amargura

Ricardo Viscardi

 

Desde su mismo título, el film “Las fresas de la amargura” traduce mal una aporía que, por el contrario, sí expresa el título en inglés del tema principal de la banda sonora: “The circle game” (El juego en círculo). El círculo configura una aporía del movimiento, en cuanto la rotación circular compone una forma que no llega a diferenciarse de la quietud. Ese inmovilismo del movimiento, se distingue de cualquier otro movimiento o inmovilidad, en cuanto la misma noción de cambio supone contingencia y limitación de la forma.[1] Por el contrario, una forma que se confirma en el propio movimiento supera por sí misma toda precariedad.

 

La canción que se convierte en emblema del film relata cómo se contempla el pasado sin poder volver a él. La misma circularidad que se invoca se ve privada de trascendencia, eterno ensayo de un retorno inconcluso, fatalmente ajeno a lo que intenta lograr. Tal impotencia de la mirada arroja cierto descrédito, consabido y quejumbroso, sobre una teoría que no cunda más allá de sí misma.

 

Sin embargo, el título “Las fresas de la amargura” también expresa la imposibilidad de alcanzar lo anhelado: la dulzura del fruto. La metáfora que domina la película alude a la promesa que encierra la condición estudiantil para la juventud de los protagonistas, en una continuidad de vínculo inefable entre el amor, el entusiasmo y el compromiso. Esa progresión gradada no deja de involucrar entre sí el sentimiento, el saber y el mundo, ni  la condición estudiantil y la finalidad política. El sueño de la juventud y el sueño de la revolución, reunidos en la racionalidad subversiva de la modernidad,[2] se traducen en la nostalgia y el fracaso ante lo insondable, de cara a la noche de los tiempos.

 

Una izquierda que vota estratégicamente una rendición de cuentas presupuestal de cara al muro parlamentario, detrás del cual la increpa la incomprensión juvenil, vuelve a repetir el fracaso del sueño de la juventud y el sueño de la revolución reunidos. Pero esta vez los sueños no se reúnen juvenilmente, como en los enamorados fracasados de “Las fresas de la amargura”, sino que tan sólo los reúne la imposibilidad de aquella juventud, ante una juventud en la calle que les grita su fracaso. Han triunfado: están sentados en los escaños parlamentarios, han fracasado: quienes debieran heredarlos los increpan.

 

La circularidad del juego o el juego de la circularidad se manifiestan una y otra vez en la distancia entre la mirada que ve y la visión que escapa. El hiato está lleno de sentido y por eso mismo separa. Hay que votar juntos en acuerdo o en desacuerdo, en convicción o descreimiento, para mantener la cohesión de falange institucional que luego redunde en recolección de votos entre el cuerpo electoral.[3] La cohesión vale por sí misma, porque es la misma mismidad de cualquiera que admire la coherencia monolítica, poco importa que esta tome el signo de la manipulación mediática, para justificar la renuncia ideológica, o el de la omertá, para preservar una impunidad condenada por la memoria.

 

El voto por disciplina partidaria con mano de yeso y el disparo con bala de goma que no mata cumplen con el designio del sentido ante sí mismo: preservar la mayoría parlamentaria y la vida humana. Sin embargo, en los dos casos la prótesis ha desvirtuado el destino que supuestamente debiera alcanzar: el voto con mano de yeso desacredita a la representación parlamentaria y la bala de goma rebota en el descreimiento de la opinión pública.

 

No es posible fracasar a partir del descreimiento. Por sí mismo, el descreimiento no comporta fracaso sino para quien identifique el destino con la cohesión de las creencias. Desde esa perspectiva, cierto aire heteróclito de la marcha juvenil,[4] en el marco de la lucha presupuestal de los gremios de la educación y en memoria de las luchas estudiantiles del pasado, no deja de fructificar con frescura. Los jóvenes no son uniformes ni se corresponden entre sí en unidad de acción, sino que ante todo son jóvenes y  las consignas que levantan también movilizan a muchos otros sectores.

 

Las fresas de la frescura fructifican en el seto de la multitud. Pero no es una multitud que pueda ser contenida o encauzada por una versión que todo lo articule en un único proceso, porque esta multitud transcurre por una muchedumbre de relatos. De ahí que el afán por registrar, identificar y detener individuos, inclusive a kilómetro y medio y por memoria de policía,[5] no logra sino espasmódicamente reeditar aquella oposición entre legalidad y violencia,[6] que quiso creer en las formas acartonadas ante todo.

 

La preocupación que ganó la escena mediática, en torno al enfrentamiento violento que hubiera podido generar la marcha estudiantil no es sólo un efecto de memoria cultural, sino también de economía simbólica. Manifiesta a las claras aquella bulimia moderna de trascendencia ante la forma, tiende por su propio fantasma a ubicar la transgresión como el límite del deseo.  Pero mal que le pese a la condensación normativa de la forma, que la transmuta en bala de goma o mano de yeso, el juego ya no es circular, ni corre riesgo de precipitarse en el abismo que se procura colmar de sentido.

 

Lo insondable fructifica en red. Abierta una ventana se lo ve, en la frescura de las fresas.


[1] Mondolfo, R. (1952) Lo infinito en el pensamiento de la antigüedad clásica, Eudeba, Buenos Aires, p.94.

[2] Sapere Aude! (Atrévete a saber!), la consigna kantiana.

[3] “Diputado del PCU criticó a Mujica y pidió más recursos para la educación” El Observador (15/08/13) http://www.elobservador.com.uy/noticia/257537/diputado-del-pcu-critico-a-mujica-y-pidio-mas-recursos-para-la-educacion/

[4] Rómboli, L. “Memoria renovada” La Diaria (15/08/13) http://ladiaria.com.uy/articulo/2013/8/memoria-renovada/

[5] Rómboli, L. “Tiros y tiras” La Diaria (16/08/13) http://ladiaria.com.uy/articulo/2013/8/tiros-y-tiras/

[6] Pernas, W. “El sutil control de las masas” Brecha (09/08/13) http://brecha.com.uy/index.php/politica-uruguaya/2284-el-sutil-control-de-las-masas

 

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