Democracia del siglo XXI

  • Teódulo López Meléndez

    Abogado, diplomático, novelista, ensayista, poeta, editor, columnista de opinión.

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Votaré por Capriles

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 16, 2012

Teódulo López Meléndez

Durante los últimos años he cumplido a cabalidad lo que consideré -y considero- una tarea obligatoria para con el propio país. No me he detenido en las incomprensiones. Numerosos libros, audios y videos he hecho para dejar sentada mi opinión, bajo el criterio de que las ideas se caracterizan por ser de lento avance.

He conceptualizado sobre una democracia del siglo XXI, he señalado los vicios a superar, he marcado las falencias de la representación y he formulado un diseño de país, al igual que un corpus de propuestas concretas sobre la realidad nacional.

Llegué a anunciar una precandidatura presidencial, manifesté las razones por las cuales me negaba a ir a las primarias convocadas por la MUD y, en medio de esta enfermedad llamada polarización, dejé ir la idea de aspirar al único cargo de elección popular que me interesa.

La política es el supremo sacerdocio de servicio. Mis ideas, todas las cuales ratifico ahora, están expresadas en “Proyecto país”,Lo propongo”, “Incisiones para una democracia del siglo XXI” y “La tercera opción”, entre otras.

He hablado a largo sobre la degeneración de las campañas electorales, he señalado como la que vivimos se iba convirtiendo en el mejor ejemplo de ese aserto, he llamado a estadios superiores y a no ver con mirada simplista la realidad venezolana sino con pensamiento complejo.

He combatido los radicalismos y extremismos y manifestado sin tapujos mis discrepancias, inclusive con varios muchos de los anuncios programáticos hechos por la oposición.

Y así, hoy, debo anunciar que votaré por Capriles. Lo hago a pesar de las reservas. Apoyando a Capriles hay alguna gente con la que no se puede compartir una visión de país, pero la realidad política admite que primero se hace el viaje y se mantiene limpia el alma. Algo al respecto le dijo Virgilio a Dante mientras le mostraba las gradaciones del infierno.

Ya del gobierno de Chávez no se puede esperar más. He hablado constantemente de algunos principios correctos enlodados por la manipulación. Toca el uso de esparadrapo y jabón.  Aprovechemos que los marginados de siempre fueron despertados y que una nueva cultura política se sembró en el alma popular. El gobierno de Chávez se agotó a sí mismo y esta denominada “campaña electoral” sólo ha mostrado ese agotamiento. Ya este gobierno no puede dar nada más, a no ser lo que está mostrando: ejercicio de violencia y guerra sucia.

A pesar de todas mis consideraciones expuestas sobre la presente coyuntura atiendo a la realpolitik e iré a votar el 7 de octubre, no sin recordar lo que siempre he dicho: sin desconocer la importancia del hecho el futuro de este país se decidirá realmente en fechas posteriores, en la marcha de unos acontecimientos para los cuales se requerirá serenidad, sentido de país y mirada profunda. No caigo en la polarización y mantengo mi idea de que cualquiera sea el resultado de las presidenciales hay q ir a la conformación de una “tercera opción”, por las docenas de razones que he expuesto y que no es menester repetir en la brevedad de esta declaración, pero de las cuales sólo me permito recordar la muerte de las ideologías y el agotamiento de los partidos venezolanos.

Prefiero estar en la oposición al gobierno de Capriles, si ese fuere el caso de conciencia. Votaré por él y estaré atento a sus gestiones de gobierno. Véase como se vea este país cambió y espero que Capriles en el ejercicio del poder así lo comprenda. Espero que Capriles muestre carácter, escoja bien a sus cercanos y sepa dar acogida a las nuevas ideas mediante un gobierno alejado de élites agotadas que sólo tienen como objetivo salir de Chávez y recuperar detestables privilegios, cuando el objetivo verdadero es edificar lo que he llamado una república de ciudadanos, una democracia del siglo XXI y una sociedad del conocimiento, todo bajo un claro concepto de socieconomía y de justicia social.

Si el día de mañana debo ejercer la oposición a Capriles no por ello me arrepentiré de esta decisión. Los términos de la cruda realidad obligan.

Este país no aceptaría una restauración. Capriles ha hablado insistentemente del futuro. Para recordárselo con la vehemencia debida estará siempre este que hoy le otorga su voto. Pero más dentro de la realpolitik aún, estará un país que hoy es otro.

tlopezmelendez@cantv.net

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La receta para permanecer

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 16, 2012

Por Alberto Medina Méndez

Cuando del poder se trata se enfrentan dos impulsos contrapuestos. Por un lado quienes llegan al poder, pretenden quedarse, algunos por vocación de seguir sumando, de concluir construcciones iniciadas y no culminadas, mientras otros solo por ambición personal, búsqueda de impunidad o manifiestas cuestiones patológicas.

La contracara es que las instituciones no necesitan de personajes eternos, de imprescindibles, muy por el contrario, precisan oxigenarse, recrear ideas, enriquecerse con renovadas miradas y sobre todo nuevos protagonistas que demuestren que importa lo institucional y no sus circunstanciales operadores.

Pero en línea con lo más bajo de la esencia humana, esos que intentan llegar para luego quedarse, lamentablemente abundan. Los aduladores de siempre, los aplaudidores sin dignidad, los entornos políticos que viven de la política, los que hacen inmensos negocios que solo serían viables con la anuencia del poder, los fanáticos que firman cheques en blanco, forman parte de ese escenario demasiado habitual en nuestros tiempos.

Aunque también resulta necesario, en esa mezcla, un político de marcada debilidad psicológica, repleto de inseguridades personales, y una ausencia de grandeza que hace posible que el contexto le haga creer de su endiosamiento.

Hasta aquí sería solo una cuestión de decisiones personales, de caprichos casi infantiles, sostenidos por cuestiones más profundas, propias de los intereses más mezquinos, muy del mundo de los adultos. La voluntad férrea de los políticos por quedarse, precisa de múltiples instrumentos, y en esto el arsenal es variado y diverso.

Para que un personaje que gobierna pueda ser derrotado en un proceso electoral debe tener un contrincante capaz de darle esa pelea en las urnas. Recorriendo imaginariamente a los dirigentes de unos y otros partidos, cuando no a figuras públicas con interés en participar se podrán encontrar posibilidades más o menos interesantes.

Siempre podrá aparecer un candidato con mejor discurso, más carismático y preparado, menos contaminado, que genere entusiasmo o que simplemente parezca con las condiciones adecuadas para lograr un triunfo frente al gobernante de turno. Pero existe un terreno en el que la competencia electoral se torna inmoral, perversa y claramente monopólica.

Todos lo saben en la política, propios y extraños. Se trata del uso de la “caja” oficial para hacer campaña, para la propaganda, para hacer apología de la gestión e imagen del personaje que gobierna.

El candidato decidido a dar la batalla en los comicios no solo debe reunir requisitos que lo muestren como mejor que su rival, sino reunir los fondos para financiar su estrategia política, su campaña y el acto electoral.

Ahora cuando el candidato oficial cuenta con la caja del Estado, en cualquiera de sus formas, y la usa como si fuera de su uso personal, estamos frente a un evidente atropello, un verdadero abuso de autoridad, que hasta puede rozar lo delictual cuando se apropia de los recursos de todos.

Es que utilizar el dinero de los contribuyentes para hacer campaña de un sector político es, a todas luces, una inmoralidad y habla a las claras del escaso espíritu democrático de quien apela a este instrumento.

Muchos candidatos, políticamente viables, quedan en el camino solo porque deben conseguir gente que los acompañe económicamente con recursos propios para competir contra el abrumador e inagotable aparato estatal que distribuye dinero obscenamente y a cara descubierta.

El oficialismo lo hace de modo burdo, sin ningún tipo de pruritos, sin mediar escrúpulo alguno. Usan la caja como propia, desde vehículos oficiales, hasta choferes que los trasladan que cobran sueldos estatales, combustible y mantenimiento a cargo del fisco por solo citar el más elemental de los umbrales que se sobrepasa sin mediar explicación alguna.

Abundan ejemplos en esta línea. Puestos públicos que se conceden, contratos por abultadas cifras, favores políticos, cuando no la consabida y demasiado frecuente corrupción descarada que reúne recursos estatales para financiar la política.

Y es que muchos, en la corporación política no lo denuncian, porque son parte de lo mismo. Lo hicieron en el pasado, lo hacen en el presente desde sus puestos de funcionarios menores, o bien ocupando puestos legislativos con idénticas conductas, y no descartan hacerlo en el futuro.

No sea cosa que un resultado electoral favorable los coloque del otro lado del mostrador y necesiten de esas mismas condiciones para sostenerse en el poder. En estos casos la casta política se comporta como una corporación, con complicidades, códigos y silencios sin distinción de colores ni partidos.

Es el juego que pretenden, ser pocos, los mismos de siempre en lo posible, y que los que aterricen de afuera del sistema deban integrarse a esta modalidad y someterse a sus arbitrios.

Esta regla no cambiará jamás. El financiamiento de la política seguirá por sus mismos carriles, porque los políticos del sistema, son los beneficiarios directos de estos saqueos que conjugan despilfarro de dineros públicos con actos cuasi delictivos.

Ellos no tienen interés en que cambie la situación. Prefieren que esta dinámica sea la misma y plantearse disputas menores en la tribu, entre pocos, entre ellos. Por eso los que vienen de afuera no son bienvenidos. No sea que alguno de ellos, se anime a terminar con el festival y extermine esta fórmula que encontraron hace tiempo y que les sirve como la receta para permanecer.

albertomedinamendez@gmail.com

skype: amedinamendez

www.albertomedinamendez.com

 

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UTU (1): Uruguay Trabaja en la Universidad

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 15, 2012

Ricardo Viscardi

 

Por Ricardo Viscardi

 

El presidente Mujica nos ha ilustrado ayer mismo inequívocamente acerca de lo que entiende por educación, al subordinar en el concepto -antes que por designaciones de jerarquías institucionales, la condición académica al saber técnico[2]. En cuanto la autonomía universitaria no sólo es administrativa sino también electoral, la ley se interpone en el camino del designio presidencial, impidiéndole completar esa ejecutoria que supedita, en la educación, el saber intelectual a la aplicación técnica. Sin la interposición de la norma legal que consagra la autonomía universitaria no sólo administrativamente, sino también electoralmente[3], probablemente nos encontráramos de buenas a primeras con un docente de la enseñanza técnica ocupando el cargo de Rector de la Universidad de la República.

