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Democracia siglo XXI

fecha

marzo 28, 2009

Historia del número diez

Por Teódulo López Meléndez
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Lenguaje

Cualquier psicólogo social podría dar una extensa explicación sobre la conexión entre pensamiento y lenguaje o entre estructura mental y expresión lingüística. Cuando el lenguaje se desvirtúa toda la psiquis colectiva se desmorona. Cuando ya lo que se dice carece absolutamente de importancia se ha llegado al extremo de la barbarie, al hombre primitivo, al mantenimiento de los lazos sociales basados exclusivamente en la alimentación, en la satisfacción de las necesidades primarias y elementales, como los pueblos de la edad de piedra.

Cuando se llega a estos extremos el pensamiento no pasa sino por la sobrevivencia, por los rasgos elementales, se pierde toda conexión racional, prevalece el instinto, desaparece toda posibilidad de estructuración de conceptos.

El irrespeto continuo, la dicotomía absurda, el maniqueísmo llevado al grado de doctrina de Estado, convierte a un país en un rebaño, pero con una advertencia, uno que pasa por una rebelión subyacente, en estado de letargo momentáneo. La praxis política no se destaca de esta anonimia. Pero es que la falta de imaginación, la imposibilidad de romper el enclaustramiento maniqueo y sesgado, es lo que caracteriza a la Venezuela de hoy.

Hay que aprender a deletrear el alfabeto, a conocer cada letra en todas sus posibilidades, a formar sílabas y de allí pasar a las oraciones. Analfabeta no es sólo quien no sabe leer y escribir, analfabeta es el incoherente. Hablo de política, claro está.

La forma es tan importante como el contenido. En muchas ocasiones la exploración de la forma se sobrepone a la realidad aparente. Quien no maneja la forma entierra pilares en lo inconsistente. Una de las formas sustentables de la política es hacerla capaz de generar realidad.

Lo real no puede separarse de la forma. Cuando algo resiste a la mirada de quien quiere transformar o sustituir hay que aprender a superar la capacidad de resistencia que opone y ello pasa por sembrar de manera tal que las posibilidades se hagan muchas. Para ello se requiere creatividad, porque cuando se riegan formas creativas se multiplican las opciones y las alternativas.

Lo que vivimos en Venezuela se asemeja cada día más a una manifestación de fidelidad a la miseria. Esta realidad tiene variantes psicosociales y políticas. Este régimen se encontró un país naturalmente propenso a ser hipnotizado, es más, se encontró con un país que quería ser hipnotizado. La protección que sobre él habían ejercido los gobiernos democráticos se había resquebrajado, diluido y evaporado. El gran padre es, en la historia universal, el que restituye, el que venga, el que tiende su manto asistencialista mediante el cambio de nombre de todo y con la cobija verbal arropa y da calor. Toda la escenografía converge a la creación del ambiente de ilusión, siendo el teatro “Teresa Carreño” el ejemplo más claro y preciso: ese espacio ha sido convertido en la gran sala de ópera de la revolución. Lo que quiero decir es que, ante la incapacidad de construir sus propios escenarios, el proceso-cambia-nombres se apodera del espacio de lo anterior porque ese espacio ya forma parte de la imago colectiva y con banderas y el uso monótono de un color transfiere a la masa la sensación episódica de una aventura revolucionaria de la cual bien vale la pena formar parte. Los códigos son simples, primitivos diríamos, dado que se recurre más que al uso de las viejas maneras de los fascismos del siglo XX a un ejercicio propio de lo tribal, en el sentido de hacer entender a la gente que hay un nuevo manto protector que para ser adquirido sólo requiere pertenencia, llámese militancia. La mejor prueba de este aserto es la constante afirmación de que ser rico es malo: con esta afirmación lo que se quiere es retrotraer a la población venezolana a unos supuestos fundamentos del ser humano, a un supuesto estado de carencia de las originarias construcciones humanas.

Esto es, estamos ante planteamientos que nos remiten a trasnochos que ya ni siquiera pertenecen al siglo XIX sino que van más atrás, a los orígenes mismos de la investigación sociológica cuando comienza a analizar la agrupación de los hombres en sociedad. Se quiere organizar este país sobre la base de una solidaridad primitiva y para ello se le advierte a los objetivos del experimento que allí en el horizonte hay una preñez de peligros que sólo el gran organizador puede conjurar con “camisas rojas”, con discursos que mantienen a raya a los monstruos que se asoman. Este país se convierte, entonces, en una tribu apretujada de gente asustada-emocionada-ilusionada que cree haber encontrado la protección requerida.

La paradoja de este planteamiento de regreso a lo cuasitribal está, en primer lugar, en que arrastra a su oponente a la misma atmósfera mental y, en segundo lugar, lo que constituye lo más grande del ángulo paradójico, es que hace imposible el regreso al pasado que se pregona desde ambas partes. He allí el encierro en un alfabeto con cuyos elementos no se sabe construir frases y conceptos: no hay códigos sustitutivos, nadie sabe lo que es el mañana, nadie tiene el manejo de lo que política se llama “los tiempos”, nadie logra articular frases, la forma, para hacerle entender a un país cohabitante con un espasmo de retorno temporal y espacial, que la palabra futuro aún se conserva en el diccionario y en el campo de las posibilidades.

Mentira

Hemos llegado a la disolución del lenguaje en el pozo séptico de la mentira. El país está mudo porque la palabra es apenas un ruido estrambótico, un extraño sonido gutural que nada significa ni nada pretende, a no ser eso mismo, ruido. Parecemos una sociedad que involuciona tan aceleradamente que reduce sus formas de expresión a los signos más elementales y a los murmullos inarticulados. Podríamos exagerar diciendo que nuestro retroceso es tan pronunciado que pronto intentaremos los mensajes indispensables mediante movimientos de las manos señalando objetos o tal vez con movimientos insonoros de los labios que cual pico abultado señala aquello que antes identificábamos con palabras.

