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Democracia siglo XXI

fecha

abril 7, 2013

Los tutelajes

tutelaje 1

 

Teódulo López Meléndez

La transición se da con los signos aparentes que creen disimulan algo a otros que disimulan que no hay nada, para utilizar una expresión grata a Jean Baudrillard.  Toda simulación implica un regreso. Esta simulación extrema bien la podemos definir entonces como una disolución del poder mismo, pues los nuevos factores determinantes se mueven con la apariencia y la apariencia dejarán cuando los simuladores ya no puedan crear la ilusión de una realidad. Esta campaña electoral dramática por su vaciedad bien puede ser definida como una transición de lo real a lo hiperreal.

Hay nuevos determinantes del poder, no ya tan nuevos, pero con la novedad de asumir su papel de manera abierta. En Venezuela los militares son el principal partido de gobierno, son las tutelas del poder. Eso que algunos venezolanos confunden, en una expresión muy criolla, con “jalabolismo” no es otra cosa que el remarcaje de la tutela. Es evidente con las continuas declaraciones y con las respuestas que se hacen a denuncias, falsas o verdaderas, sobre injerencia militar en movilizaciones el día electoral. Los militares hacen saber que el régimen se sostendrá por su presencia activa.

Eso equivale a un “efecto realizado”, para seguir con la terminología de Baudrillard, dado que la oposición denunciante debería saber y admitir que su acción electoral y sus denuncias se estrellan contra el verdadero factor tutelar que a diario hace gestos en una especie de modelo repetitivo y manifiesto que encarna la verdadera simulación de poder. La política y el poder mismo pierden así todo su contenido y funciones para convertirse en un modelo de espacio simulado cuyos actos y efectos serán vistos el día del simulacro electoral.

Paralelo al tutelaje militar existe uno popular, en simbiosis, lo que es llamado la unión cívico-militar, que mejor debería ser definido como militar-cívico. En la terminología de Ceresole ejército-pueblo-caudillo, sólo que este último desapareció y para cubrirlo se recurre a su última voluntad, esto es, frente a la inexistencia del poder se recurre a la simulación.

 

Está claro que la oposición también simula en una permanente acción defensiva que, apenas ahora, incluye la denuncia, una que pareciera señalar como equivocada sus acciones y errático su proceder. Inobjetablemente, aceptadas las denuncias, habría que reconocer que los partidos agrupados en la MUD y su candidato presidencial no deberían estar en este proceso regresivo que alcanzará su máxima expresión al conocerse los resultados electorales previsibles.

 

Hablaba de un  tutelaje popular que resulta obvio. Hay un pueblo que alcanzó protagonismo y una clase media emergente, sectores beneficiados por la acción social y un factor mágico-religioso muy fuerte, no dispuestos para nada a arriesgar lo alcanzado. En este cuadro donde siente la solidaridad de las Fuerzas Armadas no se puede recurrir a la generalización de algún asesor experto en guerra sucia para simplemente mantener a los fieles. Sigue faltando el elemento que permita modificaciones en la sólida estatificación de los bloques.

 

Esta campaña electoral está marcando un hito muy peligroso, la desaparición de lo político y su sustitución por una simulación. Desde el poder escasea la realidad y por ello se ofrecen signos de realidad. Desde la oposición se produce una unión en torno a la desaparición, una que se concreta en el lenguaje de conservar la apariencia. Si no pudiese ir a elecciones, o decidiese no hacerlo, dejaría de producir signos de realidad, dada su impotencia de producir realidad.

 

Un régimen como el que tenemos en Venezuela no puede ser explosionado desde fuera sin una implosión. Conscientes del hecho se produjeron todos los arreglos internos, a pesar de todas las intrigas para dividirlos, como sucedió con el caso de Nicolás Maduro y Diosdado Cabello.  Las Fuerzas Armadas pueden tener elementos discrepantes en su seno, pero están decididas en su conjunto a mantener lo que llaman el logro del Comandante en cuanto a unión cívico-militar.

 

Una implosión no existe como perspectiva inmediata. El principal factor tutelar dejará que ocurran acontecimientos cuando verifiquen, si es que ese momento llega, divisiones, malestar, cansancio y disolución de los lazos. Lo hemos visto hasta en el proceso egipcio. No somos egipcios, ciertamente, pero aquí, al igual que allá, la palabra es tutelaje.

 

@teodulolopezm

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La postergación como política

postergar

 

Alberto Medina Méndez

La vapuleada y manoseada democracia moderna, le viene dando cobijo a una casta de perversos políticos que, abusando de las características del sistema, han desplegado un deplorable culto al corto plazo.