 

Ares Pons ha señalado el abuso de lenguaje que supone la denominación Universidad del Trabajo, con la que se designa la capacitación educativa destinada a la actividad técnica[4]. En el propio concepto de ese autor, tal abuso de lenguaje no significa irrisión, como ocurriría si se destacara alguna indignidad, al emplearse un término jerárquicamente superior a la condición que se designa. En verdad se trata de un abuso de lenguaje que pone en evidencia una redundancia universitaria, en cuanto no se ve como el trabajo podría ser un objeto del propio conocimiento universitario sin desinvertir, por tal objetividad estrafalaria, la misma condición del sujeto universitario.  Por la misma formalidad del tercero excluido, si la universidad pudiera ilustrarse en el trabajo, éste debiera serle ajeno en su condición de objeto del saber: ¿qué sería un saber ocioso?

 

Por el contrario, la expresión “ocio noble”[5] connota sin lugar a dudas que incluso el ocio gana en dignidad cuando se dedica al saber, en cuyo caso abandona aquella denostación monacal según la cual “el ocio es la madre de todos los vicios”, para cultivarse en la nobleza de un saber interrogado desde su propia inquietud activa. En efecto, en su raíz griega la actividad de mirar requería, ante el escenario teatral tanto como de cara a una competencia atlética, la consideración de un designio sagrado, cuya comprensión exigía, a su vez, privarse de una actividad inmediata para dedicarse a una mayor, destinada a compenetrarse con el propio destino de un demos.

 

No sólo en el teatro contemplaban los griegos la tragedia del destino humano ante los designios divinos, sino que en los propios juegos olímpicos el término teorós designaba a los enviados de una ciudad ante los juegos que tenían lugar en otra, con la misión de no incluirse en la competición, de manera que al retornar a la ciudad de origen relataban, con propiedad de observador abstenido de involucramiento parcial, lo divino que acontecía en una actuación atlética.

 

Tanto el término “teatro” como el término  teorós provienen de theorein, que les asigna la misión de un mirar activo, ubicado sin embargo en cierta templanza que le sirve de marco para con-templar, para mayor provecho de alcance, en la “teoría”: ver considerando[6]. Separar la educación de la teoría significa, por lo tanto, privarse de proyección de horizonte, que no podrá desde entonces encomendarse a una inteligencia ajena a la propia actividad penetrante de un mirar.

 

Esta incorporación del trabajo al intelecto ganó en relieve y significación propia, al ser incluida por la teología cristiana la materia en el propio designio divino, de manera que la índole terrena no permanecía ya, como la khorá griega, disgregada como simple dispersión de lugares ocupados por una forma en actividad. La materia cristiana cumplía en su resistencia al trabajo el cometido de señalar la huella del designio divino, mediación entre la condición terrena y la inspiración espiritual que propendía al cumplimiento del Plan Divino sobre la tierra. Esta dignificación cristiana del trabajo como mediación, en tanto hacedor de marcas de elevación espiritual, hizo posible la diferenciación entre técnica y sentido, que para los griegos se encontraban estrictamente vinculadas a través de la junción indisoluble entre forma y causa –por ejemplo en la técnica retórica. De esta manera, el vínculo entre trabajo y  materia provee, a partir de la teología cristiana y a través de la civilización monacal en particular, el lugar relevante que ocupará la técnica en nuestro universo antropológico, en tanto instrumentación portadora,  en sí misma y por su propio ejercicio, de valores trascendentes a la mera aplicación provechosa.

 

Tal incorporación de la técnica en un ámbito que la supera y proyecta, continúa vinculada al trabajo en particular para Leibniz[7], en la metafísica clásica de occidente. Para el autor de la Monadología, la técnica propende exclusivamente al cumplimiento de una meta representativa de la mónada, sin por eso separarse del trabajo, sobre todo si se considera que la actividad  representativa consiste, para Leibniz, en la expresión desiderativa de la misma representación, que la mónada cumple por sí misma en aras de una armonía preestablecida.

 

Lejos de separarse del organicismo decimonónico y del cumplimiento progresista en el proyecto positivista, tal inscripción de la técnica en el trabajo del saber supone, según Canguillehm, una recuperación de la metafísica a través del término “organismo”, que el propio Leibniz retomara de Aristóteles[8].

 

Nunca la solución intelectual de la cuestión de la técnica y del trabajo la separó del saber, que las incorpora por igual y envuelve, en el proceso de su propio despliegue y proyección. A no ser en las declaraciones del Presidente Mujica, que no debemos olvidar, quizás por la caridad del conocimiento cara a Quine, de considerar en aquel rango de “filósofo”, al que accediera por versiones de periodistas de prensa televisiva[9].

 

La propia teoría nos induce a considerar, en este punto, toda la amplitud de nuestro propósito con relación a la opiniones conceptuales del titular del Poder Ejecutivo. En efecto, si la condición “filósofo” es asignada con cierta felicidad mediática por una versión destinada a un amplio espectro de pertenencias (sociales, culturales, económicas, etc.) entre la población, entonces obedece al mismo orden de determinaciones que lleva, por ejemplo en el caso del mismo Mujica, a ser electo a cargos públicos por  mayorías ciudadanas.

 

Como lo señalábamos recientemente, ese criterio perfora la delegación partidaria representativa de una organicidad programática,  en cuanto el nexo promedial entre las encuestas de opinión y los medios de difusión, promediado a su vez por los índices de escucha de los distintos medios masivos, determina la condición pública[10]. Es decir la condición de “filósofo” tanto como la de “presidente” queda subsumida en un cotejo de índices que en última instancia, no se sabe a quién corresponden que se responsabilice como instancia, ya que pueden tener instrucción empresarial, tecnológica, internacional, etc. (como lo viéramos, por ejemplo, en las campañas de popularidad mediática emprendidas en su momento por Botnia al instalarse en nuestro país).

 

En tal caso, así como muchos se vieron llevados a confundir el interés nacional con el transnacional de una empresa, pudiera ser que otros tantos hayan confundido el sesgo mediático, que desde siempre caracterizó al MLN-Tupamaros, organización en la que se ilustró el propio Mujica hace 40 años[11], con una perspectiva popular y reivindicativa de las mayorías. La proveniencia de una habilidad propagandística podría, en este caso, llegar a separarse de la inspiración liberadora de aquella organización, en aras de preservar un lugar al sol del Estado, renuncia estratégica mediante.

 

Sin embargo, en este punto en que pareciéramos atados a una fatalidad encuestada y encuestadora, la propia metástasis compulsiva de la compulsa se autocorrige en sus extremismos idiosincráticos –por ejemplo el que conduce a confundir demagogia chabacana con reivindicaciones populares, por cuanto la notoria caída en los índices de popularidad del propio presidente en ejercicio, podría imputarse tanto a su desempeño como a una penetración mayor, por parte de distintos sectores de opinión, respecto a una figura desgastada de la popularidad. Particularmente en cuanto los medios masivos, por su propia constitución empresarial, tienden a explotar estrategias de difusión, que quizás ayer levantaban lo mismo que hoy se complacen en socavar.

 

En una debacle mediática generalizada, poco queda por recuperar de valía ciudadana, como no sea una renuncia, que viene de protagonizar el máximo responsable de la Educación Secundaria en el Uruguay[12]. Los términos del proceso educativo bajo la actual administración, superan en su conjunto ampliamente dimisiones personales y necesariamente conducen, más allá de obscenas permanencias atornilladas al mamarracho,  a la “irrenunciable renuncia”[13] que venimos anunciando desde hace ya buen tiempo. Teoría universitaria mediante y no sin darnos bastante trabajo, particularmente, universitario.

 

 

[1] La sigla “UTU” abrevia la denominación Universidad del Trabajo del Uruguay, cuya misión educativa se incluye en el tramo final de la enseñanza secundaria uruguaya, en la rama destinada al ejercicio técnico especializado.

[2] “Renunció el presidente del CODICEN ante fuertes rumores de que Mujica haría cambios” La Red21 (13/09/12) http://www.lr21.com.uy/politica/1060204-renuncio-el-presidente-del-codicen-ante-fuertes-rumores-de-que-mujica-haria-cambios

[3] En el Uruguay las elecciones universitarias tienen condición nacional, encontrándose supervisadas por la Corte Electoral, organismo que proclama, con independencia de todo poder de Estado,  los resultados de los comicios correspondientes.

[4] Ares Pons, J. (1995) Universidad: ¿Anarquía Organizada?, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Montevideo, pp.78-79.

[5] Rodó, J. (1959) Ariel y Parábolas, Elite, Montevideo, p.32.

[6] Ferrater Mora, J. (1986) “Teoría” en Diccionario de Filosofía, T. 4, Alianza, Madrid, pp.3221-3223.

[7]Leibniz, G. W. (1954) Principes de la Philosophie ou Monadologie, PUF, Paris, p111.

 [8] Canguillehm, G. (1981) Idéologie et rationalité, Vrin, Paris, pp.126-127.

[9] Ver en este blog “Mujica contra la filosofía: la desobediencia civil presidencial” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2011/06/mujica-contra-la-filosofia-la_7065.html

[10] Ver en este blog: “Voto en blanco: el candidato-probeta en atmósfera de red” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2012/08/votoen-blanco-el-candidato-probeta-en.html

[11] El MLN extendió el principio foquista de “propaganda armada”, de índole presencial (tomas de pueblos, combates en medio campesino) a los medios de comunicación masivos, encomendándoles la difusión de sus acciones por la vía adversativa. Esa estrategia fue a su vez recuperada por la publicidad empresarial, por ejemplo de la Volkswagen, que anunciaba la calidad de sus camionetas Kombi aduciendo que “la usan los tupamaros”.

[12] “Nos vamos poniendo tecnos” La Diaria (14/09/12) http://ladiaria.com.uy/articulo/2012/9/nos-vamos-poniendo-tecnos/

[13] Ver en este blog “El Pre-presidente y la Re-signación presidencial”  http://ricardoviscardi.blogspot.com/2011/09/el-pre-presidente-y-la-re-signacion.html

 

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Democracias con poca participación democrática

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 12, 2012

 

Por Víctor Corcoba
Está bien, muy bien, que proliferen los gobiernos activados por la ciudadanía, dispuestos a convencer por sus ideas, en lugar de vencer por su poder. Precisamente, las democracias germinan de esta libre participación y se consolidan, más que con celebraciones electorales, con la claridad con que se resuelvan los problemas.  Esa transparencia en los diálogos es lo que produce (y reproduce), confianza en las personas y en las instituciones, avances y progresos, puesto que los males democráticos sólo se alivian con más democracia.