Estamos reduciendo el proceso lógico de la mente a pocas frases aún articuladas como latiguillos, como por ejemplo, “eso es culpa del imperio”. El empobrecimiento del lenguaje ha llegado a los extremos de cortar la articulación que solíamos llamar pensamiento. Ya no hilvanamos frases, ya no identificamos sujetos con palabras, ahora soltamos sonidos que no provienen de un trabajo cerebral de producción de ideas. No, ahora simplemente se dice eso es “terrorismo mediático”.

Así, el país ha ido perdiendo la capacidad de pensar. “Pensamiento” es quizás, y no más, esa planta herbácea de la familia de las violáceas. Imaginar y discurrir ya no es la acepción de la palabra “pensamiento”. O tal vez, en una olvidada acepción, pensar no es más que echar pienso a los animales. Este país, entonces, carece de pensamiento en las acepciones generalmente aceptadas para reducirse a algunas antiguas en desuso, pero más grave aún, ya carece de la palabra que es la expresión sonora de ese antiguo proceso que hilvanaba con coherencia lo que en otro tiempo se llamaban ideas.

La verborrea no es muestra del uso del idioma. La verborrea es comprobación de la imbecilización de la vida diaria de una sociedad que se ha quedado sin expresión. Hemos sido agredidos de tal manera que “pensar” no es más que echar alimento a los “animales” desde los puertos abarrotados por una agricultura de petrodólares, lo que se denomina en este particular lenguaje de una sociedad sin palabras, “seguridad alimentaria”.

En el terreno de la política, uno donde las ideas son elementales para evitar que esta actividad sea algo más que un macho vencedor que organiza la manada, es donde la pobreza del lenguaje –más que pobreza, esta desaparición del lenguaje- nos muestra a un país subsumido en el silencio, uno donde todo está por decir y que, paradójicamente, parece que no tiene nada que decir. La banalidad es la forma de expresión “vincente”. Nadie dice nada, en el sentido de que la expresión tenga coherencia, lógica o propósito (en el sentido de que se busca un objetivo adecuado u oportuno), pues jamás podemos considerar como tal el abochornamiento en la pérdida de la expresión.

Si la palabra (o mejor, su sustituto) es utilizada como ingrediente para fosilizar, para envolver momias, para endurecer la muerte bajo el cuidado de vendas, podemos afirmar que este país ha sido convertido en un cadáver curtido. Nos han convertido este país en un amontonamiento de hierbas paralizantes donde estas han perdido hasta el aroma, pues mientras camino por la parroquia donde vivo es el olor a basura descompuesta lo predominante, tan descompuesta como el remedo de lenguaje que nos va quedando hasta que definitivamente entremos sólo a producir chillidos.

La expresión y el pensamiento van de la mano. Un país que no piensa no puede superar sus conflictos del momento. Se convierte en un país mudo, como somos ahora, uno que asiste impávido a las barbaridades guturales, sin capacidad de reacción, paralizado y entretenido en la pérdida del lenguaje, pérdida que contribuye a la “felicidad” de la inconciencia, como un autista que mantiene un pararrayo que detiene los sonidos molestos.

No, ya no hay palabras en este país. Ya este país perdió el lenguaje. El país no puede hablar porque perdió el pensamiento. Terminaremos de ser autistas cuando se aplique en la educación el nuevo pensum. Entonces aprenderán nuestros niños que hay lagunas históricas, que hay grandes períodos de nuestra historia que no existieron, se internalizará en nuestros niños que la historia es una invención, que no es más que ficción entretejida en la verborrea –que es silencio- del poder enclaustrado.

Atmósfera

Venezuela se ha convertido en una agencia de publicidad. Lo que prevalece es el decorado, la forma de vender el producto, la repetición de la “cuña” publicitaria. El producto que se vende es la revolución bolivariana-socialista-endógena-indoamericanana. Así se ha construido sobre el territorio nacional una inmensa campana de plástico. Hemos pasado a ser un espacio cerrado, uno donde no hay circulación del aire, uno donde las exhalaciones van viciando lo que respiramos. Nos hemos convertido en plástico con un escenario de cartón piedra y anime. Vivimos inmersos en la repetición constante de esta publicidad por parte de un gobierno que no gobierna sino que se vende.

Esta campana es impermeable, no permite la circulación del aire, la entrada de aire renovador; en verdad hemos llegado a un punto donde no tenemos exterior, lo que tenemos sobre esta campana son ventanas pintadas con escenas de exterior. Los publicistas dibujan sobre el plástico. Todo lo damos por supuesto, lo que implica una tarea descomunal que no es otra que la de reinventar lo supuesto. Los venezolanos miramos los dibujos y no nos hemos dado cuenta que son dibujos, que esto no es más que una campana. La normalidad no es otra cosa que el envenenamiento progresivo con el aire contaminado que se presenta como no renovable. Lo supuesto se ha establecido con todo su peso y los organismos que somos nos movemos en una cámara lenta impuesta por el estupor del aire contaminado. Carecemos de la capacidad de reinventar lo supuesto y, en consecuencia, languidecemos en la falta de imaginación, en la ausencia de pensamiento, en la imposibilidad de un esfuerzo por perforar la burbuja en procura de aire fresco, en la incapacidad aplastante de negarnos a dar por ciertos los dibujos simuladores de lo real exterior.

Atontados como andamos por la falta de oxígeno, por el envenenamiento del aire de la campana donde estamos encerrados, caemos en la rutina del horror, de uno permanente. Explicar significa hacer entender al paciente melancólico la causa de su melancolía, hacerle entender que se hipnotiza con el aire viciado, que es necesario hacer brotar la creatividad desde los restos de energía y que es necesario reinventar, redescubrir, reformular.

Mimetismo

Parecemos vivir en un tiempo atemporal, valga la magnífica paradoja, magnífica sólo como paradoja, puesto que como realidad es muestra de una inconsciencia profunda. Venezuela parece sumida en una profunda incapacidad para ser de este tiempo. No hacemos cosa distinta de retroceder. Es siempre hacia atrás que marchamos y todos los esfuerzos de contemporaneidad parecen caer en un pozo sin fondo donde se deslizan ad eternum.

