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Democracia siglo XXI

fecha

julio 23, 2009

Ciudadanía, democracia y participación en el siglo XXI – Una perspectiva politológica

participación

por Manuel Luis Rodríguez U

PROLOGO

El “problema de la participación” atraviesa hoy la totalidad de la problemática política e institucional y se encuentra en el centro del debate en torno a la eficacia y la legitimidad de los sistemas políticos, tanto por las potencialidades que puede desarrollar dentro de las democracias, como por la evidencia de que es una de las deudas no resueltas.

¿Son suficientes los mecanismos de participación a los que se recurre en el marco de las democracias representativas modernas?  Qué concepto de participación resulta coherente con la evolución actual y futura más posible de la ciudadanía, al interior de nuestras democracias?

A su vez, la cuestión teórica y política de la participación, abre tras suyo un abanico de tópicos, entre los cuales cabe destacar la problemática de la ciudadanía, y el de la democracia representativa frente a la democracia participativa.  Es posible argumentar por tanto que existe una conexión teórica e intelectual entre ciudadanía, representación y participación, dando forma a un núcleo conceptual que se sitúa entre los fundamentos de las democracias modernas, en tanto en cuanto la ciudadanía –como realidad política y como dimensión socio-cultural históricamente determinada- y los sistemas políticos modernos –como modalidades estructuradas de articulación institucional para el ejercicio del poder- realizan un constante movimiento desde las formas representativas hacia las formas participativas de intervención ciudadana.

Este ensayo intenta contribuir a un análisis teórico y politológico del problema de la participación en el contexto de los sistemas políticos modernos.

Manuel Luis Rodríguez U., Cientista Político.

Punta Arenas – Magallanes, invierno de 2008.

DEMOCRACIA, CIUDADANÍA Y PARTICIPACION: TRES PREMISAS PARA UN ANÁLISIS

Tres podrían ser las premisas de este análisis:

a)       las democracias representativas adolecen de serias carencias en materia de participación, lo que explica en parte la crisis de legitimidad de que sufren los sistemas políticos.

b)      la ciudadanía moderna o postmoderna, exige mayores niveles y rangos de participación como consecuencia de diversos factores sociales, tecnológicos y culturales; y

c)       los mecanismos de participación tradicionales en los sistemas políticos modernos y en particular dentro de las democracias representativas, son insuficientes para responder a las nuevas demandas políticas de la ciudadanía.

El propio concepto de ciudadanía ha hecho implosión y hoy asistimos a la emergencia de formas de ciudadanía inéditas: ciudadanía ambiental, ciudadanía comunicacional, ciudadanía digital, ciudadanía virtual, ciudadanía de género, ciudadanía étnica e identitaria, son algunas de esas nuevas manifestaciones.

El concepto de ciudadanía y el de participación han hecho crisis, y las nuevas manifestaciones de resistencia ciudadana en las que aparecen nuevos actores sociales y políticos, tales como las multitudes inteligentes, dejan en evidencia que el cambio de los sistemas políticos puede provenir tanto del ejercicio de distintas formas de presión social y dominio territorial horizontal, como de la creciente incidencia de esos nuevos actores dentro de los aparatos institucionales del sistema político y del Estado.

En el nuevo contexto de la globalización, durante estos últimos años, estamos asistiendo a cambios acelerados en el terreno de las políticas públicas locales, dado que los ámbitos locales están resultado fortalecidos como espacios de construcción de proyectos colectivos, de profundización de la ciudadanía y de satisfacción de necesidades.

Así mismo, los gobiernos locales incorporan a sus agendas cuestiones emergentes (sostenibilidad, cooperación al desarrollo, diversidad cultural, nuevos yacimientos de empleo…) y conceptos como innovación democrática, presupuestos participativos, articulación de redes, capital social, etc. ya no operan sólo como referentes normativos, sino como valores practicables e incluso como requisitos para la resolución eficaz de problemas.

LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA  COMO MECANISMO DE REPRESENTACION DE LA CIUDADANÍA PARA EL EJERCICIO DEL PODER

Los teóricos de la representación, desde los tiempos de Rousseau y Locke, pasando por Benjamín Franklin y los ideólogos de la revolución francesa, han postulado que el sistema político representativo obedece a la necesidad de que los ciudadanos, imposibilitados para ejercer directamente el poder, ya que se encuentran ocupados en sus funciones cotidianas de carácter económico, social y cultural, deben recurrir a un procedimiento supletorio que haga posible el gobierno de la sociedad desde un Estado que exprese y represente a toda la nación.

Las premisas teóricas y políticas de la representación

La teoría moderna de la representación política surge como resultado de la influencia de diversos autores y pensadores del siglo XVIII y de dos procesos políticos casi sucesivos: la independencia de los Estados Unidos, proclamada en 1776 y la revolución francesa iniciada en 1789 y concluida en 1799 con el consulado de Napoleón.

En ambos procesos, la idea de la representación de las dos primeras naciones modernas, emanó tanto de la concepción que el conjunto de los ciudadanos no podían ejercer directamente el poder político toda vez que estaba cada uno ocupado en sus asuntos particulares, como de la idea que el gobernante debía ser elegido mediante un procedimiento que asegure que el ejercicio del poder se realice en nombre de los intereses de la nación en su conjunto.