En todo caso, debemos saber que no hay democracia sin participación. Participar es indispensable, hasta el punto que cualquier persona debería estar en disposición de servicio. La ciudadanía responsable detesta los gobiernos autoritarios, o aquellas políticas que no promueven el pluralismo ciudadano. Por desgracia, algunos modelos que se dicen demócratas, escuchan muy poco a la ciudadanía. Tampoco suelen tener en cuenta la voz de las minorías, ni los grupos vulnerables. Ciertamente, en las democracias actuales, se observan pocos ciudadanos dispuestos vocacionalmente a conducir los asuntos públicos. La política se ha convertido en uno de los grandes negocios. Ha dejado de ser una vocación para convertirse en una auténtica profesión. Se hace partidismo, sirviéndose unos a otros, no sirviendo a la colectividad que es de lo que se trata.

Por consiguiente, a mi juicio es importante que Naciones Unidas, coincidiendo con el Día Internacional de la Democracia (15 de septiembre), apoye cualquier iniciativa educativa encaminada a mejorar el espíritu democrático. Si fundamentales son las formas democráticas de un gobierno, esenciales son los fondos para el ejercicio de ese mandato democrático. Desde luego, algo falla en el mundo cuando las sociedades son cada día menos participativas y más excluyentes, más interesadas y menos justas, más irrespetuosas con el estado de derecho y con los derechos humanos.

Además, sin democracias participativas difícilmente podremos avanzar en el camino del asociacionismo. Los sistemas democráticos pueden ser diversos, pero todos han de tener un mínimo de participación democrática, un mínimo de disposición asamblearia y un mínimo de control de ese mandato. Para desdicha de todos, en muchas naciones que dicen ampararse por la democracia, resulta que no son ni tan representativas, ni tampoco tan participativas, es más bien un paraíso de charlatanes aglutinados a la sombra del poder.

Por eso, es tan necesario como preciso ayudar a cimentar las nuevas democracias, expandir el espíritu democrático por las democracias frágiles y mejorar aquellas democracias de larga vida. Puede que los principios democráticos no sean una ciencia exacta, pero llevados a la vida de cada día, no tengo dudas de que ayudan a convivir, puesto que cada uno debe ser respetado como ciudadano. Sólo nos resta pedir que los servidores se formen en interés del Estado, no del Partido, como viene sucediendo también en muchos países. Y que cada cual, cultive más democracia como actitud de vida.

 

 

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México: El rompimiento

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 11, 2012

 

por Antonio Limón López

 

Entre los grandes misterios políticos del siglo XXI se encuentra la denominada “izquierda”, simplemente porque no se ha encontrado en el mundo una sola constante que sea su común denominador, pero si en el mundo encontrar los rasgos constantes y repetidos de la “izquierda política” es una tarea de titanes, en México es simplemente un imposible.

En la “izquierda” mexicana caben con la misma comodidad que en la “derecha”, o en el “centro”, buenos y malos, ricos y pobres, crueles y piadosos, creyentes y escépticos, explotadores y explotados, leones y corderos y se sientan en la misma mesa tanto los gatos como los ratones, hay que decirlo, hay de todo y de todo en cantidades abrumantes, así que pensar en unificar a la izquierda o en dividirla es exactamente lo mismo, un imposible, pues se divide lo homogéneo y la izquierda mexicana etérea, es una invención personal al gusto de cada cual, lo que en la mar de izquierdas personalísimas, es cualquier cosa o ninguna, en realidad nuestra “izquierda” es simplemente una ficción a la medida del que la sueña o del que la explota, del que vive de ella o para ella.

El 9 de septiembre Andrés Manuel López Obrador, se dirigió en el zócalo de la ciudad de México a sus seguidores, quienes concurrieron inquietos ante la estrategia que habría de proponer al público, la cual sería votada a viva voz por los prosélitos del carismático líder tabasqueño, hace seis años convocó a una protesta en forma de plantón en la zona del centro histórico de la capital, ahora se esperaba otra propuesta para combatir al “fraude electoral” cometido en la elección presidencial. El contenido del mensaje se guardó como un secreto hasta que palabra a palabra fue develado por AMLO, los asistentes bebieron cada palabra como si fuera agua para el sediento, repetían cada frase como si fuera el verbo divino, memorizaban cada gesto del hombre que con una blanca y pura camisa oraba por la salvación de la patria, que pedía fe a cada mexicano y que exaltaba el ánimo declamando grandes y míticas frases de los héroes eternos de nuestro olimpo, Juárez, Morelos, Zapata, etc.

Al final de su fervorosa plegaria gritó “Viva México, Viva México, que reviva México” como si fuera a revivir al tercer día, a la manera que lo hiciera el mártir del Gólgota, el único al que no menciona por su nombre, pero es el que realmente anima todos sus actos y todos sus momentos de pasión y de esperanza.

El discurso de López Obrador no solo fue una especie de catarsis, sino también una especie de epifanía que presenta un nuevo momento en su vida política y por ende en la de sus miles de seguidores, y que consiste en su rompimiento claro con los partidos que conforman al “Movimiento Progresista”, que son el PRD, PT, y MC, rompimiento “en buenos términos” pero rompimiento al fin.

La decisión de Andrés Manuel es de vida o muerte para “las izquierdas” pues desde el 2001 solo él las mantenía unidas, no por sus convicciones religiosas, ni políticas, ni por su plan de lucha o por su evangélica devoción por los humildes, sino simplemente por los enormes dividendos que le producía en cada elección, a diferencia de Cuauhtémoc Cárdenas que su éxito fue solo en 1988, el de Obrador se ha repetido en cada vez que visita las urnas como candidato de la izquierda o de las izquierdas.

Hay que decirlo, Andrés Manuel López Obrador es el mejor negocio político de los últimos 11 años, nada ni nadie ha producido tantos dividendos a los partidos que lo han explotado, nadie ha despertado tanto odio y tanta devoción como este aguerrido combatiente, pero él mismo a pesar de ser el único motor del PRD, PT y MC, ha vivido de los despojos que estos partidos le han dado a cuentagotas, asi que lo que ocurrió el 9 de septiembre fue un acto de hartazgo, se hartó de alimentar parásitos, buenos para nada, se cansó de arrastrar a tanto lastre, de empujar a tanto vanidoso indigno, se fastidió de las cloacas de la izquierda y finalmente decidió que Andrés Manuel López Obrador debe ser únicamente de Andrés Manuel López Obrador y de nadie más.

Por el momento las cloacas PRD, PT y MC falazmente le aplauden y le desearon todo tipo de éxitos, pero en realidad están sufriendo un rápido cuadro de anemia política, pues sus militantes de a pie prefieren al irreductible López Obrador que a los mercaderes de la política. Si bien el 1 de julio las izquierdas rozaron el Cielo con la mayor cosecha de votos de toda su historia, lo cual los colmó de diputaciones, senadurías, alcaldías y gubernaturas, el 9 de septiembre sintieron los helados dedos de la huesuda, apretando sus regordetes cogollos.

En todas partes se reconoce la decisión de López Obrador que no llamó ni a la huelga, ni se proclamó “Presidente legítimo”, sino que planteó un rompimiento con las pandillas partidistas, una postura crítica frente a la peor cara del poder, acaso con este paso quiera ser dueño de su propio equipo político, pues él es el portero, la defensa, la media y la delantera, además de la banca y la porra, si así logra hacerlo, podrá maniobrar sin pedir permiso a nadie en el 2018, pues si bien dispondrá de sus infaltables “juanitos”,  también contará con millones de personas que sinceramente confían en él, eso sea como sea, es un caso único que no se repite en ningún otro partido político, es algo sorprendente y nada tiene que ver con la “izquierda” ni con ninguna otra de las inexistentes geometrías políticas, tiene que ver con la esperanza, es un rayo de fe para millones y hasta los que no coincidimos con él, debemos admitir que en un país de escépticos y acomodaticios, López Obrador camina paso a paso por el duro sendero de las derrotas sin perder la fe.

 

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¿Qué hacer con España?

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 11, 2012

Por César Molinas

César Molinas publicará en 2013 un libro titulado “¿Qué hacer con España?”. Este  artículo corresponde a uno de sus capítulos.

En este artículo propongo una teoría de la clase política española para argumentar la necesidad imperiosa y urgente de cambiar nuestro sistema electoral para adoptar un sistema mayoritario. La teoría se refiere al comportamiento de un colectivo y, por tanto, no admite interpretaciones en términos de comportamientos individuales. ¿Por qué una teoría? Por dos razones. En primer lugar porque una teoría, si es buena, permite conectar sucesos aparentemente inconexos y explicar sucesos aparentemente inexplicables. Es decir, dar sentido a cosas que antes no lo tenían. Y, en segundo lugar, porque de una buena teoría pueden extraerse predicciones útiles sobre lo que ocurrirá en el futuro. Empezando por lo primero, una buena teoría de la clase política española debería explicar, por lo menos, los siguientes puntos:

1. ¿Cómo es posible que, tras cinco años de iniciada la crisis, ningún partido político tenga un diagnóstico coherente de lo que le está pasando a España?

2. ¿Cómo es posible que ningún partido político tenga una estrategia o un plan a largo plazo creíble para sacar a España de la crisis? ¿Cómo es posible que la clase política española parezca genéticamente incapaz de planificar?

3. ¿Cómo es posible que la clase política española sea incapaz de ser ejemplar? ¿Cómo es posible que nadie-salvo el Rey y por motivos propios- haya pedido disculpas?

4. ¿Cómo es posible que la estrategia de futuro más obvia para España -la mejora de la educación, el fomento de la innovación, el desarrollo y el emprendimiento y el apoyo a la investigación- sea no ya ignorada, sino masacrada con recortes por los partidos políticos mayoritarios?