Hay algo que hala a este país hacia el pasado. No pretendo explicaciones de psicología social, sólo constato. Nuestra incapacidad para ser de este tiempo se debe a que no tenemos herramientas para ser de este tiempo. Nos lleva a olvidarnos de lo que conseguimos como país y así regresar al pasado. Pareciera que nos sentimos cómodos en el pasado. Nuestros impulsos son hacia atrás, a las viejas consignas, a los viejos procederes, al mimetismo psicopático, a recomenzar todo imitando lo que sucedió.

Rosanvallon menciona a Marat para ejemplificar una imagen biliosa del mundo. Esto que nos hala hacia el pasado, esta incapacidad manifiesta de caminar hacia delante, este gatear hacia atrás como hacen algunos bebés, implica una carencia intelectual, conceptual, de pensamiento, simplemente abismal. Se nota en el lenguaje, el primer punto a analizar si se quiere un diagnóstico. Hablamos mal, en todas partes y a todos los niveles, hablamos con el tono de la ignorancia. El liderazgo que aparece repite consignas de hace 40 años. El gobierno que tenemos sólo quiere parecerse al pasado. Esta república desanda, retrocede, recula, repite. Esta república marcha hacia cuando no era república. Volvemos a ser una posibilidad de república, una harto teórica, harto eventual, harto soñada por los primeros intelectuales que decidieron abordar el tema de esta nación y de su camino. Nos están poniendo en un volver a reconstruir la civilidad y en el camino de retomar el viejo tema de civilización y barbarie.

Extravío

La sociedad venezolana anda mal, en sus modos de comportarse, en sus modos de expresión política, en su lenguaje, en sus reacciones.

Los venezolanos padecemos de una especie de regeneración de genes totalitarios. Parecemos querer exterminar al diferente. El lenguaje político es una competencia de banalidades.

Este país ha sido reducido al rasero. Ese igualitarismo venezolano aparentemente provechoso y dañino en muchos aspectos, nos ha puesto a todos, o a casi todos porque las excepciones son virtudes, a hablar el mismo lenguaje de abajo, del sótano de la historia, del pasado. Montarse sobre aquél de quien queremos salir sólo se puede mediante el uso y la implementación del lenguaje del futuro, de los planteamientos del por venir, de la oferta creativa lanzada hacia formas innovadoras de gobierno y al estímulo de formas inventoras de cultura.

Entendemos el afán por salir, pero sólo anotamos que no basta ese afán, si queremos que no se produzca un retorno y si queremos ir hacia las fuentes reales de este período de nuestra historia para secarlas y evitar que el interregno sea breve e ilusorio. Y hacia donde debemos ir es hacia los extravíos de la sociedad venezolana, sobre los mitos, traumas y resabios aparentemente insertados en su propia cadena de ADN. Esta sociedad presenta resquebrajaduras serias que el resabio ha aprovechado, ensanchado, estimulado y llevado a doctrina de estado. Esta sociedad es egoísta, presenta herencias atávicas, no ha sabido asumir el reto de ciudadanía política que la aparición del brote decimonónico le ha impuesto. Es por ello que no ha generado los líderes necesarios y es por ello que se debate de fracaso en fracaso. Sin criterio político reproduce situaciones, se deja manipular impunemente, vive de la quema de adrenalina en la hoguera de la inutilidad.

La aberración política que vivimos está sembrada, con profundas raíces, en un extravío nacional, en una pérdida de brújula, en unas enfermedades sociales profundas. La inseguridad proviene de un asomo de revolución que ha estimulado al hampa con sus desplantes, pero el hampa –sintiéndose liberada- actúa para demostrar patéticamente que actúa porque ese asomo que le permitió salir a flote es imposible, falso y maniqueo. Mencionado el ejemplo del hampa basta mirar hacia la pequeña turba que ataca las caminatas del oponente. En una campaña electoral se dice que el hecho de que el candidato no oficialista camine por una barriada es una provocación. Sólo tal planteamiento bastaría para indicar la perversión a la que hemos arribado. Podríamos elencar sin fin, pero el asunto a destacar que es todas las aberraciones son posibles porque estaban latentes en la sociedad venezolana.

Nuestro mestizaje, elogiado por Uslar Pietri con muchísima razón, está pereciendo a punto de colapso. Detesto esa palabra “polarización” que los inteligentes maestros de evitar guerras civiles y todo tipo de conflictos sociales, usan como latiguillo. Mestizaje no lo es sólo de razas, sino, fundamentalmente, de culturas, de estilos de vida, de mitos y leyendas, de comidas, de estructuras mentales. Es ese mestizaje enriquecedor el que se rompe ante nuestros ojos. Lo que está aquí sembrado es un fundamentalismo, uno donde las culturas y las estructuras mentales se separan, lo que indica un proceso disolutivo que hay que detener so penar de pagar con destrucción. Es necesario un esfuerzo de reintegración sobre nuestras virtudes impulsadas con un proceso regenerativo del lenguaje, de las actitudes, del liderazgo, de los planteamientos, de ese innumerable concepto que denominamos cultura.

Cultura

Los “invitados predilectos” repiten ideas del pasado, obsoletas, periclitadas. He escuchado, a quien pretendía convencer a la gente de votar, el argumento de que la política se les meterá igual en la casa y que no intenten una escapatoria. La política, así vista, es algo desagradable de lo cual se huye. El planteamiento es al revés, la política debe salir de las casas e impregnar el entorno. Cuando esto suceda tendremos una república de ciudadanos. La insistencia sobre la política como algo desdeñable está inserta en la psiquis de estos “predilectos” que copan los programas de opinión televisados. Esto escapa al territorio de la anécdota para pasar a ser una perversión, dado que implica una población desarticulada y sin capacidad de vigilancia sobre la esfera pública, aparte de una concepción desdeñosa que ha permitido el desleimiento de la representación y el crecimiento pasmoso de la indiferencia por la democracia.

