Titanic

Ricardo Viscardi

La concepción subjetiva propia de la modernidad se expresa con particular énfasis en la propensión a recrear el ambiente del Titanic antes del impacto contra el iceberg. Ya en la propia descripción del accidente se pauta la inclinación que lo admite o deniega. Quien abusa del efecto dramático de la confiabilidad confortable del lujoso transatlántico, contrapuesta a la gélida inmersión marina, está desviando la atención respecto a lo que efectivamente ocurrió, que no concurrió por debajo de la línea de flotación, sino por encima de las expectativas que suscita la fama.

 

Ante el accidente inescrutable pero previsible, el punto que se pone en juego por parte de quien se encuentra en condiciones de decidir, consiste en las posibilidades necesariamente plurales que configuran una decisión. Por el contrario, la necesidad no puede ser objeto de decisión, en cuanto lo necesario presenta una única razón, que no admite el par que como mínimo supone toda alternativa, ante dos posibilidades puestas en cotejo entre sí. Esa contingencia requiere, como condición de toda resolución sobre una misma base, dejar de lado uno de los polos contradictorios, como consecuencia ineludible de una toma de decisión.

 

La frase que Plutarco atribuye a Pompeyo “Navigare necesse, vivere non est necesse” no supone una decisión, sino una arenga, porque la frase no se refiere a una posibilidad, sino a una obligación. Pompeyo afirma que es necesario navegar porque de lo contrario la ciudad romana se encuentra en grave riesgo de disolución, ante la hambruna que la atormentaba, con la secuela de desórdenes políticos y estratégicos que amenazaba desencadenar tal escenario. Por consiguiente, la necesidad de navegar se anteponía a la vida biológica, para estampar la supremacía de la vida ciudadana, característica arquetípica de la condición ética romana.

 

En efecto, confiar la vida a quien la vive es una inclinación idiosincrática moderna, incomprensible desde el punto de vista que expresa Santa Teresa de Jesús: “muero porque no muero”.[1] Por consiguiente, ese aferrarse a la biología no debe ser entendido en cuanto a la modernidad como una comodidad oportuna, sino en tanto imperioso mandato de perspectiva: la uniformidad del ser que dispone de sí dándose un destino propio.

 

Esa disposición fue la que adoptó el capitán del Titanic y la que condujo al naufragio más célebre. Las causas del mismo no sólo son ajenas al acorazamiento con que contaba el barco, sino que sobre todo son contrarias a lo que aconsejaba la prudencia más elemental en la navegación, a esa altura del Atlántico boreal y a esa altura del calendario invernal.[2] El disponer de sí mismo, con el propósito de batir un récord de velocidad en la travesía atlántica, fue lo que determinó la imposibilidad de evitar la colisión con el obstáculo de hielo, así como la magnitud que revistió el impacto en cuanto al desenlace del hundimiento.

 

Quizás la integridad bio-lógica de la modernidad, en cuanto debe suponer la homogeneidad del sujeto en sus consideraciones, no haga sino adoptar, a título de coherencia subjetiva, condiciones fatalmente excluyentes entre sí. Sin embargo, la inviabilidad de la integración entre la decisión y el destino propio podía ser asumida, por ejemplo por un Pompeyo desafiando el mar bravío, en tanto dictado del destino: aún con riesgo de la vida biológica el romano exhortaba a sus marineros a ponerlo todo en riesgo,[3] porque a sus ojos la vida sin sentido ciudadano carecía de valor propio.

 

Sin embargo, con idéntico propósito ciudadano se puede incurrir en la misma temeridad aduciendo una prudencia de propósitos, cuando la previsión confunde deseos con realidades. Tal propensión a ignorar que “la vida es sueño”[4] se justifica en la autoestima que confiere la simple continuidad. Si tal “razón del artillero” parecía valedera en el caso del general Seregni –cuya especialidad militar era la artillería, que nunca fue presidente, puede convertirse en el “tiro en la pata” que denuncia Mujica,[5] que sin duda lo sabe por experiencia presidencial.

