Democracia del siglo XXI

  • Teódulo López Meléndez

    Abogado, diplomático, novelista, ensayista, poeta, editor, columnista de opinión.

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Cobertura de las elecciones francesas

Publicado por Teódulo López Meléndez en abril 22, 2012

Audio de Teódulo López Meléndez: El debate Hollande Sarkozy http://www.ivoox.com/debate-hollande-sarkozy-audios-mp3_rf_1201951_1.html

Audio de Teódulo López Meléndez: Francia La Primera vuelta http://www.ivoox.com/francia-la-primera-vuelta-audios-mp3_rf_1181872_1.html

En la era de la comunicación instantánea no pueden evitarse los resultados adelantados http://www.youtube.com/watch?v=CAeBEzy5GLk

Seguimos la primera vuelta de las elecciones francesas/ Todos los sondéos a boca de urna dan una ligera ventaja para Hollande, contrariamente a los que muchos esperaban: una victoria aplastante./ A esta hora Le Monde señala que la participación está sobre el 80%.

http://www.youtube.com/watch?v=LwIQJM6gdks

http://www.youtube.com/watch?v=KyDoPTzBLX0

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Todo para después

Publicado por Teódulo López Meléndez en abril 22, 2012

 

por Alberto Medina Méndez

 

Buena parte de los políticos contemporáneos parecen hacer gala de su ingenio y habilidad para utilizar arbitrariamente los amplios poderes acumulados en el sector público, con el fin de torcer el rumbo de cada situación que les disgusta sin comprender la dinámica general.

Se han preocupado en hacer un culto del intervencionismo. Esa herramienta les ha permitido posponer los efectos negativos esperables de ese espiral que la secuencia interminable de intromisiones estatales previas, han provocado. Se han perfeccionado en esto de entrar en el juego de interferir cada vez más, y creen haber descubierto la pólvora.

Subyace en esa visión la ingenua idea de creer que pueden tener todo bajo control. Suponen, casi infantilmente, que si logran modificar el curso de los acontecimientos, lo convierten en legítimo y genuino por el solo hecho de que coincide con sus inclinaciones ideológicas.

No entienden, algunos, y prefieren no comprender otros, que las soluciones siempre llegan cuando previamente se descifran las causas que las generan, y no cuando solo atienden a las consecuencias.

Esta clase política ha desarrollado un perverso talento, que consiste en ocuparse de lo superficial, solo de lo que se ve, de lo que aparece como síntoma, de lo que emerge por sobre el resto de lo visible, y rara vez deciden ir hasta el hueso, buscar la explicación correcta, esa que orienta acerca del problema central.

Se ha convertido en un mal hábito, en una pésima costumbre, que cuenta con el aval social, el respaldo ciudadano, que insiste en esto de ver en las consecuencias, el problema, y prefiere hacer la vista gorda ante la necesaria vocación que habría que desplegar para bucear en el fondo del asunto.

En estos tiempos, de tanto abuso de poder, de discrecionalidad evidente y arbitrariedad manifiesta, los gobernantes suponen poder recurrir a cualquier criterio, medida o decisión para evitar que las variables económicas tomen un sentido, que a su singular y opinable juicio, es inadecuado.

Lo único que consiguen cuando aplican estas heterodoxas políticas, de las que se ufanan con frecuencia, como quien hubiera inventado algo novedoso, es complicar las cosas, postergar el problema y favorecer  condiciones que luego, al momento de sincerarse la  situación, sea mucho más difícil de maniobrar, desenredar y encauzar.

Como en todos los campos de la vida humana, ocuparse de la raíz del asunto, es realmente resolver las cosas. Las piruetas, los atajos, engaños y desvíos, o lo que es peor, la negación que ignora la realidad o hace de cuenta que nada ocurre, solo entorpece todo mucho mas, generando  situaciones poco agradables, y al mismo tiempo absolutamente evitables de haberse tomado los recaudos necesarios.

Es probable que en el corto plazo, se pueda disimular el impacto o solo  minimizarlo. Pero no más que eso. Un ilusorio efecto que posterga la cuestión principal. Nada se resuelve seriamente de modo simple, sin esfuerzo e inteligencia. Ya deberíamos haber aprendido esa básica lección.

Algunos todavía creen que pueden neutralizar la existencia de leyes naturales solo por capricho, terquedad o voluntarismo puro. No comprenden que ciertas reglas son inmutables, y que sus fantasías y ocurrencias, solo multiplican los problemas y los transfieren a las generaciones futuras de modo despiadado e irresponsable.

No han entendido la dinámica de la política, y mucho menos de la economía y los mercados. No hay que revisar demasiado el presente para describir los problemas existentes. Tampoco para ver como la política se encarga de NO resolverlos y se empeña en hacer de cuenta que se ocupa de ellos con medidas mágicas que solo pretenden salir del paso, meter el asunto bajo la alfombra para que parezca superado, pero sin realmente enfrentarlo.

Son amantes del corto plazo, les fascina lo que genera impacto inmediato, pero no tiene profundidad ni consistencia. Solo repasando la historia reciente, y retrocediendo imaginariamente algunas décadas, nos daremos cuenta que muchos de los asuntos que preocupaban en esa época, hoy siguen siendo parte de la foto actual, y muchos inclusive han crecido en importancia y complejidad respecto de aquel tiempo. Nadie se ocupo de ellos, como corresponde, con seriedad, buscando sus causas reales para operar sobre ellas. Prefirieron dejar de lado la cuestión.

Además, si las cosas salen mal, muy pronto encontrarán a quien responsabilizar de su fracaso. Siempre tendrán a mano la posibilidad de apelar al fantasma de la conspiración, esa que siempre resulta funcional, para instalar una supuesta confabulación en su contra. Recurrirán a ella cuando sus patéticos proyectos políticos fracasen tal como se viene anunciando.

No está en su agenda reconocer errores conceptuales, mucho menos admitir fallas ideológicas profundas. No es parte de su naturaleza. Su soberbia no les permite la autocritica, ellos se sienten extraordinarios, infalibles, mal podrían aceptar algún desvío en su visión de los hechos. Será más fácil culpar a los “malos”, esos que pululan por ahí, y hasta es posible que consigan que una porción importante de ciudadanos, los mismos que los votaron y acompañaron en cada aventura, crean en esa mirada.

Después de todo es una excelente manera ciudadana de excusarse por ese apoyo incondicional. Lo otro, sería tener demasiada grandeza, y ese es un atributo que claramente no tienen, ni les interesa tener. Hablaría de su integridad, y muy pocos de ellos la tienen como característica.

La historia se repite. La política ha hecho una rutina de estas prácticas nefastas de intervenir, sin resolver, de simular acción, cuando en realidad, solo posterga. Nada nuevo bajo el sol. Solo la compulsión de dejar todo para después.

albertomedinamendez@gmail.com

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EL PERFUME AÑEJO DE JOLY

Publicado por Teódulo López Meléndez en abril 21, 2012

 

Por Rafael Quiñones

Revisamos con detenimiento la historia y a sus cronistas y vemos que el fenómeno no es nuevo y aún así actuamos como si el mismo hubiera llegado ayer a nuestras sociedades occidentales. Si la demagogia y la oclorocracia hundieron la democracia griega de la antigüedad no mucho después de su invención en la ciudad de Pericles, y el caudillismo militar terminó por matar lentamente la república romana, no podíamos esperar que la democracia moderna no tuviese su potencial cáncer casi al nacer en nuestra inestable modernidad. Teóricos y filósofos en ciencias políticas se exprimen las neuronas usando términos como Democracia deliberativa, democracias no liberales, “democraturas” y tal vez la más ajustada, autoritarismos electorales para describir sencillamente la degeneración de la democracia moderna, especialmente en muchas sociedad del tercer mundo (aunque el primer mundo no está inmune a este mal).

Maurice Joly, un anarquista del siglo XIX, a través de un panfleto para atacar el régimen de Luis Napoleón Bonaparte (Napoleón el Pequeño para Victor Hugo) nos ha delgado una obra que nos describe aún a más de 150 años de escrito como una democracia moderna degenera en un despotismo de viejo cuño: Diálogos entre Montesquieu y Maquiavelo en el infierno. Hay que dejar claro que la obra de Joly es una crítica que reseña una copia al carbón del régimen bonapartista, que logró su ascenso en la gerencia del Estado francés a raíz de la Revolución burguesa de 1848.  La descripción de Joly se basa en el recuento municiono de las técnicas de confiscación del poder empleados por Luis Napoleón  Bonaparte a mitad del siglo XIX, para instalar de facto un principado en Francia sin abolir las instituciones liberales nacidas de la Revolución Francesa y el sufragio universal alcanzado a raíz de de 1848 en Francia.

Si la obra de Joly se limitara a sólo el recuento de lo que históricamente se registró como la reconversión de la república de Francia en un sistema despótico de nuevo cuño, no sería en lo más mínimo un tratado de teoría política a ser analizado. Lo sustancial del análisis de Joly es contrastar como un sistema democrático, liberal, representativo y hasta con visos de derecho social puede ser completamente desnaturalizado, a la sombra de las teorías iluministas del siglo XVIII que aseguraban que la existencia de instituciones que regularan efectivamente el poder soberano que se ejerce a través del Estado, garantizando la vacuna contra el despotismo y garantizando la correcta expresión de los deseos de los gobernados.

