revoluciones

Marisol Bustamante

Revolución Liberal, Revolución Liberal Restauradora, Revolución Legalista y hasta Revolución Bolivariana han sido desde 1830 y hasta nuestros días las denominaciones asignadas por los  diferentes gobernantes republicanos a sus proyectos políticos. Desde Guzmán Blanco, J.V Gómez, Cipriano Castro (1899) y hasta Hugo Chávez se han caracterizado por sus propuestas políticas cargadas de un personalismo mesiánico y tradicionalista, promoviendo –por todos los medios posibles- la implantación del factor político como centro de la sociedad. De tal manera, que los mecanismos y estrategias aplicados por el actual gobierno desde 1998 no se presentan como una novedad en sus prácticas políticas; más bien, ha tomado de experiencias anteriores todo lo necesario para su permanencia en la máxima jefatura de gobierno. Esto incluye: reformas constitucionales, convocatorias al poder constituyente, el uso de la fuerza constituida del Estado, el uso de la propaganda y de los medios informativos y la persecución a dirigentes contrarios al gobierno de turno. Si para alguno de mis apreciados lectores esto le parece conocido porque cree que lo estuviera viviendo en carne propia, le informo que esto no es ninguna novedad y que la diferencia sólo está en las circunstancias de cada momento histórico.

Los proyectos políticos anteriormente mencionados, representan una referencia elocuente del manejo de la memoria histórica de los venezolanos para la presentación e implantación de los mismos: el recurso histórico ha orientado la legitimación de estos proyectos, centrando todos sus esfuerzos mediáticos en el factor político como organizador de lo social. Lo cual, enclava a la sociedad al servicio del gobierno que lo convoque. Por ello, el hecho de que la politización sea algo de reciente data tampoco es una novedad, ni de este siglo ni del pasado: estos proyectos políticos, utilizan la estrategia de la Reconstrucción Fundacional cuyo fundamento está en referenciar los distintos episodios históricos para legitimar sus gobiernos rechazando cualquier vinculación con el pasado y presumiendo elementos innovadores o de cambio.

Los gobiernos republicanos orientados bajo este modelo personalista, que elevan lo político sobre social  -imbuidos todavía en la mentalidad de Capitanía General- devienen en pobreza y en el aumento de los males sociales: la necesidad de aceptación popular los obliga a ofrecer planes de desarrollo que al final terminan siendo incumplidos. El periodo bipartidista es ejemplo de ello, lo cual degeneró en una crisis política, económica y social creando así las condiciones para legitimación de la propuesta liderada por el ex presidente Hugo Chávez.

En la actualidad el complejo y turbulento escenario nacional, requiere –a mí entender- de alternativas con mayor vinculación al tejido social: los procesos de transformación, implican en su esencia la transformación de la cultura de los pueblos. Por ello una verdadera propuesta de cambio debe privilegiar lo social por encima de lo político. Sólo de esta manera, los ciudadanos entenderán la importancia de su participación como constituyentes y garantes del desarrollo nacional.

POLITÓLOGA ESPECIALISTA EN GERENCIA PÚBLICA

 

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