caos social

Por Andrés Simón Moreno Arreche (*)

¿Se puede teorizar el caos en las sociedades?

Comencemos por el principio: La idea fundamental de la Teoría del Caos Social es el estudio de los sistemas inestables, en los que dados determinados procesos naturales, pequeños cambios en las condiciones iniciales conducen a enormes discrepancias en los resultados. Este principio suele llamarse ‘efecto mariposa’ debido a que, en meteorología, la naturaleza no lineal de la atmósfera ha hecho posible que el aleteo de una mariposa en determinado lugar y momento, pueda ser la causa de un terrible huracán varios meses más tarde en la otra punta del globo. Un ejemplo más práctico sobre el ‘efecto mariposa’ consiste en soltar varias veces una pelota justo sobre la arista del tejado de una casa. Pequeñas desviaciones en la posición inicial pueden hacer que la pelota caiga por uno de los lados del tejado o por el otro, conduciendo a trayectorias de caída y posiciones de reposo final completamente diferentes. Así se puede evidenciar que los cambios minúsculos conducen a resultados totalmente divergentes.

En las relaciones sociales, los sistemas dinámicos a que hace referencia la Teoría del Caos, pueden estudiarse a partir de su “espacio de fases”, es decir, la representación coordenada de sus variables independientes. En estos sistemas caóticos, es fácil encontrar trayectorias de movimiento, que se definen como comportamientos sociales cualificables no periódicos, pero cuasi periódicos. En este esquema se suele hablar del concepto de Atractores Extraños que no son más que trayectorias en el espacio de fases hacia las que tienden todas las trayectorias normales. En el caso de un péndulo oscilante, el atractor sería el punto de equilibrio central. En el comportamiento social es el equilibrio de valores socialmente aceptados, desarrollados y practicados por el conglomerado social.

La ‘Teoría del Caos Social’ concibe un nuevo paradigma, tan amplio y tan importante como pudo ser en su época la unión entre sociología y psicología aunque, quizás por su inmadurez, aún no se tenga claro todo lo que puede dar de sí esta nueva forma de pensamiento social, que abarca campos de aplicación tan dispares como el comportamiento de las multitudes, los efectos de la comunicación propagandística, los referentes culturales o las nuevas políticas económicas emergentes.  Aunque la matemática caótica tiene resultados concretos porque los sistemas que se estudian están basados estrictamente con leyes deterministas aplicadas a sistemas dinámicos, la estadística inferencial de la ‘Teoría del Caos Social’ trabaja con modelos aleatorios para crear series caóticas predictivas,  que son útiles en el estudio de eventos presumiblemente caóticos en las Ciencias Sociales.

De acuerdo, pero…

Pero no todo está dicho y habría que indagar y hasta profundizar en muchas otras cuestiones relacionadas con el caos en las sociedades. Por ejemplo, ¿Cómo se produce? ¿Cuáles son sus consecuencias? ¿Es el caos social un ‘desorden’ o un orden no-conocido?

En las sociedades, el caos comienza como una ‘crisis de percepción’. Lo que parece no necesariamente es ‘lo-que-es’ y la percepción se convierte en la realidad para los perceptores. Esa situación, en la que tiene mucho que ver los ‘agentes’ ductores y manipuladores de la opinión pública, la llamamos ‘vórtice social’, que como los vórtices que se suceden en la naturaleza, es un sistema aparentemente desordenado pero que en conjunto representa un orden distinto, inesperado, fatal  para el statu-quo en muchas ocasiones. El vórtice social se presenta, bien de manera espontánea por acumulación social de pequeños cambios, bien de manera accidental o provocada por variables endógenas o exógenas.

Esto es así porque la complejidad del mundo nos ha conducido a simplificar la realidad, a abstraer la naturaleza para hacerla cognoscible y, tristemente, a caer en la trampa de la dualidad. Bien y mal; objetivo y subjetivo; arriba y abajo; revolucionario o escuálido.  Pero la tendencia a ordenarlo todo choca con la misma realidad, irregular y discontinuo. Muchos científicos sociales ya han renunciado a la ilusión del orden para dedicarse al estudio del caos, que acepta al mundo tal y como es: una imprevisible totalidad. Si bien las leyes del caos ofrecen una explicación para la mayoría de los fenómenos naturales, desde el origen del Universo a la propagación de un incendio o a la evolución de una especie, también arrojan luces esclarecedoras sobre los fenómenos sociales aparentemente inexplicables. En el estudio del comportamiento humano y del consecuencial ‘orden social’, el problema parte del concepto clásico de ciencia social, que exige la capacidad para predecir de forma certera y precisa la evolución de las estructuras y hasta del comportamiento masivo en un conglomerado, desde las más elementales agrupaciones humanas como la familia y el dintorno social, hasta las más etéreas pero complejas organizaciones sociales como las vecinales, las municipales, el país y el Estado.

Pero todos los sistemas sociales se desestabilizan, y al hacerlo entran en una fase caótica. ¿Por qué acontece esto? Porque se cumple el Principio de la Turbulencia de la Ley del Vórtice, el cual asegura que las organizaciones sociales requieren para su desarrollo la ambigüedad de saber y no saber, de lo inadecuado, de la incertidumbre, de la alegría, del horror, de la aceptación de los rasgos metamórficos y no lineales de la realidad, es decir todas las facetas del caos creativo.

Toda revolución es, en sí misma, un caos social

Sin que quede el menor resquicio de dudas, porque la revolución, sea del tono y timbre que sea, ejecuta en sí misma el Principio de Turbulencia tan necesario para generar el vórtice que antecede al caos social.   En términos de la dinámica de fluidos, el flujo social turbulento es un régimen de movimiento intensivo de masas caracterizado por una baja difusión de momento, alta convección y cambios espacio-temporales rápidos de presión social y de velocidad espacial. Los flujos sociales no turbulentos, como los que se suceden en la grandes concentraciones humanas, como a la entrada o salida del metro, o en un concierto o en una congestión vehicular en cualquier metrópolis, son llamados flujos laminares.

Podríamos afirmar que la mayoría de los ‘flujos sociales’ son laminares cuando son  ordenados, o cuando se trata de un desorden controlable y estratificado, suave, de manera que el flujo de individuos se mueve lenta o rápidamente como en láminas paralelas, sin entorpecer la corriente social que usualmente tiene lugar entre planos correspondientes o similares. Un ejemplo de ello es la ‘incidencia-cero’ que produce la aglomeración ‘laminar’ de personas frente a un estadio de fútbol, en relación con otros flujos ordenados de individuos, próximos o lejanos, sean de mayor o de menor intensidad.

En los flujos sociales laminares, la pérdida de energía de cambio, o de generación de vórtice caótico es directamente proporcional a la capacidad controlentrópica de la sociedad, pero inversamente relacional con los medios físicos de control.  Las ‘velocidades sociales’ que miden la posibilidad de desplazamiento de las masas se expresan a partir de una parábola, donde la velocidad máxima se encuentra en la base de la curva y la velocidad es igual a cero en vértice superior. El Principio de la Turbulencia Social de la Ley del Vórtice establece la relación existente entre el esfuerzo cortante y la rapidez de deformación angular de la pirámide social y la reacción que puede amortiguar cualquier tendencia turbulenta que pueda ocurrir en el flujo laminar. Las situaciones sociales que propugnan o facilitan las confrontaciones de ideas y principios por medios no tradicionales, generan grandes caudales de insatisfacción social y es por ello que el ‘flujo laminar’ se vuelve inestable y se transforma en un flujo turbulento.

