antel-arena 

Por Ricardo Viscardi
La circunstancia crítica por la que atraviesan las Humanidades está lejos de constituir un patrimonio nacional. Tanto en calidad de disminución relativa, como en cuanto fuente de esperanza, surge incluso de la noción de “Nuevas Humanidades”, propuesta por Derrida en La Universidad sin condición,[1] cuya característica más significativa en el plano estratégico, consiste en vincular el destino de la universidad a esa proyección actual de las Humanidades. Sin embargo, el Uruguay que los uruguayos siempre comienzan por presentar, fuera de fronteras, enfatizando la grandeza de espíritu de una pequeñez de tamaño, ha engendrando un rasgo prominente a escala mundial –como a los uruguayos, pese a la contrición que abunda en su estilo, les place que sea: un presidente de la República que ataca a las Humanidades.[2] 

No se trata, por cierto, del único rasgo que ha hecho prominente a nuestro actual presidente, sobre todo si tenemos en cuenta la contraposición entre su eminente cargo y la humildad de sus costumbres, o entre lo revolucionario de su pasado y lo conformista de su presente. Sin embargo, tal profesión de fe anti-humanista expresa el compromiso académico más significativo de su gobierno, en cuanto además, se ejerce sobre un país que nadie reconocería en el plano internacional, en lo que hace al relieve histórico de su actividad cultural, más allá del campo que articulan académicamente las Humanidades. 

Los propósitos avanzados por el actual titular del poder ejecutivo en el Uruguay son de índole claramente moderna: las humanidades, enfrascadas en la disquisición letrada, configuran un saber estéril y refractario, ajeno a la frescura del conocimiento, mientras una lozanía ajena convive con la realidad positiva y concreta en disciplinas aplicables, productivas económicamente y progresistas socialmente. Más allá del aire obsoleto de estos propósitos, no debe olvidarse que toda nostalgia dicha en presente, también representa una interpelación actual. Sin duda, la problemática de la tecnología en la actualidad, con sus trascendentes reversiones de la estructura del poder y de la significación del saber, se encuentra en el meollo de los signos que Mujica cree interpretar, pero que más allá de sus declaraciones, los agentes del poder y los sapientes del conocer manipulan en provecho propio. 

En efecto, de Habermas a Foucault y de Marcuse a Vattimo el tema de la tecnología ha constituido un rasgo dominante de la crítica del totalitarismo hasta nuestros días, según una progresión de la que surge un rasgo predominante: la autoridad teórica adquirida por la inscripción de la tecnología en la comunicación. La obsolescencia del propósito presidencial uruguayo al presente se manifiesta, en este punto, en cuanto el tópico de una índole primaria de la materia declina,[3] ante la inmaterialidad manifiesta de la captación y emisión de imagen a distancia, profana irrealidad de la que se espera, gubernamentalmente, el mayor provecho.  Pero sobre todo, esa obsolescencia de la materia prima en tanto efecto de una sacrosanta “base material de la producción”, contrasta con la actualidad del debate político, jurídico y tecnológico en el mismo país.

 Este debate se concreta, tanto en el plano jurídico como en el político, en torno a la condición estratégica más humanística: la sospechosa consideración de la “generación de contenidos”. La propia empresa estatal de telecomunicaciones (ANTEL), monopólica en el campo de distintas tecnologías de la comunicación, proyecta al presente la construcción de un edificio destinado a los espectáculos masivos que favorecen la captación de imagen espectacular, ya sea de índole deportiva, artística o incluso académica: una Arena. Pese a no formar parte de la panoplia instrumental de la comunicación –ni menos de su materialidad técnica, tales producciones culturales se vinculan de la forma más estrecha a las telecomunicaciones, en cuanto proveen un contenido de interés masivo. El propio titular del Ejecutivo apoya sin ambages  un emprendimiento que reúne la cultura y la recaudación bajo los haces reflectores, aunque irreflexivos, de la masividad del consumo ocioso.[4] 

En cuanto el emprendimiento mediático redituaría generosamente para las arcas públicas, cunde más significativa que el manifiesto interés presidencial por el beneficio económico y al margen de la polémica partidaria,  una argumentación teórica cargada de humanismos, por parte de humanidades poco humanísticas.

