Juan Fernando Segovia

ÍNDICE

1. Preliminares…………………………………………… 11

2. La producción de la democracia deliberativa

y el proyecto de la modernidad

………………………………………………….. 21

3. La democracia deliberativa entre

el Estado nacional y la sociedad

cosmopolita…………………………………………….. 31

4. La democracia deliberativa y la liberación

del poder comunicativo….. 43

5. La legitimidad deliberativa, más

allá del liberalismo y el republicanismo…………………………………………………………..

59

6. La democracia constitucional y deliberativa………………………………………………….

75

7. La democracia deliberativa y la utopía

de la ciudad secular……………………… 89

8. El manto idealista y el pragmatismo

satisfecho………………………………………………… 101

Bibliografía………………………………………………….. 115

1. Preliminares

1.1. Si bien la teoría de la democracia deliberativa

halla sus raíces en las concepciones políticas

modernas, su formulación contemporánea tiene

orígenes próximos. Entre otras cosas porque hay

un progenitor reconocido que cuida de ella con esmero,

como la flor tres veces centenaria de la semilla

ilustrada. Me refiero a Jürgen Habermas. Aunque

haya sido el filósofo analítico argentino Carlos

Nino el que acuñó este nombre de la democracia,

pues así se tituló en 1996 un libro póstumo suyo,

La constitución de la democracia deliberativa, lo

cierto es que en Habermas la denominación aparece

hacia 1992, en el artículo «Tres modelos normativos

de democracia». No obstante, su obra filosófica,

desde la Teoría de la acción comunicativa, de la década

anterior, apuntaba a una especulación deliberativa

que podía trasladarse a las formas democráticas

de poder. Se trata de un modelo ideal que funge

de teoría normativa de la democracia.

Lo anterior nos ubica en un contexto histórico

adecuado para la comprensión: la democracia deliberativa

es una forma novísima de la democracia,

que tiene no más de quince años de circulación en

el mercado de las teorías. Esto es, la carta de ciudadanía

de la teoría democrática habermasiana es relativamente

reciente y, sin embargo, ha desatado ya

una innumerable bibliografía, a favor y en contra,

que le acabó imponiendo como el modelo por excelencia

de la democracia, aunque no sea el único.

1.2. En cierto modo era esperable que Habermas,

en el desarrollo sistemático de su filosofía, al

tratar de rescatar la modernidad de los ataques posmodernos,

continuara vinculando su labor intelectual

a la defensa de una forma de democracia que

respondiese a sus intereses teóricos. La carrera intelectual

de Jürgen Habermas (1929), puede esclarecer

sus propósitos.

Continuador, en sus primeros años, de la teoría

crítica de la Escuela de Frankfurt, Habermas ha reconocido

el legado de Horkheimer y Adorno, inclusive

de Fromm y Marcuse, y su proyecto de

recuperar la vitalidad de la razón ante su deriva

instrumental, como puro instrumento de dominio

y no de liberación, aunque también las limitaciones

del intento para formular una teoría normativa

de la sociedad, consecuencia del pesimismo de los

maestros. Es así que, sin abandonar nunca completamente

el «marxismo crítico», Habermas volvió

su interés a la sociología clásica, a la fenomenología,

a la filosofía del lenguaje, etcétera, para ganar

una nueva base epistemológica en la formulación

de la teoría crítica de la sociedad que restablezca

el proyecto emancipatorio de la razón en la modernidad,

es decir, el «control autoconsciente del proceso

de la vida social».

La iniciativa de Habermas produjo una relectura

del discurso filosófico de la modernidad en la que,

siguiendo el hilo del pensamiento hegeliano, acabó

redescubriendo la importancia de Kant y la razón

moral capaz de juzgar la irracionalidad de las causas

del comportamiento social. Pero Habermas radicaliza

a Kant, pues la reflexión trascendental es

trasmutada en «reconstrucción racional» de las condiciones

de habla como marco normativo para una

nueva teoría epistemológica, filosófica y social. La

elaboración del concepto de una comprensión comunitaria

(más tarde comunicativa y/o discursiva),

basada en el entendimiento lingüístico consentido,

ha de culminar en una «pragmática formal», esto

es, en un análisis de los contenidos normativos de

las presuposiciones universales del uso del lenguaje

orientado al entendimiento, que deriva en el concepto

de «razón comunicativa», más amplio que el

de razón instrumental.