Su obra nos evidencia ante el terror de quienes creemos que la democracia es el modelo político en el actual estado civilizatorio de la humanidad como el más adecuado para reprimir nuestras pulsiones autoritarias y maximizar nuestras potencialidades humanas por medio de la política. Escrita a mitades del siglo XIX, la obra de Joly deja entredicho que la santidad de la democracia representativa moderna, heredada de las Revoluciones políticas del siglo XVIII y de los procesos de consolidación en los XIX y XX, se basan tanto en la existencia de organismos que regulan el poder del Estado como el hecho que quien ejerce del poder es elegido y revocado por los gobernados. La disección hecha por la obra de Joly es evidenciar que los controles al poder pueden ser evadidos si hay una auténtica voluntad de los representantes del poder político de hacerlo y unas condiciones adecuadas para ejecutarlas. El sufragio puede terminar no garantizando nada, si se le vacía de contenido ante un Estado que no responde a leyes y regulaciones, pudiendo de este modo reorganizar la institución del voto a su capricho y asegurarse así que el mismo se incline exclusivamente a los intereses del gobernante de turno. El sufragio en sí no garantiza el control de los gobernados sobre los gobernantes sino se acompaña de mecanismos ce control y acato a las leyes, de lo contrario siempre se traducirá en una ratificación formal de quien ejerce el poder político.

Joly, fiel a su pensamiento anarquista nos recuerda que la existencia de todo poder de un hombre sobre otro hombre siempre implicará el riesgo de su mal uso. La democracia representativa moderna creó la división de poderes, la legalidad de la Constitución como criterio de acción del Estado, el uso institucionalizado del sufragio para elegir gobernantes e impulsar iniciativas en la agenda pública. La evolución del sistema trató de suministrar mecanismos adicionales para prevenir el despotismo, como son el poder de las asociaciones civiles, la descentralización del poder políticos, los tratados internacionales entorno al uso del poder político y la socialización democrática del ciudadano moderno.

En el Joly de 1864 ya tenemos los puntos con que muchas veces hemos visto que la democracia moderna en el siglo XX y XXI ha degenerado en nuevas formas de dictadura: El sufragio universal como coartada del poder absoluto, la subordinación del poder legislativo al poder ejecutivo, la usurpación de los atributos judiciales por parte de la Presidencia de una República, la anulación de los partidos políticos a favor de las multitudes como formas de representación política, la pérdida de la autonomía de la sociedad civil frente al Estado y la degeneración de la libertad expresión para convertir los medios de comunicación en instrumentos para crear un ciudadano sub-informado en democracia.

Las técnicas de confiscación de poder dentro de las sociedades actuales obligan a que el ejercicio del autoritarismo no puede hacerse de manera abierta, ya que la introducción del pensamiento crítico en las sociedades modernas obligan que al menos se recurra a mantener una apariencia de institucionalidad democrática para no percibir la concentración y uso desmedido del poder. Algunos teóricos políticos señalan las 6 instituciones básicas que Robert Dahl describía como necesarias para que exista una auténtica democracia en la modernidad: elecciones, cargos elegidos por los gobernados, libertad de expresión, medios alternativos, autonomía de las asociaciones y ciudadanía inclusiva. Joly muestra que estas instituciones pueden conservarse en sus aspectos más básicos pero se pueden desnaturalizar los criterios que tiene cumplir para seguir existiendo, garantizando un sistema que en teoría es democrático, pero que  en sólo una mínima parte garantiza un peso de la ciudadanía en la toma de las decisiones. De esta manera democracia no es sólo  un sistema político que tenga entre sus bases el apoyo de los gobernados, sino que haya instituciones sólidas e independientes que garanticen el derecho de los ciudadanos a participar en la vida pública de su sociedad.

Detalles como estos, que la extensión de este ensayo no nos permite profundizar más nos advierten que la degeneración de la democracia moderna no es nueva, inusual en nuestras sociedades contemporáneas y pueden suceder en cualquier momento dentro de este sistema político. Repasar a este anarquista del siglo XIX puede servirnos como vacuna mental ante este fenómeno en la segunda década del siglo XXI.

 

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El ágora encontrada: democracia profunda

Publicado por Teódulo López Meléndez en abril 21, 2012

 

 Por Ángel Américo Fernández

Más allá de las estructuras funcionales y procedimentales de la democracia formal condensada en instituciones, poderes en delicada balanza de contrapesos, elecciones libres, jueces independientes, actos de gobierno bajo escrutinio público y Estado de derecho, el mundo viene presenciando la emergencia de un conjunto de condiciones objetivas en el orden social, tecnológico y comunicativo que hacen posible tensar el pensamiento para explorar formas profundas de democracia que trastoquen de modo definitivo el dilema entre formas  liberales y formas comunales o colectivistas en la construcción de modelos de convivencia política.

El espíritu griego de la antigüedad clásica  cultivó la idea de democracia directa que a veces es invocado de forma interesada para nutrir la plataforma crítica desde la que se intenta torpedear las formas políticas liberales al describirlas como simple “democracia burguesa” o ligada a cierta lectura de la representación como “escamoteo” de las mayorías en beneficio de ciertas élites que serían bajo esta óptica realmente las representadas junto a sus intereses económicos y financieros. Así se ha construido en el imaginario socialista dogmático la idea de política como “gran teatro”, un tinglado montado por la burguesía donde desfilan personajes en medio de discursos y prácticas egoístas en un juego de simulaciones orientado a ocultar el verdadero contenido de la historia ¡verbigracia! la lucha de clases.

En relación a la democracia directa de Grecia clásica es necesario apuntar que su solidez funcional se hallaba en el escaso número de ciudadanos, acaso unos 10.000 en Atenas, que asistían a las deliberaciones de la Asamblea Popular celebradas en el ágora o plaza pública, donde por lo general el  orador más elocuente se llevaba los apoyos y los votos para los más encumbrados cargos públicos. Este dato histórico por si mismo explica las dificultades de monta para establecer en tiempos más recientes un régimen de democracia directa con poblaciones gigantescas de millones de personas, pero la modernidad intentó corregir esa dificultad apelando a la fórmula de la representación. De este modo, se levantaron sistemas de elecciones con base en la voluntad popular mediante el sufragio donde opera la “delegación del poder” en manos de legisladores y ejecutivos que representan al pueblo.

Otra cosa distinta es la idea de “democracias populares” o las expresiones políticas  del imaginario socialista y sus encarnaciones reales o históricas asociadas a organizaciones colectivistas o comunales de trabajadores. Estas estructuras corresponden a una suerte de ingeniería socio-política que amén de presentarse ambiciosamente como crítica y superación de la democracia liberal han devenido aberraciones bonapartistas, contienen la huella de la deriva totalitaria con el formato Comunas-Estado-Partido y, más bien, configuran una regresión histórica con respecto a las formas políticas republicanas. Ello sin contar todo un historial de prácticas sociales que en el último siglo han operado como un cerrojo para el individuo y en el presente su tendencia es el agotamiento y la clausura.

Desde esta perspectiva, no cabe la menor duda de que el sistema político que abreva en las fuentes del liberalismo clásico, si bien no es perfecto, ha resultado en la práctica el más eficaz para resguardar la democracia, los derechos ciudadanos y una concepción del poder que facilita el gobierno en equilibrios. Por tanto, es un antídoto contra el poder absoluto y al propio tiempo crea un andamiaje para procesar las “contradicciones” inherentes a la dinámica del sistema social. Pero además, su carácter abierto, plural y flexible permite un espacio más o menos poroso para luchar por la igualdad de oportunidades en el marco de la Constitución.

En este sentido, uno de los más graves errores del ideario marxista y socialista ha sido precisamente desconocer los avances y el contenido humanista del modelo político liberal. La simplicidad acrítica de equipararlo con modelo burgués o “Estado burgués” o “con gobierno de los ricos”,  le indujo ceguera para leer en limpio un cifrado que ubica al ciudadano al frente de herramientas para lidiar con el poder, con vías para luchar por espacios de igualdad, con instituciones para hacer que el poder justifique sus acciones y sean objeto de escrutinio público como decían Kant y Bobbio. Desde esta perspectiva conviene recuperar la aclaratoria de Fernando Mires a un lector/interlocutor en relación al binomio democracia/justicia social: “Yo creo que hay una confusión, y no sólo es suya. Justicia social y democracia son dos cosas muy diferentes. La democracia es una forma de gobierno y de organización política y esa forma no garantiza de por sí la desaparición de las desigualdades sociales. Lo que sí otorga la democracia son vías para que la lucha por una mayor igualdad sea posible. Esas vías no existen en una dictadura. Y por supuesto, son muy importantes. En democracia usted tiene la posibilidad de elegir su partido para luchar por la igualdad social, y si no hay ninguno, puede fundar uno. Hay en este punto, creo yo, un gran malentendido: El capitalismo es una forma de organización económica. La democracia, en cambio, es una forma de organización política” (1).