Aquí, Rousseau establece una distinción entre el poder y la voluntad general de la nación.  Y dice a este respecto en El Contrato Social: “la  soberanía no puede ser representada, por la misma razón que ella no puede ser alienada; ella consiste esencialmente en la voluntad general, y la voluntad general no se representa: ella es en sí misma o ella es otra, no hay punto intermedio.  Los diputados del pueblo no son ni pueden ser sus representantes, ellos no son más que sus comisarios…” ([1])

En el concepto de Rousseau, la idea de los representantes es moderna y ella proviene del gobierno feudal, que éste califica de “inicuo  y absurdo gobierno en el que la especie humana se degrada…”.  Y avanza detallando las condiciones en que se efectuaba la representación a través de los tribunos en la Roma republicana: “siendo la ley  una declaración de la voluntad general, es claro que en la potencia legislativa el pueblo no puede ser representado, pero el puede y debe serlo en la potencia ejecutiva que es la fuerza aplicada a la ley…queda claro que los tribunos, no teniendo ninguna parte en el poder ejecutivo, no pudieron jamás representar al pueblo romano por los derechos de sus cargos, sino solamente usurpando los del Senado.” ([2])

Esta premisa teórica –la de la ciudadanía incapacitada de gobernar colectivamente el Estado- es uno de los fundamentos conceptuales sobre los cuales se levanta el edificio de las democracias representativas.

Y la segunda premisa teórica de la representación es la igualdad de los ciudadanos en cuando individuos libres ante la ley, que se reunen y suman sus voluntades para construir este Estado y este poder político representativo.

A su vez, la tercera premisa teórica de la representación es la noción de que la ciudadanía o la nación está dotada de un poder soberano y constituyente, del cual emanan todos los poderes del Estado y el gobierno.

El otro fundamento conceptual es la llamada teoría del mandato, proveniente en particular de la experiencia de la república romana.  La representación es, conforme a esta teoría, un mandato que se establece o se instituye entre un mandante y un mandatario, es decir, entre dos ciudadanos iguales en derechos y en deberes, pero que desempeñan funciones distintas pero complementarias.

En este mandato, el mandante es el ciudadano que solicita ser representado ante una determinada institución del Estado, y el mandatario es el ciudadano que representa al mandante.   En las condiciones de los sistemas políticos democráticos representativos modernos, el mandatario es la ciudadanía, la que delega una cierta suma de poderes en un mandatario (Presidente de la República, Primer Ministro, Diputado, Senador, Representante…) para que éste los ejerza en su  nombre.

En síntesis las premisas teóricas que hacen posible y viable la representación son tres: 1º la noción de la ciudadanía incapaz de gobernarse a sí misma; 2º el principio de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, y 3º el principio del poder soberano y constituyente de que está dotada la ciudadanía y la nación.  Es a partir de estas premisas que se construye histórica y políticamente la teoría de la representación moderna.

La representación pura

Despejados los fundamentos teóricos, examinemos ahora la esencia de la teoría de la representación, tal como surge de sus diversos autores.

En esencia, la representación puede ser concebida y comprendida tanto como un conjunto de mecanismos o procedimientos para la construcción de las instituciones políticas del Estado moderno, como un constructo teórico e institucional que sirve de fundamento de los sistemas democráticos.  Y la base esencial de la teoría de la representación es la teoría del mandato.

Según ésta, los ciudadanos o mandantes, en cuanto están dotados de un poder constituyente, instituyen un mandato (provisorio en el tiempo) según el cual confieren a un cierto número de ciudadanos o mandatarios, la facultad de representarlos en los órganos de poder del Estado.

Dos características esenciales de este mandato, son, primero, la existencia de una vinculación que supone entre el mandante y el mandatario, entre el ciudadano elector y el ciudadano elegido, vinculación que debe encontrarse establecida en las normas jurídicas, y segundo, el carácter provisorio y revocable de dicho mandato.

En Emmanuel Sieyes, uno de los teóricos de la Revolución Francesa, la representación política opera como una procuración, es decir, como una delegación de poder pero no de la voluntad general de la nación.  Sieyes, dice a este respecto:  “…los asociados son demasiado numerosos y extendidos sobre una superficie extensa, para ejercer facilmente ellos mismos su voluntad común.  Que hacen entonces? Ellos se despojan de todo lo que es necesario, para vigilar y proveer al bien público, y esta porción de la voluntad nacional y por consecuencia de poder, ellos la confían al ejercicio a algunos de entre ellos…estamos ante el gobierno ejercido por procuración…”  ([3])

En su concepto, se trata de la voluntad común representativa, a que tiene dos caracteres distintivos: “1º esta voluntad no es plena ni ilimitada en el cuerpo de representantes, sino no es más que una porción de la gran voluntad común nacional, y 2º los delegados no la ejercen como un derecho propio, es el derecho de otros, la voluntad común no está en ellos sino como en comisión.” ([4])

CIUDADANIA Y PARTICIPACION: DOS CLAVES DIFERENTES

Los fundamentos intelectuales y políticos de la ciudadanía

La ciudadanía ya no es lo que antes era.

Y la participación ha dejado de ser una demanda ocasional y marginal, para convertirse en una aspiración transversal a todos los sectores políticos y a todas las categorías sociales y culturales.

A una ciudadanía basada en los principios de la obediencia a los líderes y caudillos políticos, y en el clientelismo de los grupos ante los aparatos organizacionales de los partidos, los movimientos y el Estado, se suceden y los reemplazan cada vez más, la influencia de multitudes, grupos de presión y redes horizontales de individuos y ciudadanos con intereses y demandas cada vez más complejas.

La política –entendida clásicamente como las formas y contenidos a través de los cuales una sociedad se gobierna- deja gradualmente de ser “un política de aparatos” y de instituciones, para convertirse progresivamente en una “política de redes”.