Sin embargo, en su raíz kantiana, la teoría de Habermas

aparece vinculada también a la tradición mística

alemana (pietismo), teñida del gnosticismo luterano,

una razón que ha perdido el auxilio de la gracia

y que se pregunta si es posible la redención, una razón

«desespiritualizada» y vacía que, sin embargo,

tiene la necesidad de operar en el mundo moral. Así

se forja el proyecto habermasiano de reconstruir la

comunidad a través de la razón intersubjetiva.

Como escribiera Richard Rorty en “Contingencia,

ironía y solidaridad”, la teoría de Habermas fue

así percibida no tan sólo como una crítica al liberalismo,

sino como la que hacía posible, en su giro de

la epistemología a la política, el gobierno basado en

el consenso de los gobernados y una comunicación

libre de dominio, tanto como era posible. Y el filósofo

alemán coincide con las miras del norteamericano

cuando escribe, sobre sus propósitos teóricos,

que «la misión más sublime de la filosofía consiste,

para mí, en proclamar la fuerza de la autorreflexión

radical contra toda forma de objetivismo, contra

la autonomización ideológica, aparente, de ideas e

instituciones frente a sus contextos prácticos, vitales,

de surgimiento y aplicación. […] En esta autorreflexión

se engendra la unidad de la razón teórica

y de la práctica. Representa el único medio en cuyo

seno puede hoy forjarse la identidad de la sociedad

y de sus miembros…» 1.

Habermas, aun en sus más recientes trabajos, no

se ha alejado de viejas fuentes ilustradas y marxistas,

aunque estas últimas luzcan desteñidas y reblandecidas;

volviéndose sobre la historia de la filosofía,

ha mantenido siempre vigente la pretensión

de criticar el objetivismo de la racionalidad tecnológica

para recuperar la cuestión del «sujeto» como

«sujeto de la historia», esto es, mantener «la voluntad

de la racionalidad», llegando a una convergencia

del «proceso de comprensión» con el «proceso

de liberación» 2.

1.3. Habermas ha escrito su teoría teniendo

presente el cuadro de transformaciones del Estado

moderno, asediado desde el exterior en su integri dad (globalización) y en su propia unidad interior (multiculturalismo), tanto como los debates ideológicos

de los últimos años en los que la rehabilitación

del liberalismo se ha enfrentado con un renacimiento

de las teorías republicanas, discutiéndose

los alcances de la libertad y de la ciudadanía, la noción

del poder constituyente, la función del derecho

y de la constitución, las participación política ciudadana,

etcétera. Igualmente, como telón de fondo

se despliega la disputa en torno a la crisis de la modernidad,

que Habermas considera un proyecto aún

inacabado, devolviendo las invectivas a los irracionalistas

y conservadores.

Con la teoría de la democracia deliberativa, Habermas

busca terciar en la discusión entre la concepción

liberal de la democracia como protección

de los derechos individuales y la perspectiva republicana

que sostiene la primacía de los derechos de

participación política, que no es sino la vieja dicotomía

abierta por Benjamín Constant entre la libertad

de los modernos y la libertad de los antiguos. La

manera especial como Habermas diseña una alternativa

que supere la polarización proviene de una

concepción de la política como deliberación, como

acción deliberativa, que podría explicarse como un

proceso de autocomprensión de los ciudadanos en

tanto que participantes en una comunidad lingüística

en permanente diálogo. Esa pertenencia —abstracta

y universal— facilita la descripción teórica

de una situación ideal en la que los ciudadanos, gozando

de autonomía personal, se reconocen y condicionan

recíprocamente mediante la autolegislación,

es decir, la situación ideal, también, en la que

los ciudadanos gozan de autonomía política. En

consecuencia, el planteo de Habermas debería ser

leído como la continuación del proyecto político de

la modernidad en el que se enlazan o sintetizan, dialécticamente,

extremos que las ideologías mantienen

enfrentados. La democracia deliberativa surge,

en definitiva, como superación de la estrechez de

los planteos liberales y republicanos; al menos esa

es la intención teórica de Habermas.