Argumentos como este confirman la existencia de una “cultura política” vacua, absolutamente al margen de estos tiempos, deformada y deformante. Limita la política a los profesionales de la actividad y reduce toda ingerencia ciudadana al acto de votar. Esta concepción encarna el pasado, reproduce todos los vicios que debemos eliminar para avanzar hacia una democracia del siglo XXI. La actividad ciudadana debe estar centrada en numerosos puntos de alarma que se encienden produciendo una cadena de reacciones. La vigilancia ciudadana sobre la representación ejercida debe pasar a ser algo tan natural como lo fue en el pasado –al menos para una parte de la población- el estar informados. Esta nueva mirada que he denominado “cultura de la comunicación” no equivale a un estado hipersensible ni de permanente conflicto, sino a uno introyectado en un cuerpo vivo.

Mientras los viejos conceptos mantengan el control absoluto de la política, una divorciada de los intereses colectivos, ajena a todo control de vigilancia ciudadana, una que le permite actuar a sus anchas como dueños y señores de una actividad que les ha sido conferida por delegación del cuerpo social, no saldremos de la crisis. Frente a estos repetidores de oficio hay que plantear, como respuesta contundente, lo que bien podríamos llamar una reapropiación de la política por parte de los ciudadanos. Ello conduciría, qué duda cabe, a un elevamiento de la calidad del debate público, al surgimiento de un contrapoder que oponer a quienes ejercen el control de las instituciones del Estado.

Hay que cambiar el desprestigiado concepto de “opinión pública” por el de “atención pública”, pues esta última implica un estado permanente de vigilancia, lo que no significa, como he dicho antes, un estado de exaltación generalizada y permanente, sino de tranquila y consuetudinaria acción de la ciudadanía.

Sólo con una cultura de la comunicación reemplazando a una cultura de la información será posible meter en cintura a estos “dirigentes” prevalidos del poder massmediático. Si recordamos el viejo concepto del permanente esfuerzo ciudadano frente al poder, habrá que decir que los medios son un poder tremendamente usurpador, tanto como el viejo poder encarnado en el gobierno que ejerce de ejecutor teórico de los designios del estado y, en consecuencia, hay que resistirlos.

Hay que crear nuevos “campos de historicidad”, para utilizar palabras de Alain Touraine. Ello implica abandonar viejos temas que los “invitados predilectos” insisten en poner sobre el tapete evitando una discusión seria sobre los nuevos modos de ser del cuerpo social. Ello implica formas innovadoras de movilización de recursos para afrontar los abusos de poder, sea de los gobernantes formales o de los informales representados por los medio radioeléctricos alzados por encima de los ciudadanos. Los medios deben ser instrumentos para expresar con mayor alcance las acciones contraloras ejercidas por el cuerpo social. Si los medios ejercen una función pública deben estar bajo la observación de los ciudadanos al igual que los poderes del Estado. En otras palabras, los medios deben ser órganos de la “atención pública”, es decir, deben tener sobre sí a ciudadanos vigilantes. Es este el contrapeso requerido, el equilibrio necesario.

Militarismo

La celebración de un desfile militar para conmemorar un intento de golpe de Estado es ya, en sí, una afrenta. Reservistas gritando “Patria, socialismo o muerte” y la colocación en las puertas de los cuarteles de letreros con esa consigna, tal como lo demuestra la fotografía publicada por un diario nacional, nos hace ver que la Fuerza Armada Nacional es tratada no como tal, sino constreñida a ser el ejército de una facción en el poder, o tal vez deberíamos decir de una “falange” en el poder, o quizás deberíamos decir de un “fascio” en el poder. La colocación, por vez primera desde Pérez Jiménez, de la banda tricolor presidencial sobre un uniforme militar elimina toda duda sobre esta realidad.

Leo Hitler, del historiador inglés Ian Kershaw. ¿Desfile militar para celebrar un golpe fallido? Hitler lo hacía cada año para “gloria” del fracasado de 1923. Leo en el libro de Kershaw como, desesperados, los militares alemanes se miraban los unos a los otros y argumentaban “el pueblo está con Hitler”, para volver a la parálisis total y a la resignación, aún a sabiendas de que el camino que seguían conducía a la destrucción de Alemania. Este libro del historiador inglés es el mejor ensayo que he leído sobre la locura colectiva, de cómo se dejaron pasar “pequeñas violaciones” en aras de la reconstrucción de la grandeza alemana, de cómo se recurrió a la “vista gorda” ante los “éxitos” de Hitler, perdonándole así sus desvaríos. Leo aquí como la oposición al régimen fue aplastada hasta convertirla en nada, proceso que comenzó con la Ley Habilitante que Hitler hizo aprobarse en 1933 con el nombre de “Ley para la protección del Pueblo y el Estado”, bajo el argumento de que era necesaria la rapidez para avanzar con la revolución nacionalsocialista.

Estas más de 2.500 páginas del Hitler de Ian Kershaw, originalmente publicado en inglés en el 2000 y en español en el 2002, demuestran como 60 años después de la tragedia alemana aún faltaba mucho por decir. Especial interés revisten las contradicciones internas del régimen nazi, las pugnas por la obtención de cuotas de poder, las oportunidades desperdiciadas por los hitlerianos para desembarazarse de Hitler. Cuando un régimen acumula tanto poder y se centra en la figura de un caudillo, toca a las propias fuerzas internas tomar decisiones. Lo que hay que recordar es que esas fuerzas internas existen.

Con la lectura de Kershaw uno se da cuenta que el poder totalitario no es una roca indestructible como aparentemente luce. Las conspiraciones estaban al orden del día y, una de las cosas más interesantes, a pesar de la SS, Hitler no se enteró, ni siquiera que el propio Jefe del Estado Mayor, el fiel seguidor, era el líder de una de ellas. Las implosiones vienen de la estructura misma del poder totalitario, implosiones siempre vivas y al borde de encenderse. Los éxitos sin disparar (Austria, los Sudetes) mantuvieron al Führer en el prestigio. Después los militares alemanes tuvieron que pelear y las docenas de conspiraciones para derrocar a Hitler se fueron disipando. Militar en guerra no conspira, a menos que la guerra conduzca al suicidio.