Sin embargo, nuevos agenciamientos colectivos de enunciación, la configuración de una sociedad del conocimiento, las nuevas tecnologías comunicacionales, los emergentes  “juegos de lenguaje”, las redes telemáticas desplegadas como “redes sociales” representan un nuevo equipamiento tecnológico e intersubjetivo que permite tensar el pensamiento en las propias fronteras para meter el escalpelo en el modelo liberal, no para suprimirlo, sino para superarlo, para efectuar una suerte de Aufhebung , término del alemán tomado de la filosofía de Federico Hegel que tiene la riqueza expresiva para significar “superar y conservar” al mismo tiempo. De modo, que la forma política liberal tiene que ser superada, pero conservando toda su médula racional y humanista que es mucha y tensada al máximo hasta para que haga puente con los nuevos agenciamientos “informacionales” y la socialidad de redes que se ha configurado como uno de los signos esenciales de la posmodernidad.

Es en este punto donde se hace posible pensar un modelo político de democracia profunda que recupere el espíritu de la polis griega en su carácter dialógico/deliberativo, que conserve la arquitectónica liberal del estado de derecho y la balanza de poderes autónomos junto a los espacios porosos y abiertos con herramientas para la lucha por la igualdad, pero que al propio tiempo constituya un rebasamiento de su forma clásica hacia una configuración posmodernizada que supone insertar en el sistema político un diálogo entre Estado y Sociedad civil, que implique la participación de los actores no meramente representativa ni tampoco funcionalizada por la ficción de un Poder comunal, sino el envite discursivo directo del ciudadano a través de las nuevas tecnologías de la comunicación que hacen posible la configuración de “redes sociales” o la “sociedad red” (Manuel Castells) como condición objetiva para el retorno de la “democracia dialógica” en el espíritu de la antigua polis de Atenas, pero con otras estructuras que dispuestas en intertexto conserven la semilla racional del liberalismo clásico y adopten la socialidad red como aporte singular de la posmodernidad.

Siguiendo el rastro de Hannah Arendt en una obra de sensible agudeza, es posible apreciar su inspiración en la edad de oro griega para hallar una “comunidad de habla” como fundamento de lo político sustentado en la pluralidad, el diálogo y el consenso.  La pluralidad es la verdadera fuente del poder legítimo en cuanto se origina en el diálogo y en los acuerdos para actuar juntos. “La tiranía contradice la esencial condición humana de la pluralidad, el actuar y el hablar juntos, lo cual constituye la condición de todas las formas de organización política…Ser político, vivir en polis, significaba que todo era decidido a través de las palabras y no por la fuerza y la violencia (2).

Arendt visualiza en la crítica del juicio o “facultad de juzgar” de Kant una clavija maestra para fundamentar la política rebasando el solipsismo del sujeto ético con su conciencia en aras de avanzar hacia la categoría de “juicio compartido” como base objetiva para juzgar la problemática humana y la creación de sociedades viables desde el lugar de una “comunidad de habla”.

En efecto, Kant en su abordaje de los juicios estéticos había logrado mostrar el papel jugado por el juicio reflexivo ante una vivencia personal de “gusto” o de “belleza” que se convierte en relevante para el sentido común de la gente que ha compartido la experiencia en cuestión. El juicio reflexivo supone entonces elevar las pretensiones de validez general por parte del sujeto hacia otros, rebasando la subjetividad inicial de su punto de vista en busca de consenso en una comunidad o público. Por tanto, es esencialmente deliberativo. “…He aquí lo que sólo puede servir de medida subjetiva a esta finalidad estética, pero incondicional de las bellas artes, que debe tener la pretensión legítima de agradar a todos. Así como no se puede asignar a esta finalidad ningún principio objetivo, no hay más que una sola cosa posible, y es que tiene por fundamento a priori, un principio subjetivo, y sin embargo universal” (3).

Es la noción de “juicio compartido” ligado a “capacidad de juzgar” la clave que le permite a Arendt extrapolar las implicaciones éticas y políticas por la posibilidad de comunicar los juicios que pone en el tamiz su valor intersubjetivo y, por tanto, sirve para fundamentar la acción humana en términos deliberativos teniendo a la base una comunidad de habla.

En el punto de la razón comunicativa se encuentra la propuesta teórica de Jurgen Habermas de una ética del discurso, capaz de apalancar  la búsqueda cooperativa de la verdad, en virtud de ser una experiencia abierta a “la capacidad de aunar sin coacciones y de generar consenso que tiene un habla argumentativa en que diversos participantes superan la subjetividad inicial de sus diferentes puntos de vista y merced a una comunidad de convicciones racionalmente motivadas se aseguran…de la unidad del mundo objetivo y de la intersubjetividad del contexto en que desarrollan sus vidas”(4). De esta manera se perfila una situación “contrafáctica” de diálogo ideal para salirle al paso a las perlocuciones (Austin) y explicitar los presupuestos formales de una comunicación no habitada por relaciones de poder. Dice Habermas: “Los participantes en la argumentación tienen que presuponer que la estructura de su comunicación…excluye toda otra coacción, ya provenga de fuera de ese proceso de argumentación, ya nazca de ese proceso mismo, que no sea la del mejor argumento. (5).

A estas alturas del debate, es posible disponer de un arsenal teórico muy variado que va desde la idea de diálogo de Atenas, el aporte del iusnaturalismo en materia de derechos del hombre, la arquitectónica del  liberalismo clásico, el uso público de la razón y el “juicio reflexivo” de Kant, la “comunidad de habla” de Hannah Arendt y, finalmente, la densidad de Habermas en términos de la “razón comunicativa” y ética del discurso para pensar en la posibilidad de una democracia profunda que permita recuperar y tensar al máximo su carácter deliberativo, apostar por un retorno del ágora, la posibilidad de lo político jugado en la argumentación. Existe toda una tradición teórica y filosófica que traza una hermenéutica y unos fundamentos, pero además existen las condiciones tecnológicas para tomar distancia neta de aquellos que gustan de las etiquetas y cantan una “utopía comunicacional”. Los avances posmodernos de la informática y la telemática que han configurado la sociedad red constituyen un equipamiento tecnológico e intersubjetivo que sería la base del ágora telemática, la instauración de una democracia profunda, profundamente deliberativa, profundamente libertaria, en la que los ciudadanos participen argumentando en la formulación de políticas públicas y, en el colmo del optimismo, en la formación de normas morales y de derecho. Los ciudadanos en red es la estructura básica de una “comunidad de habla” para la democracia profunda del siglo XXI.

Notas

                                        

  1. Mires, Fernando (2012) “El gran malentendido”, artículo en polisfmires blogspot.
  2. Arendt, Hannah, La condición humana, Buenos Aires, Paidós, 2009, P 47
  3. Kant, Immanuel, Crítica del juicio, p.168  (Internet).
  4. Habermas, Jurgen, Teoría de la acción comunicativa Tomo I, Taurus, Madrid, 1990, P.27
  5. Habermas, Jurgen, Ob. cit p.47

 

 

 

 

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México: El TEPJF garantiza y cumple con los principios de la democracia

Publicado por Teódulo López Meléndez en abril 19, 2012


19 ABRIL 2012

En el Encuentro Nacional de Magistrados Electorales, juzgadores de todo el país firmaron los “Compromisos de los Magistrados Electorales de la República Mexicana, ante los procesos electorales de 2012”

La Sala Superior y las cinco Salas Regionales del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) estamos cumpliendo y garantizando, éticamente, sin reservas, los principios rectores de nuestra democracia en los procesos electorales que ya están en desarrollo, aseguró el magistrado presidente, José Alejandro Luna Ramos.

“Siempre he sostenido que quienes conformamos la magistratura electoral nacional, somos pares con distintas competencias. Somos depositarios de la confianza nacional y por lo tanto tenemos que seguir trabajando para ella”, aseguró durante la inauguración del Encuentro Nacional de Magistrados Electorales 2012, que se celebra en Boca del Río, Veracruz.

Luna Ramos destacó la importancia del evento, a celebrarse este 19 y 20 de abril, el cual tiene el objetivo de analizar y debatir, a partir de una serie de casos relevantes resueltos por autoridades nacionales e internacionales, los principios que deben regir la actividad judicial, pues dijo que este es el mejor momento para reflexionar sobre la “Ética Judicial” que caracteriza al juzgador electoral del Siglo XXI.

“La sociedad mexicana reconoce la aportación que desde los tribunales se hace a la democracia de nuestro país, al proteger los derechos de los individuos. Por ello se vuelven constantemente, con más expectativas, hacia los jueces y su desempeño.

“La percepción que los ciudadanos tienen de la seguridad jurídica, radica en la credibilidad personal y profesional del juzgador, en su probidad, claridad y firmeza al aplicar el Derecho”, apuntó.

El gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, inauguró el Encuentro Nacional de Magistrados Electorales 2012, organizado por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, el Tribunal Electoral del Estado de Veracruz y la Asociación de Tribunales y Salas Electorales de la República Mexicana.

