Por Jordi Ortega

Soberanía, territorio y estado nación en el siglo XXI.

 

Las doctrinas políticas de Thomas Hobbes e Immanuel Kant surgen de épocas diferentes, con sus retos y desafíos específicos, de ahí que cada uno elabore conceptos contrapuestos de estado nación.

La experiencia de Thomas Hobbes estaba marcada por las guerras civiles y religiosas. Su pensamiento político gira sobre cómo dar respuesta a los conflictos internos y, consecuencia del espanto de las guerras civiles, propone que los ciudadanos transferían su soberanía a un Estado Absoluto; su famoso Leviatán, que dará lugar a las monarquías europeas que garantizan la seguridad a través de la fuerza.

Immanuel Kant, un siglo más tarde, se enfrenta al problema opuesto de Thomas Hobbes: guerras interminables entre los estados soberanos. Su pensamiento gira sobre cómo lograr fin a las guerras interestatales mediante un orden mundial, su propuesta es una constitución civil entre estados. Esta formulación se enfrenta a un problema: el estado nación están compenetrados por tres elementos: (i) la ciudadanía democrática, (ii) la constitución política y (iii) el estado nación.

Tras la segunda guerra mundial toma relevancia el concepto de los derechos humanos. El principio que la legitimidad política exclusiva del estado nación se desvanece, los derechos humanos derrumban las fronteras nacionales hacia adentro y hacia afuera, haciendo posible desacopla la política y el gobierno o, si se quiere, visualizar una ciudadanía democrática y una constitución política más allá (o desvinculada) del estado nación.

No sólo se desplaza el ius ad bellum (el derecho a la guerra) por un sistema de seguridad global que persiga los crímenes contra la humanidad, en el siglo XXI nos enfrentamos a riesgos globales -la crisis financiera global, el cambio climático, los desequilibrios ecológicos, etc.- que forman parte de la seguridad global. Esta imbricación del estado nación en una red de acuerdos y organismo internacionales, no supone ninguna jubilación, al revés, el estado nación -parte de la organización política mundial- ha de asumir las tareas de una política global.

Seguimos jugando a la democracia nacional. O peor, buscando la política en un estado nación cuando la soberanía ha sido ya expropiada por poderes que se han independizado en el marco de la política global -incluido el poder económico.

Los estados nación pueden acceder a la gran política mundial y lograr -en ella- una renovada fuente de legitimidad política al forjar nuevas alianzas, desde abajo, con actores globales y, desde arriba, trabajando en redes con estados naciones. Las puertas están abiertas para elegir jugar a héroe o villano. Sería un suicidio atrincherase detrás de las bandera nacional, como si las fronteras nacionales fueran capaces de ahuyentar los riesgos globales.

Crisis ecológica global y pérdida de legitimidad del estado nación.

El estado nación,  en la modernidad temprana, aún podía tener aún una política interna; los peligros a los que nos enfrentábamos eran concretos definidos y delimitados. Basta reforzar los sistemas de control burocrático.

El sistema normativo del estado nación se enfrenta hoy a lo opuesto: riesgos abiertos, indefinidos e ilimitados. La vieja racionalidad política basada en el orden y control, genera el efecto contrario, incertidumbre e inseguridad. Cuando los riesgos son producidos industrialmente, externalizados económicamente, individualizados jurídicamente, legitimados técnicamente y minimizados políticamente el estado nación no es capaz de garantizar la seguridad. La crisis ecológica global, traducida en términos políticos, supone una vulneración de los derechos fundamentales que desestabiliza las instituciones políticas.

Entrados en el siglo XXI nos enfrentamos a nubes radiactivas que no piden visado, traspasan libremente las fronteras, etc., el estado nación ya no protege contra nada. La crisis financiera, sobretodo la falta de financiación de los gobiernos, ha puesto en primer término la insuficiente protección institucional de la moneda común. Y el carácter fantasmal del estado nación.

Europa parte de un diagnóstico erróneo. No tanto por las medidas concretas sino por considerar que existe una salida a la crisis en el marco del estado nación. Lo que molesta no es tanto la sobriedad pragmática, sino la incapacidad de desprenderse del estado nación y formular una nueva perspectiva global. Los “ajustes presupuestarios” que impone Europa, confundiendo la causa con el efecto, esta provocando, como señala la Organización Mundial del Comercio, un aterrizaje de la demanda mundial y recesión global (http://www.wto.org/english/news_e/pres12_e/pr676_e.htm).

Forma parte de la sátira europea, unos acuerdos político que ni siquiera son vinculantes o, si lo son, resulta que no son democráticos. Los parlamentos nacionales debe refrendar lo acordado por los gobiernos europeos. En el momento que llegan los bomberos al fuego alguien recuerda que estamos violando el “principio democrático” -las instituciones europeas carecen de soberanía para resolver los problemas a los estados miembros.

Lo que urge es dar una finalité al proceso de integración político europeo. El primer paso que fue la moneda común debía de convertirse en el motor de la unión política. No se trata, ahora, tanto de ceder soberanía a Europa como, al revés, recuperar la soberanía robada por los mercados -en el momento en que la deuda soberana es suya. Europa renunció a una política macroeconómica y el Banco Central Europeo a una política monetaria. Una Europa inconclusa diseñada a gusto de los mercados especulativos.

 

El sujeto político de la soberanía en el siglo XXI.

