Francisco

 

Ricardo Viscardi

La profusión mediática en torno a la figura del Papa, ha disuelto con sencillez franciscana las rispideces polémicas que sucedieron al inicio del pontificado de Francisco. Tal emanación informativa justifica, personificándola, la acepción “experiencia vicaria”, con que se ha designado a  la comunicación.[1] Esta elisión procede según el secreto de toda transferencia: se deja atrás un sentido que pasa a ser opacado por otro. El sentido relativizado no queda en el secreto en cuanto oculto, sino que pasa a un lugar diferido, relegado o aún, subsidiario.

 

La gran prensa y una mayoría del público han dejado atrás la preocupación por las acusaciones de colaboración que vinculan a Francisco, cuando aún no había asumido el papado, con el régimen de terror en Argentina durante los años 70’. En este giro mediático han cumplido un rol decisivo declaraciones que eximían al actual Papa, por entonces Superior Jesuita en aquel país, de cualquier responsabilidad en la colaboración con el régimen en el poder. Entre estas declaraciones se destaca en particular la de nuestro compatriota Gonzalo Mosca[2], que provee cierto desvanecimiento de la imputación. Este efecto de sobreseimiento se debe, en buena medida, a que Gonzalo no se vincula, ni por trayectoria ni por actividad, a intereses que pudieran atenerse a cierta benevolencia hacia aquel Superior Jesuita. En ese sentido, su declaración contrasta con la de Pérez Esquivel, en más de un aspecto, tanto por el involucramiento personal del Premio Nobel argentino con la problemática del período en cuestión como, sobre todo, en razón del vínculo que mantiene con la Iglesia Católica en tanto laico notable.

 

El relato que hizo Gonzalo ante los medios lo oí en persona, de fuente propia, durante uno de los encuentros que mantuvimos, en ocasión de reuniones de exalumnos del colegio en el compartimos, desde tercer año de primaria, la misma clase hasta cuarto año de liceo. En aquella narración de la peripecia personal faltaba un nombre que surge en la versión que difunden los medios: Bergoglio. Esa ausencia se explica perfectamente, ya que en aquel encuentro entre nosotros, la figura del director de San Miguel no era relevante a efectos del relato personal entre amigos, mientras sí lo era, ahora ante los medios, para cumplir con el propósito de dar testimonio a favor de quién, en un acto de coraje personal e institucional, probablemente le haya salvado la vida.

 

Este gesto enaltece a Gonzalo, no sólo porque cumple con su convicción íntima a raíz de la experiencia personal, sino además, porque retribuye la notable solidaridad que se le prodigara en una circunstancia límite. Por otro lado, mi propia memoria ratifica en un todo lo relatado por Gonzalo a los medios, en cuanto lo he oído de él personalmente, muchos años antes, en el mismo relato de su peripecia singular ante la represión.

 

Aunque la suma de testimonios favorece al actual pontífice ante la memoria posible, tampoco resulta suficiente, a no ser a la luz de la mediatización de los medios masivos, para satisfacer la interrogación sobre la actuación en el pasado de quien ha sido ungido Papa en el presente. La cuestión supera en mucho, de cara a una comprensión satisfactoria, el plano de la responsabilidad personal de Francisco.

 

En efecto, Página 12 está muy lejos de constituir un órgano meramente difamatorio y anticlerical, tal como la Iglesia ha querido presentarlo. No sólo por su papel en el esclarecimiento de los crímenes ocurridos bajo la represión militar en la Argentina, sino ante todo, por el rol que ha cumplido en el periodismo rioplatense, en cuanto se ha hecho eco de una perspectiva vinculada a sesgos suprapartidistas de la actividad  política. Incluso las declaraciones sobre su propio estado de ánimo del jesuita Jalics -que según distintas versiones habría sido “entregado” por Bergoglio-[3] refieren que el  religioso húngaro actualmente se “encontraría en paz” con el Papa,[4] expresión cuyo implícito –reforzado porque Jalics también declara “no puedo comentar sobre el papel del padre Bergoglio en estos sucesos”- supone que tal estado de ánimo fue precedido por una agitación en otro sentido. Por igual las declaraciones de Pérez Esquivel, señalan a las claras que se exime al actual Papa de responsabilidad, pero en un sentido negativo, en cuanto no habría emprendido gestiones que, cuando tuvieron lugar, de todas formas fracasaron.[5]