En su intervención el mandatario estatal señaló que vivir en democracia significa compartir la convicción de que la ley será respetada por todos los actores políticos como única forma de garantizar una competencia justa, por lo que quienes tienen la responsabilidad de una encomienda pública, son los primeros que deben cumplir la ley.

Y agregó: “la ley, en los procesos electorales nos obliga esencialmente a mantener las manos fuera”.

Javier Duarte señaló que contar con tribunales electorales confiables es, en última instancia, garantía de armonía social, pues la confianza en la democracia es también la confianza que los ciudadanos otorgan a los juzgadores para hacer valer sus decisiones, expresadas libre y secretamente en las urnas.

“El equilibrado papel del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, constituido en Sala Superior y en sus cinco Salas Regionales, así como el de los tribunales electorales de las entidades federativas, se ha convertido en un eje de credibilidad para nuestra democracia”, afirmó.

Garantizar el respeto al voto de los mexicanos, compromiso de magistrados electorales

En el encuentro se firmó el documento “Compromisos de los Magistrados Electorales de la República Mexicana, ante los procesos electorales de 2012”, en el que más de 110 juzgadores de todo el país se comprometieron a garantizar el respeto al voto de los mexicanos.

El documento destaca la obligación de los magistrados electorales a fortalecer la función jurisdiccional electoral, mediante el estricto apego a los principios de certeza, legalidad, imparcialidad, independencia, objetividad, transparencia, profesionalismo, excelencia e integridad en las decisiones que se adopten.

Además, contribuir a hacer efectivo el derecho a votar y ser votado de todos los ciudadanos y ciudadanas, aplicando una interpretación progresiva de los derechos previstos en la Constitución y en los Tratados Internacionales, y coadyuvar, en el ámbito de sus facultades, a hacer efectiva la competencia justa y equitativa entre los candidatos y partidos políticos participantes en los procesos electorales.

Fomentar la cortesía y respeto entre todos los órganos electorales jurisdiccionales y administrativos, partidos políticos y organizaciones ciudadanas; fortalecer el diálogo entre los diversos órganos del Estado mexicano para garantizar el desarrollo de la función jurisdiccional, y colaborar al buen funcionamiento del conjunto de las instituciones judiciales electorales, aportando responsabilidad, conocimiento y voluntad institucional.

La ética judicial al servicio de México: Azuela

Durante la conferencia magistral, dictada por Mariano Azuela Güitrón, el ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, señaló que hablar de ética judicial es hablar de una serie de virtudes dirigidas a los responsables de la impartición de justicia.

Sobre la importancia del ejercicio de la ética del juzgador y cómo influye en su vida profesional, mencionó que lo básico es una preparación académica de calidad basada en principios y valores. “Las virtudes que todo juez debe aplicar en todos los ámbitos de su vida son, justicia, honestidad, respeto y tolerancia, por mencionar algunos”, apuntó.

Azuela expresó que para garantizar la excelencia de los jueces o magistrados deben tomarse en cuenta cuatro puntos importantes: la preparación jurídica, los valores y las virtudes de carácter ético, la vocación judicial y los principios que la Constitución Mexicana reconoce como características de los jueces.

Señaló que todo aquel que imparta justicia debe estar acompañado por una serie de valores como fortaleza y templanza, y que se debe procurar que los valores éticos estén siempre presentes en la impartición de justicia.

El ministro en retiro Mariano Azuela indicó que la ética y la preparación son las dos principales columnas que deben moldear la conducta del juez impartidor de justicia. “El derecho es dinámico y hay que estar preparándose constantemente, viendo cada asunto como una oportunidad para avanzar”, explicó.

Durante el primer día de actividades, en las mesas de trabajo se abordaron temas relacionados con los principios rectores de la ética judicial, como certeza, legalidad, independencia, objetividad, imparcialidad, profesionalismo y excelencia.

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“Las élites culposas”, de Luis Enrique Alcalá

Publicado por Teódulo López Meléndez en abril 16, 2012

(Extracto del octavo capítulo de Las Élites Culposas, próximo a aparecer en librerías).

El 5 de agosto de 2008, los magistrados alineados con la línea del Ejecutivo Nacional procedieron a mutilar la Carta Magna, cuando su función y prerrogativa es la de asegurar la constitucionalidad de leyes y actos del Poder Público. Estos magistrados eran en ese momento Luisa Estella Morales Lamuño, Presidente del Tribunal y de la Sala, Marcos Tulio Dugarte Padrón, Francisco Antonio Carrasquero López, Carmen Zuleta de Merchán y Arcadio de Jesús Delgado Rosales, el ponente de la bestial decisión 1.265. Pedro Rondón Haaz no se prestó a la carnicería y consignó un noble voto salvado.

Clodosbaldo Russián, entonces Contralor General de la República, había procedido a inhabilitar a Enrique Mendoza, Leopoldo López Mendoza y 270 ciudadanos más, impidiéndoles la postulación a cargos electivos. Una primera ronda defensiva concitó a varios voceros, quienes adujeron que no se había configurado lo que estipulaba el Artículo 65 de la Constitución.

De todas formas, la defensa basada en el Artículo 65 de la Constitución era débil, puesto que su redacción no era exhaustiva ni taxativa. Es decir, el Art. 65 indica que quienes hayan sido condenados—sólo un juez puede condenar, y el Contralor no lo es—por los delitos que especifica no pueden postularse a cargos de elección popular, pero no significa que otras causales no puedan conducir a la misma inhabilitación. En otras palabras, no dice el artículo que solamente aquellos que hayan sido condenados por esa clase de delitos estarán impedidos de postularse.

Por esta razón aduje el 3 de julio que el Artículo definitivo era el 42 de la Constitución, que establece con carácter taxativo y meridiana claridad: “Quien pierda o renuncie a la nacionalidad pierde la ciudadanía.El ejercicio de la ciudadanía o de alguno de los derechos políticos sólo puede ser suspendido por sentencia judicial firme en los casos que determine la ley”. No imaginé nunca que Morales Lamuño, Dugarte Padrón, Carrasquero López y Zuleta de Merchán aprobarían la retorcida argumentación de Delgado Rosales, quien concluyó que la protección de los derechos políticos garantizada por el Artículo 42 ¡sólo amparaba a los venezolanos por naturalización!

La aberrante conclusión—que los venezolanos por naturalización disfrutarían de protecciones que estarían negadas a los venezolanos por nacimiento—fue sostenida sobre la redacción más resbalosa y falaz que puede ser imaginada, y fue acogida por todos menos uno de los magistrados de la Sala Constitucional. La Constitución había sido amputada, cercenada, en atroz decisión del 5 de agosto de 2008.

luis enrique ALCALÁ

 

(Extracto del tercer capítulo de Las Élites Culposas, próximo a aparecer en librerías)

Y es que los arrolladores triunfos del chavismo—elecciones regionales del 8 de noviembre de 1998, elecciones presidenciales del 6 de diciembre, referendo consultivo del 25 de abril de 1999—habían sumido a lo que hasta hace nada gobernaba al país y ahora era muy minoritaria oposición, en una catatonia determinada por la conciencia de culpa y la vergüenza. Hasta fines de 2001 no se levantarían con alguna eficacia las antiguamente poderosas voces de los partidos tradicionales, que en la elección presidencial de 1998 habían obtenido, Acción Democrática, 591.362 votos y, COPEI, 140.792 contra 3.673.685 sufragios a favor de Chávez. Tanto fue el encogimiento catatónico que la mayoría de los candidatos de oposición a la [Constituyente por la] circunscripción nacional, veintinueve en total, se presentó en postulaciones de la “sociedad civil” o por iniciativa propia. Así, por ejemplo, como candidato por iniciativa propia, se postuló ¡Henry Ramos Allup en el estado Apure! Los neo-opositores procuraban evitar, patéticamente, que se les identificara con Acción Democrática o COPEI, pero su disfraz de independientes no engañó a nadie. Luis Herrera Campíns creyó oportuno recomendar: “Compren alpargatas, que lo que viene es joropo”.

Por supuesto, la pregunta fundamental del referendo del 25 de abril había sido la primera: “¿Convoca usted una Asamblea Nacional Constituyente con el propósito de transformar el Estado y crear un nuevo ordenamiento jurídico que permita el funcionamiento de una Democracia Social y Participativa?”

La interpretación interesada del gobierno era que la asamblea tenía prerrogativas de poder constituyente originario y que, por consiguiente, gozaba de poderes absolutos. De nuevo, la vergüenza de los partidos tradicionales hizo que esencialmente callaran ante esta monstruosidad. La Asamblea Constituyente tenía por única misión redactar el proyecto de una constitución nueva, que no entraría en vigencia hasta que el verdadero Poder Constituyente Originario la aprobara en referendo. Cualquier otra cosa era un retroceso en el reconocimiento de los derechos del pueblo, como había advertido en Contratesis: “Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros la aprobemos en referéndum”.