La baja velocidad del flujo laminar social, aunque se presente en masa, no generará vórtice siempre que existan instituciones que amortigüen la presión de su caudal a través del encauzamiento de la crítica, la generación de respuestas efectivas a las demandas y la adecuada reorientación de la insatisfacción expresada por voluntad de los individuos.  A medida que la insatisfacción social aumenta, se incrementa del mismo modo la velocidad del flujo laminar social, y en algún momento se pasa al régimen turbulento. En flujo turbulento, se asume que aparecen vórtices de diferentes escalas que interactúan entre sí. La fuerza de arrastre debido a fricción en la capa límite social aumenta y es entonces cuando la estructura social manifiesta el punto de quiebre, los controles sociales se desbordan y se manifiesta el caos social como una incoherencia de acciones desarticuladas, pero que al final del proceso generan un orden nuevo, al menos distinto al precedente y surge así un nuevo equilibrio a partir de esa entropía social.

Los tres escenarios previos

Aún aquellos procesos de cambio social turbulento vivido por la humanidad, traumáticos y devastadores, han sido precedidos por un conjunto de señales sociales y de signos culturales que no sólo alertaron de esos cambios, sino  que de alguna manera presagiaron lo que habría de ocurrir. La incapacidad intelectual o la ceguera circunstancial que impidió esa lectura previa de ningún modo hacen desaparecer de la historia la existencia de su alarma temprana. ¿Qué nos depara el destino a los venezolanos? ¿Cuál es la profecía del Cronos social? El análisis de los escenarios permite inferir las características de ese futuro inmediato.  La revolución comunista que se pretende ejecutar en Venezuela, celestineada tras el impúdico ropaje de un ‘Socialismo del Siglo XXI’ ya ha transitado dos de los tres escenarios necesarios para su consolidación, que son favorables y anteceden la implantación de un régimen, aunque de origen democrático, con absoluta vocación totalitaria.  Estos dos escenarios previos son el odio y el miedo.

El odio: Primer escenario

Los disipadores del caos social pueden ser considerados a priori como elementos de control social, que es el conjunto de prácticas, actitudes y valores destinados a mantener el orden establecido en las sociedades. Aunque a veces el control social se realiza por medios coactivos o violentos, el control social también incluye formas no específicamente coactivas, como los prejuicios, los valores y las creencias.  Entre los medios de control social tradicionalmente aceptados como tales están las normas sociales, las instituciones, la religión, las leyes, las jerarquías, los medios de represión, la indoctrinación, los comportamientos generalmente aceptados y los usos y costumbres (sistema informal, que puede incluir prejuicios) y leyes (sistema formal, que incluye sanciones).

La sociología moderna reconoce seis tipos de controles: El control físico, que es  la fuerza, la violencia, el castigo que se aplica al individuo que la sociedad determina está fuera de las normas establecidas.  El control social primario y aquí nos referimos a la familia.  El control político que se ejerce a través de las leyes, con la intervención del gobierno y con la aplicación de esas leyes.  El control ético que se refiere a las costumbres; el control de clases también llamado ‘de las ocupaciones’ que se imbrica en la estructura misma de las sociedades. Y  el control de las estratificaciones, un control que alude a otros aspectos, no solo económicos sino también culturales.

Desde una perspectiva epistemológica, el enfoque cognoscente del odio es definido como un sentimiento negativo, de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, situación o fenómeno, así como el deseo de evitar, limitar o destruir aquello que se odia. Así concebido, el odio se fundamenta en el miedo a su objetivo, ya sea justificado o no, o más allá de las consecuencias negativas de relacionarse con él. El odio se describe con frecuencia como lo contrario del amor o la amistad, pero otros investigadores sociales, como Elie Wiesel[1], consideran a la indiferencia como lo opuesto al amor. Para él, el odio puede generar aversión, sentimientos de destrucción, destrucción del equilibrio armónico y ocasionalmente autodestrucción, aunque la mayoría de las personas puede odiar eventualmente a algo o alguien y no necesariamente experimentar estos efectos.  Pero el odio no es necesariamente irracional o inusual. Para algunos psicólogos estructuralistas, odiar es razonable, entendiendo tal sentimiento como una aversión que se suele enfocar hacia la gente o a las organizaciones que amenazan la existencia, o que hacen sufrir, o cuya supervivencia se opone a la propia y entonces surge un sentimiento, que puede ser individual o grupal, a partir del cual se odia a lo que se opone a la salud y al bienestar.

La primera condición de una sociedad que se precie de ser democrática es la posibilidad que tienen sus integrantes de disentir y de aceptar el juicio distinto de otras personas, aún en temas fundamentales, sensibles, controversiales y trascendentes. La tolerancia al otro es la aceptación de su existencia y derecho a ser: como sea, como quiera. La tolerancia obliga a las formas más acabadas de la civilización. Sustituye por ejemplo, la acción directa por el diálogo; el enfrentamiento hasta abatir al contrario por el debate; el imperio de la fuerza por la diplomacia y por último, la guerra por la política. Obliga, en una palabra, a reconocer que la vida en sociedad es más el producto de lo que tenemos en común, de nuestro piso mínimo de acuerdo que es la posibilidad de negociar nuestro espacio vital con el otro, que la sustracción generada por la división y encono que nos encierra en un laberinto cruel.

A pesar de esta condición primigenia de la sociedad, ésta desarrolla componentes grupales de odio rencoroso y vengativo como un vórtice extraño, un caos social que se auto organiza y produce patrones ordenados. Entonces surgen formas sociales estructuradas a partir de un punto de bifurcación, momento en el cual se crea un rizo de retroalimentación negativa (el odio social, en todas sus manifestaciones) y el sistema social se transforma a sí mismo.  Para investigadores sociales de la talla internacional de André Glucksmann[2], no hay dudas en que el odio está presente en la construcción social: “El odio existe; el odio no respeta nada; el odio juzga sin escuchar; el odio no atiende a razones; odio, luego existo”

El odio suele ser, con insistente frecuencia, el preludio de la violencia. Antes de la guerra, suele ser útil enseñar a la población a odiar a otra nación y a su régimen político. Para el apresto al combate, es común inculcar odio en los soldados, porque el odio hacia el enemigo trastoca las realidades del objeto del odio, deformando sus debilidades, sus amenazas y su realidad objetiva. En el nazismo, por ejemplo, se buscó aumentar el odio que la sociedad alemana ya tenía hacia el judío y eso condujo a una matanza de enormes proporciones que hoy conocemos como ‘El Holocausto judío’.

La paranoia del rencor que genera la propaganda del odio se dispersa fácilmente entre la población y la vuelven dócil. El odio avanza a paso redoblado porque es el método de los poderosos para mantener vigente el proceso controlentrópico en las sociedades. Las explicaciones socioeconómicas al uso, la miseria, la pobreza, el analfabetismo, son fruto de una tesis mayoritaria biempensante de que el odio mayúsculo no existe. Todo se explica, se comprende, se excusa: El pedófilo deja de ser el agresor de menores para transmutarse en otra víctima de una infancia desgraciada. El asesino de ancianas se autoexime arguyendo una presunta necesidad de dinero para alimentar a unos hijos que en la realidad tiene pero que abandonó hace años. Los violadores de barriada se consideran los hijos de la tasa de desempleo nacional. Mentiras mil veces repetidas como coartada de una condena del “sistema”, según la vulgata marxista, capitalista y, como alienación judeocristiana.