 El ingeniero Juan Grompone no alberga la menor duda acerca de la debida apropiación tecnológica, por los fueros de la empresa estatal, dirigida a la  “generación de contenidos”.[5] Grompone va más lejos que Shannon,[6] en cuanto este último hizo profesión de fe de la abstracción de todo contenido del receptor o del emisor, en aras de la omnisciencia del cálculo matemático de la fidelidad de una transmisión.  Esa misma abstracción de la interacción entre individuos,  que es el objeto de toda comunicación que se precie de tal,  convierte la divinizada exactitud del cálculo matemático, que en este caso toma por objeto una calidad de transmisión, en mera medición del soporte informativo de un canal tecnológico. Sin embargo, tal limitación formalista –aunque no humanística- no arredra a Grompone, quien enuncia la sucesiva supeditación de la “generación de contenidos” al canal que los extiende a distancia, desde el telégrafo hasta internet, según una ley fatal que se cumpliría en tanto (tele) apropiación tecnológica. Tanta captación tele-tecnológica de la mayor diversidad de contenidos quedaría, sin embargo, curiosamente al margen de la propia disquisición acerca de las “tele-tecnologías” que ocupa al ingeniero, sobre todo si tal esencialidad es provista por una humana –sino humanística- “generación de contenidos”.

Omar Paganini, desde la misma titulación en ingeniería que Grompone,  se contrapone sin embargo al reduccionismo formalista de éste último, en cuanto reivindica una condición de la “generación de contenidos” inaccesible al aparato tecnológico.[7] Sin embargo, los ejemplos de “contenido” que aduce no ilustran la contraposición con los artefactos, sino en tanto Paganini excluye a los primeros de toda posibilidad de transvasarse en continente, condición abstracta de una “generación de contenidos” que supone, por vía de consecuencia, la intangibilidad antihumanística de tales esencias ultraterrenas. 

En este punto convendría que Paganini nos proveyera el fundamento de su inaccesible referente, ya que los más renombrados especialistas, como Jacques Derrida, por ejemplo, no han logrado encontrar diferencia, en cuanto al contenido, entre el sujeto y el objeto, tratándose en uno y otro de caso de entidades cuya puridad parece tan cristalina (para el primero) como opaca (para el segundo).[8] Pareciera imposible por lo tanto que un objeto generara contenidos, tanto como identificar a un sujeto con la generación de lo que ya lo constituye, humana dificultad de generación de toda diferencia (o diferensia, si se quiere) que no vinculara al objeto con el sujeto y viceversa, ante cuya humana impureza, no se ve como Paganini lograría dividir la “generación de contenidos” de una “tele-tecnología” humanística. 

Sin embargo, la negatividad de Mujica ante sus propios dichos sobre las abstrusas humanidades comunicacionales, la de Grompone ante la acepción de “contenido” o la de Paganini con relación a la intangibilidad propia de la “generación” de los mismos, presentan en común una misma referencia: el poder.

 Pese a sus desafíos a los saberes improductivos, Mujica obtempera ante el financiamiento del espectáculo, de cara a las fabulosas ganancias que genera –ya hoy- la “inmaterial” empresa pública de telecomunicaciones, en razón de un emprendimiento que, según declara el presidente en funciones, sería imposible al margen de la inversión pública. Grompone, pese al reduccionismo tecnológico que profesa, lo niega ex profeso cuando aduce la legitimidad de la tecnología para “extenderse” hacia los contenidos, ya que no se ve cómo tal extensión pudiera alcanzar su propio objeto, sin que tales esencias presentaran una condición supra-tecnológica efectiva. Finalmente, Paganini hace de la “generación de contenidos” una instancia que debiera permanecer incólume por sus fueros, sin embargo, la negatividad social de tal entelequia surge con cristalina transparencia, cuando el mismo autor señala la necesidad de defender la neutralidad de las telecomunicaciones en tanto mercado, marcado –sobre todo en las telecomunicaciones- por la eterna neutralidad de la libre empresa capitalista. 



* Texto presentado en calidad de “disparador” de la Mesa de Discusión “Humanidades hoy”, en XVI Jornadas de Pensamiento Filosófico, FEPAI, Buenos Aires, 10 y 11 de mayo 2013.
[1] Derrida, J. “La universidad sin condición” en Derrida en castellanohttp://www.jacquesderrida.com.ar/textos/universidad-sin-condicion.htm (acceso el 15/05/13)
[2] “Viru-viru” tu madrina” Mediorama (26/11/11) http://mediorama.blogspot.com/2011/11/viru-viru-tu-madrina.html(Acceso el 15/05/13)
[3] Wolton, D. (1992) Elogio del gran público, Gedisa, Bardelona, p.95 .
[4] “Tirate que hay arenita” Montevideo Portal (30/04/13) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_199214_1.html(Acceso el 15/05/13)
[6] Shannon, C. “A Mathematical Theory of Communication”  http://circuit.ucsd.edu/~yhk/ece287a-win08/shannon1948.pdf  p.5 (Acceso el 15/05/13)
[8] Derrida, J. (1967) La voix et le phenomène, PUF, Paris, pp.112-113. Ver igualmente (aunque sin paginación) « El suplemento de origen » en Derrida en castellano http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/suplemento_origen.htm(Acceso el 15/05/13).
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