La ciudadanía ha dejado de ser un concepto estrictamente político.  En realidad como consecuencia de los cambios sociales, culturales y tecnológicos de las sociedades contemporáneas, asistimos a una verdadera implosión del concepto tradicional de ciudadanía. No solo la ciudadanía ha dejado de ser un concepto circunscrito a la esfera política –el ejercicio de un conjunto de derechos en el marco de un sistema político regulado- para convertirse en una dimensión cada vez más compleja y diversa, que abarca lo social, lo cultural y lo territorial-identitario.

En sus orígenes históricos e intelectuales la ciudadanía es un producto político y jurídico de las grandes revoluciones del siglo XVIII, y es una invención de la independencia americana y de la revolución francesa.  Los orígenes remotos de la idea del ciudadano pueden encontrarse en Aristóteles para quién los ciudadanos no tienen otro jefe o señor que la ley y es la ley la que tiene por función asegurar la libertad de todos y de realizar la justicia, castigando al criminal en proporción de sus crímenes, y distribuyendo a cada uno lo igual a lo que es igual y lo desigual a lo que es desigual.

Mas tarde, Spinoza en el siglo XVII postuló que debe establecerse una distinción entre los sujetos, como individuos que dependen de un señor, los ciudadanos se caracterizan por no obedecer sino a la ley, de manera tal que el mérito de una forma de gobierno se mide en la parte cada vez más importante de los ciudadanos asociados a la gestión del orden político, dando forma así a una sociedad organizada en función de la libertad.

Para Locke en cambio, la idea de ciudadanía está asociada  al principio de que reside en los ciudadanos la facultad de decidir acerca de la naturaleza del régimen legislativo y del gobierno, y que depende de la confianza de los ciudadanos el que el gobierno permanezca en el poder.   El régimen político, según Locke, depende de los ciudadanos y dura tanto como ésta cumpla su tarea de servir el bien público.

Fue Hegel quién abordó el concepto de ciudadanía desde el punto de vista de su relación con el Estado.  Para Hegel, el ciudadano es a la vez un individuo que toma consciencia de su lugar en la sociedad y que es capaz de interrogarse sobre su propia subjetividad y constata que en cuanto ciudadano está en los fundamentos del derecho positivo, pero al mismo tiempo, comprende que su existencia como ciudadano se realiza siempre en y para el Estado.

A partir de estos distintos fundamentos doctrinales, los principios rectores de la noción de ciudadanía son los conceptos de la igualdad de todos los individuos ante la ley, el derecho de los individuos a participar en el gobierno de la nación y el principio de la soberanía como atributo inalienable de la nación.

El Abate Emmanuel Sieyes afirma estos fundamentos expresando que el principio fundante de la nación es la existencia  de un individuo que es potencialmente ciudadano.   La nación es un dato anterior al poder del Estado y ella está hecha de individuos libres, iguales, independientes, diferentes entre sí, pero unidos por la necesidad común y la voluntad de vivir juntos.  Sin esta voluntad de vivir unidos, sin la representación de esta entidad que es la nación, los individuos son impotentes e incapaces de resistir a la tiranía.  Todo individuo es un ciudadano potencial que no se realiza en cuanto tanto sino cuando une su voluntad a las de los demas individuos para constituir el poder nacional.   Por lo tanto, el Estado emana de la Nación.

Conforme a estos conceptos, se es ciudadano en tanto en cuanto se forma parte de un cuerpo igualitario de individuos que componen la nación, y que acceden al ejercicio de derechos, deberes y libertades iguales para todos.  Al radicar la soberanía en la nación, es decir, un poder constituyente, inalienable, total e imprescriptible, la nación deviene una nación de ciudadanos iguales dotados de un poder que les permite determinar el presente y el futuro del gobierno y del Estado.

Esto no quiere decir que desaparecen las instituciones en el ejercicio de la política: lo que ocurre es que la profesionalización de la actividad política y la complejización de las tareas de gestión política (dos de los efectos políticos de la modernidad en el mundo de la políticas y el poder) conducen a alejar a los ciudadanos de las esferas de poder, colocándolos a disposición de nuevas incitaciones a actuar fuera, en paralelo y hasta al margen de los sistemas institucionales.

La participación, ¿como complemento o como forma de intervención en los asuntos públicos?

Ha entrado en crisis entonces además, el concepto de participación. Se entiende por participación social a aquellas iniciativas sociales en las que las personas toman parte consciente en un espacio, posicionándose y sumándose a ciertos grupos para llevar a cabo determinadas causas que dependen para su realización en la práctica, del manejo de estructuras sociales de poder.  En su forma tradicional la participación ha sido entendida como un mecanismo de intervención de los ciudadanos en los asuntos públicos, pero a partir de esta definición básica, las formas o modalidades, la intensidad, la frecuencia, los niveles y los rangos de participación ciudadana en los aparatos institucionales varían ad infinitum.

La participación puede ser entendida hoy como una posibilidad de configuración de nuevos espacios sociales o como la inclusión de actores sociales y de los movimientos sociales, en organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, o como la presencia en la esfera pública para reclamar situaciones o demandar cambios.

Sin embargo, en el presente la cuestión clave de la participación es el de los niveles y rangos en que los ciudadanos deben y pueden intervenir en los procesos de toma de decisiones dentro de los sistemas políticos.  Se trata de ir más allá de la mera comunicación política o de la información de los resultados de las políticas públicas.  Hoy la cuestión clave  y la dimensión fundamental de la participación en general y de l participación política en particular, es hacer intervenir a los ciudadanos organizados en los procesos de toma de decisiones al interior de las instituciones políticas y del Estado.