Al mismo tiempo, la democracia deliberativa es

una forma política que aspira a convertirse en modelo

normativo de la política contemporánea, esto

es, prescribir la política que conviene a esta tardomodernidad,

a la modernidad que no renuncia a la

construcción racional del mundo humano de manera

autónoma, reflexiva y secular, en medio de la

crisis del Estado nacional de derecho y la formación

de una sociedad global. En la premodernidad

la unidad social estaba asegurada por la religión, a

la que no se puede hoy en día recurrir por la vigencia

de un pluralismo de valores, que es además deseable.

Luego, la democracia deliberativa viene a

ser el punto de cohesión social de una sociedad pluralista,

al dar legitimidad a un Estado y una política

neutrales, mas no disolventes, según Habermas.

De alguna manera, al enlazar con los presupuestos

filosóficos del discurso de la modernidad, la democracia

deliberativa es heredera del pensamiento moderno

—especialmente de Kant y de Rousseau—,

que es releído a la luz de las sociedades pluralistas

actuales en las que no es posible aspirar a una unidad

simbólica pues el mundo se ha fragmentado,

dando lugar a una sociedad pluralista de identidades

revueltas que viven clamando reconocimiento.

Pero la democracia deliberativa es más directamente

tributaria del intento de Habermas por rectificar

el sentido de la modernidad a la luz del poder

destructivo de la razón. Es necesaria una crítica de

la razón que reconstruya su función, no una crítica

que la fulmine. Por ello la teoría normativa de la

democracia deliberativa es también una respuesta

a la crítica posmoderna, ya en la vertiente débil de

los comunitaristas y/o multiculturalistas, ya en la

versión fuerte de los postestructuralistas franceses,

lo mismo que a los desafíos políticos de la globalización

económica y tecnológica. Tiene una impronta

filosófica moderna que se explica, de modo

inmediato, por la reelaboración del discurso filosófico

de la modernidad que el mismo Habermas

trazó con su teoría de la acción comunicativa; es

una deliberada continuación o proyección de ella,

con la que Habermas trata de responder a los críticos

que le acusaron de que la teoría de la acción

comunicativa era «ciega frente a la realidad de las

instituciones», según dice en el prefacio de Facticidad

y validez.

Sin embargo, una cuestión sigue latente, ¿en qué

medida la democracia deliberativa es una continuación

de la teoría de la acción comunicativa en

el plano de las instituciones, como Habermas pretende?

En otros términos, si la acción comunicativa

reformula la deriva tecnológica de la razón práctica,

¿contiene ella —expresa o implícitamente—

un diseño institucional que renueva la estructura

de las democracias hodiernas? La respuesta se verá

páginas adelante, mas conviene retener que el propósito

de Habermas, siendo normativo, es principalmente

prescriptivo de reglas y procedimientos

democráticos —una democracia procedimental,

aunque no está exenta de contenidos sustantivos—

y no descriptivo de institutos concretos. Es por ello

que Habermas insiste en que la democracia deliberativa

es dependiente de procedimientos y presupuestos

comunicativos que institucionalizan el discurso

público.

Ha sido Habermas mismo quien, en sus últimos

escritos, otorgó a la democracia deliberativa un status

prioritario en el debate filosófico-político. Los

problemas de nuestro tiempo han sido encarados

por el neoliberalismo globalizador que apunta a la

eficiencia espontánea del mercado, o por el estatismo

proteccionista que rehúsa despedirse del Estado

de bienestar, o por el socialismo de la tercera

vía que trata de conciliar éticamente ambos extremos.

La política normativa de Habermas prescribe

otra solución, la de la democracia deliberativa global

que, en síntesis dialéctica, emerge como la política

que toma lo mejor de la globalización y lo

mejor del Estado social, sin renunciar a los afanes

emancipadores de la filosofía moderna.

Propongo recorrer el camino de Habermas, mostrando

cómo las piezas que forman la teoría de la democracia

deliberativa están finamente engarzadas en

un sistema de pensamiento, idealista y pragmático a

la vez, montado sobre la razón y la acción comunicativas,

de las que emerge un modelo político filosófico (la política deliberativa) y una propuesta política

y constitucional democrática, la deliberativa.

Indagar en su pensamiento es principalmente un trabajo

de fuentes, por lo que he descartado la referencia

a lecturas secundarias, que se indican —las principales—

en la bibliografía final.

 Citas

1 Habermas, La reconstrucción del materialismo histórico, Madrid,

1981, p. 53.

 

2 Habermas, Teoría y praxis, Madrid, 1990, pp. 288-313.