigentes del PP y del PSOE, no reviste ninguna importancia. Nunca las separaciones intra-nacionales han ocurrido siguiendo las pautas de la legalidad estatuida. Obvio: ninguna constitución del mundo puede consagrar el derecho a la separación.

Eso significa que los partidos no secesionistas deberán aceptar, más temprano que tarde, el reto separatista planteado de modo inequívoco por Mas.

Evidentemente, el auge secesionista no solo ha mostrado la fuerza de Junt pel Sí sino, además, la incapacidad del gobierno Rajoy para levantar una política de unidad para toda España.

No basta en efecto decir no a la separación. Menos basta mostrar una hoja de contabilidad con estadísticas ý números que indican cierta recuperación económica. De lo que se trata –y Rajoy parece no haberlo entendido- es de asumir de una vez por todas los desafíos planteados a España en el espacio nacional y europeo. Hasta ahora lo único que ha hecho es marchar a la zaga, y siempre con mucho retraso, con respecto a políticas que son levantadas en Berlín y en París. Todavía nadie le ha dicho que en ninguna parte un gobierno sin protagonismo puede reclamar para sí la unidad nacional.

Los resultados catalanes han traído consigo, además, tres noticias suplementarias las que podrían tener mucha importancia política en un futuro próximo.

La primera, quizás la más impactante, fue que Ciudadanos de Albert Rivera, partido de origen catalán, pero no separatista, ha desplazado al PP y al PSOE hasta llegar a convertirse en la segunda fuerza política catalana (25 diputados). Hecho muy significativo pues a diferencias de Junts pel Sí y la CUP, Ciudadanos sí goza de creciente aceptación en toda el resto de España. Ciudadanos, si continúa creciendo, puede llegar algún día a ser el puente político que falta entre Cataluña y toda España.

La segunda noticia fue el fracaso electoral de Podemos. El partido de Pablo Iglesias no pudo insertarse en los principales temas conflictivos que marcan la política catalana practicando un “sí-no” y un “no-sí” que terminó por exasperar a sus propios seguidores.

La tercera fue que el PSOE (PSC) bajo la dirección de Pedro Sánchez continúa deteniendo lentamente su desangre electoral, algo que en un momento parecía ser imposible. De tal modo, si bien el PSOE nunca más llegará a ser el de los días de Felipe González, tampoco desaparecerá del mapa devorado por el cada vez menos carismático Podemos. Una cierta concertación (es demasiado temprano para hablar de alianzas) entre Ciudadanos y PSOE ya se divisa en el horizonte. Y, por cierto, no solo en Cataluña.

Ciudadanos (más autonomía sí, separatismo no) está demostrando que frente al auge separatista no basta acudir a expedientes leguleyos. Mucho menos se trata de desatar una política del terror frente al separatismo de Mas, como intentó hacerlo Rajoy (amenaza de exclusión de Cataluña de Europa en caso de que Junts pel Sí hubiera alcanzado una mayoría plebiscitaria).

Hay, por lo tanto, esperanzas de que España llegue a ser lo que debe ser: la nación que mejor representa la unidad de las diferencias: un micro-modelo para una macro-Europa. ¿Mantener las diferencias, entre ellas las nacionales, dentro de una unidad supra-nacional? Exacto: ¿No es ese al fin y el sentido de toda democracia?

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