Contrario a ese pensamiento único del odio mesiánico, que bajo la apariencia de insurrección contra la miseria y la globalización, esconde un catecismo revolucionario que busca derrocar el “sistema” movilizando ideológicamente a las masas en nombre de la raza, la nación, la clase o Dios, Glucksmann nos recuerda que el odio sí existe. Incluso, en ocasiones, antes de esa redención que ejercen los medios, se nos aparece desnudo bajo la crudeza del horror. En Manhattan, en Atocha, en Beslán, en Londres, en Ruanda, en Liberia, en Chechenia…En tantos sitios, muchos de ellos olvidados por esa conciencia mundial que sólo acierta a vislumbrar la muerte allí donde puede magrearla a su propia conveniencia.

El odio social original, generado y exacerbado por el racismo político de Johann Gottlieb (un odio racial que mantuvo su vigencia hasta muy entrada la modernidad, representado en el terrorífico apartheid surafricano, iniciado en la Guerra de los Boers y finalizado con la elección del  Nelson Mandela a la Primera Magistratura de Suráfrica) involucionó sutilmente hasta generar una nueva bifurcación en la sociedad occidental: El chauvinismo social, la más reciente y permanentemente actualizada construcción social de odios.

Se llama habitualmente chovinismo como también chauvinismo, (del personaje teatral de patriota francés Nicolás de Chauvin) a la creencia narcisista próxima a la paranoia y la mitomanía de que lo propio del país al que uno pertenece es lo mejor en cualquier aspecto. El nombre proviene de la comedia La cocarde tricolore de los hermanos Cogniard, en donde un actor, con el nombre de Chauvin, personifica un patriotismo exagerado.

Más allá del racismo y del chauvinismo, el proceso controlentrópico de las sociedades encontró un nuevo elemento para construcción social del odio: la homofobia, la discriminación social por motivo de género (si… la homosexualidad ya está siendo considerada ‘un género’, el tercero), especialmente en colectividades conservadoras, apegadas fuertemente a la religiosidad, tradicionalistas y machistas.

El fenómeno controlentrópico de la homofobia se hizo presente en la política de algunos gobiernos tanto de origen y tendencia democrática, como aquellos de marcada orientación autoritaria. Algunos ejemplos son el régimen nacionalsocialista en Alemania (liderado por Adolf Hitler, 1933-1945), el régimen franquista en España (1939-1975), el período dictatorial conocido como “Proceso de Reorganización Nacional” argentino (1976-1983). También lo son los gobiernos democráticos, como por ejemplo el de Nicaragua, que bajo el artículo 204, castiga la sodomía bajo penas de 1 a 3 años de cárcel (artículo que aún sigue vigente); y también en otras democracias de occidente que han tenido legislaciones y actuaciones homófobas, como por ejemplo en Alemania Occidental, donde la homosexualidad fue delito hasta 1969.

Pero el auge inusitado de las migraciones, el creciente intercambio cultural y comercial entre los países y un mestizaje cada vez más intenso han quebrado por su base aquellas concepciones chauvinistas. Hoy por hoy, las naciones no se crean en torno a razas ni costumbres únicas. Por el contrario, todas las sociedades modernas se precian de alimentarse de la riqueza étnica y cultural que le aportan sus miembros provenientes de todas partes del mundo.

Si el odio es una posibilidad siempre presente en el ser humano, ¿Qué hacer para evitarlo? Vai-Lam Mui, economista de la Universidad de Hong Kong, ha demostrado que el rencor social se evita cuando la Constitución de un país incluye fuertes protecciones a los derechos civiles y políticos de las minorías. Tales protecciones evitan que los actores políticos, en el rol de gobernantes autoritarios, instrumentalicen a esas minorías y las conviertan en objetos o sujetos activos de odio social.

Ese no es el caso de Venezuela, un país donde su Presidente ha fomentado la división apelando al recurso del odio. Un odio de clases; los ‘patriotas’ versus ‘los pitiyanquis’, la ‘burguesía’ versus ‘el pueblo’; los ‘hijitos-de-papá’ frente a ‘los muchachos revolucionarios’. El de Venezuela es un odio sembrado también en lo institucional: Las gobernaciones ‘patriotas’ versus las gobernaciones o municipalidades ‘golpistas’. Y también es un odio sexista que se manifestó groseramente hacia la mujer, cuando desde la Primera Magistratura del Poder Ejecutivo, el Presidente de la República amenazó públicamente a su esposa, a través de los medios de comunicación social ‘encadenados’ en una de sus tantas alocuciones, con ‘darte lo tuyo’ un Día de la Madre, en abierta y manifiesta sublimación de un narcisismo sexual.

Los procesos de controlentropía social, que en un principio pretenden incentivar la participación ciudadana mediante una propuesta de cogestión, la mayoría de las veces no son más que instrumentos colegiados para disolver los vórtices sociales, las entropías y finalmente el caos que pueda engendrar un nuevo estadio negentrópico. Ante la amenaza que representan los cambios sociales radicales, las diferencias de raza y de género y las novedades culturales provenientes de quienes defienden ideas y acciones contrarias al ‘statu-quo’, y que son entendidas como una amenaza por parte de quienes detentan la gobernabilidad institucional de una sociedad, el odio es, después del miedo, el soporte estratégico del control social.

Al provocar e incentivar el odio hacia lo diferente, lo desconocido, lo nuevo, la institucionalidad no hace otra cosa que apelar a los instintos, que no a la razón o al diálogo, para crear una barrera que proteja la organización endógena de la sociedad sobre valores preestablecidos, que no son otros que aquellos procesos que el sistema utiliza para controlar y reducir los mecanismos y las acciones que puedan generar entropía.

El proceso mediante el cual quienes detentan la gobernabilidad institucional de las sociedades generan los sucesos que permiten prolongar la controlentropía se llama ‘comunicación de masas’. A través de una comunicación de masas eficaz, (la cual supone entender que el orador y la audiencia interactúan en una categoría social común, de modo tal que el orador puede interpretar la relación de los sucesos reales y posibles en función de las preocupaciones colectivas compartidas), los comunicadores se colocan en posición de responder determinadas preguntas fundamentales para el público destinatario que se proponen alcanzar: “¿Qué significa esto para nosotros? ¿Nos representa, o socava lo que somos, lo que creemos y lo que es importante para nosotros?”

En otras palabras, la orientación de un público hacia un objetivo determinado depende de cómo nos interpretamos “nosotros”, de cómo se interpretan “ellos” y de la relación que se forma entre esas dos interpretaciones. Contrariamente a las creencias populares y a las interpretaciones erróneas de ciertos círculos académicos, no existe una antipatía o un antagonismo inherente entre personas que son diferentes o que incluso se consideran pertenecientes a grupos diferentes. Incluso cuando ese antagonismo se presenta como un reflejo de “odios antiguos”, es necesario mucho trabajo de retórica para crear condiciones propicias para la exclusión, la discriminación y la violencia.

El odio como estrategia política de dominación y control no se contiene exclusivamente dentro de los límites de la legalidad de una sociedad estructurada. La post modernidad, con sus características más resaltantes, la integración mediática en una aldea global (internet) y el impulso sostenido a las singularidades han generado una amenaza muy particular, la identidad colectiva, que dispara los procesos entrópicos que amenazan el paradigma cultural del ‘estado-nación’ y provocan que éste pierde eficacia orientadora en el conjunto social. En ese momento, el mecanismo de control psico-social se vuelve incongruente, entre lo que se cree y siente. La realidad percibida en el inconsciente colectivo comienza a fracturar la relación-sentimiento entre la fe en el proyecto político y la ineficacia que muestra la narrativa dominante para justificarse. La sociedad, comienza a fracturarse y la población se torna ambivalente. Las presiones demográficas, la crisis fiscal, la división de las elites jóvenes insatisfechas, la angustia inflacionaria y las presiones tributarias en el pueblo generan una aguda ambivalencia psico-social, y así, los mecanismos institucionales, formales e informales reductores de la entropía se vuelven ineficaces, conduciendo con ello a que una entropía global del sistema aumente aún más.