El concepto de participación alude al proceso por el que las comunidades y/o diferentes sectores sociales influyen en los proyectos, en los programas y en las políticas que les afectan, implicándose directamente en la toma de decisiones y en la gestión de los recursos. Existen dos formas de concebirla; una como medio para conseguir mejores resultados y mayor eficiencia en los proyectos y otra como fin en sí misma, ligada a la idea de fortalecimiento democrático. Es en este segundo sentido como la entenderemos, o sea, como un proceso de empoderamiento, que mejora las capacidades y el estatus de los grupos vulnerables, a la vez que les dota de mayor control e influencia sobre los recursos y procesos políticos.

Desde la perspectiva de la sociedad civil, la participación ciudadana es un componente fundamental para mejorar la calidad de la democracia. La participación cualifica la democracia como sistema institucional y como estilo de relación de los ciudadanos con el poder y de los ciudadanos entre sí. Se trata de un concepto eje, orientador de la conducta democrática, y que tiene multiplicidad de posibles concreciones en las distintas esferas de la vida colectiva: desde luego, en la política estrictu senso, pero sin duda también en las dimensiones económicas, sociales y culturales de la vida colectiva, en las esferas de la vida privada, los espacios laborales, educacionales, los medios de comunicación masivos, la trama urbana y rural, local y nacional, real y virtual, entre otros espacios de significación social.

En términos teóricos y también prácticos, el déficit de participación es correlativamente un déficit de ciudadanía. Contemporáneamente, en la noción de ciudadanía concurren al menos tres elementos constitutivos: la posesión de ciertos derechos y la obligación de cumplir ciertos deberes en una determinada sociedad; la pertenencia a una determinada comunidad política (normalmente el Estado); y la oportunidad de contribuir al desarrollo de la vida pública de esa comunidad a través de diversas formas de intervención.

Por ello, debemos afirmar que la participación ciudadana es un aspecto inexcusable de cualquier visión democrática de país y, como ya se ha indicado, un mecanismo para mejorar la calidad de la política profesional y de toda iniciativa de acción colectiva que emprendan los ciudadanos.

Desde el punto de vista del tipo de procesos sociales y políticos que pone en marcha, existen dos dimensiones o modalidades de participación social: la que definimos como involucramiento decisorio y aquella que se puede conceptualizar como involucramiento comunicacional. En ambas formas,  hacemos la distinción en función de dos criterios: el involucramiento de los ciudadanos y de sus organizaciones y los procesos de toma de decisiones. ([5])

Otros enfoques ponen el énfasis en el desarrollo del capital social.

Es el caso del informe “Participación social y ciudadana” del Instituto Libertad que afirma que “el fortalecimiento de la democracia por la vía de la participación ciudadana está estrechamente relacionado con la disposición de capital social, sea individual o colectivo. Este concepto, si bien tiene cierta tradición, se ha introducido con fuerza en los últimos años. Según Pierre Bourdieu, el capital social se define como “el agregado de recursos reales o potenciales que se vinculan con la posesión de una red duradera de relaciones más o menos institucionalizadas de conocimiento o reconocimiento mutuo”. Una definición más operacional, pone al capital social como un recurso que los actores sociales deducen de estructuras sociales específicas y luego usan en la búsqueda de sus intereses. ([6])

UNA POLITICA QUE PUEDE SER CADA VEZ MÁS CIUDADANA

Por eso tiene sentido preguntarse cómo se percibe la actividad política y el ejercicio del poder, desde la perspectiva o el punto de vista de los ciudadanos.  Ellos ven la política como lejana, complicada, tecnificada y claramente desvinculada de sus preocupaciones cotidianas.  En las democracias representativas se ha producido una profunda brecha entre el mundo de la política (apropiado por los representantes y desde donde se adoptan las decisiones que van a incidir en la vida cotidiana de las personas) y el mundo de la vida cotidiana de los ciudadanos (en el que permanecen los individuos y los grupos, que van a ser objeto de aquellas decisiones).

Las políticas públicas resultan ser formas de imposición vertical del y desde el Estado sobre la sociedad civil.  Y aquí entra en crisis el concepto de participación, como veremos más adelante.

Los ciudadanos son cada vez mas conscientes de sus derechos y de su capacidad de interconexión movilizante o inmovilizante, como para que no se tomen en cuenta sus iniciativas y sus aspiraciones.

Ser ciudadano va a ser entendido de hoy en más, como una forma de ser democrática, como una dimensión política asociada a la realidad de la vida cotidiana, antes que una forma de pertenencia a un aparato político e institucional.  Los nuevos ciudadanos del futuro serán ciudadanos para una democracia que quiere autogobernarse y no una democracia que es gobernada.

Si la ciudadanía se definió desde el siglo XVIII como una identidad asociada al ejercicio de cidertos derechos y deberes cívicos, ahora la ciudadanía del siglo XXi será una identidad cotidiana asociada al ejercicio autónomo de formas de poder capaces de incidir o de formar parte de los procesos de toma de decisiones.

El lema sería “ya no basta que nos gobiernen… ahora los ciudadanos queremos gobernar.”

La emergencia de nuevas formas de ciudadanía, de nuevas dimensiones a través de las cuales la ciudadanía se manifiesta, dan cuenta de este cambio cualitativo en el orden político de la sociedad contemporánea.

Las herramientas operacionales de las multitudes inteligentes son el computador, las redes de internet y los aparatos de telefonía portatiles, cuya interconexión hace posible generar una suma de efectos multiplicadores de la comunicación en breves lapsos de tiempo, acortando los tiempos políticos de decisión y ampliando hasta la implosión al espacio social y político hacia nuevas formas de expresión y de protagonismo ciudadano.