En lo que sigue, argumento que la clase política española ha desarrollado en las últimas décadas un interés particular, sostenido por un sistema de captura de rentas, que se sitúa por encima del interés general de la nación. En este sentido forma una élite extractiva, según la terminología popularizada por Acemoglu y Robinson. Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias. Estos procesos han llevado a España a los rescates europeos, resistidos de forma numantina por nuestra clase política porque obligan a hacer reformas que erosionan su interés particular. Una reforma legal que implantase un sistema electoral mayoritario provocaría que los cargos electos fuesen responsables ante sus votantes en vez de serlo ante la cúpula de su partido, daría un vuelco muy positivo a la democracia española y facilitaría el proceso de reforma estructural. Empezaré haciendo una breve historia de nuestra clase política. A continuación la caracterizaré como una generadora compulsiva de burbujas. En tercer lugar explicitaré una teoría de la clase política española. En cuarto lugar usaré esta teoría para predecir que nuestros políticos pueden preferir salir del euro antes que hacer las reformas necesarias para permanecer en él. Por último propondré cambiar nuestro sistema electoral proporcional por uno mayoritario, del tipo first-past-the-post, como medio de cambiar nuestra clase política.

 

La historia

Los políticos de la Transición tenían procedencias muy diversas: unos venían del franquismo, otros del exilio y otros estaban en la oposición ilegal del interior. No tenían ni espíritu de gremio ni un interés particular como colectivo. Muchos de ellos no se veían a sí mismos como políticos profesionales y, de hecho, muchos no lo fueron nunca. Estos políticos tomaron dos decisiones trascendentales que dieron forma a la clase política que les sucedió. La primera fue adoptar un sistema electoral proporcional corregido, con listas electorales cerradas y bloqueadas. El objetivo era consolidar el sistema de partidos políticos fortaleciendo el poder interno de sus dirigentes, algo que entonces, en el marco de una democracia incipiente y dubitativa, parecía razonable. La segunda decisión, cuyo éxito se condicionaba al de la primera, fue descentralizar fuertemente el Estado, adoptando la versión café para todos del Estado de las autonomías. Los peligros de una descentralización excesiva, que eran evidentes, se debían conjurar a partir del papel vertebrador que tendrían los grandes partidos políticos nacionales, cohesionados por el fuerte poder de sus cúpulas. El plan, por aquel entonces, parecía sensato.

Pero, tal y como le ocurrió al Dr. Frankenstein, lo que creó al monstruo no fue el plan, que no era malo, sino su implementación. Por una serie de infortunios, a la criatura de Frankenstein se le acabó implantando el cerebro equivocado. Por una serie de imponderables, a la joven democracia española se le acabó implantando una clase política profesional que rápidamente devino disfuncional y monstruosa. Matt Taibbi, en su célebre artículo de 2009 en Rolling Stone sobre Goldman Sachs “La gran máquina americana de hacer burbujas” comparaba al banco de inversión con un gran calamar vampiro abrazado a la cara de la humanidad que va creando una burbuja tras otra para succionar de ellas todo el dinero posible. Más adelante propondré un símil parecido para la actual clase política española, pero antes conviene analizar cuáles han sido los cuatro imponderables que han acabado generando a nuestro monstruo.

En primer lugar, el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas, ha creado una clase política profesional muy distinta de la que protagonizó la Transición. Desde hace ya tiempo, los cachorros de las juventudes de los diversos partidos políticos acceden a las listas electorales y a otras prebendas por el exclusivo mérito de fidelidad a las cúpulas. Este sistema ha terminado por convertir a los partidos en estancias cerradas llenas de gente en las que, a pesar de lo cargado de la atmósfera, nadie se atreve a abrir las ventanas. No pasa el aire, no fluyen las ideas, y casi nadie en la habitación tiene un conocimiento personal directo de la sociedad civil o de la economía real. La política y sus aledaños se han convertido en un modus vivendi que alterna cargos oficiales con enchufes en empresas, fundaciones y organismos públicos y, también, con canonjías en empresas privadas reguladas que dependen del BOE para prosperar.

En segundo lugar, la descentralización del Estado, que comenzó a principios de los 80, fue mucho más allá de lo que era imaginable cuando se aprobó la Constitución. Como señala Enric Juliana en su reciente libro Modesta España, el Estado de las autonomías inicialmente previsto, que presumía una descentralización controlada de “arriba a abajo”, se vio rápidamente desbordado por un movimiento de “abajo a arriba” liderado por élites locales que, al grito de “¡no vamos a ser menos!”, acabó imponiendo la versión de café para todos del Estado autonómico. ¿Quiénes eran y qué querían estas élites locales? A pesar de ser muy lampedusiano, Juliana se limita a señalar a “un democratismo pequeñoburgués que surge desde abajo”. Eso es, sin duda, verdad. Pero, adicionalmente, es fácil imaginar que los beneficiarios de los sistemas clientelares y caciquiles implantados en la España de provincias desde 1833, miraban al nuevo régimen democrático con preocupación e incertidumbre, lo que les pudo llevar, en muchos casos, a apuntarse a “cambiarlo todo para que todo siga igual” y a ponerse en cabeza de la manifestación descentralizadora. Como resultante de estas fuerzas, se produjo un crecimiento vertiginoso de las Administraciones Públicas: 17 administraciones y gobiernos autonómicos, 17 parlamentos y miles -literalmente miles- de nuevas empresas y organismos públicos territoriales cuyo objetivo último en muchos casos, era generar nóminas y dietas. En ausencia de procedimientos establecidos para seleccionar plantillas, los políticos colocaron en las nuevas administraciones y organismos a deudos, familiares, nepotes y camaradas, lo que llevó a una estructura clientelar y politizada de las administraciones territoriales que era inimaginable cuando se diseñó la Constitución. A partir de una Administración hipertrofiada, la nueva clase política se había asegurado un sistema de captura de rentas -es decir un sistema que no crea riqueza nueva, sino que se apodera de la ya creada por otros- por cuyas alcantarillas circulaba la financiación de los partidos.

En tercer lugar, llegó la gran sorpresa. El poder dentro de los partidos políticos se descentralizó a un ritmo todavía más rápido que las Administraciones Públicas. La idea de que la España autonómica podía ser vertebrada por los dos grandes partidos mayoritarios saltó hecha añicos cuando los llamados barones territoriales adquirieron bases de poder de “abajo a arriba” y se convirtieron, en la mejor tradición del conde de Warwick, en los hacedores de reyes de sus respectivos partidos. En este imprevisto contexto, se aceleró la descentralización del control y la supervisión de las Cajas de Ahorro. Las comunidades autónomas se apresuraron a aprobar sus propias leyes de Cajas y, una vez asegurado su control, poblaron los consejos de administración y cargos directivos con políticos, sindicalistas, amigos y compinches. Por si esto fuera poco, las Cajas tuteladas por los gobiernos autonómicos hicieron proliferar empresas, organismos y fundaciones filiales, en muchas ocasiones sin objetivos claros aparte del de generar más dietas y más nóminas.

Y en cuarto lugar, aunque la lista podría prolongarse, la clase política española se ha dedicado a colonizar ámbitos que no son propios de la política como, por ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivo, el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial, el Banco de España, la CNMV, los reguladores sectoriales de energía y telecomunicaciones, la Comisión de la Competencia… El sistema democrático y el Estado de derecho necesitan que estos organismos, que son los encargados de aplicar la Ley, sean independientes. La politización a la que han sido sometidos ha terminado con su independencia, provocando una profunda deslegitimación de estas instituciones y un severo deterioro de nuestro sistema político. Pero es que hay más. Al tiempo que invadía ámbitos ajenos, la política española abandonaba el ámbito que le es propio: el Parlamento. El Congreso de los Diputados no es solo el lugar donde se elaboran las leyes; es también la institución que debe exigir la rendición de cuentas. Esta función del Parlamento, esencial en cualquier democracia, ha desaparecido por completo de la vida política española desde hace muchos años. La quiebra de Bankia, escenificada en la pantomima grotesca de las comparecencias parlamentarias del pasado mes de julio, es sólo el último de una larga serie de casos que el Congreso de los Diputados ha decidido tratar como si fuesen catástrofes naturales, como un terremoto, por ejemplo, en el que aunque haya víctimas no hay responsables. No debería sorprender, desde esta perspectiva, que los diputados no frecuenten la Carrera de San Jerónimo: hay allí muy poco que hacer.

Las burbujas

Los cuatro procesos descritos en los párrafos anteriores han conformado un sistema político en el que las instituciones están, en el mal sentido de la palabra, excesivamente politizadas y en el que nadie acaba siendo responsable de sus actos porque nunca se exige en serio rendición de cuentas. Nadie dentro del sistema pone en cuestión los mecanismos de capturas de rentas que constituyen el interés particular de la clase política española. Este es el contexto en el que se desarrollaron no sólo la burbuja inmobiliaria y el saqueo y quiebra de la gran mayoría de las Cajas de Ahorro, sino también otras “catástrofes naturales”, otros “actos de Dios”, a cuya generación tan adictos son nuestros políticos. Porque, como el gran calamar de Taibbi, la clase política española genera burbujas de manera compulsiva. Y lo hace no tanto por ignorancia o por incompetencia como porque en todas ellas captura rentas. Hagamos, sin pretensión alguna de exhaustividad, un brevísimo repaso de las principales tropelías impunes de las últimas dos décadas: la burbuja inmobiliaria, las Cajas de Ahorro, las energías renovables y las nuevas autopistas de peaje.

La burbuja inmobiliaria española fue, en términos relativos, la mayor de las tres que estuvieron en el origen de la actual crisis global, siendo las otras dos la estadounidense y la irlandesa. No hay duda de que, como las demás, estuvo alimentada por los bajos tipos de interés y por los desequilibrios macroeconómicos a escala mundial. Pero, dicho esto, al contrario de lo que sucede en EE UU, las decisiones sobre qué se construye y dónde se construye en España se toman en el ámbito político. Aquí no se puede hablar de pecados por omisión, de olvido del principio de que los gestores públicos deben gestionar como diligentes padres de familia. No. En España la clase política ha inflado la burbuja inmobiliaria por acción directa, no por omisión ni por olvido. Los planes urbanísticos se fraguan en complejas y opacas negociaciones de las que, además de nuevas construcciones, surgen la financiación de los partidos políticos y numerosas fortunas personales, tanto entre los recalificados como entre los recalificadores. Por si el poder de los políticos –decidir el qué y el dónde- no fuese suficiente, la transmisión del control de las Cajas de Ahorro a las comunidades autónomas añadió a los dos anteriores el poder de decisión sobre el quién, es decir, el poder de decisión sobre quién tenía financiación de la Caja de turno para ponerse a construir. Esto supuso un salto cualitativo en la capacidad de captura de rentas de la clase política española, acercándola todavía más a la estrategia del calamar vampiro de Taibbi. Primero se infla la burbuja, a continuación se capturan todas las rentas posibles y, por último, a la que la burbuja pincha… ¡ahí queda eso! El panorama, cinco años después del pinchazo de la burbuja, no puede ser más desolador. La economía española no crecerá durante muchos años más. Y las Cajas de Ahorro han desaparecido, la gran mayoría por insolvencia o quiebra técnica. ¡Ahí queda eso!