Las contradicciones, los apetitos desatados, los deseos de poner término a la situación indeseable, no son visibles en el poder totalitario. Este parece, hacia fuera, una roca inconmovible, pero adentro es una jaula donde las pasiones siempre están al rojo vivo. Es, al menos, lo que uno concluye leyendo Hitler de Ian Kershaw.

Mito

Los elementos que se acumulan en un sumario político no desaparecen, más bien establecen vinculaciones entre ellos como si una correa trasmisora imitara los procesos biológicos. Nada de lo que ha sucedido ha sido absorbido inocuamente. Todo toma su tiempo, desde la formación de una estructura endurecida hasta la aparición de la fiebre como manifestación de enfermedad.

Este país ha crecido desmesuradamente sin que se tomaran precauciones en ningún campo para atender a los nuevos requerimientos. La vialidad está colapsada, la asistencia hospitalaria igual, la prestación de servicios elementales como el de la basura igual. Nadie ha planificado, por ejemplo, el crecimiento urbano y a cualquier parte de este país que uno vaya no encuentra otra cosa que caos.

Hechos políticos más desidia en la ausencia de planificación conforman este cuadro que bien podríamos llamar la Venezuela caótica. La Venezuela caótica es un cuerpo enfermo y tras la apariencia de normalidad, prefabricada incluso por quienes se refugian en los límites de sus propios intereses, yace una enfermedad que nadie diagnostica y muchos menos somete a tratamiento.

La enfermedad se ha ido desarrollando de manera lenta, acelerada por momentos por acciones concretas de parte del gobierno, acciones que, en alguna ocasión, califiqué como una sucesión ininterrumpida de pequeños golpes de Estado. Mirar el país como una totalidad es un ejercicio de pensamiento ausente. Pocos se dedican, aquí y allá, a determinar algunos síntomas o a señalar algunas ulceraciones. El cuerpo social revienta en múltiples protestas, aisladas las unas de las otras, que son aplacadas como casos puntuales, como si en el fondo no tuvieran relación entre sí.

La respuesta que se encuentra frente a tantas muestras sintomáticas es la del mito consolatorio. El llamado al optimismo, a la fe, a la convicción de que se hace lo posible, es una especie de rosario cantado por quienes carecen, en primer lugar, de visión lo suficientemente profunda y, en segundo lugar, de capacidad para diagnosticar y responder ante un país al que no entienden y ante el cual se comportan como si la transformación hacia la enfermedad no existiese y ante el cual son absolutamente ineptos para introducirse con un monitoreo agudo y efectivo.

Las células de este cuerpo comienzan, así, a tomar el comportamiento que la enfermedad les impone. La hinchazón de este cuerpo es ignorada y los tristes protagonistas de estos sucesos llamados historia presente que vivimos brillan por su ausencia en cuanto a centrarse en los elementos que podrían descongestionar las tupidas vías respiratorias de la república.

Nada pasa en vano. La desmemoria colectiva no es suficiente para incluir en la nada la cadena de hechos que vivimos y estamos viviendo. Vamos, por lo tanto, hacia las consecuencias. Cualquier estudioso de los procesos sociales que no estuviese imbuido por los hechos políticos contingentes y lograse mirar un poco más allá, tendría que concluir que la metástasis está cerca. Hay un ingrediente tranquilizante, una pastilla para los nervios llamada elecciones a cada rato, un aplacamiento del dolor de cabeza que siempre se produce ante el llamado a las urnas electorales, pero se olvida que el efecto de los químicos es limitado en el tiempo y que cuando pasa reaparecen los dolores de manera ilimitada. Se olvida, por ejemplo, que el “Caracazo” se produjo pocas semanas después de unas elecciones donde se había producido un cambio de poder tal como se producía en esa época y que el cuerpo social enfermo no concedió ningún tiempo al nuevo gobierno para enfrentar los males.

Hemos estado viviendo durante una década una ruptura vertical entre partidarios y adversarios del gobierno. Esta ruptura bien podría ser sustituida por una horizontal, una que no distinguiría entre partidarios y adversarios, una que quedaría superada por un retorno a una identidad reconstruida sobre los intereses comunes. El elemento determinante bien puede localizarse en la ineptitud obvia de los dirigentes de ambos bandos. Escuchar a los dirigentes del partido oficialista, a los altos funcionarios del gobierno o a quienes ejercen como sus voceros extraoficiales en los medios de comunicación del Estado transformados en apéndices radioeléctricos de una secta, conlleva a concluir que los preside una ignorancia patética. No saben gobernar, no saben dirigir, dependen exclusivamente de la voz del caudillo que dicta dicterios (cacofonía intencional de mi parte), hasta llegar a una especie de ingenuidad patética resultante de una incapacidad abisal. Al mismo tiempo se escucha a los dirigentes opositores (más grave aún, se les ve) en una absoluta incoherencia que no tiene nada que ver con unidad o no unidad, que tiene que ver con una mediocridad rampante, con una incultura profunda, con una separación radical del tiempo que vivimos, con una ausencia total de pensamiento, inmersos en una manera de actuar que no tiene parentesco ninguno con una idea ni con una visión de la nación que todavía conformamos.

El país está en malas manos y el país se está dando cuenta. Y el país no va a distinguir entre quienes están con una fractura vertical que todos los estudios indican cansa ya hasta la obstinación. Ahora el conflicto conyugal se traslada a otro escenario, a la de un país conjugado abajo que mirará hacia arriba y dirá que el marido no le sirve y el marido se llama dirigentes, de todos los signos y colores. El reventón podrá transformarse en brote anárquico y ante este cuadro de república enferma donde no es posible tomar previsiones es bastante probable que ello sea lo que suceda. Si es así, entonces sí que viviremos una revolución.