Así, lo que era originario no era la asamblea sino el Pueblo, pero a ninguna voz de oposición se le ocurrió hablar así; cogidos por primera vez en el cepo terminológico de la retórica chavista, los opositores burocráticos pensaron que sólo podrían oponer la tesis de que la constituyente no era originaria sinoderivada, lo que sonaría mal en un mitin de campaña en cualquier barrio y creyeron, con fundamento, que si lo hacían recibirían pedradas.

Esta abdicación permitió que la Asamblea Constituyente gobernara por decretos que alteraron la “especificación arquitectónica del Estado” contenida en una constitución que aún regía, incluyendo la decapitación del Congreso de la República, al cercenarse la cabeza del Senado en lo que llegaría a llamarse la “Pre-eliminación del Senado”—cuerpo que había sido elegido directamente por los ciudadanos de Venezuela apenas finalizando el año anterior—, antes de que la nueva Constitución entrara en vigencia. Los partidos de oposición continuaron sumidos en el silencio—Henrique Capriles Radonski siguió despachando como Presidente de la Cámara de Diputados como si la cosa no fuera con él—y una escarmentada Corte Suprema de Justicia tampoco opuso resistencia. Sabía que sus días estaban contados.

luis enrique ALCALÁ

(Comienzo del primer capítulo de Las Élites Culposas, próximo a aparecer en librerías).

Por la ventana de mi cuarto escuchaba las detonaciones del asalto a la residencia presidencial de La Casona, a la una de la madrugada del 4 de febrero de 1992. Una desazón irresoluble me había atrapado, aumentada porque había buscado evitar, sin éxito, lo que ahora se desarrollaba sin clemencia. Varios venezolanos morirían abaleados o bombardeados y no se tenía seguridad acerca del desenlace. En esos momentos era todavía posible que el sistema democrático fallara y fuera interrumpido, que los golpistas desconocidos triunfaran y asumieran el poder en Venezuela.

Siete meses y catorce días atrás, el 21 de julio de 1991, El Diario de Caracas había publicado un artículo mío—Salida de estadista—, en el que recomendaba la renuncia del presidente Pérez como modo de eludir, justamente, lo que estaba ocurriendo a pocas centenas de metros de mi casa. Allí puse: “El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal”.

Saludado como exageración—el Director del periódico, Diego Bautista Urbaneja, escribió tres días después sobre mi planteamiento: “No creo que exista un peligro serio de golpe de Estado…”—, el expediente de la renuncia sería luego propuesto por nada menos que Rafael Caldera, Arturo Úslar Pietri y Miguel Ángel Burelli Rivas, después de la intentona del 4 de febrero. Yo la había recomendado antes del abuso. Herminio Fuenmayor, el Director de la Inteligencia Militar, declaró que había en marcha unacampaña—¡el íngrimo artículo!—para lograr la renuncia de Pérez. El general Alberto Müller Rojas, luego jefe de campaña de Hugo Chávez Frías, escribió en El Diario de Caracas sobre la ingenuidad de mi proposición. Al año siguiente, y luego de la intentona, volvió a escribir en adulación a Úslar Pietri, señalándolo como “el primero” que había solicitado la renuncia de Pérez. La verdad era que un mes escaso antes del golpe Úslar proponía que Pérez se pusiera al frente de ¡un gobierno de emergencia nacional! El interés oportunista de Müller Rojas era obvio: habiendo gravitado antes por los predios de aquel “Frente Patriótico” que lideraba Juan Liscano, quería ahora ser contado entre “Los Notables” que rodeaban a Úslar Pietri.

Pero antes, todavía, alerté sobre el peligro de un golpe de Estado. En Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela (septiembre de 1987), había escrito: “…el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991*, o aun antes, sería considerable”.

___________________________

* La asonada de Chávez, Arias Cárdenas et al., se supo luego, estuvo prevista para fines del año de 1991. Debía darse para el 16 de diciembre de ese año, con la pretensión de amanecer en el poder en el aniversario de la muerte de Simón Bolívar.

luis enrique ALCALÁ

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Abortar la muerte: la vida en el CTI

Publicado por Teódulo López Meléndez en abril 11, 2012

por Ricardo Viscardi

El vínculo entre los asesinatos en serie supuestamente seriales en hospitales públicos o privados[1] y las muertes por abortos en condiciones no hospitalarias, ni públicas ni privadas[2], no puede ser sino metafórico. Eso es lo que tiene de interesante. La metáfora se mueve porque sí, porque si no, nada la movería entre cosas que obviamente no tienen nada que ver, ya que si tuvieran que ver a priori con el vínculo metafórico, se trataría de un sentido propio ya consolidado, que como sostuvo Derrida[3], no es posible sino a raíz de una metaforización previa (a no ser que supongamos una condición teológica de la metáfora, lo que asimismo la extingue en tanto naturalidad de una transferencia de sentido, en razón del absoluto que supone la creación por el Verbo).

Imputada de Verba, es decir por verborrágica, la metáfora es sin embargo lo que nos deja pensar tranquilos, ya que si no llegáramos a colocarnos detrás de algún vínculo más o menos fortuito estaríamos encargados de todo lo demás como le sucede, con efectos tan devastadores desde el punto de vista del prestigio personal, al Verbo y a su sufrido Vicario en la Tierra (a no confundir con el planeta que gira en torno al sol, sino con el planeta instalado tras un único giro de Creación).

Si alguien versado en la obra de Derrida le reprochara a lo que acaba de ser dicho que el decir del propio Derrida respecto a la metáfora la elimina, a partir de “La retirada de la metáfora”, habría quizás que valerse para entenderse metafóricamente de la metáfora de la re-tirada, que en francés surge del mero juego de palabras ametafórico entre “trait” (trazo) y “trait” (dardo) cuando se disparan por igual detrás de un “Re-“. La retirada de la metáfora es re-tirada en el sentido de Mallarmé (“un coup de dés jamais n’abolirá l’hasard”), ya traicionada si traducimos “coup” por “tirada”, ante el sentido metafórico que en francés adquiere “coup”, en cuanto se distancia de “lancement”, en el sentido instantáneo que introduce “coup” del momento en el tiempo. Por consiguiente, la metaforización que urge en francés no se presenta con la misma premura en el español, que admite, aunque con un aire un poco literal de más, “tirada” por “coup”.

Por consiguiente la “retirada de la metáfora” quiere decir que la metáfora está librada a la libertad más irrestricta, que es tanto como decir a la irresponsabilidad, irresponsabilidad que la vincula simple y puramente al vínculo, metafórico si se quiere o no, según tal vínculo se mueva en español (entre “tirada” y “dados”) o en francés (entre “lancement” y “dés”) siendo que en este último caso se impone metaforizar para no trivializar el sentido. Si es así, el sentido escapa a cualquier régimen estricto, es decir, trasciende a cualquier régimen y vincularlo a algo en particular (por ejemplo a “vida”), es cuestión de menú contextual (el del restorán instalado frente a la actual Place de la Concorde durante el Terror incluía, junto a los platos del día, la nómina de cabezas que caerían espectacularmente frente a los comensales por separación del cuerpo guillotinado).

Ante el horror que despierta tal irresponsabilidad asesina de la correspondencia (es decir, de la co-responsabilidad) cabe recordar -para no volver a dar esa manida discusión ganada de antemano contra Huttington acerca de “la guerra de civilizaciones” o con los epistemólogos acerca del “relativismo antropológico”- la “Encicopledia China” de Foucault a partir de Borges[4]. Si no podemos clasificar de una vez y para siempre sin borrar del mapa alguna enciclopedia o territorio humano (aunque “humano” en este sentido encierra ante todo una metaforización humanística), más vale que renunciemos a saber lo que es una “metáfora” en el sentido en que marcaría un sentido de la transferencia de sentido. Si alguien creyera que lo anterior es un juego de palabras, no sostendría sino que somos juguetes que usan las palabras, en el sentido en que Derrida dice que la metáfora se ha retirado (o re-tirado)[5], de manera que estaríamos en un juego que abandona el vehículo, tanto porque no lo necesita, como el cambio climático que afecta al globo vehiculizado por todas partes, como en el sentido del vehículo que abandonamos en medio de la autoruta (y) en medio de un embotellamiento vehicular: el vehículo ya no vehiculiza una vez superado por el sentido climático o por el sentido de su inmovilidad vehicular.

La ultrametaforización quiere decir que hemos hecho del sentido el absoluto y así nos va por todas partes. Tanto cuando le quitamos sentido a la vida de los demás como cuando la vida de los demás le quita sentido a la nuestra. Hemos abortado la muerte, que sin embargo llega por sus propios fueros o por sus ajenos desafueros: la muerte es la única llegada que no se vale de ningún vehículo propio (si se valiera de tal valor tendría sentido de partida). Quizás a eso se refería Derrida al hablar de la retirada de la metáfora, pero sin duda, la “liberación” de la metáfora respecto a cualquier vehículo convierte a la vida en la metáfora de la muerte y viceversa, porque el sentido abandona todo trayecto posible (el trayecto supone una trayectoria y por lo tanto una pro-yección sub-yectiva, es decir subjetiva, condición a su vez de toda posibilidad de algo posible). Sin más trayecto no hay más subjetividad y por lo tanto no hay más orden “propio” a oponer a un orden “figurado”, tal como decíamos al inicio de este texto que lo sostuvo (en su momento contra Ricoeur) Derrida[6].