Las otras dos burbujas que mencionaré son resultado de la peculiar simbiosis de nuestra clase política con el “capitalismo castizo”, es decir, con el capitalismo español que vive del favor del Boletín Oficial del Estado. En una reunión reciente, un conocido inversor extranjero lo llamó “relación incestuosa”; otro, nacional, habló de “colusión contra consumidores y contribuyentes”. Sea lo que sea, recordemos en primer lugar la burbuja de las energías renovables. España representa un 2% del PIB mundial y está pagando el 15% del total global de las primas a las energías renovables. Este dislate, presentado en su día como una apuesta por situarse en la vanguardia de la lucha contra el cambio climático, es un sinsentido que España no se puede permitir. Pero estas primas generan muchas rentas y prebendas capturadas por la clase política y, también hay que decirlo, mucho fraude y mucha corrupción a todos los niveles de la política y de la Administración. Para financiar las primas, las empresas y familias españolas pagan la electricidad más cara de Europa, lo que supone una grave merma de competitividad para nuestra economía. A pesar de esos precios exagerados, y de que la generación eléctrica tiene un exceso de capacidad de más del 30%, el sistema eléctrico español ostenta un déficit tarifario de varios miles de millones de euros al año y más de 24.000 millones de deuda acumulada que nadie sabe cómo pagar. La burbuja de las renovables ha pinchado y… ¡ahí queda eso!

La última burbuja que traeré a colación, aunque la lista es más larga (fútbol, televisiones…), es la formada por las innumerables infraestructuras innecesarias construidas en las últimas dos décadas a costes astronómicos para beneficio de constructores y perjuicio de contribuyentes. Uno de los casos más chirriantes es el de las autopistas radiales de Madrid, pero hay muchísimos más. Las radiales, que pretendían descongestionar los accesos a Madrid, se diseñaron y construyeron haciendo dejación de principios muy importantes de prudencia y buena administración. Para empezar, se hicieron unas previsiones temerarias del tráfico que dichas autopistas iban a tener. En la actualidad el tráfico no supera el 30% de lo previsto. Y no es por la crisis: en los años del boom tampoco había tráfico. A continuación ¿incomprensiblemente? el Gobierno permitió que los constructores y los concesionarios fuesen, esencialmente, los mismos. Esto es un disparate, porque al disfrazarse los constructores de concesionarios mediante unas sociedades con muy poco capital y mucha deuda, se facilitaba que pasara lo que acabó pasando: los constructores cobraron de las concesionarias por construir las autopistas y, al constatarse que no había tráfico, amenazaron con dejarlas quebrar. Los principales acreedores eran ¡oh sorpresa! las Cajas de Ahorro. Los más de 3.000 millones de deuda nadie sabe cómo pagarlos y acabarán recayendo sobre el contribuyente pero, en cualquier caso, ¡ahí queda eso!

La teoría

Termino aquí la parte descriptiva de este artículo en la que he resumido unos pocos “hechos estilizados” que considero representativos del comportamiento colectivo, no necesariamente individual, y esto es importante recordarlo, de los políticos españoles. Paso ahora a formular una teoría de la clase política española como grupo de interés.

El enunciado de la teoría es muy simple. La clase política española no sólo se ha constituido en un grupo de interés particular, como los controladores aéreos, por poner un ejemplo, sino que ha dado un paso más, consolidándose como una élite extractiva, en el sentido que dan a este término Acemoglu y Robinson en su reciente y ya célebre libro Por qué fracasan las naciones. Una élite extractiva se caracteriza por:

“Tener un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio”.

“Tener el poder suficiente para impedir un sistema institucional inclusivo, es decir, un sistema que distribuya el poder político y económico de manera amplia, que respete el Estado de derecho y las reglas del mercado libre. Dicho de otro modo, tener el poder suficiente para condicionar el funcionamiento de una sociedad abierta -en el sentido de Popper- u optimista -en el sentido de Deutsch”.

“Abominar la ‘destrucción creativa’, que caracteriza al capitalismo más dinámico. En palabras de Schumpeter “la destrucción creativa es la revolución incesante de la estructura económica desde dentro, continuamente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo”.  Este proceso de destrucción creativa es el rasgo esencial del capitalismo.”Una élite extractiva abomina, además, cualquier proceso innovador lo suficientemente amplio como para acabar creando nuevos núcleos de poder económico, social o político”.

Con la navaja de Occam en la mano, si esta sencilla teoría tiene poder explicativo, será imbatible. ¿Qué tiene que decir sobre las cuatro preguntas que se le han planteado al principio del artículo? Veamos:

1.         La clase política española, como élite extractiva, no puede tener un diagnóstico razonable de la crisis. Han sido sus mecanismos de captura de rentas los que la han provocado y eso, claro está, no lo pueden decir. Cierto, hay una crisis económica y financiera global, pero eso no explica seis millones de parados, un sistema financiero parcialmente quebrado y un sector público que no puede hacer frente a sus compromisos de pago. La clase política española tiene que defender, como está haciendo de manera unánime, que la crisis es un acto de Dios, algo que viene de fuera, imprevisible por naturaleza y ante lo cual sólo cabe la resignación.

2.         La clase política española, como élite extractiva, no puede tener otra estrategia de salida de la crisis distinta a la de esperar que escampe la tormenta. Cualquier plan a largo plazo, para ser creíble, tiene que incluir el desmantelamiento, por lo menos en parte, de los mecanismos de captura de rentas de los que se beneficia. Y eso, por supuesto, no se plantea.

3.         ¿Pidieron perdón los controladores aéreos por sus desmanes? No, porque consideran que defendían su interés particular. ¿Alguien ha oído alguna disculpa de algún político por la situación en la que está España? No, ni la oirá, por la misma razón que los controladores. ¿Cómo es que, como medida ejemplarizante, no se ha planteado en serio la abolición del Senado, de las diputaciones, la reducción del número de ayuntamientos…? Pues porque, caídas las Cajas de Ahorro -y ante las dificultades presentes para generar nuevas burbujas- la defensa de las rentas capturadas restantes se lleva a ultranza.

4.         Tal y como establece la teoría de las élites extractivas, los partidos políticos españoles comparten un gran desprecio por la educación, una fuerte animadversión por la innovación y el emprendimiento y una hostilidad total hacia la ciencia y la investigación. De la educación sólo parece interesarles el adoctrinamiento: las estridentes peleas sobre la Educación para la Ciudadanía contrastan con el silencio espeso que envuelve las cuestiones verdaderamente relevantes como, por ejemplo, el elevadísimo fracaso escolar o los lamentables resultados en los informes PISA. La innovación y el emprendimiento languidecen en el marco de regulaciones disuasorias y fiscalidades punitivas sin que ningún partido se tome en serio la necesidad de cambiarlas. Y el gasto en investigación científica, concebido como suntuario de manera casi unánime, se ha recortado con especial saña sin que ni un solo político relevante haya protestado por un disparate que compromete más que ningún otro el futuro de los españoles.

La teoría de las élites extractivas, por lo visto hasta aquí, parece dar sentido a bastantes rasgos llamativos del comportamiento de la clase política española. Veamos qué nos dice sobre el futuro.

La predicción

La crisis ha acentuado el conflicto entre el interés particular de la clase política española y el interés general de España. Las reformas necesarias para permanecer en el euro chocan frontalmente con los mecanismos de captura de rentas que sostienen dicho interés particular. Por una parte, la estabilidad presupuestaria va a requerir una reducción estructural del gasto de las Administraciones públicas superior a los 50 millardos de euros, un 5% del PIB. Esto no puede conseguirse con más recortes coyunturales: hacen falta reformas en profundidad que, de momento, están inéditas. Se tiene que reducir drásticamente el sector público empresarial, esa zona gris entre la Administración y el sector privado, que, con sus muchos miles de empresas, organismos y fundaciones, constituye una de las principales fuentes de rentas capturadas por la clase política. Por otra parte, para volver a crecer, la economía española tiene que ganar competitividad. Para eso hacen falta muchas más reformas para abrir más sectores a la competencia, especialmente en el mencionado sector público empresarial y en sectores regulados. Esto debería hacer más difícil seguir creando burbujas en la economía española.

La infinita desgana con la que nuestra clase política está abordando el proceso reformista ilustra bien que, colectivamente al menos, barrunta las consecuencias que las reformas pueden tener sobre su interés particular. La única reforma llevada a término por iniciativa propia, la del mercado de trabajo, no afecta directamente a los mecanismos de captura de rentas. Las que sí lo hacen, exigidas por la UE como, por ejemplo, la consolidación fiscal, no se han aplicado. Deliberadamente, el Gobierno confunde reformas con recortes y subidas de impuestos y ofrece los segundos en vez de las primeras, con la esperanza de que la tempestad amaine por sí misma y, al final, no haya que cambiar nada esencial. Como eso no va a ocurrir, en algún momento la clase política española se tendrá que plantear el dilema de aplicar las reformas en serio o abandonar el euro. Y esto, creo yo, ocurrirá más pronto que tarde.