Falsificación

Hay que iniciar una operación de salvamento de los principios. Hay que rescatarlos de las fauces voraces que los han prostituido. Los principios correctos deben ser rápidamente reivindicados. Hay que organizar con toda rapidez la operación de salvamento antes que la nave se hunda y pretenda llevarse al fondo del océano los planteamientos correctos, de tanto haberlos degenerado, de tanto haberlos utilizado incorrectamente, de tanto haberlos extrapolado hacia la locura. Los básicos de la libertad y de la democracia, entendidos no como parabas hechos de granito, sino como un proceso permanente de vuelo hacia la justicia y la equidad.

Hay que revalorizar los principios de una economía social inclusiva, con diversas formas de propiedad conviviendo pacíficamente. Hay que sacar a flote al Derecho, entendido como una construcción jurídica que procura una conformación social para la equidad. Hay que poner sobre el salvavidas la concepción de ciudadano que interviene y participa y recurre a toda forma de organización para hacer sentir su voz.

Tenemos que utilizar agua y jabón para devolver su transparencia prístina a todo lo verdadero que ha sido enlodado con el menjurje de la equivocación, del pasticcio ideológico mal asimilado, de la arrogancia unipersonal elevada a calidad de dogma.

Hay que salvar la idea del cooperativismo, principio y norma universal, ahora señalado como generador de empresas que tienen aspiraciones capitalistas de obtener ganancias y que, por ende, deben entrar en proceso regresivo. Hay que reivindicar al cooperativismo, como forma de asociación de ciudadanos en procura de objetivos comunes de producción y de consumo.

Hay que advertirle rápidamente a aquellos a quienes han llamado demagógica y genéricamente “pueblo” que serán elevados a una mejor condición, a la de poder ciudadano que vigila, controla y castiga o premia las acciones de sus gobernantes. Hay que aclararles que podrán participar sin ponerse camisas de algún color determinado, hay que suministrarles la explicación razonada de que los demagogos que gritan “pueblo” no saben nada de la creación de una República de Ciudadanos, que ser ciudadanos implica un cúmulo de responsabilidades y decisiones compartidas.

Es la hora de aclarar meridianamente que aquí no hay vuelta atrás, que aquí se construirá una televisión pública sobre las bases del respeto, del equilibrio y del sentido de Estado. Es menester llamar a la república a que infle los salvavidas para que algunas cosas que se han dicho bajo el manto de la arrogancia y del ataque contra la libertad vuelvan a ser colocadas en su justa dimensión. Hay que reformular la división político-territorial sobre la base de una concepción sustentable de desarrollo. Hay que buscar papel lija para quitarle a los conceptos toda la herrumbre decimonónica. Hay que devolver el respeto a la majestad presidencial, cambiar los discursos por obra tangible. Hay que devolver a Bolívar a donde siempre estuvo, en el corazón de los venezolanos, quitándole la esquizofrenia y la utilización indebida.

Hay que educar para la amplitud, para la comprensión de lo que fuimos, somos y seremos. Hay que llamar a todos los equipos de rescate. La limpieza general de mutilaciones, equívocos, extrapolaciones, minestrones ideológicos y corrupción de ideas apropiadas, deberá ser tarea de todos. Hay que aprestar los útiles de limpieza, devolver el brillo a las ideas, deslastrarlas de este óxido maligno que levanta estatuas de cien metros, que compra sistemas de misiles antiaéreos, que se lanza a adquirir la producción de coca, que sueña con aviones no tripulados.

Galimatías como “la dictadura de la democracia verdadera” deben ser echadas al barril de los elementos tóxicos para ser sustituidas por pensamiento transparente conductor hacia una democracia de ciudadanos en pleno ejercicio de sus derechos.

De allí la confusión, de allí el desasosiego, de toda esta amalgama de delirios oficiales y de opositores disfrazados, de allí sólo puede brotar la desesperanza. Este país parece un burdel; haría falta un Toulouse-Lautrec para que pinte los rostros pintarrajeados, para que refleje la decadencia, para que deje testimonio de esta hora menguada. Hay que comprar toneles de cloro, coletos, esponjas de metal y espátulas, para desinfectar, para raspar, para desintoxicar el piso de esta república. O se produce una reacción colectiva frente a los desatinos y frente a las impudicias o nos iremos consumiendo bajo un alzheimer colectivo. Hay que iniciar una operación de salvamento, urgente, acelerada, de emergencia, antes que esta mezcla fatídica de locura y bolsería nos convierta en óxido insalvable en las profundidades de la corrosión y de lo inaccesible.

Moral

La verdadera revolución es la voz moral. El populismo es una asunción de un modo radical para lograr la homogeneidad sobre lo imaginario. La posibilidad de un gobierno omnisciente no cabe en el siglo XXI. Muchos políticos creen que entienden a la gente cuando ofrecen soluciones concretas a los problemas concretos. El verdadero político es el que hace el mundo inteligible para el pueblo, esto es, el que le suministra las herramientas para actuar con eficacia sobre lo ya entendido. El populismo debe ser combatido con la siembra de la comprensión llevada al grado de un estado de alerta.

La legitimidad electoral y la legitimidad social pueden contrastarse o encontrarse. La manera de encontrar la segunda excede al simple hecho de buscar el voto en una campaña electoral plena de promesas, generalmente demagógicas. Buscando la segunda suele encontrarse la primera. El planteamiento inteligible que produce efectos previos mejora notablemente la capacidad de escogencia. La masificada propaganda en nada podría modificar una asunción previa ganada en una democracia de cercanía generada por los líderes verdaderos que en ese proceso electoral buscan la voluntad mayoritaria del pueblo.

No se puede combatir demagogia con demagogia. El proceso de crear lucidez y pertenencia es ajeno a las palabras altisonantes y mentirosas. El proceso de repetición demagógica por parte de dos o más adversarios en una contienda por el voto conduce a soliviantar un individualismo feroz que se traduce en apostar a la mayor oferta engañosa. El vencedor, naturalmente, será el que ejerce el poder.