 

Este conjunto en cierta forma cacofónico y contradictorio, deja cundir la impresión de un defecto clásico de formulación, e incluso menos, de una composición de lugar mal elaborada: un problema mal planteado. Para esclarecer tal defecto, quizás ayude admitir provisoriamente un punto de vista extremo: a favor del papa Francisco. Ha cundido mundialmente el voto de confianza que le dispensa Leonardo Boff, quien apoyándose en señales dadas por el actual pontífice (tales como adoptar el nombre “Francisco” o antecedentes a favor de la liberalización doctrinaria), augura una renovación de la Iglesia.[6] En tal sentido, conviene destacar que el vaticinio de Boff se sostiene en el factum institucional: una vez ungido papa, el sucesor de Pedro cuenta –según el teólogo brasileño- con un margen de maniobra insospechado.

 

Sin embargo, esta profesión de fe en la institución es precisamente lo que permite albergar dudas ante el crédito político que extiende el eminente teólogo. Esa perspectiva institucional instala una bisagra ética que gira con cierta ambigüedad, en torno a la actuación del imputado, vinculada desde entonces a un contexto que trasciende su lugar personal. En efecto, si socorrer a un perseguido corresponde a un acto de caridad perfectamente compatible con la fe cristiana, por otro lado, también constituye una obligación del responsable bajo cuyo cuidado se encomienda una grey, no favorecer actitudes que pongan en peligro la misión evangélica emprendida en común.

 

Si salvar a alguien perseguido por su acción a favor de los desposeídos sigue siendo la obligación personal de un cristiano más allá del cargo que ocupe, velar por la protección de la institución que evangeliza en el sentido de la justicia también lo es. Desde el punto de vista de la reconstrucción hipotética de una circunstancia crítica, quien por entonces  oficiaba como Superior jesuita en la Argentina, podía entender encontrarse ante dos mandatos cristianos contradictorios en su forma, pero no en su contenido, cuando evitaba que un perseguido (por ejemplo Gonzalo Mosca) cayera en manos de la represión y  cuando se desentendía de las acciones de quienes (por ejemplo Yorio y Jalics) quizás ponían, a su parecer, en peligro la misión pastoral bajo su responsabilidad.

 

Si esa “doble articulación” de la responsabilidad revistiera cierta eficacia explicativa a partir de una conjetura, el eventual efecto de esclarecimiento logrado pone asimismo en duda la confianza política que Leonardo Boff deposita en la investidura papal, en cuanto espera que la institución cambie unilateralmente, precisamente por la cumbre. Alternativamente, la misma ambigüedad personal que encarna toda institución cuestiona la fe militante de quienes parecían esperar, por la base, que la institución eclesial orbitara contra el terrorismo de Estado. Sin duda muchas lecturas del evangelio y varias tendencias teológicas, amén de los antecedentes históricos en el mismo sentido,[7] otorgan verosimilitud a la hipótesis de una conjunción entre la Iglesia y la actividad revolucionaria.

 

Pese a esos elementos, la hipótesis de una “iglesia por la liberación social”, tiende a alejar a la comunidad religiosa de la expresión institucional, incluso como Estado, que singulariza a la Iglesia Católica como un poder terrenal que da testimonio de una revelación divina. La articulación entre la verdad revelada y su transmisión terrenal constituye la característica propia de la Iglesia Católica, en cuanto un sentido inalterable se trasunta a partir de un testimonio faliblemente transmitido.

 

En tal perspectiva, el sentido de la verdad y la verdad de la institución reflejan una misma –doble- articulación entre lo inalterable y lo efímero, en la que se constituye la singularidad diferenciadora del catolicismo. Sólo si la divinidad autoriza la verdad, la misma luce inalterable, por lo tanto, tal intangibilidad suprema no puede transmitirse sino por medio de instrumentos limitados y falibles. Iglesia y verdad son indisociables en la significación institucional de la trascendencia,[8] unión que a su vez viene a ser secularmente refrendada por la fatal cortedad de miras, que aqueja necesariamente al instrumento mundano de la voluntad divina.