Los enfermeros matando para dar sentido a la vida o la esposa de un expresidente salvando fetos para dar sentido a la muerte obedecen al mismo designio imposible: que el sentido tenga un sentido propio o figurado, pero pro-yectable al fin y al cabo. Luego, como tal cosa se da de bruces por igual contra la “Enciclopedia China” y contra “Ciencia y Tecnología” (sobre todo si tenemos en cuenta la concomitancia entre la polución industrial y el estado del comunismo en China), es necesario abortar la muerte para sostener ante todo el sentido de la vida, que retirada-re-tirada de la muerte, vuelve por sus fueros matando a quienes gozan de salud dudosa y matando la duda acerca del goce de la salud.

El sentido perenne de la vida nos lleva derecho, por el desfiladero del sentido, a la muerte del sentido propio, figurado o ajeno, tríada que lleva al sentido más allá del sí mismo y lo convierte en un dardo mortífero. Este dardo es propiamente la invención del giro lingüístico, en la versión que se quiera: absolutizar la libertad de decidir por el sentido lleva a matar el sentido de decidir, de manera que de nada vale ahora una nostalgia espiritualista, que como demostró Canguilehm, anima (en el sentido de “alma”) la noción de “vida” cuando se la entiende como efecto de una reciprocidad absoluta entre el cuerpo y su organicidad propia, es decir, por la vía de subsumir el órganon aristótelico en la “madre naturaleza” cristiana (vía Leibniz)[7].

Si no sabemos lo que es “vida” porque no sabemos lo que es “orgánico”, sabemos al menos que no tiene sentido buscarle a “vida” una metaforización como la que acostumbran los políticos (y sobre todo los de filia bolchevique, que hablan de la “vida” como de lo que lauda). Eso no quiere decir que no sepamos lo que es mantenernos en vida, pero tal logro pasa a ser un asunto del sentido propio de cada uno (y no del sentido propio de un término universal) así como del tránsito en el que circulemos con otros sentidos propios y ajenos (propios a ajenos). Más vale saber que por ahí andan enfermeros enfermos de un virus de vida-muerte o viceversa y que ex/primeras damas devotas quieren seguir cuidándonos en salud[8]. Incluso conviene tener en cuenta que tales cuidados de otros (desbordando la “subjetivación” del “cuidado de sí” foucaldiano) también pueden ser intensivamente intensos, como los que prodigaban los enfermeros enfermos del CTI ¿Centro de Tratamientos Intensivos o Centro de Tratamientos Intensos?

[1] “Oiga, doctor” Montevideo Portal (21/03/12) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_163326_1.html

 

[2] “MSP tomó “medidas urgentes” tras detectar muertes por abortos” El Observador (26/03/12)

 

http://www.elobservador.com.uy/noticia/221186/msp-tomo-medidas-urgentes-tras-detectar-muertes-por-abortos/

 

[3] Derrida, J. (1972) Marges, Minuit, Paris, pp-299-300.

 

[4] Pasaje inicial de “Las palabras y las cosas”: Foucault, M. (1966) Les mots et les choses, Gallimard, Paris, p. 7.

 

[5] Derrida, J. “La retirada de la metáfora” Escuela de Filosofía Universidad ARCIS (acceso el 1/04/12)

 

http://www.ddooss.org/articulos/textos/derrida_metafora.pdf

 

[6] En el artículo de “Marges” citado supra: “La mythologie blanche”.

 

[7] Canguilehm, G. (1981) Idéologie et Rationnalité, Vrin, Paris, p. 124. Canguilhem, G. (trad.esp.) (2005) Ideología y Racionalidad en la historia de las ciencias de la vida, Amorrortu, Buenos Aires.

 

[8] “La vidad y todo lo demás” Montevideo Portal (27/03/12) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_163777_1.html

 

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Economía de “baba rosa”

Publicado por Teódulo López Meléndez en abril 9, 2012

 

Por Paul Krugman
Premio Nobel de Economía en 2008, es profesor de la Universidad de Princeton y columnista de The New York Times.

 

El gran acontecimiento negativo de las últimas semanas ha sido, cómo no, la vista del Tribunal Supremo sobre la reforma sanitaria. En el transcurso de esa vista quedó claro que varios de los jueces, y posiblemente la mayoría de ellos, son criaturas políticas puras y simples, dispuestas a aceptar cualquier argumento, por absurdo que sea, que redunde en beneficio del equipo republicano.

 

Pero no debemos permitir que los acontecimientos del tribunal eclipsen por completo otro espectáculo casi igual de inquietante. Porque el jueves día 29 de marzo, los republicanos de la Cámara de Representantes aprobaron lo que seguramente es el presupuesto más fraudulento de la historia de Estados Unidos.

Y cuando digo fraudulento quiero decir exactamente eso. El problema del presupuesto ideado por Paul Ryan, el presidente del Comité Presupuestario de la Cámara, no es solo sus casi inconcebiblemente crueles prioridades, el modo en que rebaja espectacularmente los impuestos de las corporaciones y los ricos a la vez que recorta drásticamente las ayudas alimentarias y médicas a los necesitados. Incluso dejando a un lado todo eso, el presupuesto de Ryan pretende reducir el déficit, pero la supuesta reducción del déficit depende de la afirmación completamente carente de base de que cerrando las lagunas fiscales se pueden encontrar billones de dólares en ingresos.

Y estamos hablando de cerrar muchas lagunas. Como señala Howard Gleckman, del independiente Centro de Política Tributaria, para que le salgan las cuentas, Ryan tendría que cerrar, antes de 2022, las lagunas suficientes para recaudar 700.000 millones de dólares adicionales de ingresos cada año. Eso es mucho dinero, incluso en una economía tan grande como la nuestra. Así que, ¿qué fisuras concretas ha dicho Ryan, quien ha publicado un manifiesto de 98 páginas en defensa de su presupuesto, que piensa cerrar?

Ninguna. Ni una sola. No obstante, ha descartado categóricamente cualquier medida encaminada a cerrar la principal laguna fiscal que beneficia a los ricos, es decir, los impuestos exageradamente bajos sobre los ingresos procedentes del capital. (Esa es la laguna que permite que Mitt Romney pague solamente un 14% de sus ingresos en impuestos, un tipo impositivo más bajo que el que soportan muchas familias de clase media).

Entonces, ¿cómo debemos interpretar esta propuesta? Gleckman la califica de “presupuesto de carne misteriosa”, pero está siendo injusto con la carne misteriosa. La verdad es que el relleno que los fabricantes de comida modernos añaden a sus productos puede ser repugnante —imagínense una baba rosa—, pero tiene un valor nutricional, a pesar de todo. Las promesas huecas de Ryan, no. En vez de eso, deberían pensar en esas promesas como en una especie de vuelta al siglo XIX, cuando las corporaciones no reguladas engordaban el pan con yeso y aromatizaban la cerveza con ácido sulfúrico.

Si lo piensan, esa es precisamente la época política a la que Ryan y sus compañeros intentan devolvernos.

Así que el presupuesto de Ryan es un fraude; Ryan habla mucho de los males de la deuda y los déficits, pero, en realidad, su plan haría aumentar el déficit aun cuando causase un dolor enorme en nombre de la reducción del déficit. ¿Pero realmente su presupuesto es el más fraudulento de la historia de Estados Unidos? Sí que lo es.

Claro está que hemos tenido presupuestos irresponsables o engañosos en el pasado. Los presupuestos de Ronald Reagan confiaban en el vudú, en la afirmación de que rebajarles los impuestos a los ricos conduciría de algún modo a una explosión de crecimiento económico. A los funcionarios encargados de los presupuestos de George W. Bush les gustaba usar un cebo engañoso, quitarle importancia al coste de las rebajas de impuestos, fingiendo que solo eran temporales, y luego exigir que se hicieran permanentes. ¿Pero hay algún personaje político importante que haya basado alguna vez toda su plataforma fiscal no solo en previsiones de gasto absolutamente inverosímiles, sino en afirmaciones de que tiene un plan secreto para recaudar billones de dólares en ingresos, un plan que se niega a compartir con los ciudadanos?

¿Qué está sucediendo aquí? La respuesta, presumiblemente, es que esto es lo que pasa cuando los extremistas obtienen el control absoluto de la retórica de un partido: se tiran todas las normas por la ventana. De hecho, la extrema derecha tiene agarrado con tanta fuerza al Partido Republicano, que este se mantiene fiel a Ryan, a pesar de que está pagando un precio político importante por sus ataques contra Medicare.

Ahora bien, el presupuesto republicano de la Cámara no va a convertirse en ley mientras el presidente Obama ocupe la Casa Blanca. Pero ha sido respaldado por Romney. E incluso, si Obama es reelegido, el fraude de este presupuesto tiene consecuencias importantes para las futuras negociaciones políticas.