Uno de los dramas de nuestro continente es el abandono de la seriedad pedagógica, de la proximidad a los ciudadanos quienes son, en primer lugar seres pensantes, para ser, en segundo plano, sólo en segundo plano, electores. Si seguimos con esta plaga de activistas de la política, mentirosos y demagogos, se mantendrá el punto en que la gente prefiere a quien menor desconfianza le produce, pues ninguno le produce confianza. Así la legitimidad del poder y la legitimidad del ejercicio democrático estarán afincadas sobre un barro extremadamente frágil y, lo más grave, la democracia se derrumbará por efecto directo de todos, de los que ejercen el poder y de quienes pretenden sustituirlo. Terminará así la era de las elecciones y de la libertad, terminará así la democracia, matada en una acción conjunta por quienes no entendieron la necesidad de hacerle comprender el mundo al pueblo, de hacérselo inteligible, de hacerlo producir una acción consecuencial de posesión de los instrumentos para cambiar el entorno, de los cuales el principal es la conciencia.

teodulolopezm@yahoo.com

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En Argentina hay 122 ‘think tanks’

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Argentina es el quinto país del mundo con más ‘think tanks’ -centros de estudios o depósitos de ideas, según su traducción literal- de acuerdo a la información recopilada por una universidad en Estados Unidos. El estudio de la Universidad de Pennsylvania, que clasifica estas organizaciones dedicadas a la investigación y a las políticas públicas, posiciona al país sudamericano detrás de EE.UU., Gran Bretaña, Alemania y Francia en cantidad de este tipo de organismos.

De los 5.550 que hay en todo el mundo (538 de ellos situados en Latinoamérica), 122 están en Argentina. En la región le siguen México con 54, Brasil con 39 y Chile con 36. En tanto España tiene 49, de acuerdo con el informe académico.

Las instituciones argentinas también logran una buena posición en cuanto a calidad, con 12 ‘think tanks’ nombrados entre los principales 407 de todo el mundo.

¿A qué se debe la popularidad de estos organismos en el país? Y ¿por qué no se ve reflejado este interés en las instituciones públicas?

Según Federico Merke, del Consejo Argentino de Relaciones Internacionales (CARI), elegido como el mejor ‘think tank’ de América Latina y el Caribe, el fenómeno tiene que ver con la falta de interés de muchas personas en formar parte del gobierno o del Estado.

Merke le dijo a BBC Mundo que no existen incentivos por parte del Estado para atraer a pensadores y académicos y además no existe una continuidad en el servicio público.

Argentina está situada detrás de EE.UU., Gran Bretaña, Alemania y Francia. “Hay una sensación de que el Estado argentino está muy politizado, hasta en las unidades más pequeñas de decisión”, afirma, explicando que “el imaginario es que el espacio o el margen de acción para hacer una diferencia es relativamente limitado”.

Para Merke a pesar de no poder ejecutar políticas, desde un ‘think tank’ se puede “ejecer presión, llamar a la conciencia, plantear puntos en los medios de comunicación, realizar marchas, movilizaciones, seminarios, debates”, que son otra forma de participar.

Merke destaca que estas organizaciones no gubernamentales son “un puente entre el mundo de las ideas y el mundo de la acción” y ofrecen un espacio en el que pueden acercarse los funcionarios y la sociedad.

Miguel Braun, director ejecutivo del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) -también elogiada en el informe- coincide con la importancia del papel que juegan estos organismos en la sociedad.

Pero además, para Braun los ‘think tanks’ cumplen un papel fundamental en la formación de funcionarios, y se nutren de la experiencia de quienes dejan la función pública para volver al ámbito privado.

“Creo que mejoramos la calidad institucional del país. Que haya múltiples voces en la difusión de la política pública y no una voz monolítica desde el Estado fortalece la calidad de la discusión pública y por lo tanto de las políticas públicas”, le dijo a BBC Mundo.

por Veronica Smink
BBC Mundo, Argentina

El príncipe y la utopía: El derecho natural a la igual-libertad

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por Jorge Majfud

Nicolás Maquiavelo y Tomas Moro

Podemos decir que el año 68 significó el clímax de los sesenta y a la vez el inicio de su caída abrupta. Pero esta aparente derrota a corto plazo, que se extendió por décadas, fue en realidad un éxito más del humanismo utópico.

Si consideramos la Edad Media y el Renacimiento de las conquistas geográficas y de la consolidación del cupiditas capitalista —avaricia, ambición; el principal atributo del demonio, según la olvidada teología medieval— como valor moral del “espíritu de superación”, podemos observar que los valores exaltados en los sesenta y en todos los movimientos sociales y comunitarios que hicieron y siguen hoy haciendo historia, no son otros que la continuación de los valores de la revolución humanista de los inicios del mismo Renacimiento que, lenta y casi clandestinamente, se ha ido imponiendo a lo largo de la historia y de las geografías del mundo.

Creo que podemos ilustrar esta ambivalencia histórica con dos libros clásicos: por un lado El Príncipe (1513) de Nicolás Maquiavelo y por el otro Utopía (1515) de Tomás Moro, donde la ambición por el oro, como lo será en los posteriores conquistadores de América y lo dejará explicito Guaman Poma de Ayala cien años después en sus Cronicas, no era un signo de progreso sino de retardo mental, de primitivismo social. Por el otro lado, el maquiavelismo es más lógico y necesario en un sistema democrático-representativo que en un sistema absolutista, como lo era el de muchos príncipes de la época.

Las Américas, especialmente, fueron desde entonces campos de batalla de estas dos formas de ver y de construir o destruir el mundo: el pragmatismo de la política en el poder y la utopía de los revolucionarios; la practica y la imaginación; el ejercicio de la manipulación del lenguaje para adaptarlo a la realidad y el ejercicio del lenguaje como instrumento de concientización para cambiar la realidad; la creencia de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y la protesta y el desafío practico e intelectual de que otro mundo es posible, etc.