Las multitudes inteligentes son una dimensión de la ciudadanía virtual del siglo XXI.

La globalización de las comunicaciones, desarrollada desde fines del siglo XX, se acompaña con la implosión de los medios y las plataformas comunicacionales.  Surge entonces una ciudadanía comunicacional, en la que cada individuo puede ser y hacer su propio medio de comunicación.

MULTITUDES INTELIGENTES:LAS NUEVAS FORMAS DE ACCION PUBLICA CIUDADANA

Asistimos a la emergencia de nuevas multitudes en la acción pública, conglomerados dispersos y capaces de cristalizar en pocos instantes, susceptibles de controlar el tiempo y el espacio, y que dejaron de ser masas anónimas, informes e indeterminadas.

Las multitudes inteligentes operan y funcionan en red sobre el territorio, sobre el espacio público.  Esta es su característica fundamental aunque no la única.  Participan en el espacio público, acceden a los medios de comunicación y si no pueden acceder a los medios tradicionales, crean sus propios medios y plataformas de interconexión.

Redes interconectadas: he ahí una segunda clave de las multitudes inteligentes.  Viven y funcionan como cada individuo, dentro de redes de interconexión digital o virtual que se forman y de deshacen en lapsos breves de tiempo.

En el marco de estas nuevas expresiones ciudadanas, lo esencial es el soporte tecnológico que las respalda y sobre el cual funcionan e interactúan.   El mundo de la globalización abre la puerta de las oportunidades a la interconexión abierta y virtual entre individuos, entre organizaciones y empresas, entre redes de intereses y aparatos institucionales.

Al aparecer el soporte virtual, las multitudes y los individuos pueden comunicarse por encima, a través y por debajo de los sistemas institucionales y políticos, introduciendo nuevas demandas, nuevos intereses y nuevas expresiones ciudadanas, haciendo la política más ciudadana y más compleja de gestionar. Las sociedades contemporáneas están ingresando aceleradamente a la política del celular, a la política de los iPods, a la política de los iPhons, a la política de los correos electrónicos, los blogs y los chats en red, momento en que la virtualidad comunicacional se manifiesta como realidades políticas inevitables, y susceptibles de servir como soportes para el surgimiento y la expresión de sensibilidades grupales y colectivas poco reconocidas hasta hoy.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

Blanco, I., Gomá, R.: Gobiernos locales y redes participativas. Barcelona, 2002.  Ed. Ariel.

Font, J.: Ciudadanía y decisión pública.  Madrid, 2001, Ed. Ariel.

Guillaumont, P.: Economie du Developpement. Paris, 1985.  Presses Universitaires de France.

Instituto Libertad: Participación social y ciudadana.  Informe Especial. Santiago, 2005.  Instituto Libertad, vol. XVI Nº 135.

Lorenzana, C.: Tomamos la palabra.  Experiencias de ciudadanía participativa. Barcelona, 2002. Ed. Icara/ ACSUR.

Macchioni, M.: Comunidad, participación y desarrollo.  Teoría y metodología de la intervención comunitaria. Madrid, 1999.  Ed.Popular.

Villasante, R.: Las democracias participativas.  De la participación ciudadana a las alternativas de sociedad. Madrid, 1995.  Ed. HOAL.


[1] Rousseau, J.J.: Le Contrat Social. Paris, 1985. Ed. Bordas, p. 168.

[2] Rousseau, op. cit, p. 169.

[3] Sieyes, E.: Qu’est-ce que le Tiers Etat? Paris, 1989.  Flammarion, p. 124.

[4] Sieyes, op. cit., p. 125.

[5] Guillaumont, P.: Economie du Developpement. Paris, 1985.  Presses Universitaires de France.

[6] Instituto Libertad: “Participación social y ciudadana.  Informe Especial. Santiago, 2005.  Instituto Libertad, vol. XVI Nº 135, p. 4

http://cienciapoliticasigloxxi.wordpress.com

Forjando la disciplina en Chile: Asociación Chilena de Ciencia Política

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Fundada en 1982, la Asociación Chilena de Ciencia Política (ACCP) reúne a cientistas políticos y a los estudiantes de ciencia política en Chile. Sus orígenes se remontan a los años en los cuales se buscaban fórmulas para una transición a la democracia desde el régimen militar. Destacados cientistas políticos chilenos, muchos de ellos en el exilio, se congregaron con ocasión del Congreso de Río de Janeiro organizado por IPSA, lugar en el cual pusieron los pilares para la fundación de la ACCP, casi veinte años después de que la ciencia política surja como disciplina en Chile.

La ciencia política apareció en Chile durante la segunda mitad de los años cincuenta, luego de una gran reforma en el sistema educacional, lo que permitió la descentralización de las dos principales universidades, transformándolos en Escuelas, departamentos y centros de investigación, con la finalidad de brindar una educación superior más cercana a los alumnos.

Mientras tanto, se crearon escuelas de ciencia política en la Universidad de Chile, la Pontificia Universidad Católica de Chile y Flacso, tendencia que finalizó cuando muchos cientistas políticos de la nueva generación se fueron al extranjero en los meses que siguieron al quiebre institucional de 1973.

La mayor parte de los programas en ciencias sociales fueron cerrados, y los que sobrevivieron fueron relegados a centros de investigación bajo la supervisión de inspectores militares. Las disciplinas prohibidas por el régimen se volvieron atractivas para aquellos investigadores que trabajaban en la clandestinidad reorganizando partidos políticos y en la promoción del retorno a la democracia.