 

La asociación del destino del Frente Amplio con el triunfo presidencial en las elecciones próximas, recuerda en mucho la fe en el progreso que daba por insumergible al Titanic: ufana de la proeza industrial, promueve el exceso de confianza del capitán. Sin embargo, el accidente no puede ser substituido por la decisión, porque la decisión lo supone: no hay decisión sin error a la vista.  Por lo mismo, creer que el procedimiento excluye el paso en falso ya es estar dándolo, ante todo porque reduce la latitud de la interrogante que abre rumbos.

 

 No se trata entonces de pensamiento único ¿cómo sería un pensamiento que no decidiera? Si decide, no puede ser único, lo que puede suceder, sin embargo, es que no sea pensamiento. Pero también puede abandonar la sana duda un pensamiento que se supone tal porque se sustenta en la pura racionalidad de procedimientos: por ejemplo en la numeración de las encuestas de opinión pública. En este caso, seducido por la medición a ojos vistas, el navegante político confunde la etiqueta numérica con la instrucción de uso del fármaco electoral. Como se sabe, el paso del fármaco a la pócima es tenue y muchas veces es difícil diferenciarlo del suicidio.

 

En este caso las contraindicaciones, igual que para la navegación en el Atlántico Norte en medio del invierno, son muy claras en cuanto al tipo de escollos que puede emerger de la niebla, sobre todo en razón de lo nublado de las inmediaciones ideológicas: los gremios de docentes y de empleados públicos, aliados por excelencia de la izquierda, abjuran de aquella alianza en que algún día creyeron,[6] los estudiantes se dicen vigilados cuando no ultrajados por el propio gobierno del Frente Amplio,[7] algún analista de la izquierda tradicional activa la alarma,[8] los partidos del Frente Amplio proponen para la administración próxima lo mismo que al presente dejan de votar en el parlamento por disciplina gubernamental.[9]

 

Zarpado a las apuradas ante el desorden climático, el candidato Titanic anuncia que no puede evitar creer en su destino, sin embargo, si él cree en el suyo, son cada vez más los que dejaron de creer en él, incluso en un supuesto blindaje de la decisión, por ejemplo, electoral.

 

 

 

 

 

 

[1] Santa Teresa, Vivo sin vivir en mí  http://hyspania.wordpress.com/2012/12/11/muero-porque-no-muero-santa-teresa-de-avila/ (acceso el 4/09/13)

[2] “¿Cómo se hundió el Titanic? El ojo científico http://www.ojocientifico.com/4631/como-se-hundio-el-titanic (acceso el 04/09/13)

[3] Casas, A. “Navigare necesse, vivere non est necesse” Turdetania, http://turdetaniaonoba.blogspot.com/2013/06/navigare-necesse-vivere-non-est-necesse.html (acceso el 04/09/13)

[4] Pedro Calderón de la Barca (soliloquio de Segismundo en “La vida es sueño”) http://www.rjgeib.com/thoughts/barca/barca.html

[5] “A los sindicalistas los tenemos que pasar por un cepillo” Actualidad Chaco (29/08/13) http://www.actualidadchaco.com/vernota.asp?id_noticia=33221

[6] Ver en este blog “Inefable educación sin rendición de cuentas: hacia el voto en blanco” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2013/06/inefableeducacion-sin-rendicion-de.html

[7] Ver en este blog “Balas de goma, manos de yeso y fresas de la frescura” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2013/08/balasde-goma-manos-de-yeso-y-fresas-de.html

[8] Legnani, R. “Peligrosa crisis entre lo político y lo social” La Onda digital (28/08/13) http://www.laondadigital.com/LaOnda/LaOnda/639/A5.htm Ver también del mismo autor y en el mismo sitio “Elecciones: no está todo dicho” http://www.laondadigital.com/LaOnda/LaOnda/640/A6.htm

[9] Uval, N. “Tanto tienes, tanto vales” La Diaria (04/09/13) http://ladiaria.com.uy/articulo/2013/9/tanto-tienes-tanto-vales/

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