Tengan en cuenta que el Gobierno de Obama se pasó gran parte de 2011 tratando de negociar el llamado Gran Acuerdo con los republicanos, un plan bipartidista para reducir el déficit a largo plazo. Esas negociaciones terminaron fracasando, y ha surgido un sector secundario periodístico a medida que los informadores tratan de dilucidar cómo se ha producido el fracaso y quién ha sido el responsable.

Pero lo que hemos aprendido del último presupuesto republicano es que toda aquella búsqueda del Gran Acuerdo fue un desperdicio de tiempo y de capital político. Porque un pacto presupuestario duradero solo puede funcionar si se puede contar con que ambos partidos sean responsables y honestos; y los republicanos de la Cámara acaban de demostrar, tan claramente como cualquiera podría desear, que no son ni lo uno ni lo otro.

PAUL KRUGMAN |@NYTimeskrugman

© 2012 The New York Times |Traducción: News Clips |@ElPoliticoWeb

 

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Diagnóstico incorrecto y participes necesarios

Publicado por Teódulo López Meléndez en abril 8, 2012


Por Alberto Medina Méndez

Nadie duda de que uno de los flagelos más dramáticos que golpea el presente es la corrupción. Una serie de lugares comunes, de frases hechas, bastardean el tema y pretenden mitigar su importancia, convertirse en mero consuelo, y atenuar el impacto de esta epidemia en la realidad.

Algunos asumen que se trata de un hecho que sucede en todas las sociedades. Otros creen encontrar cierta tranquilidad diciendo que existe no solo en el ámbito público, sino también en el privado. Los más se contentan diciendo que siempre existió, y que su presencia en el futuro es inevitable.

Lo concreto y contundente es que esa relajada postura, no hace más que naturalizar lo inadmisible, y lo que es más grave, subestimar el asunto, hacerlo cotidiano y por ello asumirlo con absoluta resignación.

Cuando de detraer recursos de una sociedad se trata, vía impuestos, emisión o endeudamiento, para financiar las acciones del Estado, la cosa se agrava aún más. Significa que hemos quitado por la fuerza recursos de sus dueños originales, los que han generado esa riqueza, y lo hemos hecho, como sociedad, coercitivamente, sin que medie voluntad individual alguna.

Una vez que esos recursos obtenidos por violentos métodos ingresan al sector público, a los presupuestos estatales, empiezan a formar parte del patético repertorio de trampas, inmoralidades y discrecionalidades por las que un funcionario, casi de cualquier rango, dispone según su jerarquía y con bastante displicencia de esos dineros a su arbitrio.

Deberá cumplir múltiples formalidades que intentarán acotar su margen de maniobra, pero nada de eso evitará que seleccione a su capricho, proveedores y decida qué precios le hará pagar a la comunidad. Es el universo de los sobreprecios, esos que se pagan sobre el valor de mercado, para iniciar el perverso circulo vicioso de esquilmar las arcas públicas.

Los participantes de ese proceso, contratantes y contratados, empezarán a jugar este juego, que ira escalando hasta niveles insospechados, sin que nadie considere que debe ponerle límites.

Mientras, nos seguiremos conformando al asumir que la corrupción nos atraviesa como comunidad, que todos son iguales y que ese es el sistema, como una forma de convivir con esta inmoralidad, del mejor modo posible.

Pero subyacen aquí  un par de fenómenos que valen la pena ser descriptos. Por un lado un diagnóstico equivocado que se repite hasta el cansancio, bajo la pretensión de convertirlo en verdad, solo a fuerza de reiteraciones. La inmensa mayoría de los ciudadanos creen que se trata de una cuestión de índole exclusivamente moral, es decir que todo depende de la honestidad del funcionario de turno. En definitiva terminamos creyendo que todo pasa por seleccionar funcionarios honestos, íntegros, incorruptibles, que no caigan baja las redes de este mal hábito que convive con nosotros.

Esta explicación, algo infantil, oculta el problema de fondo. No se trata de la falsa opción entre personas honestas o simples delincuentes comunes. Se trata de sistemas diseñados para posibilitar la corrupción. Cuando un funcionario, cualquiera que sea, puede disponer de fondos públicos, es el sistema el que lo habilita y no su moralidad. La corrupción es una cuestión estructural, no es que dependa del humor de sus interlocutores circunstanciales. Seguir apostando a que el próximo funcionario sea más honesto, es desconocer la naturaleza del problema.

Solo aquel que persigue el lucro, el que trata de maximizar la ecuación económica, busca por su propio interés, contratar barato y bueno. No lo hace por una cuestión moral, sino por su propia conveniencia, y es eso lo que lo hace eficiente, austero y sensato. Y no es que sea mejor persona, ni sus cualidades y valores individuales lo hagan diferente. Cuando el que contrata lo hace con recursos ajenos, en este caso de todos los contribuyentes, y no tiene incentivo alguno para ahorrar, simplemente actúa en consecuencia, en función de esos impulsos que lo alientan.

Muy por el contrario, los estímulos lo incentivarán a “hacer caja”, porque para financiar su actividad política precisa recursos, esos que  no tiene porque los mas hacen de la acción política una profesión y no provienen de situaciones de riqueza personal o cierta holgura económica. Y la caja que se tiene a mano es la pública, la estatal, esa que es de todos, pero al mismo tiempo de nadie. La tentación es enorme, y el sistema lo permite, hasta de un modo que bajo ciertas reglas, goza de una legalidad que impide problemas futuros.

Por otro lado, una caterva de personas, están prestas a ser funcionales a la corrupción, mirando para otro lado, haciéndose los distraídos y acompañando pasivamente esta dinámica. Gente de todos los niveles termina siendo parte de este fenómeno, funcionarios, empleados, responsables de controlar, superiores, hombres de la política, y hasta ciudadanos de a pie, victimas directas e indirectas de estos abusos. Casi sin querer, con alguna cuota importante de comodidad y cobardía, una inmensa cantidad de individuos, que se autodefinirían como honestas, terminan avalando el accionar delictivo de los corruptos de siempre.

Muchos inclusive, que habiendo ingresado a la acción política, lo hicieron desde meritorios lugares ganados a fuerza de atributos más que elogiables, terminaron cayendo en la trampa que el sistema les propuso y aceptando esta modalidad casi como parte del paisaje.

Las chances de revertir la historia son mínimas. Una sociedad que sigue sin comprender como funciona la corrupción, cuáles son sus verdaderas causas, y que encima aporta una innumerable lista de cómplices a esta trágica calamidad, tiene bajísimas posibilidades de cambiar el rumbo. Porque queda claro que la corrupción presente solo resulta posible, de la mano de un diagnóstico incorrecto y de participes necesarios.

albertomedinamendez@gmail.com

skype: amedinamendez

www.albertomedinamendez.com

54 – 0379 – 154602694

 

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Nuevo e-book de Teódulo López Meléndez

Publicado por Teódulo López Meléndez en abril 7, 2012

http://t.co/hwYYMVs “Hombre, sociedad, política y entorno”. Con prólogo de Fernando Mires

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¿Por qué fracasan las naciones?

Publicado por Teódulo López Meléndez en abril 4, 2012

Por Thomas Friedman
Es un periodista y escritor estadounidense, tres veces ganador del Premio Pulitzer. Columnista del periódico The New York Times, en el que comenzó a trabajar como reportero en 1981, tras haber estudiado en El Cairo, Oxford, Boston y Beirut. Sus libros tratan temas tan diversos como la globalización (La tierra es plana), la situación política en Medio Oriente (From Beirut to Jerusalem), pasando por los atentados del 11 de septiembre (Longitudes and Attitudes).Su sitio web http://www.thomaslfriedman.co

 

Estoy leyendo el nuevo y fascinante libro Why Nations Fail (¿Por qué fracasan las naciones?). Entre más se lee, más se aprecia lo inútil de nuestra misión en Afganistán y cuánto necesitamos modernizar absolutamente toda nuestra estrategia de ayuda extranjera. Sin embargo, lo más intrigante son las advertencias que los autores dan tanto sobre Estados Unidos como sobre China.

Coescrito por el economista del MIT, Daron Acemoglu y el politólogo de Harvard, James A. Robinson, Why Nations Fail argumenta que el diferenciador clave entre los países son “las instituciones”.

Los países prosperan cuando desarrollan instituciones políticas y económicas “incluyentes”, y fracasan cuando esas instituciones se vuelven “extractivas”, y concentran el poder y las oportunidades en manos de solo unos cuantos.

“Las instituciones económicas inclusivas que hacen valer los derechos de propiedad, crean una cancha uniforme, y alientan las inversiones en tecnologías nuevas y las habilidades, son más propicias para el crecimiento económico que las instituciones económicas extractivas que están estructuradas para extraer los recursos de los muchos para los pocos”, escriben.