¿Qué significa en el siglo XXI reconocer a Catalunya como sujeto político de su propia identidad? Es la respuesta simplificadora a una compleja crisis institucional.

Para sacar Europa de este laberinto Jürgen Habermas y Peter Bofinger proponían que el programa del SPD incluyera una reforma a la constitución alemana. Así poder evitars las sentencias del Tribunal Constitucional alemán que niega una soberanía y democracia europea. La constitución reconocería la doble condición de los ciudadanos, en tanto miembros de un estado y en tanto europeos. Esto permite profundizar en el núcleo democrático europeo a partir de desacoplar los procedimiento democráticos –ciudadanía y constitución- sin necesidad de un estado nación europeo.

Los conservadores, que tienen a Thomas Hobbes como profeta, consideran que domesticar y pacificar las relaciones entre estados -como propopone Immanuel Kant- no sería más que una ingenuidad política. Para Robert Kagan Europa vive en la ilusión de un mundo de corderos, cuando está poblado por lobos o chacales. Lo irónico es que el pensamiento antiliberal y antidemocrático de una Carl Schmitt, su tesis el poder soberano se define por la capacidad de decretar el estado de excepción, coincide con Mao Te-tung: “el poder que emana de los cañones”.

Marine Le Pen declaraba que “Europa sólo tiene sentido si se construye respetando la soberanía de cada país”, en fin, enarbolaba contra Europa “la soberanía democrática del pueblo” (http://www.lemonde.fr/politique/article/2012/09/14/marine-le-pen-s-attaque-au-traite-europeen-viol-de-la-democratie_1760550_823448.html). Son declaraciones no muy distintas a la del secretario general de CSU Alexander Dobrindt que calificaba de “ataque a la democracia” las palabras de Mario Monti –que lamentaba la supremacía de las naciones sobre Europa (http://www.spiegel.de/politik/deutschland/seehofer-distanziert-sich-von-csu-generalsekretaer-dobrindt-a-852677.html). O Guidos Westerwelle, ministro de exterior, agitaba el “principio democrático” rechazaban la licencia bancaria al MEDE.

Europa se encentra en una encrucijada. Si no queremos un regreso al nacionalismo monetario y, como consecuencia, la de integración de la unión europea debemos de abandonar los conceptos clásicos de seguridad y soberanía (en el derecho internacional clásico el sujeto de derecho son los estados nación). Los riesgos globales no es algo sobre lo que podemos. Requieren de políticas globales que cuenten con legitimidad democrática; hoy es plausible una lectura constitucional al derecho internacional capaz de desacoplar estado y territorio de una ciudadanía democrática y el imperio de la ley -constitucionalismo. El estado nacional se ha de redefinir dentro de esta nueva geografía del poder.

Redefinir la soberanía nacional.

Estados Unidos se fundó hace dos siglos por aquellos ciudadanos revolucionarios que tuvieron la osadía de proclamar la soberanía popular frente los estados absolutista Europeos. La Unión Europa la han construido las élites políticas. Esta diferencia hace que la deuda Europa,  mucho menor que la de los Estados Unidos, sea un motivo de preocupación. Europa no ejerce la soberanía sobre su deuda, está en manos de los mercados.

La independencia de Estados Unidos fue un ejercicio de transferencia de soberanía a la Unión contra las antiguas colonias, en Europa cualquier propuesta de compartir soberanía logra unir con ellas los estados soberanos. Estos días se está planteando un mercado interior de energía que acelere la transición hacia las energías renovables, eliminar las barreras de mercado para mejorar la competitividad del sector. ¿Qué sentido tiene hablar de importaciones y de exportaciones en un mercado interior, o calcular el déficit y los superávit para a continuación aplicar políticas insolidarias en el interior de los países? ¿Cómo Europa puede contar fondos propios para asumir parte de la deuda europea cuando la vez se reclama, en el pacto fiscal, la gestión de todos los impuestos?

Miquel Iceta en la clausura de un seminario sobre Quebec y Escocia –en la Fundación Campalans- resaltaba el cambio que ha sufrido el concepto de estado nación -que condiciona el debate sobre la soberanía. ¿Ante riesgos globales se puede ejercer todavía la responsabilidad en el marco del estado nación? Jugamos con un concepto de responsabilidad similar al freno de bicicleta en la era de los aviones intercontinentales.

En este contexto es urgente redefinir los desafíos de la seguridad colectiva y abordar una renovación que permita a Naciones Unidas dar respuestas a los retos del siglo XXI. Esa responsabilidad cosmopolita no limita la acción del estado nación, al revés, le permite explorar inéditas oportunidades de acción estratégica, hacia el interior y exterior, que le ofrece la sociedad del riesgo global.

Jordi Ortega jordiortega@hotmail.comEstudió Filosofía en la Universidad de Barcelona. Amplió estudios de doctorado en la Goethe Universidad, en Frankfurt am Main, con análisis del derecho internacional siguiendo los análisis de la escuela de Frankfurt. Del diálogo entre la teoría crítica y teoría del riesgo se familiariza en cuestiones ambientales. Miembro del Grupo de Investigación de Cambio Climático y Sostenibilidad de la Universidad Carlos III. Ha impartido conferencias y cursos en Buenos Aires, Paris, Tánger, Berlín, Santander. Consultor de administraciones, empresas en temas energéticos y de cambio climático. En “Libros urgentes” (de la editorial Turpial) es coautor con Cristina Narbona de “La energía después de Fukushima”.

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