 

Por consiguiente, estos dos polos entre los que se instituye el sentido de verdad y el sentido de institución no pueden ser tensionados al extremo a favor de uno, sin que desaparezca simultáneamente el otro. Incluso, su mutua complementariedad explica, a través de la acepción doctrinaria, que la Iglesia haya logrado fundar la índole propia de la comunicación en tanto tradición, según una mutua justificación entre el sentido trascendente y la expresión mundana. A punto tal que para distintos autores, la Iglesia Católica expresa un régimen de recuperación simbólica de toda disidencia, cuyo principio  de sustentación rige por igual a la comunicación moderna, al punto de proveer el ejemplo canónico de manipulación de toda insumisión posible.[9]

 

En este punto, el trazado del círculo explicativo se cierra y por igual se abre. Si la comunicación masiva ha logrado hacer “olvidar” la duda exhibida sobre el pasado del Papa, lo ha logrado ante todo, porque toda comunicación es sustancialmente “papal”. Como tal, la “experiencia vicaria” como la entendía el teórico de la comunicación Molles, concuerda con lo expresado por el teólogo de la liberación Boff: no es Bergoglio ante quien estamos, sino ante el vicario de Cristo en la tierra. Ahora es Francisco, ya no el cardenal argentino anti-kirchnerista.

 

Pareciera entonces, que si se buscara una alternativa a esa recuperación protagonizada en pocos días por la comunicación y desde hace siglos por su madre Católica, Apostólica y Romana, debiéramos procurarla en una destitución de las instituciones, antes que en un cambio en la cúpula del edificio.

 

Inclusive, porque la propia institucionalidad izquierdista parece extrañamente favorable a las transferencias más inauditas, e incluso, por anticipado. En el caso del Uruguay, una curiosísima amnesia crítica aqueja al espectro intelectual, en cuanto a la memoria crítica  del totalitarismo soviético. Pareciera que nuestro horizonte analítico estuviera poblado de curiosísimos ángeles estalinistas. No sólo haber pertenecido al Partido Comunista del Uruguay no supone de por sí un baldón que se asocie a la complicidad ideológica con el Goulag,  la Cortina de Hierro y proezas tales como la invasión de Checoslovaquia, sino que no faltan quienes añoren –incluso sin proponerse integrarlo- el retorno de aquel “buen viejo partido”,[10] que decía amén sobre lo que profesara el Kremlin.[11]

 

En efecto, algunas memorias más equívocas que las que rememoran a Bergoglio en su período de Superior Jesuita, parecen no recordar la condena de la invasión de Hungría por al FEUU en 1956, o la declaración contra el golpe de Estado en Polonia que firmamos 73 exiliados en Francia en 1981.[12] Sin embargo, a tal respecto, también quien escribe se encuentra en condiciones de testimoniar personalmente, en particular sobre la condición de “disidentes” que se atribuía a quienes denunciábamos entre los uruguayos lo que era una evidencia para cualquier sensibilidad crítica, que debiera como tal, ser tan irritable ante el “Big Stick” estadounidense en el Caribe, como ante la presión sobre las “repúblicas hermanas” del Pacto de Varsovia. Si los “disidentes” uruguayos no conocieron el destino de tantos de sus homólogos húngaros, checos, polacos o incluso soviéticos, fue ante todo porque el famoso “sistema” y su “verdad” se derritieron como un terrón de azúcar en el agua de la crisis mundial de los corporativismos de Estado.