El miedo controlentrópico, ese “producto pasional inducido”, que es utilizado por las estructuras institucionales para reprimir y reconducir a los conglomerados sociales y para disipar las entropías que puedan conducir en un momento dado al desarrollo de los vórtices caóticos en la sociedad, es paradójicamente uno de los sentimientos esenciales para promover el caos. Existen al menos tres escenarios en los que el odio se transforma en disparador caótico: 1.- Cuando los individuos jerarquizan la identidad colectiva por encima de la identidad particular. 2.- Cuando los individuos, rechazados o no por su entorno, asumen el rol de vengadores anónimos y 3.- Cuando las estructuras sociales colapsan y surgen la anarquía, la desobediencia civil y el colapso institucional, cuyas manifestaciones más conocidas son el golpe de estado y la rebelión popular. Vamos a abordar en el presente ensayo los dos primeros escenarios y dejaremos para un análisis posterior el tercer escenario por tratarse de disparadores del caos que requieren un tratamiento en profundidad.

El odio es una noción que abarca una interrogante aun más extensa: ¿se puede hacer política con sentimientos extremos? Para algunos grupos, especialmente los nacionalistas/terroristas, la identidad colectiva se superpone al constructo de la individualidad, un proceso de desplazamiento valorativo-subjetivo que se inicia a muy temprana edad, de manera que el odio se inculca desde la infancia, como un legado familiar pero también como un compromiso grupal indeclinable. No puede insistirse lo suficiente en la importancia de las identidades colectivas y de los procesos para formarlas y transformarlas. Los separatistas son un ejemplo de esto que afirmamos acá: Ellos han subordinado su identidad individual a la identidad colectiva, de manera que lo que sirve al grupo, a la organización o a la red tiene importancia primordial. Ahora bien, ¿cómo se forma en el sujeto ese tipo identidad colectiva fundamentada en el odio?

La causa se les inculca durante la niñez pues hay una transmisión generacional de odio entre dos colectivos que comparten un territorio: “nosotros” y “ellos”. Los niños oyen de sus padres, ya fuese en los bares de Irlanda del Norte o en los cafés de Beirut o en los territorios palestinos ocupados, lo que “ellos” nos han hecho a “nosotros”, cómo “ellos” nos han robado nuestras tierras, cómo “nos” han humillado. De manera que, leales a sus padres que han sido perjudicados por el régimen, por ‘ellos’, los jóvenes ‘nosotros’ aceptan naturalmente la disgregación y se preparan para ejecutar actos de venganza contra “ellos”, sin que opere algún protocolo de tipo moral.

Lo anterior representa una comprensión de la psicología terrorista nacionalista/separatista. ¿Qué pasa con la psicología terrorista religiosa fundamentalista? Aquí tenemos a individuos que “matan en nombre de Dios”. Sus acciones han sido investidas de significado sagrado por el clérigo extremista, ya sea un ayatolá, un rabino, un ministro o un sacerdote. Y debido a que ellos son “creyentes verdaderos” que aceptan sin crítica la interpretación de las escrituras por el clérigo extremista, no tienen la misma ambivalencia sobre la extensión de la violencia que tienen los nacionalistas/separatistas.

El fundamentalismo teológico es una poderosísima fuerza de odio que surge, en este caso, de la identidad religiosa, un enfoque aún más trascendente que pone cotas muy elevadas de sacrificio individual a favor del beneficio colectivo.  El odio internalizado va más allá de las costumbres focalizadas en un determinado espacio geográfico; se potencia por el respaldo de una deidad, cuyos texto sagrado y líderes adornan al ejecutante con el manto sacralizado del martirio y la promesa de un ‘más allá’ vívido y divino en el que el mismísimo Dios (Allāh اﷲ )le reconocerá . Y no es por coincidencia que los candidatos al suicidio religioso sean, como en los movimientos separatistas y/o nacionalistas, niños y jóvenes púberes.

No hay una explicación única para la causa de la psicología del suicidio terrorista. Muhammad Hafez,[3] en su “Manufacturing Human Bombs”, identifica tres condiciones como requisitos previos: 1.- una cultura de martirio, 2.- clérigos estratégicos para emplear esta táctica y 3.- el suministro de voluntarios dispuestos.

El escenario del odio, como hemos podido analizar, es el primer eslabón de la cadena de eventos promovidos desde las instancias de la controlentropía social para provocar una fractura, no sólo de las instituciones a subvertir, sino una fractura más profunda, en el sentimiento de los individuos, con el propósito de anular las entropías que se generan en su seno y con ello prolongar el control social.

El miedo: Segundo escenario

Cuando la controlentropía se ejecuta en ambientes sociales ‘cerrados’, dirigidos por un líder que controla a su vez el conjunto de subsistemas sociales y éstos responden a una visión única, mesiánica y revolucionaria, entonces esta fase cierra el crecimiento social (o lo condiciona), induce y dirige unilateralmente la economía, genera grandes insatisfacciones en la población y desestabiliza el inconsciente colectivo, provocando un cambio artificioso del carácter social que introduce profundas desviaciones en el contrato social previamente convenido y consensuado que llamamos proyecto país. Para reafirmarse en los distintos colectivos y prologar lo más posible el estadio controlentrópico, los líderes mesiánicos (a través de las instituciones gubernamentales, o de los entes formadores y forjadores del carácter social) utilizan al miedo como generador del escenario sobre el cual van a ejecutar sin oposición ni controles, la segunda fase del proceso: el sometimiento de las multitudes, previamente divididas en clases, castas o categorías a partir del miedo precedente.

Casi todos los investigadores coinciden en afirmar que, de una manera u otra, el miedo mueve la historia. Julio César, Napoleón, Calvino, Hitler, Franco, fueron los dueños del miedo unipersonal, mientras que las leyes teocráticas, las organizaciones para-gubernativas y los regímenes políticos se apropiaron del miedo como institución controladora.  Angustia, asqueo, depresión, hastío, incertidumbre, intranquilidad, rabia, tristeza, son las sensaciones de quienes están sometidos por el poder en cualquiera de sus manifestaciones, específicamente cuando este poder ejecuta las acciones que disipan probables o posibles entropías sociales; vale decir, cuando utiliza para su provecho el miedo social, porque al inducir el miedo facilita el ejercicio del poder como control político y social.

Los Gobiernos, sean cuales fueran sus orígenes y sus sistemas gubernativos, han utilizado desde siempre la amenaza y el miedo como arma de dominación política y control social, pues el miedo impulsa a la victima a obrar de determinada manera para librarse de la amenaza y de la ansiedad que produce. Entonces, quien suscita miedo se apropia hasta cierto punto de la voluntad de la víctima e intenta conseguir que la otra persona ponga en práctica una de las conductas ancestrales para huir del miedo: la sumisión.