Ellos descubrieron que a los votantes parece importarles más el presente inmediato que el futuro lejano. Su tesis la ponen a prueba a diario, y encuestas, estudios y cuanta medición está disponible, dice que la economía manda, y que si el hoy afirma que “estamos bien”, las perspectivas del largo plazo pueden interesar conceptualmente a algunos, pero no definen.

En ese juego, han aprendido a priorizar sus propios intereses, por sobre los de la sociedad a la que intentan representar, y así es que se han convertido en unos crónicos constructores de la postergación como política de Estado.

Su filosofía ahora consiste fundamentalmente en ganar elecciones, les importa el poder, su continuidad y por lo tanto dan preferencia al próximo turno electoral. En ese esquema, lo importante no es resolver problemas, sino que los mismos no exploten en sus narices, o al menos que ello no suceda demasiado pronto.

Esta estrategia general, los ha llevado a desarrollar, y perfeccionarse lo suficiente, en el arte de contener y sostener los inconvenientes. Ya no se trata de enfocarse en las soluciones, sino solo en trabajar sobre procedimientos que posibiliten posponer los malos efectos, al menos hasta que lleguen los siguientes comicios.

Con el resultado electoral en mano, cualquier fuera el mismo, casi siempre favorable, podrán reconsiderar la situación y actuar en consecuencia, ya sea con más de lo mismo o simplemente replanteando el discurso vigente.

Pero para ello no solo ejercitan políticas específicas, centralmente dilatorias, que tienen por objetivo amortiguar el eventual impacto, o más linealmente, trasladar sus circunstanciales efectos a sus nuevas víctimas y protagonistas.

En este contexto, también intentan buscar responsables, diluir culpas y sobre todo asegurarse que si algo sale mal, el chivo expiatorio estará al alcance, y se dispondrá del discurso adecuado que le endilgue la plena incumbencia por lo ocurrido.

La tarea no es muy compleja. Pero se debe ser consciente que como en todos los órdenes de la vida, los obstáculos deben en realidad ser enfrentados, más tarde o más temprano. La estrategia de “ganar tiempo”, es solo eso, y sus efectos no son neutros.

La dilación hasta el infinito, hace que el impedimento sea mayor, y que su salida resulte mucho más engorrosa, difícil y demasiado onerosa no solo en términos políticos para sus implementadores, sino para la sociedad que invariablemente pagará las consecuencias de decisiones desacertadas a un valor muy elevado.

Como ocurre en la vida misma, no ocuparse de los problemas, hacer de cuenta que no existen, ignorarlos, y al mismo tiempo priorizar la inmediatez de la efímera felicidad, es no comprender lo que sucede.

Cada asunto, como la corrupción, la inflación, la inseguridad, por solo citar ejemplos cotidianos, deben ser debidamente considerados, seriamente estudiados y adecuadamente enfrentados, eligiendo la estrategia correcta. Es posible tomar algún razonable tiempo, pero solo el suficiente para construir las herramientas que permitan dar la batalla final y derrotarlo con éxito. Una postergación ilimitada es sinónimo de seguro fracaso.

Los políticos que defienden esta idea de sobrevivir solo al próximo turno electoral, no solo muestran su escasa vocación de estadistas, sino la lineal perversidad de sus mentes y una maldad manifiesta.

Ningún ser humano de bien, frente a una contrariedad de un ser querido, elegiría el camino de engañarlo para pasarla bien, sabiendo que el hecho de no ocuparse de su problemática, solo empeorará el escenario.

Si fuera un tema de salud, la actitud de posponer, tendría el riesgo adicional, de poder alcanzar un punto sin retorno para intentar solucionarlo, por haberle permitido que se desarrolle, crezca y se torne incurable.

La comparación, solo pone en evidencia, que ya no solo se trata de dirigentes que quieren ganar elecciones, sino que fundamentalmente ni son estadistas, ni desean ayudar a la gente que pretenden representar. Solo los apasiona el poder, y la sociedad es solo un instrumento para lograrlo.

La mala noticia es que no se sale de este círculo vicioso así nomas. Para conseguirlo, hay que privarse de los supuestos beneficios del corto plazo, para entender la dinámica de la vida acabadamente, sabiendo que los dificultades no se solucionan esquivándolas, sino todo lo contrario, haciendo lo correcto, enfrentándolas, con inteligencia, soluciones e ideas claras.

Cuando la sociedad premie a los políticos que propongan sacrificio para dar la batalla contra los problemas estructurales que nos aquejan, tendremos alguna chance de cambiar el rumbo. De lo contrario, si seguimos igual, solo alimentaremos esta secuencial historia de dirigentes, que mienten descaradamente, estafan la buena fe de los más y por sobre todas las cosas, hacen de la postergación, su política.

albertomedinamendez@gmail.com

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