 

Sin embargo, los ángeles estalinistas no sólo transitan sin mayor reproche de memoria en medio uruguayo, sino que además no conocen por aquí crítica teórica alguna. Recientemente se editó un libro destinado al análisis del Partido Comunista del Uruguay, que sin embargo, como un testimonio más de la angelical trayectoria del estalinismo entre nosotros, se ha agotado.[13] El lector podría pensar que tal éxito de librería se debe a las virtudes críticas de la obra. Sin embargo, la recensión a la que tenemos que resignarnos a falta del texto en librería, subraya que el planteo en cuestión no se pregunta por el fundamento de una lectura de Marx a partir de la versión soviética.[14] Tal elemento bastaría, si se recuerda que el  “lenguaje estalinista y postestalinista”, en tanto característica propia de la “transformación autoritaria del lenguaje marxiano”,  ya era imputada por Marcuse en “El Hombre Unidimensional”[15] –obra inspiradora del movimiento del 68’, es decir, 45 años atrás, para entender el grado de “liberación” ante la problemática del totalitarismo que luce nuestra perspectiva vernácula, así como para explicar la ligereza de libélula con que evolucionan por nuestro cielo ideológico los ángeles estalinistas.

 

Sería tan absurdo esperar militancia del papa como exigir espíritu crítico de un ángel estalinista, porque los vincula entre sí cierta intangibilidad infalible, producto de la teología cristiana en el primero y de la secularización marxista del mismo trasfondo en el segundo, con efectos significativamente análogos.

 

 

 

 

 

 

[1] Moles, A. (bajo la dirección de) (1985) La comunicación y los mass media, El Mensajero, Bilbao, p.121.

[2] Civils, A.I. “Papa Francisco: uruguayo recuerda a un Bergoglio valiente que le ayudó a huir de la dictadura” LaRed21 (23/03/13) http://www.lr21.com.uy/comunidad/1094074-papa-francisco-uruguayo-recuerda-a-un-bergoglio-valiente-que-le-ayudo-a-huir-de-dictadura

[3] Verbitsky, H. “Recordando con ira: Jorge Bergoglio en la dictadura argentina” (tomado de Página 12)  LaRed21 (13/02/13) http://www.lr21.com.uy/comunidad/1092643-recordando-con-ira-jorge-bergoglio-en-la-dictadura-argentina

[4] “Con Bergoglio estamos en paz”, dijo el sacerdote jesuita Francisco Jalics” Tiempo Argentino (16/03/13) http://tiempo.infonews.com/2013/03/16/mundo-98330-con-bergoglio-estamos-en-paz-dijo-el-sacerdote-jesuita-francisco-jalics.php

[5] “De derechos e izquierdas” Montevideo Portal (14/03/13) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_195000_1.html

[6] Frayssinet, F. “Lo que interesa no es Bergoglio y su pasado, sino Francisco y su futuro” Adital (25/03/13) http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=ES&cod=74328&grv=N

[7] Por ejemplo, los curas franciscanos expulsados de Montevideo por los españoles, bajo la acusación de conspirar a favor del artiguismo, a la voz de “váyanse con sus amigos los matreros” ver Parteli, C. “Mensaje del Arzobispo de Montevideo a la comunidad dicocesana” (11/10/82) http://www.franciscanos.net/teolespir/partlepr.htm

[8] Para una discusión in extenso de este criterio teórico, ver en este blog: “Aborto de verdad: la excomunión ante Lacan” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2012/11/abortode-verdad-la-excomunion-ante.html

[9] Ver al respecto Viscardi, R. (2007) Guerra, en su nombre, Biblioteca Virtual de AFU, https://www.box.com/public/cud9v5x1h9 , p.30

[10] López, D. “¿Dónde está el PCU uruguayo, frenteamplista, comunista?” Voces (18/07/11) http://www.voces.com.uy/articulos-1/%C2%BFdondeestaelpcuuruguayofrenteamplistacomunistapordanielalopezr

[11] Ver particularmente el capítulo “La URSS: la utopía territorializada” en Silva, M. (2009) Aquellos comunistas, Taurus, Montevideo.

[12] Publicada por la Revista Diálogo (1981) Paris.

[13] Martínez, F. Ciganda, J.P. Olivari, F. (2012) ¿Nos habíamos amado tanto?, La Bicicleta, Montevideo.

[14] Pereira, M. “Un valioso punto de partida” La Diaria (16/11/12) http://ladiaria.com.uy/articulo/2012/11/un-valioso-punto-de-partida/

[15] Marcuse, H. (1969) El hombre unidimensional, Seix Barral, Barcelona, pp.131-132.

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