Ese es precisamente el objetivo de todo régimen político: Disipar los indicadores de la entropía, en especial aquellas que apuntan hacia las bases estructurales del sistema y que pueden provocar el vórtice social que antecede al caos, desmoralizando a los posibles seguidores de sus contrarios, desmovilizando a la sociedad toda y desmotivando cualquier intento de desestabilización. Básicamente generando una sensación de “plaza tomada”. Para alcanzar tal grado disipativo  los regímenes, desde los abiertamente dictatoriales y teocráticos, hasta los comprobadamente democráticos y parlamentarios, han desarrollado una estrategia en la que el terror, abierto o velado, se cuela por todos los ámbitos de la estructura social hasta alcanzar a sus organizaciones fundamentales: El grupo, la vecindad, la familia.

En la medida en que el miedo puede restar autonomía decisoria al sujeto, llega a ser un eximente de responsabilidad, pues el poder está estrechamente relacionado con la capacidad de atemorizar y es por eso que el miedo es utilizado en todas aquellas relaciones humanas en las que el afán de poder está presente. El poder, es decir, la capacidad del poderoso para conseguir que alguien se someta a su voluntad, se sustenta en tres capacidades: conceder premios, infligir castigos y cambiar las creencias y sentimientos de la víctima.

Quizá ningún sentimiento cumpla un papel tan importante como el temor en la sociedad. Su invocación constante por parte del poder político tiene tal control sobre las entropías sociales  que su presencia es indiscutible. La represión política ha privilegiado el uso de métodos psicológicos, métodos invisibles, en el control político de una sociedad. La represión política se manifiesta de diferentes maneras, sin embargo, su carácter arbitrario generaliza la amenaza política a toda la sociedad, siendo percibida por la mayoría como una amenaza vital. El asesinato físico o moral de algunas personas, sean activistas políticos o no, refuerza la percepción de que cualquiera está amenazado. La existencia de una amenaza política permanente produce una respuesta de miedo crónico: éste deja de ser una reacción específica a situaciones concretas y se transforma prácticamente en un estado permanente en la vida cotidiana, no solo de los afectados directamente por la represión sino de cualquiera que pueda percibirse amenazado. La relación entre la amenaza política y la respuesta de miedo individual o social forma parte de procesos psicológicos y procesos políticos que se influyen recíprocamente. El miedo internalizado y crónico ha delimitado invisiblemente el espacio de la existencia. El gran antídoto contra el miedo es la acción pues con la valentía es como pueden obrar las organizaciones sociales opositoras a cualquier régimen político como si no tuviera miedo, sentimiento que es distinto de la insensibilidad y la temeridad, ya el valiente siente miedo, pero actúa como cree que debería actuar.

El miedo es uno de los factores que definen de forma más clara eso que llamamos la identidad nacional. Se refiere a qué cosas le tiene miedo una sociedad, que no siempre son los mismos miedos que desde el poder se procura sembrar para inhibir la identidad. Precisamente, cuando miles de personas son amenazadas simultáneamente dentro de un determinado régimen político, la amenaza y el miedo caracterizan las relaciones sociales, incidiendo sobre la conciencia y la conducta de los ciudadanos. La vida cotidiana se transforma. El ser humano se hace vulnerable. Las condiciones de la sobrevivencia material se ven afectadas. Surge la posibilidad de experimentar dolor y sufrimiento, la pérdida de personas amadas, pérdidas esenciales en relación al significado de la propia existencia o la muerte.

Pero el miedo que sentimos los venezolanos no se circunscribe al ‘miedo – presente’ como el que se desató en Estados Unidos con el derrumbamiento de las Torres Gemelas en New York; lo nuestro es un miedo más ancestral,  se remonta a la época en que en este país vivía una población de blancos criollos militaristas que, en los 86 años transcurridos desde la Guerra de Independencia a la primera Gran Dictadura del Siglo XX  -la del Generalísimo Benemérito- , incrementó su presencia y su poder político de forma desmedida, y que hoy, luego de 45 años de ejercicio democrático, regresa como el fantasma olvidado en nuestra niñez republicana, cargado con los mismos miedos y fobias, y las mismas promesas y los mismos vandalismos, avasallando como otrora, con promesas de pasado. Un miedo institucionalizado que provoca y patrocina el gobierno y que funciona desde los medios de comunicación públicos que ha secuestrado y también desde otros, privados y comunitarios que ha incautado, con un lenguaje agresivo y una puesta en escena provocadora de cierta violencia simulada, dentro de una representación del poder (el término es del antropólogo George Baladier) que no demanda disparar los fusiles, pues mostrarlos resulta suficiente para sembrar el miedo en el colectivo que le adversa.

Entre los distintos elementos y sentimientos que configuran nuestra historia, se encuentran el odio y el miedo como engranajes de la práctica política. Tanto el odio como el miedo siempre han resultado efectivos para establecer controles disuasivos en los conglomerados sociales. En palabras de Napoleón, éstas son las dos únicas fuerzas que unen a los hombres, por ello el discurso dominante en la cultura política diaria está lleno de características pasionales y melodramáticas, y cuyo reclamo apunta más al descrédito y a la desarticulación de la búsqueda de unidad político-social de la población, basados siempre en el odio y el miedo al pasado o a lo-que-vendrá y a los personajes vinculados a éste.

La sociedad venezolana está siendo reconstruida sobre una base afectiva e indeseable: el temor. Gracias a él,  imperios se han levantado y logrado sobrevivir. Hoy, un país como Estados Unidos utiliza esta emoción a su favor asegurándose, tal vez, una estabilidad económica y social. El miedo, como cualquier pasión, es un movimiento natural y por lo tanto neutral. Ni bueno, ni malo. Beneficioso para huir del mal y para el progreso moral, según el gran Salomón; causa de la cobardía y de la falta de constancia en el ánimo según Julio César, vencedor de las Galias.

En Venezuela asoma una neo teoría política sobre el mundo contemporáneo. Esta teoría no está formulada con el rigor que exhiben la filosofía política, sus autores canónicos, sus conceptos y marcos de referencia, sobre los que se vuelve una y otra vez. El estudio ni siquiera parece pretender el título de “teoría”, pues en esta nueva versión sociológica, el punto de referencia de la política es la ciudad, la polis pero desnuda de elementos propositivos globales, como tampoco de un proyecto país consensuado. En la actualidad, la ciudad es el espacio donde se imbrican la guerra y la política, ya sea siguiendo la famosa sentencia de Clausewitz —”La guerra es la continuación de la política por otros medios“—, ya sea siguiendo la inversión que hizo célebre Michel Foucault: “La política es la continuación de la guerra por otros medios“.

Pero el “miedo social” es una de las armas más poderosas que tiene el poder para enfrentar la lucha popular, desarticular las resistencias y frenar la marcha. El miedo no nació de manera espontánea en nuestro cuerpo colectivo. Lo fabricaron a fuerza de reiterados golpes, de violaciones cada cual más violenta a nuestros cuerpos individuales y a nuestras vidas, de mutilaciones de nuestros sueños, de negación de nuestro poder grupal y social, como colectividades de intereses, de sentidos, de identidades, y como pueblo.

La desaparición forzosa de personas es uno de los mecanismos de disipación del caos social utilizada frecuentemente por los regímenes autocráticos y dictatoriales. En un principio como una ‘operación focalizada’ pero luego de manera generalizada, cuando las sociedades implotan como respuesta a la represión. La desaparición forzosa fue un mecanismo diseñado por el terrorismo de Estado en países latinoamericanos  para vulnerabilizar la subjetividad de los opositores al régimen de turno, para deteriorar sus impulsos solidarios, aislarlos y paralizarlos. Para desaparecerlos como amenaza a los intereses de la dominación, para tranquilizar a los poderosos que detentan el poder político.