En Chile, la ciencia política se encontraba enfocada, principalmente, en dos corrientes de investigación: relaciones internacionales e instituciones políticas. Es importante resaltar que el primer programa de Magíster en ciencia política fue inaugurado en la Pontificia Universidad Católica de Chile al mismo tiempo en el que se funda la ACCP.

Gran parte de los miembros del Ejecutivo de esos años estaba estrechamente ligado a las Universidades de Chile y Católica de Chile, a las cuales, además, estaban retornando los cientistas políticos silenciosamente desde el exilio.

Durante los años ochenta, la disciplina seguía la senda de las relaciones internacionales con la creación de RIAL y sus ideas regionalistas, claramente influenciados por los cientistas políticos graduados en Europa; y por otro lado en análisis institucional y procesos políticos con un enfoque comparativo. La mayor parte de los miembros de la ACCP de ese momento eran académicos organizados en grupos de estudios separados dentro de la Asociación, pero en ese momento no era evidente la discusión disciplinaria.

La ACCP era una pequeña comunidad de no más de 40 académicos y algunos profesionales del cuerpo diplomático. Con la consolidación de la democracia, los académicos que comenzaron a volver del exilio se integraron a diferentes facultades y se juntaron con otros cientistas políticos jóvenes. A mediado de los años noventa, la teoría política reemergió como un área importante de la ciencia política, y al final de la década, los estudios conductuales y la metodología cuantitativa para investigaciones y encuestas influenciados por las nuevas generaciones de graduados de universidades estadounidenses, comenzaron a reclamar un nuevo lugar en la disciplina.

Durante los noventa y parte del nuevo siglo, la ACCP todavía era una pequeña comunidad con alrededor de 80 miembros, pero reunidos en diversos foros que organizaban Congresos bianuales (se han efectuado un total de 7). Sin embargo, el tamaño de la ACCP no refleja adecuadamente el interés por la disciplina.

Con la modernización y el proceso de privatización del país iniciado en los años ochenta, nacen nuevas universidades privadas, las cuales comenzaron a desarrollar nuevos programas en ciencia política.

La llegada del nuevo siglo generó también un giro en el desarrollo de la ciencia política en Chile, lo cual se ve reflejado en el incremento de las universidades que comenzaron a impartir la carrera de ciencia política ciencia política dentro de su oferta curricular, y para el año 2004 este  número asciende a once, siendo la mayoría entidades de educación superior de carácter privado, convirtiéndose, en general, en una carrera con un aceptable nivel de ingreso de alumnos, bordeando los cincuenta estudiantes como promedio.

Otra área que ha se ha realizado un gran esfuerzo es en mejorar la calidad de las revistas

académicas cuya corriente principal es la ciencia política, así como también aquellas que la abordan como corriente secundaria. Sin embargo, a pesar del incremento en el número de carreras, no se observa un aumento en el número de publicaciones al respecto, principalmente porque no todas las instituciones académicas cuentan con ellas

Durante esta década, las áreas que más recurrentemente se abordan en los debates

académicos siguen girando en torno a las relaciones internacionales, teoría política e

instituciones y procesos, a lo cual se pueden añadir los temas relacionados con las políticas públicas.

En este contexto de crecimiento de nuestra disciplina, la ACCP, junto a las instituciones de educación superior que imparten la carrera, han realizado importantes esfuerzos en generar una debate amplio de los temas que nos son propios, así como también en aquellos que tienen relación con disciplinas afines. Estos esfuerzos se traducen en actividades y congresos bianuales, donde la participación es amplia y el intercambio fructífero, tanto de académicos y de estudiantes

Finalmente, la ACCP continúa siendo una comunidad pequeña, ya que cuenta con 107

miembros, sin embargo, en la medida en que las nuevas generaciones de cientistas políticos comiencen a egresar y especializarse, es de esperar que el perfil, actividades y espacio dentro de la comunidad nacional se defina cada vez más, y ésta, como disciplina, tenga un rol más protagónico en el devenir nacional

Beatriz Hernández

Secretaria Ejecutiva

ACCP

Miguel Ortiz

Tesorero

ACCP

http://www.accp.cl

Asociaciones Internacionales de Ciencias Políticas

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La falta de morada

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Teódulo López Meléndez

El destierro de los hábitos de apariencia humanística

es el acontecimiento lógico principal de nuestro tiempo,

un acontecimiento ante el que es inútil buscar refugio

en argumentos de buena voluntad.

Peter Sloterdijk

La expresión “falta de morada” es de Heidegger cuando en “Carta sobre el humanismo” definió así el rasgo ontológico sobresaliente del hombre contemporáneo. Es precisamente en una “errancia”, a la manera heideggeriana, donde está el hombre.

Gianni Vattimo llamó “pensamiento débil” a la característica nihilista del hombre posmoderno. Ante la ausencia de un pensamiento que hable de la verdad y de la totalidad (“fuerte”) se ha alzado uno que rechaza las legitimaciones omnicomprensivas (“débil”). De allí el sufrimiento del hombre posmoderno vendría simplemente de que no es todavía lo suficientemente nihilista, porque tiene nostalgia de lo perdido y no está aún habituado a la disolución del Ser, marca de este tiempo, de manera que el hombre se asegura de poder vivir con semiverdades y sin fundamentos.

Deberemos recurrir a un paradigma de complejidad tal como lo definía Edgar Morin, para pasar a una lógica contraria a la inmovilidad y hacer despertar al hombre. Estamos envueltos en conceptos estáticos, el hombre ha dejado de conceptualizar de manera compleja.