La teoría de las élites extractivas predice que el interés particular tenderá a prevalecer sobre el interés general. Yo veo probable que en los dos partidos mayoritarios españoles crezca muy deprisa el sentimiento “pro peseta”. De hecho, ya hay en ambos partidos cabezas de fila visibles de esta corriente. La confusión inducida entre recortes y reformas tiene la consecuencia perversa de que la población no percibe las ventajas a largo plazo de las reformas y sí experimenta el dolor a corto plazo de los recortes que, invariablemente, se presentan como una imposición extranjera. De este modo se crea el caldo de cultivo necesario para, cuando las circunstancias sean propicias, presentar una salida del euro como una defensa de la soberanía nacional ante la agresión exterior que impone recortes insufribles al Estado de bienestar. También, por poner un ejemplo, los controladores aéreos presentaban la defensa de su interés particular como una defensa de la seguridad del tráfico aéreo. La situación actual recuerda mucho a lo ocurrido hace casi dos siglos cuando, en 1814, Fernando VII – El Deseado- aplastó la posibilidad de modernización de España surgida de la Constitución de 1812 mientras el pueblo español le jaleaba al grito de ¡vivan las “caenas”! Por supuesto que al Deseado actual –llámese Mariano, Alfredo u otra cosa- habría que jalearle incorporando la vigente sensibilidad autonómica, utilizando gritos del tipo ¡viva Gürtel! ¡vivan los ERE de Andalucía! ¡visca el Palau de la Música Catalana! Pero, en cualquier caso, las diferencias serían más de forma que de fondo.

Una salida del euro, tanto si es por iniciativa propia como si es porque los países del norte se hartan de convivir con los del sur, sería desastrosa para España. Implicaría, como acertadamente señalaron Jesús Fernández-Villaverde, Luis Garicano y Tano Santos en EL PAÍS el pasado mes de junio, no sólo una vuelta a la España de los 50 <http://elpais.com/elpais/2012/05/31/opinion/1338475092_453958.html>  en lo económico, sino un retorno al caciquismo y a la corrupción en lo político y en lo social que llevaría a fechas muy anteriores y que superaría con mucho a la situación actual, que ya es muy mala. El calamar vampiro, reducido a chipirón, sería cabeza de ratón en vez de cola de león, pero eso nuestra clase política lo ve como un mal menor frente a la alternativa del harakiri que suponen las reformas. Los liberales, como en 1814, serían masacrados –de hecho, en los dos partidos mayoritarios, ya se observan movimientos en esa dirección.

El peligro de que todo esto acabe ocurriendo en un plazo relativamente corto es, en mi opinión, muy significativo. ¿Se puede hacer algo por evitarlo? Lamentablemente, no mucho, aparte de seguir publicando artículos como éste. Como muestran todos los sondeos, el desprestigio de la clase política española es inmenso, pero no tiene alternativa a corto plazo. A más largo plazo, como explico a continuación, sí la tiene.

Cambiar el sistema electoral

La clase política española, como hemos visto en este artículo, es producto de varios factores entre los que destaca el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas confeccionadas por las cúpulas de los partidos políticos. Este sistema da un poder inmenso a los dirigentes de los partidos y ha acabado produciendo una clase política disfuncional. No existe un sistema electoral perfecto -todos tienen ventajas e inconvenientes- pero, por todo lo expuesto hasta aquí, en España se tendría que cambiar de sistema con el objetivo de conseguir una clase política más funcional. Los sistemas mayoritarios producen cargos electos que responden ante sus electores, en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus dirigentes partidarios. Como consecuencia, las cúpulas de los partidos tienen menos poder que las que surgen de un sistema proporcional y la representatividad que dan de las urnas está menos mediatizada. Hasta aquí todo son ventajas. También hay inconvenientes. Un sistema proporcional acaba dando escaños a partidos minoritarios que podrían no obtener ninguno con un sistema mayoritario. Esto perjudicaría a partidos minoritarios de base estatal, pero beneficiaría a partidos minoritarios de base regional. En cualquier caso, el rasgo relevante de un sistema mayoritario es que el electorado tiene poder de decisión no solo sobre los partidos sino también sobre las personas que salen elegidas y eso, en España, es ahora una necesidad perentoria que compensa con creces los inconvenientes que el sistema pueda tener.

Un sistema mayoritario no es bálsamo de Fierabrás que cure al instante cualquier herida. Pero es muy probable que generase una clase política diferente, más adecuada a las necesidades de España. En Italia es inminente una propuesta de ley para cambiar el actual sistema proporcional por uno mayoritario corregido: dos tercios de los escaños se votarían en colegios uninominales y el tercio restante en listas cerradas en las que los escaños se distribuirían proporcionalmente a los votos obtenidos. Parece ser que el Gobierno “técnico” de Monti ha llegado a conclusiones similares a las que defiendo yo aquí: sin cambiar a una clase política disfuncional no puede abordarse un programa reformista ambicioso. Y es que, como le oí decir una vez a Carlos Solchaga, un “técnico” es un político que, además, sabe de algo. ¿Para cuándo una reforma electoral en España? ¿Habrá que esperar a que lleguen los “técnicos”?

César Molinas, matemático y economista, es barcelonés de nacimiento y madrileño de adopción. Ha sido académico, gobernante y banquero de inversión. Actualmente se dedica al capital-riesgo en biomedicina y a la consultoría.

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Las instituciones invisibles

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 8, 2012

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USA Unas elecciones para la historia

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 5, 2012

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Michelle: “El cambio es lento, pero siempre llega”

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 5, 2012

 

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Julián Castro ante la Convención Demócrata

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 5, 2012

 

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Alocución del presidente de Colombia

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 4, 2012

 

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Un César por otro César

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 3, 2012

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Voto en blanco: el candidato-probeta en atmósfera de red

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 3, 2012

 

Por Ricardo Viscardi

Contrariamente al propósito de hacer cundir la alarma entre los partidos políticos, tal como intenta lograrlo Oscar Bottinelli con reiteradas advertencias[1], podemos hacerles plena confianza a los representantes públicos,  ante el crecimiento del voto en blanco, en su interpretación del asunto según el bochornoso gesto del avestruz. Estamos al respecto de la desistencia electoral  de cara a la consolidación de la inclinación contra-partidaria de un sector de la opinión pública, connotada además por la tendencia al crecimiento en número de quienes no quieren votar más de lo mismo[2].

El problema central no son los descreídos, como lo creen Bottinelli y muchos otros, sino lo mismo que los disuade de creer. No se trata de la manida consigna “el mismo perro con distinto collar” cara a una derecha fascistoide ya en los 60’, sino de una diversidad de posiciones que se subordinan al mismo lema fatalista: “el sistema político es insustituible”. Estamos todavía por conocer quien pretende borrar a los estados, aunque no dejamos de reconocer que desde la literatura romántica se ha insistido en trascender, en el sentido subjetivo, las formalidades públicas.

El Uruguay provee al respecto una referencia paradigmática. Dos por tres se nos ocurre que la Argentina, antítesis por excelencia de la sistematicidad partidaria, es decir ideológica, va a caer envuelta en llamas, quizás para regodeo de algunos uruguayos imbuidos de un universalismo exo-etno-céntrico (exótico por excéntricamente etnocéntrico)[3]. Lord Ponsomby sigue pisando fuerte desde el centro con efectos diferidos de diplomacia al servicio del plomo de la política de las cañoneras.  Mientras tanto la Argentina sigue aligerada de partidos, movilizada en movimientos y desafiando a las evaluadoras de riesgo, al tiempo que nosotros instalamos todas las papeleras del mundo, nos convertimos en el proveedor de commodities más juicioso del planeta y logramos que la Secretaria de Estado nos felicite por la mejor contribución posible a la pax romana en versión “combate al terrorismo internacional”.

Con esos antecedentes contextuales  parece por demás sorprendente que se configure, incluso en el Uruguay, un sector que dejó de leer lo político de la sociedad en la política de Estado. Pero asimismo, esa tendencia ya universal no es efecto de un “desencanto” a recuperar,  mediante la ingesta forzada de vitaminas ideológicas que revigoricen un alicaído tono moralista, sino de la enhiesta percepción del vínculo público como algo que prescinde, cada día un poco más, del lugar institucional. Esta percepción es consecuencia necesaria y paradójica (es decir contradictoria), de la contingente inclinación de los humanos a encontrar en la necesidad algo pesaroso.  A raíz de tal condición paradójica llegamos a conocer algo de nosotros (mismos y otros), sin cuya intervención nos desconoceríamos: la crítica, incluso y sobre todo, en el sentido primigenio (hipocrático) que unía “crisis” a “decisión” (krinein).

El desconocimiento soberbio de tal diferencia impronunciable (intente el lector vernáculo pronunciar distinto “diferensia”  que “diferencia”[4]), es decir de una diferencia (la de la “s” y la “c” en español rioplatense) que un sistema (fonético por ejemplo) no puede registrar, es lo que hunde al actual gobierno uruguayo, entre otros, en pos de demostrar sistemáticamente y necesariamente que “vamos mejor”. Desde que lo mejor sería efecto de una necesidad sistemática que comprobaría el reconocimiento, sentimos que nos va peor. El problema no está en el reconocimiento, sino en que “sistema” es un sucedáneo secularizado de la entelequia teológica.

Lo que caracteriza a un sistema es su autosuficiencia, o sea, su prescindencia respecto a todo otro. Como estamos en el lugar del otro, único posicionamiento desde el que un sistema puede ser reconocido, tal reconocimiento nos anonada como diferentes. Luego, convencernos de que la desocupación bajó, la salud mejoró, la educación es como la quiere la derecha, etc.[5] engendra dos inferencias obligadas: o que tales supuestos beneficios son obra de este gobierno, o que no vale la pena cambiar a este por otro, porque no sólo no haría mejor, sino que incluso podría llegar a hacer(lo) peor.

La primer inferencia se descarta por el absurdo, ya que la deniegan las declaraciones del propio enunciador que supuestamente la sostendría (el staff gubernamental para empezar). En efecto, se nos ha retorcido hasta el cansancio la escucha con la afirmación de que esto no es el socialismo (lo que supone que tal fantasma del pasado ideológico decimonónico presenta, actualmente, algún cumplimiento feliz que lo recomiende), sino un pálido reflejo del poder que sería necesario para alcanzarlo (lo que parece suponer, a su vez, que el poder es el objeto por excelencia de la cuestión pública).

La segunda inferencia ya descalifica de por sí al enunciador, porque si el actual elenco en el gobierno nos da más garantías relativas que los partidos que trajeron primero el cese de las libertades, para luego  venderle al electorado un gerenciamiento económico que hoy es un mamarracho célebre (mundialmente), entonces, como dice el tango “poca cosa resultaste/para que un hombre modesto/tu maldad tomara a pecho/entregándose al spleen”.