Pero aunque las dictaduras pasen, el miedo queda alojado como un fantasma latente, escondido en el desván histórico de las pesadillas sociales. Queda marcado en la piel de sus víctimas, en sus huesos, en los instintos de la sociedad toda. Quienes apelan a la represión y al miedo lo saben, y una y otra vez vuelven a recurrir a él, lo despiertan, lo sacuden. No necesitan ya del despliegue material de la maquinaria terrorista. Les alcanza con poner en escena algunos símbolos que activen en el inconsciente colectivo el alerta frente a lo que se asume como unas fuerzas oscuras, ingobernables, inmanejables, imparables, que supuestamente llegan y se van de acuerdo a designios que los ciudadanos nunca logran descifrar.

El miedo hobbesiano, esa pasión humana que explica la guerra y la paz, que es el principio estructurante del orden político y de la soberanía del Estado, es un miedo esencialmente moderno. Miedo a los otros hombres en tanto que son libres e iguales. Miedo racional que calcula, prevé y obra en consecuencia. Miedo que se presenta y se imagina lo que el otro puede hacer, porque todos tienen las mismas pasiones y deseos. Miedo secularizado que no puede esperar recompensas y por eso el propósito central de los seres humanos es preservar la vida hasta que la propia naturaleza defina cuál es el momento de la muerte, pero ante todo, se trata de un miedo al desorden, al caos, a la incertidumbre y a la contingencia de vivir sin un único principio de orden en la sociedad.

Quienes apelan al miedo como disipador del caos  han hecho creer que esas fuerzas reaccionan como bestias “civilizadoras”, para castigar los desórdenes de quienes estigmatizan como ‘opositores escuálidos’, ‘pitiyanquis vende patria’. Por eso, funcionan tan bien como disciplinadoras de una gobernabilidad en la que los intereses y necesidades de los sectores populares se deben subordinar siempre a los mandatos del poder, o de las facciones de aquél  que gobiernan en cada localidad, siempre a nombre de… o como intermediarios del poder omnímodo y centralizador.

El miedo que según Hobbes funda el orden moderno no tiene que ver, en principio, con los miedos ancestrales o metafísicos, como el temor a la ira de los dioses, o a las fuerzas desatadas de la naturaleza, ni a los castigos que provienen del cielo metafísico ni a las penas en ‘la otra vida. Esos “miedos perpetuos” como los llama Hobbes tendrían que ver, ante todo “con la oscuridad que reina entre los seres humanos, con la ignorancia sobre las causas que producen los desastres y la mala fortuna…” Es decir, con temores pre modernos que Hobbes aseguraba se irían desvaneciendo en la medida en que la humanidad explicase las razones que los producen.

Estos “miedos perpetuos o metafísicos” sólo tendrían repercusiones políticas cuando fuesen usados como recursos de dominación. El miedo del que se ocupa Hobbes es el que suscita en cada individuo la existencia de los otros con los cuales se relaciona y convive; miedo secular, mundano, que adquiere su sentido en el aquí y el ahora. Miedo propio de la naturaleza humana y de su condición, que le teme a sus semejantes porque sabe que no son diferentes a él y por lo tanto persiguen objetivos similares. Miedo que nace de la convivencia porque el hombre no es un ser solitario y está obligado a vivir en contrapunto con los deseos y las pasiones de los otros y por tanto en permanente discordia con ellos.

Es necesario entonces reconocer que el miedo existe como disipador de caos. Que hay un miedo construido desde el poder y cultivado por el silencio de quienes se sienten intimidados por la estructura represiva y no se animan a plantearlo como un problema a resolver, tanto como el hambre, o la falta de trabajo, o el analfabetismo. Que el miedo exista como control social no significa que las escenas que éste multiplica y amplifica, tengan la dimensión con que éstas se presentan bajo su lente. El miedo distorsiona las imágenes de la realidad.

Lo que se está realizando entonces en esta Venezuela revolucionaria y presuntamente socialista  -o en vías de un modelo neo socialista tropical –   es una pulseada en la que se juega quién detenta el monopolio de la violencia, los límites de la misma, y qué poder tiene cada fracción del bloque dominante a la hora del disciplinamiento social.

La circulación de la violencia, las palabras, los rumores, el miedo representado e impregnado en personas o cosas cotidianas vuelven a éste una epidemia que corroe las raíces mismas de la sociedad, rompe con la cotidianidad y, en su lugar, dispone de nuevos códigos que harán de las relaciones sociales una convivencia en tensión permanente, en desconfianza, en inseguridad.

Es posible hablar de una nueva ciudadanía, una ciudadanía basada en el miedo donde confluyen más de un discurso y más de un símbolo. En sociedades mutiladas por la angustia queda el silencio como la única protección, la única garantía de vida. Entonces, se debe pretender que, si se ve, se oye y se calla, nada pasará. Es mejor no preguntar quién murió y menos por qué.  Todos lo saben pero nadie lo dice. “¡Fuenteovejuna, señor!” clamará, subyugado, el colectivo.

Nadie está a salvo, La era del terror, El planeta del miedo, Terrorismo, el nuevo enemigo o el mundo en jaque, fueron algunas de las muchas expresiones que circularon a propósito del ataque terrorista perpetuado el 11 de septiembre del 2001 contra las torres gemelas del Word Trade Center en Nueva York y dan cuenta del límite que desde entonces transita la sociedad. Aunque aún no alcancemos a medir a cabalidad su impacto en las maneras de entender y ser en el mundo, es claro que con el ataque a las torres no sólo murieron de manera infame miles de personas provenientes de más de 37 países del mundo.  Con su derrumbe quedaron en entredicho, ya para siempre, nociones bastante caras a las sociedades contemporáneas como la seguridad, la estabilidad y el orden. Las reacciones y sentimientos generados a propósito de este hecho, han permitido visibilizar, aún más, el papel del miedo como ordenador de las sociedades y el mundo actual.

El desorden social institucional, representado por una delincuencia organizada desde el Gobierno, es consecuencia del deterioro de la estructura social, una especie de “campo de cultivo” de la violencia, y se presenta como una forma de riesgo y vulnerabilidad e incertidumbre en la población. Los factores que inciden en la problemática son: la falta de garantías, la ineficiencia de la policía, el poco o nulo profesionalismo de los agentes del ministerio público y la ausencia o no ejecución de reglas, normas, leyes que se apliquen conforme a derecho legal y jurídico.

Pretendemos acá una elemental reflexión sobre la dimensión social del miedo a través de diferentes autores y perspectivas analíticas que transitan por espacios y tiempos también distintos; pasados y presentes que nos hablan del mundo occidental, sobre la forma como se construyen y circulan los miedos en las sociedades como instrumentos disipadores de la entropía social.

De modo que la privatización de espacios residenciales, la contratación de vigilancia formal y/o informal, el pago de vacuna, el porte de armas, las precauciones cotidianas, las conductas de inhibición, la organización de comités de seguridad vecinal, etc., no son sino respuestas de autoprotección o autodefensa (unas benignas, unas no tan benignas) desarrolladas en forma colectiva o individual. Ese es el resultado de la inexistencia del control adecuado de la inseguridad por parte de las instituciones establecidas para tal fin, lo que posiblemente esté llevando a vivir en actitud de permanente vigilancia de unos a otros y con riesgos adicionales a los generados por la actividad delictiva común.