La visión totalizadora que superara las contradicciones humanas –esto es, la utopía- ya permanece colgada en el perchero. La protesta de la subjetividad por esta vía se destotalizó, aunque la falta de respuestas provoca en pleno siglo XXI algunas escatologías totalitarias de cierre completo de lo social y la reacción conservadora de negativa de la posibilidad de cambio de lo establecido.

El ser humano se muestra escindido. Se hace pesimista y desinteresado, como si nadase en una antiutopía, la de una absoluta soledad frente a sí mismo. Los envoltorios protectores se deshacen, como el Estado-nación, impotente ante los problemas singulares que se han hecho universales. Frente a ello, la carencia es la de un pensamiento complejo, uno que bien podríamos llamar disutópico, abierto a la emergencia.

Los viejos paradigmas están agotados, tomando paradigma hasta en su acepción clásica de esquema formal en que se organizan las palabras nominales y verbales. Basta oír para comprobar que estamos en lo que podemos con exactitud denominar un mundo viejo. Ello, a pesar de vivir en un mundo de cambios acelerados, generalmente producidos o introducidos por los gadges tecnológicos. Quizás estos cambios lo sean de mera transición, lo que quiere decir que están impregnados de los mismos conceptos de lo anterior. El sentido mismo de la realidad se hace así borroso, sobre todo se hace borrosa la cotidianeidad, donde hábitats psicológicos fundamentales se ven alterados, como el trabajo, la alimentación y hasta el aspecto sanitario, como hemos comprobado con la reciente pandemia de gripe. Tal vez resulte exagerado decir que vivimos un cambio gatopardiano, donde sólo se insertan chips tecnológicos para continuar existiendo en lo existente.

Seguimos viviendo sembrados en la trayectoria de lo pasado, una que conduce a ninguna parte. Hasta la forma de pensar sigue siendo la misma, en una especie de parálisis cerebral que nos impide comprender que debemos generar nuevos paradigmas que puedan producir una transformación de la realidad inmediata.

El hombre se queda sin los amarres del pasado y sin una definición del porvenir. Es una auténtica contracción del futuro definido en la especulación ficcional desde el ángulo tecnológico, pero absolutamente vacío sobre la perspectiva del futuro del hombre.

Ante la intemperie el hombre está tendiendo a sumirse en la simplicidad. Es necesario producir un desgajamiento de los viejos paradigmas, o para decirlo en otras palabras, se hace indispensable el brote de una nueva cultura, una que he llamado de la comunicación en sustitución de la de la información, prevaleciente en la Era Industrial terminada, con la cual también terminaron las formas políticas democráticas ancladas en los viejos paradigmas.

Existe un mundo pasado y otro que no termina por definirse. Quizás la única distancia que sobrevive es esta. Ella se manifiesta en el lenguaje, uno sembrado de denominadores de sujetos tecnológicos novedosos pero, al mismo tiempo, lleno de esquemas mentales anclados en el pasado. El lenguaje que se habla por parte de quienes ejercen la dirección en diversos ángulos del quehacer social suena como si proviniese de una dimensión equivocada.

Podemos admitir que se asoman ya las primeras formas de una sociedad comunicada, pero, por ahora, no hacen otra cosa que ratificarnos en una transición indefinida. La ruptura es mayor entre quienes ejercen la dirección. Los llamados dirigentes consideran que mantener su condición los ancla en los viejos modos y en las viejas maneras. Son incapaces de ejercer liderazgo planteándose la asunción de nuevas formas y, menos aún, son capaces de convertirse en agentes productivos de los nuevos paradigmas. Perviven en la limitación para idear. Así, la información que generan es estereotipada y sin significado para una población cansada y harta de escuchar la repetición. Es más, consideran que la información que transmiten debe ser manipuladora convirtiéndose en una apariencia maquillada provocando la sordera generalizada. Los llamados dirigentes desentusiasman y aumentan los temores antes que contenerlos.

Las sacudidas se suceden unas tras otras. Las anteriores convicciones lucen desgastadas, perdida toda su capacidad explicativa y de protección. La expresión sobre el deterioro de las instituciones se ha hecho lugar común, pero las que muestran debilidad extrema son las políticas, incluidas las llamadas intermedias que cumplían el rol de puente entre el poder y la comunidad. De manera que las viejas formas jurídicas se han deshilachado y los intermediarios han perdido toda capacidad de dar excitabilidad y coherencia, así como han perdido los viejos instrumentos de coercibilidad, lo que ha llevado a los medios a procurar alzarse como los nuevos controladores.

Las llamadas instituciones muestran una incapacidad manifiesta para transformarse, más aún, no es transformación lo que requieren. Frente a un nuevo paradigma cultural, aún en pañales, su rompimiento con la realidad es visible, pues pertenecen a paradigmas superados, parten de la base de una inmovilidad que les es consubstancial. El hombre regido por la institución desaparece, se ha aislado de ella. Ahora se forman las redes, o las llamadas “tribus urbanas”, una comunicación incipiente sustituye a la información unidireccional de la institución que implantaba formas de comportamiento. Esta red de redes en formación continúa, desgajada, es cierto, tanto de las instituciones como del porvenir, pero el desconocimiento de la vieja autoridad lo siembra al mismo tiempo en el desconcierto y en la rebelión contra la vieja fuente de poder que hablaba.

Al futuro no se le pueden dar formas inmóviles. Al futuro se le da forma ejerciendo el pensamiento bajo la convicción de una voluntad instituyente en permanente movimiento. Es mediante el pensamiento complejo que se puede afrontar el laberinto propia del siglo XXI, pues la mezcla de elementos previsibles e imprevisibles, fortuitos, causales o indeterminados, replantea con toda su fuerza el cabalgar fuera de dogmatismos.