Sin embargo, aguijoneado por el “cuesta abajo en la rodada” ante la opinión pública, el gobierno insiste en justificarse con “resultados”[6]. Tal objeto de la objetividad pública supone que todos vemos lo mismo y que por consiguiente compartimos un mismo sistema de convicciones. Luego, pretender convencer mostrando lo indudable, no puede sino generar dudas sobre las intenciones que animan tal uso del índice (a dedo). Si es indudable, ya estamos convencidos, si no estamos convencidos, conviene no ofender la inteligencia del común pretendiendo que no vemos lo inobjetable.

El voto en blanco confirmado como tendencia del electorado, en consonancia con una tendencia mundial del presente, no es efecto de un desencanto descreído que lleva a la desistencia política, sino de una energía crítica que constata por sí misma las contorsiones con que un cuerpo de ideas acomoda el cuerpo al reino de las circunstancias bajo el lema “como te digo una cosa te digo la otra”.

Conviene recordar, para comprender tal desviación ideológica del desistente, que no se puede comprender sino comprendiendo, inherencia de la convicción que lleva a sostenerla en la duda, ante las dudas que engendra preguntarse. Primero, uno se pregunta y se pregunta por lo primero, no por los resultados.  El cientificismo en política es mal consejero, cuando pretende medir primero y convencer después. Los resultados pueden ser muy buenos, pero los sentimientos que engendran los mismos resultados, los peores. Sino no existirían los padres buenos pero infelices, los esposos fieles pero engañados, los mejores amigos pero traicionados por una oportunidad inmejorable ¿o no existen?

Luego, conviene recordar que convencidos de resultados inamovibles, los dirigentes frenteamplistas han pretendido vendernos “candidatos-probeta”[7], es decir, políticos de síntesis surgidos de laboratorios partidarios que hipotetizaban un votante inamovible. Indudable, en cuanto a no estar involucrado en ninguna duda de voto. Tal sistematicidad electoral, incluso por sus catastróficos resultados en la gestión política a posteriori, generó la mayor desconfianza, en cuanto el votante duda primero en saber qué votar, pregunta que es el “punto en el que recomienza todo el proceso” electoral, es decir, lo primero del votante es preguntarse qué votar. El descrédito (particularmente electoral) surge cuando la probeta partidocrática propone un “candidato de síntesis”, que para peor, se desintegra en la cancha de la actuación. En tales casos, no puede generarse sino un cuestionamiento del “sistema”, precisamente porque tal entidad pretende dar seguridades de serlo con prescindencia de lo que piense cada quien por su lado. Luego, prescindir científicamente del lado de pensamiento de cada quien, se parece a lo peor que se conoce en política, sobre todo si recordamos el pasado siglo XX.

El sentimiento de una sistematicidad electoral frenteamplista se  manifestó con oportunidad de la elección municipal de 2010. Sin embargo, en esa ocasión tal sentimiento se encontraba de antemano arraigado entre los votantes de izquierda, ya que pese a tratarse de una candidatura resuelta en órganos de gobierno del Frente Amplio, Ana Olivera no corresponde al perfil del candidato-probeta, en cuanto es una militante que ha dedicado su trayectoria y actuación a la actividad política. Ese mismo “efecto transferido” desde el aparato partidario sobre cualquier candidato que surgiera de una instancia interna, sin mediar antes consulta electoral generalizada a los adherentes, señala a las claras tanto una desestructuración del sistema de partidos, de cara a su credibilidad pública, como la trivialización que lo disminuye en aras de la publicidad mediática.

En efecto, si los partidos se ven obligados a consultar a cada uno de sus adherentes a la hora de decisiones relativamente secundarias (si consideramos las jerarquías constitucionales del Estado-nación), como la elección de gobernantes locales, entonces la representatividad está perforada en el sentido primordial de la delegación ciudadana.  Esta constatación que surge de la misma consulta electoral permanente que supone tal “democracia de votantes”, coloca a las estructuras partidarias en una supeditación estructural al aparato mediático de las encuestadoras de opinión y de la publicidad mercantil. Dado que las dirigencias se ven obligadas ya no a una “revolución permanente”, sino a una “compulsa incesante” y a una “seducción cotidiana”, el sentido estratégico de la representación, en tanto conducción de un proceso, se revierte en adaptación demagógica a la convicción más vacilante.

En este punto el voto en blanco pasa a cumplir una función higiénica entre las convicciones, ya que pone de manifiesto que ni la publicidad ni las encuestadoras logran subordinar toda creencia a la captación, por cualquier vía, del anodino “votante del centro” (que conlleva la justificación ideológica del descompromiso, en razón del esfuerzo desplegado para persuadir al remilgoso). El que vota en blanco no es un indiciso, sino quien se dice que lo gravitante para la sociedad quedó al costado de la urna (utensilio que, recordémoslo, también admite restos mortuorios).

Por esa razón, todo criterio que subordine el voto en blanco a una perspectiva ideológicamente sistemática, sea de “democracia representativa” o de “programa socialista”, no puede sino contraponerse a la inclinación de sensibilidad que habilita la desistencia electoral[8].

En el Uruguay el intento de una refundación de izquierda de la democracia representativa es inherente al trasfondo batllista de la cultura política del país, permanentemente tentada por la inefable obtención de una sociedad integrada democráticamente desde el Estado, o sea, una social-democracia. Tal tendencia se expresa en sectores que desde el propio Frente Amplio han llamado al voto en blanco en elecciones pasadas, pero que luego han dado lugar en su tribuna a cualquier-corsario, que justifique con la ecuanimidad del bestiario el sempiterno “todos tenemos lugar”, cuya fantasía de aniquilación es la renovación del célebre “Habrá patria para todos o no habrá patria para nadie”[9]. En tal perspectiva de revival batllista subrepticio, el “voto en blanco” es asumido como una estrategia para remover las estructuras partidarias, pero no como una vía alternativa para fortalecer una idiosincrasia alternativa de intervención pública.

En otra tendencia, el voto en blanco es percibido como justificada reacción de una base social con “destino socialista”, ante el abandono que sufre por parte de las estructuras que debieran representarla. En este caso, la desistencia electoral es llamada a escandalizar la conciencia participativa, generando una tensión movilizadora en torno a la misma sistematicidad social que le daría, en definitiva, un norte de representación coherente con supuestos intereses comunes a las mayorías.

La cuestión clave del voto en blanco supone admitir que la democracia no pasa hoy por los aparatos ni los sistemas, sino por la idiosincrasia de los particulares. Paradójicamente, tal tendencia es reforzada por la integración mediática de la sociedad en red, en cuanto no sólo cada uno se encuentra interpelado in situ, incluso por la ya pálida estrategia de los medios masivos (radio y televisión ante todo), sino que además se incrementa el número y sobre todo la costumbre de interactuar desde un pronunciamiento (conflictivamente llamado a ser) propio. Asimismo, el desafío que generan las redes, no es que sean sociales, sino que  registran ante todo la coerción procedimental de los artefactos tecnológicos, que las subordinan relativamente a intereses empresariales y a un criterio de eficiencia operativa. Sin embargo, en ese cotejo entre la democracia de los particulares y los aparatos tecnológicos de índole empresarial, la instancia pública ya abandonó la escena presencial de las instituciones y se instaló en la dinámica simbólica de los mensajes a distancia (de texto, de correo electrónico, de redes sociales, etc.).

[1] Bottinelli, O. “A medio camino entre elección y elección” La Onda Digital (07708/12) http://www.laondadigital.com/LaOnda/LaOnda/589/A3.htm

[2] “Media media” Montevideo Portal (20/08/12) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_176509_1.html

[3] Viscardi, R. “Entre el Discurso y su Objeto” (1986) Relaciones 26, Montevideo.

[4] Derrida destaca la deconstrucción en la inconmesurabilidad de los sistemas entre sí, para empezar en lo que concierne a la impronunciabilidad fonética de la diferencia escrita en la palabra différance (por différence) en francés. Esta impronunciabilidad no se encuentra respetada por la habitual traducción al español de différance por “diferancia” (en cuanto “diferancia” sí se diferencia fonéticamente de “diferencia” en español).

[5] “En el cumpleaños 187 de la Patria, el Gobierno destacó políticas sociales, trabajo, educación, salarios, energía, descentralización y exportaciones” La Red21 (31/08/12) http://www.lr21.com.uy/politica/1055917-en-el-cumpleanos-187-de-la-patria-el-gobierno-destaco-politicas-sociales-trabajo-salarios-energia-educacion-descentralizacion-y-exportaciones

[6] “No se fía” Montevideo Portal (28/08/12) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_177766_1.html

[7] Ver en este blog “Tragedia progresista: Frankestein no votó al candidato-probeta” (31/10/09) http://ricardoviscardi.blogspot.com/2009/10/tragedia-progresista-frankenstein-no.html

[8] Sobre el reproche a quienes votan en blanco porque con su aporte electoral “se habría elegido un diputado” ver “Cierren la muralla” La Diaria (02/08/12) http://ladiaria.com.uy/articulo/2012/7/cierren-la-muralla/

[9] Consigna del levantamiento revolucionario liderado por Aparicio Saravia en aras de los derechos cívicos a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. La misma consigna fue retomada, casi un siglo después, por el Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) a inicios de la década del 70’.

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Más indiferencia que pasión

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 2, 2012

 

Por Alberto Medina Méndez

La democracia electoral, así como se la conoce, muestra gente “optando” de tanto en tanto, seleccionando a quien delegará la responsabilidad de administrar la cosa pública. En ese acto comicial, la sociedad toda tiene la alternativa de elegir a sus representantes.

Pese a que quienes triunfan, se llenan la boca, hablando, con escasa humildad de su legitimidad y de ufanarse de que han sido elegidos por sus talentos e inteligencia, la realidad es un bastante más compleja.

Existe una matriz, que no deja mucho lugar a dudas. Los más, sienten indiferencia en el sentido amplio, mientras que pocos se movilizan por pasión. Esta afirmación no surge de suposiciones sino de lo que muestran los estudios sociológicos más serios y los mismos procesos eleccionarios. No se trata solo del presente sino de lo que muestra la historia.

Mucha gente, pese a la obligatoriedad legal de votar, desiste de hacerlo. Reina en ellos el descreimiento, la falta de interés y cierto rechazo a sistema expresado de ese modo.

Algunos otros por temor a las eventuales represalias formales eligen participar pero expresan su visión negativa mediante el voto en blanco como un modo distinto de manifestar su desagrado con todos.

Pero ninguno de esos grupos son necesariamente los más numerosos. En realidad, la mayoría de la sociedad termina concurriendo a la convocatoria de la democracia, participando del acto electoral.