Las preguntas por el miedo y sus incidencias sobre la controlentropía social irremediablemente evocan la imagen del Leviatán; ese gran hombre artificial, cuyo cuerpo está formado por multitud de pequeñas figuras humanas que se apretujan en la vasta corporeidad del gigante, desdibujadas e imprecisas, como para darle realce y significación a ese nuevo dios mortal, que se alza majestuoso y amenazante sobre un horizonte de pacíficos entornos urbanos y rurales, blandiendo la espada de la victoria y el báculo de la autoridad. Esta imagen inquietante y perturbadora, propuesta por Hobbes para ilustrar la primera edición de su libro en 1651, despierta reacciones encontradas.

Día a día crece el sindrome del miedo. En las principales capitales venezolanas, así como en cualquier otra ciudad, el miedo agarrota los nervios y las mentes de las personas como un virus. El dominio social del miedo está representado en los asaltos, lo que lleva al ciudadano a convertirse en prisionero de su propia casa, cerrada con mil llaves, dotada de alarmas de seguridad y desfigurada visualmente por las verjas que cubren las ventanas porque el miedo es provocado por lo desconocido. El portero de la entrada debe exigir la identificación; el nombre y su procedencia el que se anuncia por intercomunicador; el visitante es espiado por el ojo mágico y finalmente las cerraduras infinitas de llaves dentadas especiales, desplazan postigos de acero, cuarterones y trampillas, una por una, mientras el miedo del que abre y el miedo de quien espera van in crescendo, llevados de la mano por la angustia, prima hermana de aquél.

Por el miedo y la angustia, la enfermedad de moda es la agorafobia: el miedo a los lugares públicos.  Se teme que en la plaza haya ladrones escondidos detrás de los árboles y que los niños mendigos se transformen en peligrosos asaltantes al aproximarse al vehículo. Aumenta el número de personas que prefieren no salir de noche, que nunca usan joyas y que sienten pánico si alguien se acerca a ellas para preguntar una dirección. El hombre es, ahora más que antes, el lobo del hombre.

¿De dónde procede tanto miedo? De la sociedad en que vivimos, marcada por una abismal desigualdad. Si no somos iguales en derechos y en las mínimas condiciones de vida, ¿por qué asustarse ante semejantes reacciones? ¿Cómo exigir cortesía a una persona que siente en la piel la discriminación racial, y en la pobreza la discriminación social? ¿Cómo esperar una sonrisa de un niño que, en el tugurio en que vive, ve a su padre desempleado descargar el efecto de la borrachera pegándole a su mujer? La discriminación humilla y la humillación genera resentimiento, amargura y sublevación.

Esta alegoría del Leviatán, plena de imágenes y de metáforas, que inquieta e interroga al mismo tiempo, es la representación simbólica de lo que sería del Nuevo Orden; el orden político moderno; el Estado Nacional soberano y unitario, que gobierna sobre un conjunto social pacificado y desarmado, un corpus político constituido y resguardado de las dificultades de la vida en común, una vez que se conjurase el peligro de las guerras civiles y las violencias comunes. Esta alegoría que ilustra la obra del Leviatán está prefigurando el nuevo sentido del poder en la modernidad y el advenimiento de un orden diferente de mando y obediencia.

En tanto la violencia se enseñorea desde el orden estatal de la sociedad de masas; se producen las inversiones que trastrocan el orden jerárquico no solo entre vita activa y vita contemplativa sino entre la articulación misma de acción, trabajo y labor –con esta última ocupando el rango más alto- ; y por último, el espacio de aparición es sofocado por el ascenso de la sociedad y la esfera económica. Entonces, ¿cuál es el lugar del poder en la modernidad?

La búsqueda de un nuevo principio racional de orden político, que indujo a Hobbes, como antes lo había hecho Maquiavelo, a situar la mirada sobre el Hombre, sobre la naturaleza humana, sobre la condición de ser mortal, con derechos naturales, es verdad, pero también con deseos y pasiones; con odios y amores; con temores y esperanzas; con ánimos de competencia y con propósitos de gloria y honor. En suma, un ser humano común, un cuerpo pasional lleno de deseos que compite por ellos con otros hombres iguales a él y que por lo tanto desean y temen las mismas cosas.

Pero para pensadores modernos, como Hannah Arendt el poder no se funda en el miedo ni es violencia. “Hablar de un poder no violento constituye en realidad una redundancia”. La violencia, lejos de ser una flagrante manifestación del poder, es su opuesto; donde uno domina absolutamente falta el otro. Ahondando en esta distinción, escribe: “Poder corresponde a la capacidad humana, no simplemente para actuar, sino para actuar concertadamente. El poder nunca es propiedad de un individuo; pertenece a un grupo y sigue existiendo mientras que el grupo se mantenga unido.” (1973)

Un gran contraste, este que genera la noción del poder en la post modernidad de Hannah Arendt en relación con el miedo hobbesiano, para quien el turbación que produce el miedo es una pasión humana que explica la guerra y la paz; miedo que él considera principio estructurante del orden político y de la soberanía del Estado. El miedo hobbesiano es esencialmente moderno; miedo a los otros hombres en tanto que son libres e iguales; miedo racional que calcula, prevé y obra en consecuencia; miedo que se representa y se imagina lo que el otro puede hacer, porque todos tienen las mismas pasiones y deseos; en fin miedo secularizado que no puede esperar recompensas en el más allá, porque no hay más vida que ésta y por eso el propósito central de los seres humanos es preservarla hasta que la propia naturaleza defina cuál es el momento de la muerte, pero ante todo, se trata de miedo al desorden, al caos, a la incertidumbre y a la contingencia de vivir sin un único principio de orden en la sociedad de la violencia.

La violencia aparece en la visión arendtiana como regida por la categoría medios-fin, como puramente instrumental, y por lo tanto, siempre necesitada de una guía y una justificación hasta lograr el fin que persigue. Podrá justificarse, pero nunca será legítima. La legitimidad queda reservada para el poder a la reunión inicial de quienes actuaron juntos en el pasado. De esta manera, el poder pertenece a la categoría de los absolutos, es un fin en sí mismo. El poder es la verdadera condición que permite a un grupo de personas pensar y actuar en términos de categoría medios-fin. El poder, entonces, corresponde a la esencia de todos los gobiernos, entendidos estos últimos como poder (no instrumental) organizado e institucionalizado. Pero cuando el poder se instrumentaliza, lo hace a partir de los miedos sociales e individuales.

Los dominios del miedo moderno suscitan en cada individuo la existencia de los otros con los cuales se relaciona y convive; la otredad provoca un miedo secular y mundano, que adquiere su sentido en el aquí y el ahora; miedo propio de la naturaleza humana y de su condición, que es propio de aquellos que temen a sus semejantes porque saben que no son diferentes a ellos y por lo tanto persiguen cosas similares; miedo que nace de la convivencia porque el hombre no es un ser solitario y está obligado a vivir en contrapunto con los deseos y las pasiones de los otros y por tanto en permanente discordia con aquellos.

A decir de Hobbes, son tres los  motivos principales generadores del miedo: La competencia, la seguridad y la gloria, el primero hace que los hombres se enfrenten por las ganancias y los beneficios, por los bienes escasos diríamos hoy; el segundo hace que los seres humanos usen la violencia para defenderse e impedir que otros se apropien de lo que ellos tienen; es decir, para garantizar su propia seguridad y la de sus bienes; el tercero, la gloria o el honor, se refiere a la necesidad humana de ser reconocidos y valorados por los otros.