Poco a poco esa humanidad ha ido tomando conciencia de sus derechos a ser protagonista de su historia y conciencia de su fuerza real para serlo. Pero el inicio o por lo menos la centenaria maduración de esa conciencia que alguna vez fue hereje, radical y subversiva fue responsabilidad de una elite de disidentes. Aquellos hombres de letras que comenzaron por las humanidades y siguieron por las ciencias, aquellos estudiosos de la historia y críticos de la autoridad política, moral y religiosa, fueron el resultado también de la convergencia de múltiples tradiciones. Pero fueron siempre minorías por fuera del poder de los césares de turno, quienes en principio persiguieron y condenaron a los disidentes y en última instancia se apoderaron de sus discursos para legitimarse ante una realidad que los invadía como una marea. Y así, por ejemplo, destruyeron el humanismo, la utopía del fraternalismo universal del primer cristianismo y siguieron persiguiendo o tratando de integrar a sus filas a los peligrosos disidentes que veían en cada ser humano y en toda la diversidad de las culturas, de las disciplinas y de la historia, al mismo ser humano pugnando por su derecho natural de igual-libertad.

El siglo XX significó un violento choque entre ambas corrientes, el maquiavelismo y el cesarismo por un lado y la rebelión de la utopía por el otro. Solo que no siempre estaba claro ni coincidían las retóricas y las declaraciones de intención con la practica, y así más de una utopía se convirtió en cruda realidad de los cesares y los fariseos de turno. Pero la experiencia humanista que reclamó con los hechos el valor de la igual-libertad continuó adelante, tropezando, cayendo como un Cristo en su via crucis. Detrás del simbólico, real y maldecido 1968 había al menos siete siglos de reflexión y de sangrientas luchas. Su abrupta caída revela que fue víctima de una poderosa fuerza conservadora. Su lenta e inexorable persistencia revela que no fue simplemente una moda sino una estación más de un largo viaje que ya lleva siglos.

Valores e intereses

Ahora, basado en estas observaciones nos queda una reflexión, que menos que teoría es una hipótesis. Hoy en día ni el más radical antimarxista —digamos un investigador, que no sea un político o un predicador— podría negar la fuerte conexión que existe entre la economía, los procesos de producción —y de consumo— con las morales en curso. Por ejemplo, siglos antes de la abolición de la esclavitud en América ya existía la crítica radical de humanistas seculares, ateos y religiosos que rechazaban esta práctica y su correspondiente justificación moral. Pero no fue hasta que la revolución industrial hizo innecesario y hasta inconveniente la existencia de esclavos en lugar de obreros asalariados que se impuso la moral antiesclavista. Lo mismo podemos observar de la educación universal y de los derechos de la mujer.

Cada vez que un político y alguno de sus religiosos seguidores repiten que lo que importa en política son “los valores”, los valores del político y los valores morales del partido, lo que hacen es confirmar lo contrario.

Estos valores son los valores de Maquiavelo, sentimientos morales estratégicamente establecidos por una práctica de dominación a veces imperial, a veces solo domestica. La expresión de “un hombre de valores conservadores” hasta no hace mucho conmovía hasta las lágrimas a la mayoría de la población norteamericana. Tanto que nadie podía contestar a esa fanática convicción “del centro”, que en la práctica significaba mandar ejércitos a invadir países para mantener “nuestro estilo de vida” imponiéndole a los bárbaros de la periferia, por las malas cuando no por las buenas, “nuestro humanismo democrático”.

Sin embargo, por otro lado, si vemos desde el punto de vista histórico, podemos destilar un factor común.

Hay valores que sobreviven a los imperios, que se sobreponen y sobrepasan cualquier sistema económico, político y militar. Son valores de liberación pero también son valores de opresión. Es decir, esos valores no dependen de la circunstancia y de los intereses del momento. Con el tiempo el mismo poder hegemónico debe manipularlos ante su propia incapacidad de contradecirlos. Es decir, el lobo debe vestirse de cordero ya que no puede convencer a los corderos de que es bueno. La expresión del poder es en última instancia siempre directa —una invasión, por ejemplo— pero en estado normal siempre recurre a la legitimación moral. El poder siempre se oculta, el poder siempre se viste de lo que no es y esa es su principal estrategia de perpetración.
Podemos decir, entonces, que los valores morales están fuertemente condicionados por un sistema de producción y al mismo tiempo sirven para justificarlos y reproducirlos.

Pero al mismo tiempo no, pueden trascenderlo. El mismo sistema capitalista ha pasado por diversas etapas, como la era industrial y la postindustrial, la era de consumo, la era digital, etc. y, sin embargo, los valores que llamamos humanistas continúan su marcha inexorable. Con frecuentes rebeliones, con más frecuentes reacciones, pero inexorable al fin.

Sé que mi viejo maestro Ernesto Sábato dirá lo contrario; que, como en el paradigma religioso, todo tiempo pasado fue mejor; que desde el Renacimiento el hombre se ha cosificado, corrompido, deshumanizado. Pero no es del todo verdad. Basta echar una mirada a la historia y también veremos opresiones, esclavitud, violaciones, violencia física y lo que es peor, violencia moral, ignorancia del derecho a la igual-libertad, pueblos reventados, individuos sobreviviendo a duras penas hasta los cuarenta años. Críticos como él también son parte de una conciencia humanista y su pesimismo se debe a las altas expectativas de su sensibilidad intelectual, más que a los retrocesos de la historia.

Para llegar a los logros que podemos contar hoy en día, sean pocos o muchos, hubo que pasar por muchos mayos del 68, revelándose contra el dolor o contra la autoridad arbitraria, alzándose por el derecho a la vida individual y colectiva, reclamando, siempre reclamando hasta la última gota el derecho a la desobediencia y a la vida en toda su plenitud, a la igual-libertad.

Jorge Majfud
Lincoln University

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