Sin embargo allí no se destacan en cuantía los partidarios, esos que se encuentran enrolados en las filas de la política, ni tampoco los que tienen intereses concretos vinculados al poder por los beneficios que perciben de él, o por los que eventualmente empezaran a recibir en el futuro a partir de promesas de campaña. Del lado de los que pretenden llegar al poder pasa algo parecido. Estarán los que aspiran a recibir. Esos son los menos.

Los más son los que en las encuestas aparecen apoyando a unos u otros, pero sin convicción, los que contestan sobre la imagen de los candidatos en el casillero “regular”.

Se trata de ciudadanos independientes desde lo partidario, preocupados por los problemas reales. No los moviliza un interés directo con la política. Sus ingresos económicos no se derivan de ello en forma lineal, ni tampoco dependen de la continuidad de un partido o la llegada de otro.

Ellos “optan” no eligen. No están convencidos de casi nada. Ningún candidato los entusiasma ni seduce. Solo se ven encerrados en la disyuntiva de elegir el mal menor. Ni siquiera adhieren a sus ideas o proyectos, y terminan votándolo solo porque al otro rechazan de plano.

Pero hay que entender que esto es una consecuencia y no una causa, que sucede por un sinfín de hechos que los enfrentan a ese falso dilema.

El sistema electoral encierra con sus trampas, que han sido construidas justamente por quienes pretenden ser elegidos. Saben que no podrían triunfar en un sistema transparente, donde ganen los mejores, los más honestos y con mejores ideas, por eso ponen restricciones para impedir que nuevos partidos o personas en forma individual puedan postularse.

Como todo sistema que pretende convertirse en monopólico la estrategia está en entorpecer el acceso a los competidores. Para eso existen barreras legales, desde la que fija requisitos para constituir partidos a esa que dice que solo los partidos políticos pueden postular personas, y que ningún ciudadano a título personal puede hacerlo. De ese modo, solo los que tienen estructuras partidarias, aunque estos no sean tales sino solo licencias, “sellos” como se dice en la jerga política, pueden proponer candidatos.

Claro está que es el mismo Estado, la misma corporación política la que establece el régimen de autorización de partidos y también los que establecen requisitos cada vez más complejos de cumplimentar. La idea es que los que están juegan y los que no están no deben ingresar, para poder repartir el poder entre los cómplices que forman parte del presente.

Los que gobiernan, de un lado y de otro, manejan las reglas y son los encargados de que nadie las vulnere. Si algún personaje extra sistema les interesa para recolectar votos, lo convocan, pero siempre son ellos los que mantienen el control, desde el partido, el sello legal, la herramienta política.

Ellos especulan con la abulia ciudadana, saben que lo difícil espanta, que lo que parece complejo invita a no dar la batalla, siempre bajo la esperanza de que en el próximo turno electoral, tan próximo en términos relativos surgirá mágicamente alguien que permita aferrarse a la esperanza. Eso no sucederá. La corporación propondrá mediocres, de eso se trata. De un lado y otro solo piensan en repartirse los bienes de la sociedad y administrar su patrimonio económico y moral.

Pero no todo es negativo. La descripción es dura, probablemente muy cercana a la realidad. Solo no hay que engañarse y dar paso a una decisión importante. Es tiempo de establecer si se está realmente dispuesto a jugar con sus reglas, con alto riesgo de ser derrotados bajo la maraña jurídica que ellos conocen mejor que nadie, o aportar lo mejor, desde cada lugar para cambiar la inercia social que nos trajo hasta acá. Es un camino intrincado, esforzado con un horizonte de pocas certezas y probablemente bajas chances de ganar. Pero a la luz de los acontecimientos, tal vez sea bueno analizar concretamente esta exigua posibilidad.

Ellos solo triunfan porque manipulan las reglas, aprovechan la apatía ciudadana y disponen de los recursos del Estado para impedir cualquier reacción cívica electoral.

Conociendo sus fortalezas, asumiendo las debilidades y aceptando lo difícil del desafío, tal vez se deba intentar, siempre sabiendo que ellos no enamoran a muchos más que los que sacan tajada del resultado y que millones de ciudadanos solo optan por ellos por falta de alternativas y no porque se vean liderados por esos personajes o les entusiasmen sus ideas. Allí existe una oportunidad.

Para los que entienden que no vale la pena, tal vez haya que tomar nota que en este sendero, vamos camino a perderlo todo, hoy los recursos económicos, luego la dignidad, y de a poco la libertad. Es el resultado esperable de asumir cada acto comicial con más indiferencia que pasión.

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Como cambió Facebook al mundo árabe

Posted by Teódulo López Meléndez en septiembre 1, 2012

Un impresionante recuento de la primavera árabe

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Negociación en Colombia

Posted by Teódulo López Meléndez en agosto 28, 2012

Audio de Teódulo López Meléndez

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Para Amuay Comisión Internacional de Expertos Independientes

Posted by Teódulo López Meléndez en agosto 27, 2012

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La parábola de la mujer y el vestido (Audio de Teódulo López Meléndez)

Posted by Teódulo López Meléndez en agosto 26, 2012

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La austeridad es una condición

Posted by Teódulo López Meléndez en agosto 25, 2012

 

por Alberto Medina Méndez

En tiempos como estos, de permanente apología del intervencionismo, de políticos que defienden el estado del bienestar, como si se tratara de un dogma, algunos parecen olvidar convenientemente ciertas cuestiones básicas de su supuesta ideología.

Es que la mayoría de los que sostienen estas teorías por las que el Estado se debe ocupar de todo cuanto le sea posible, son los mismos que se benefician con los privilegios que se derivan de la filosofía que dicen patrocinar. Vaya apropiada coincidencia.

Se supone que el Estado hace el intento de detraer la menor cantidad de recursos de los ciudadanos para no quitarles el fruto de su propio esfuerzo. Es por eso es que el Estado debería ser austero. Pero no es la fotografía que vemos todos los días, muy por el contrario. Lo que logramos percibir es el desprecio por esos dineros que al no ser propios, se usan sin desparpajo.

La lista de atropellos para con los contribuyentes abunda y no son exclusividad de partido político o gobernante alguno. Paso siempre, solo que ahora algunos son un poco mas burdos que habitualmente.

Ellos, esos funcionarios y políticos, que toman decisiones fijando sus propios presupuestos, en todos los poderes del Estado, establecen una nómina de prerrogativas que exhiben sin disimulo, como un símbolo del poder.

Vehículos oficiales, que incluyen chofer, combustible y gastos de funcionamiento y reparación, viáticos generosos para viajar y trasladarse, estacionamientos reservados para sus automóviles, teléfonos celulares muy modernos, con consumos ilimitados son parte de ese escenario.

Parte relevante de esas ventajas, está representada por la lista de personal contratado que puede reclutar, sin criterio alguno de selección, más que las que se derivan de las cuestiones partidarias, de utilidad política o de simple relación familiar.

En eso se gasta los dineros de la gente, lo que cada uno obtiene con mucho sacrificio. Cuando se dice que el Estado se queda con algún porcentaje de lo que generan los ciudadanos, cualquiera sea, y se plantea que resulta desmesurado, rápidamente aparecen los defensores acérrimos del sistema, diciendo que con eso se sostiene la salud y educación, se financian obras de infraestructura y se garantiza seguridad y justicia, entre tantas otras cosas.

Simplista e inexacta imagen, por cierto. Nada más alejado de la realidad. Más allá de la evidente ineficiencia en el logro de objetivos de casi cualquier gestión gubernamental, prefieren ignorar dos fenómenos irrefutables y cotidianos en el relato.

Pretenden convencer de que la corrupción no es parte significativa de este presente, y que la austeridad no es un asunto importante.

Después de todo decir lo primero, destacando la importancia del destino que formalmente tienen asignados esos fondos, les viene más que bien, los justifica en sus puestos, ingresos y gestión por un tiempo importante.

Decir lo otro, sería reconocer lo que tienen celosamente escondido, y aceptar que en realidad el sistema que patrocinan es caro, indecente y muchas veces corrupto. No es un argumento que pueda realmente apoyarse sin contratiempos, por eso lo minimizan o niegan.

Pedirle honestidad y austeridad al sistema y a sus protagonistas es un verdadero contrasentido, una absoluta contradicción. Nunca será prudente en los gastos, ni trasparente. No es parte de sus reglas perversas. Por eso nadie que opera en el sector publico muestra cuánto gasta y mucho menos como gasta. Hacerlo implicaría desnudar sus manejos, y tener que desmantelar sus privilegios que tanto disfrutan silenciosamente los más y ampulosamente otros tantos.

Dirán que estas son las reglas del sistema. Lo extraño es como algunos que reniegan de esas situaciones cuando son simples ciudadanos, toleran con tanta complacencia y laxitud, lo que antes era claramente inaceptable.

Sería bueno que nos tomen a los ciudadanos por imbéciles y les sigan faltando el respeto. Que se admita con inexplicable paciencia, que algunos se hagan los distraídos por esa impotencia clásica de las sociedades mansas, no significa que no se perciba y que no moleste e indigne.

La obscenidad de su dispendioso uso de recursos públicos, esos que quitan a los ciudadanos vía impuestos, no los hace respetables. Eso también explica el desprecio ciudadano hacia la política.

Para exigir respeto, se debe hacer algo más que dar grandes discursos, saludar con sombrero ajeno y recitar acerca de la necesidad de que la sociedad revalorice la política.

La gente pretende hechos concretos y no palabras, actitudes visibles y sobre todo admira cierta cuota de coherencia. Mientras sigan humillando a la inteligencia de la sociedad, creyendo que porque se calla no lo piensa, estaremos en este mismo lugar, conducidos por gente que no merece respeto alguno y se gana la sospecha permanente de sus gobernados.

La prudencia en la administración de los fondos, la sobriedad en el despliegue político cotidiano, el perfil bajo como estilo de vida, la frugalidad en el ejercicio del poder, no son una mera opción, sino un requisito para ganarse respetabilidad. En ese intento, para quienes eligieron la tarea de dedicarse a la política, ser honesto es demasiado importante y la austeridad es una condición.

albertomedinamendez@gmail.com

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Una diputada brasileña grita contra la corrupción

Posted by Teódulo López Meléndez en agosto 24, 2012

http://www.youtube.com/watch?v=n8-WBvEfdH8&feature=player_embedded

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