El miedo, según Hobbes, sería el fundador del orden político, la justificación racional del mando y la obediencia y la condición para el logro de la vida en sociedad; si por miedo al desorden y a la anarquía, los seres humanos crean el dios mortal, unitario y soberano, que los sustituye y está en lugar de ellos asumiendo la totalidad de su poder, pudiera pensarse que esta estrategia política iría dirigida a suprimir el miedo de vida de los hombres a erradicarlo o a situarlo en lugares marginales o casuísticos pero no es así; el miedo, esa pasión racionalizante e imaginativa, secular y moderna no desaparece con la creación del Estado soberano; lo que se conquista con el Leviatán es la seguridad pues está muy claro que para Hobbes la paz, es seguridad y nada más, pero el miedo sigue allí, latente, serpenteante, omnipresente y justificando una estructura de mando y obediencia que de otra manera, opina Hobbes, sería imposible mantener.

Es decir, el devenir del Estado y la pervivencia de la soberanía, se siguen fundamentando en el temor; el temor a lo que él mismo creó, al castigo que puede derivarse de las acciones u omisiones si es que viola las leyes, rompe los órdenes constituidos o intenta desobedecer, disentir o revelarse; si incurre en alguna forma de desobediencia, esta actitud lo situaría por fuera del orden, en los márgenes de la sociedad, en el limbo de la indeterminación y con todo el peso del Estado soberano sobre su propia humanidad. Por eso es el miedo el que mantiene al individuo sujeto al orden establecido y en una estructura determinada de mando y obediencia.

Cuando la soberanía está en vilo y se ha vivido por largos períodos en situaciones difíciles, el miedo se vuelve el acompañante de los ciudadanos en casi todos los eventos de la vida cotidiana y es explicable que la principal demanda social se dirija a exigir seguridad, orden, vigilancia y control por parte de los poderes establecidos o que al menos posean la titularidad jurídica de la soberanía estatal. Entonces, el miedo deja de ser un elemento extraño para transmutarse en el segundo eslabón de la cadena de eventos promovidos desde las instancias de la controlentropía social para provocar una disolución de las oposiciones, no sólo de las instituciones a subvertir, sino una más profunda aún, en el acompañante diario del sentimiento de los individuos.

El próximo escenario: La ausencia moral

La ausencia de moral es el tercer escenario que necesita un régimen totalitario para perpetuar su ignominia. Siendo el primero el odio y el segundo el miedo, con la ausencia moral se construye la trilogía perfecta de la controlentropía necesaria en un régimen absolutista y egocéntrico.  La ausencia de escrúpulos y la falta de moral en los nacionalismos y totalitarismos que protagonizaron el siglo XX son la base de un fascismo irredento, que como un fantasma aparece en la alborada del tercer milenio en Venezuela, intrépidamente y de la mano de un menaje ideológico difícil de tragar y mucho menos de digerir, al cual identifican como ‘socialismo bolivariano del Siglo XXI’.

Pero cabe acotar que la vinculación entre la teoría ética del Estado y la práctica moral de los Gobiernos es uno de los problemas recurrentes de la filosofía moral en las sociedades contemporáneas, con particular incidencia en el escenario producido por el liberalismo económico, moral y político. En primer lugar, la imposibilidad de construir una moralidad pública en las sociedades laicas y plurales. Segundo, la falta de atención que las teorías suelen prestar al problema de la motivación moral. Finalmente, el peligro que representan hoy los fanatismos y los fundamentalismos morales y políticos. Los tres apartados tienen que ver con un tema nuclear en la ética de nuestro tiempo: el ejercicio de la libertad en las democracias actuales.

Porque la moral política occidental es el cortafuegos que evita que la corrupción política se desate sin control y contamine como un virus todo el sistema constitucional de las democracias occidentales. También es el mecanismo de limpieza de oportunistas y toxinas antidemocráticos. Sin embargo, la moral política consiste en resistir la seducción de la grandilocuencia con la que se juega con la humanidad, el hombre y sus posibilidades. Pese a constituir un tópico recurrente de la vida cotidiana y merecer desde siempre un importante esfuerzo teórico, las relaciones entre política y moral no son un tema de abordaje sencillo. Prueba de ello es el que frente al actual y generalizado clamor por la moralización de la política, no se advierta que sin las debidas matizaciones ese reclamo podría fácilmente conducir a un dirigismo ético de carácter totalitario. Es decir a un Estado que alegando razones de salud pública impusiera coactivamente a sus ciudadanos una determinada moral cívica, social, sexual o religiosa, conculcando sus libertades en estos terrenos.

Moral y política, más allá de sus variables contenidos materiales, constituyen dos prácticas sociales de diferente naturaleza. La política conceptualiza un tipo específico de actividad humana: la dirigida a la formación del orden colectivo más general de un grupo humano (Dowse y Hughes, 1979 p. 22, Sartori, 1984). Es actividad política votar, sancionar una ley o concurrir a una asamblea partidaria, pero también lo es, por ejemplo, influir sobre otro para que cambie su ideología política. Las implicaciones de este hacer, que sin embargo no son notas definitorias de él, son la utilización y distribución del poder y la formalización de redes de autoridad sociales. La mayor y más formalizada de esas redes es naturalmente el estado.

La moral por su parte, constituye desde el punto de vista formal, un conjunto de principios evaluativo-prescriptivos de toda conducta humana y de sus diferentes objetivaciones (normas, costumbres, instituciones, estados, etc.). Es un orden que dice lo que es justo o correcto y en ése decir, implícitamente, ordena conductas. Se exterioriza en prácticas e instituciones diversas y su finalidad social, por lo menos desde un ángulo laico, radica en prevenir los conflictos y promover la cooperación (Nino, 1989, p.99)

La ausencia de una moral, tanto en el Gobierno como en los ciudadanos que se rigen por aquél, constituye el caldo de cultivo ideal para que florezcan las autocracias. Se trata de una ‘ausencia’ necesaria para el cometimiento no sólo ya de injusticias y prevaricaciones, sino para la descomposición irreparable del más importante tejido conjuntivo de la sociedad. Ese que detiene al bárbaro, que protege a la moral y conduce el accionar de las políticas de un Estado sujeto a cánones éticos.

El Odio y el miedo se han desatado con furia sobre la sociedad venezolana, acicateados por un proyecto comunista que ha fracasado estrepitosamente en múltiples escenarios y por la riqueza del ‘excremento del diablo’ que ahora ha producido paradójicamente más pobreza y más dependencia. Ambos, miedo y odio, se han convertido en argumento de división y disuasión social del discurso de quien dirige los destinos del país y estamos a un paso, corto, breve e inminente de consolidar el tercer escenario: la ausencia moral, paso que se dará si desde las aulas y los hogares venezolanos se permite la indoctrinación que viene solapada, bajo la figura de leyes especiales y de inciertos reglamentos inexistentes, entre el falso pelaje de cordero de la licantrópica Ley Orgánica de Educación.

(*) Comumicólogo.

Asesor de Identidad e Imagen Corporativas.

Profesor de  Mercadeo Electoral

Escritor


[1] Elie Wiesel (Sighet, 1928) Celebración bíblica: relatos y leyendas del Antiguo Testamento (1972), y Contra la melancolía (1996) Premio Nobel de la Paz 1986 /

[2] André Glucksmann Le Bien et le mal (septiembre de 1997) / Le Discours de la haine (octubre de 2004)

[3] Hafez, Mohammad –Questions & Answer  taped  in Manufacturing Human Bombs: Strategy, Culture and Conflict in the Making of Palestinian Suicide Terrorism conference, National Institute of Justice, University of Washington, October 21th 2004.