No todo es desconocido, conocemos, al menos, de la existencia de la crisis, de los cambios que se suceden en la periferia del hombre, de su incertidumbre y sobre ello pensamos. Digamos que el pensamiento sobre el por venir es esencial para evitar una situación de catástrofe de lo humano. Debemos admitir de entrada que hay un cambio generalizado de paradigmas

No puede pretenderse la aparición de un nuevo cuerpo de doctrina infalible y totalizante, una especie de renacimiento de las ideologías. La sociedad de la comunicación que habrá de venir es un cambio de paradigma en sí misma. Sobre ella se alzará la nueva realidad. Sin obviar el peligro totalitario de control de la pantalla-ojo, el rompimiento de la unidireccionalidad de los medios que pone en entredicho la noción de receptor indefenso y la continua tesis de control del mercado producida por la reciente crisis, debe empujar al pensamiento a la siembra de nuevas concepciones democráticas. Esto es, la tarea de los pensadores de hoy no es entregar un diseño de sociedad del futuro, sino crear las ideas para que el hombre comunicado protagonice. No se puede hacer a la manera de los viejos ideólogos que diseñaban una nueva realidad utópica. Lo que ahora corresponde es proponer una nueva lectura de la realidad, esto es, la creación de una nueva realidad derivada de la permanente actividad de un república de ciudadanos que ejerciendo el poder instituyente cambian las formas a la medida de su evolución hacia una eternamente perfectible sociedad democrática.

Ahora bien, debemos marchar hacia la construcción de la nueva realidad. La nueva realidad se gesta como consecuencia de la acción de una serie de elementos preexistentes, de la concurrencia de circunstancias fortuitas y, finalmente, los que salen o se suceden de la nada. Estos últimos son resultantes de sistemas que se auto-organizan. Como en el caso de los senderos que se bifurcan, la nueva realidad puede ser una u otra. En cualquier caso es menester la generación de elementos nuevos inexistentes previamente. A esto me refiero cuando llamo la atención del pensamiento. Mientras más elementos novedosos se inserten en la realidad que enfrenta bifurcaciones más posibilidades habrá de una realidad flexible que preservará el estado alcanzado, pero que seguirá consciente de utilizarlo para nuevos saltos cualitativos. Esto es, el líder es más un facilitador que un artífice, permitiendo así la preservación de la libertad.

Es evidente que si influenciamos el advenimiento de una nueva realidad es porque percibimos síntomas en el presente que no nos gustan y pensamos que el mantenimiento de las tendencias pueden conducir a resultados catastróficos. Como ya la utopía no puede ser el incentivo es menester repensar al hombre inerte para que ejerza la reflexión sobre las ideas que han sido lanzadas al ruedo y crea en la posibilidad de su realización. La tarea comienza con la descripción de las taras del presente, con un llamado a la rehumanización, con el análisis puntual de las consecuencias posibles y con una acción que conlleve a su adopción y práctica.

Un proceso como el que describimos en sumamente dificultoso en una sociedad de la información, donde nadie garantiza que el poder massmediático se plegue a los cambios, siendo lo lógico que procure conservar lo existente. La actual tecnología facilita el interlineado y la formación de redes. No basta, claro está, que el significado haya llegado al destinario, es menester perseverar y verificar su grado de modelación sobre la realidad. Es cierto, no obstante, que la tecnología está haciendo posible un proceso de comunicación que veremos en todo su desarrollo en los próximos años, lo que permitirá las respuestas mentales y afectivas propicias.

El hecho mismo de la comunicación aumenta los parámetros de la libertad. En la comunicación, para decirlo de otra manera, se encuentra la materialización de la nueva realidad. No se trata de cantar loas a los artefactos tecnológicos de la instantaneidad, sino de aseverar que ellos han producido un cambio cualitativo en los contenidos de la comunicación. Como también lo he dicho en otra parte, la comunicación amansa al “yo”, hace que la gente comience a descubrir lo social, que reaparezca  lo social como interés colectivo.

Algunos ensayistas han llamado a esta sociedad democrática que he descrito como instituyente, y en permanente movimiento, una “sociedad de transformación”. Está basada, obviamente, sobre la auto-organización, una donde la interacción cumple su papel de mejorar mediante una toma de conciencia. Esto es, mediante la absorción del valor de las relaciones simbióticas, lo que implica un cambio de valores.

El vencimiento de los paradigmas existentes, o la derrota de la inercia, debe buscarse por la vía de los planteamientos innovadores e inusuales que, con toda lógica en los procesos humanos, serán descartados ab inicio por el entorno institucionalizado. El derribo de los dogmas no es un proceso fácil ni veloz, pero el aporte de las nuevas tecnologías del intercambio comunicacional será un desencadenador clave.

La inutilidad de los viejos paradigmas queda de manifiesto cuando el hombre comienza a sospechar que ya no le sirven exitosamente a la solución del conflicto o de los problemas. Está claro que la revocatoria de los anteriores requiere de un esfuerzo sostenido pues se deben revalorar los datos y los supuestos.

Nuevos paradigmas requieren, generan o adoptan nuevos actores. Cuando los nuevos prendan en la conciencia entraremos en un “encargo a la multitud”. Los nuevos paradigmas comienzan a bullir en la lingüística, en la geografía y en la comunicación, sólo por nombrar algunas áreas. Deben aparecer también en el campo de la política y recuperar la subjetividad de lo humano.

teodulolopezm@yahoo.com

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