“A su vez, las instituciones políticas incluyentes apoyan a las instituciones económicas incluyentes y estas apoyan a aquellas”, mismas que “distribuyen el poder político ampliamente en forma plural y pueden lograr cierta cantidad de centralización política para poder establecer el imperio de la ley, los cimientos de derechos de la propiedad seguros y una economía de mercado incluyente”. A la inversa, las instituciones políticas extractivas que concentran el poder en manos de unos cuantos refuerzan a las instituciones económicas extractivas para controlar el poder.

Acemoglu explica en una entrevista que el punto central es que los países prosperan cuando construyen instituciones políticas y económicas que “desatan”, empoderan y protegen el potencial completo de cada ciudadano para innovar, invertir y desarrollar. Si se compara lo bien que le ha ido a Europa del Este desde la caída del comunismo en estados postsoviéticos, como Georgia o Uzbekistán, o Israel en contraposición con los estados árabes, o Curdistán vs. el resto de Irak. Todo está en las instituciones.

La lección de historia, argumentan los autores, es que no puede estar bien la economía si no está bien la política, razón por la cual no aceptan la noción de que China encontró la fórmula mágica para combinar el control político y el crecimiento económico.

“Nuestro análisis”, dice Acemoglu, “es que China experimenta un crecimiento con instituciones extractivas –bajo el control autoritario del Partido Comunista–, que ha podido monopolizar el poder y movilizar recursos a una escala en la que pudo haber un estallido de crecimiento económico, empezando de una base muy baja”, pero no es sostenible porque no fomenta el grado de “destrucción creativa” que es tan vital para la innovación y los ingresos más elevados.

“El crecimiento económico sostenible requiere innovación”, escriben los autores, “y no se pueden desacoplar la innovación y la destrucción creativa, la cual remplaza a lo viejo con lo nuevo en el reino económico, y también desestabiliza las relaciones de poder establecidas en la política”.

“A menos que China haga la transición a una economía basada en la destrucción creativa, no durará su crecimiento”, argumenta Acemoglu. Sin embargo, ¿se pueden imaginar a un desertor universitario de 20 años en China, a quien se le permita iniciar una compañía que sea un desafío para todo un sector de compañías paraestatales chinas fundadas por bancos paraestatales?, pregunta.

La perspectiva posterior al 11 de septiembre en cuanto a que lo que aquejaba al mundo árabe y a Afganistán era la falta de democracia no era errónea, indica Acemoglu. Lo que estaba equivocado era pensar que podíamos exportarla fácilmente. Para que sea sostenible el cambio democrático tiene que surgir de movimientos de bases, “pero eso no significa que no podamos hacer nada”.

Por ejemplo, deberíamos hacer la transición para dejar de dar ayuda militar a regímenes como el de Egipto y centrarnos, en cambio, en permitir que más sectores de esa sociedad tengan voz en la política. En este momento, yo argumentaría, nuestra ayuda exterior a Egipto, Pakistán y Afganistán es realmente el pago de un rescate que le hacemos a sus élites para que se comporten bien. Necesitamos transformarla en carnada.

Acemoglu sugiere que en lugar de dar a El Cairo otros US$ 1.300 millones en ayuda que solo refuerza a parte de la élite, deberíamos insistir en que Egipto establezca un comité que represente a todos los sectores de su sociedad, mismo que nos diría a qué instituciones –escuelas, hospitales– quieren que vaya la ayuda extranjera, y que tenga que elaborar propuestas adecuadas.

Si vamos a dar dinero, “usémoslo para obligarlos a ampliar la mesa y fortalecer a las bases”, expresa Acemoglu.

Solo podemos ser una fuerza multiplicadora. Podemos mejorar los movimientos de bases que quieren construir instituciones incluyentes, donde los hay. Sin embargo, no podemos crearlos ni sustituirlos. Peor, en Afganistán y muchos estados árabes, nuestras políticas han desalentado a menudo a las bases y evitado que surjan porque nos hemos alineado con hombres fuertes convenientes. Así es que no hay nada que multiplicar. Cuando se multiplica cero por 100 se sigue teniendo cero.

¿Y Estados Unidos? A Acemoglu le preocupa que nuestro enorme crecimiento en desigualdad económica debilite también a la cualidad incluyente de las instituciones estadounidenses. “El problema real es que la desigualdad económica, cuando se hace así de grande, se traduce en desigualdad política”.

Cuando una persona puede emitir un cheque para financiar toda tu campaña, ¿cuán incluyente serás como funcionario elegido para escuchar voces contradictorias?

THOMAS FRIEDMAN |@NYTimesFriedman |@ElPoliticoWeb

 

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Necedad infinita

Publicado por Teódulo López Meléndez en marzo 24, 2012

Por Alberto Medina Méndez

Se puede entender que ciertos sectores apoyen, en general, a las políticas del oficialismo, a las decisiones de cualquier gobierno. Lo difícil de comprender es la irracional actitud de algunos al firmar “cheques en blanco”, al validar toda medida dispuesta por un gobierno.

Y vale la pena insistir en esto de que resulta esperable que un grupo de ciudadanos apoye ciertas determinaciones oficiales. Pero una cuota de disparatado razonamiento hace que algunos decidan defender todo, sin distinciones, sin permitirse siquiera la posibilidad de analizar si la mirada aplicada es la adecuada.

No se dice nada nuevo, si se recuerda que el ser humano es imperfecto. Acierta y se equivoca. Es parte de su naturaleza. Suponer que algún iluminado jamás comete errores, es desconocer la especie humana.

Pese a ello, algunos insisten en esta visión, y pretenden asumir la deidad de ciertos personajes de la política. Habrá que recordarles que por mucho que se esfuercen en proteger a sus líderes, son solo personas, individuos comunes, con virtudes y defectos, y lejos están de la perfección, de la excelencia o la superioridad.

Lo patético es que muchos de los que asumen este tipo de posturas incomprensibles son personas con formación académica, con títulos universitarios y cierto ejercicio intelectual, metódico, sistemático, con gimnasia en esto de racionalizar ideas antes de tomar posición.

Sin embargo, predomina la sensación que la política ciega, que les nubla la vista, impidiendo dar el paso lógico, esperable. Ese que invita a la duda, a la reflexión, a la búsqueda de la verdad, con la curiosidad científica tan propia de muchos.

Seguir a ciertos líderes políticos de modo irrestricto, sin ningún tipo de reparos, no resulta inteligente. Muy por el contrario, es una acabada muestra de la incapacidad para tener criterio propio, una visión singular del mundo. Pretender coincidir en TODO con el mandamás de turno y hacer la vista gorda frente a sus errores, no es sano, ni siquiera para el gobernante.

Y cuando esos errores implican cuestiones más profundas como discrecionalidad, arbitrariedad y hasta hechos delictivos, como la corrupción, que conllevan prácticas políticas condenables a todas luces, mucho menos comprensible es la actitud ciudadana.

Una nómina de supuestos aciertos, no nos pueden impedir ver todo lo que está mal hecho, lo que es inaceptable, lo perverso e inmoral del accionar de cualquier gobernante de turno.

Resulta difícil entender que extraño mecanismo hace que ciertos ciudadanos honestos, gente de bien, claudique ante sus propios valores, solo por acordar con alguna parte de la circunstancial acción política gubernamental.

No es sensato convertirse en cómplice de los corruptos, cuando uno en su vida personal no acepta esa matriz de conducta. No existe necesidad de avalar lo inadmisible para apoyar ciertas ideas.

Ni cuando se trata de los afectos uno pierde esa ecuanimidad. Con los seres más queridos se siente la obligación de apoyarlos en sus aciertos, pero no por ello se deja de señalar sus defectos, sus errores y se los ayuda a recuperar el rumbo adecuado, mostrándole el camino.

Tal vez el deporte sea uno de los tantos ámbitos en los que los seres humanos exacerbamos nuestra pasión, prescindiendo por instantes de la racionalidad, para defender los colores de la camiseta elegida con desenfrenado fervor.

Pero ni en ese terreno, ni en el deportivo siquiera, se verifica tanta ceguera como en la política partidaria. Hasta el más entusiasta fanático de un club, se admite a si mismo pedir que un miembro de su equipo sea reemplazado, por su inhabilidad, escaso esfuerzo, o simplemente por su mal momento. Es el mismo exaltado simpatizante el que pese al eventual triunfo de su escuadra, no deja de ver los errores y reclama mejoras en lo estratégico, en lo táctico y hasta en la conducción de su conjunto.

Quienes prefieren seguir apostando al apoyo incondicional, se equivocan porque no ayudan a su líder, ni a sus ideas. Su silencio cómplice, contribuye a alimentar prácticas incorrectas, respaldando a funcionarios que delinquen, y asumiendo posturas muy ligeras frente a hechos de gravedad.

Si quieren sostener cierta visión ideológica, adelante. Pero cuidado con cometer el pecado de avalar lo que sea. Ese camino, nos condujo en el pasado a hechos trágicos, de los que luego resulta difícil regresar.

No preocupa que ciertas ideas avancen, después de todo es parte del juego democrático, y de la competencia política, que debería ayudar a mejorar la clase dirigente y sus propuestas. Lo que inquieta es esta actitud cada vez más frecuente de encerrarse, no pensar, refutar con argumentos endebles, cambiantes, que se acomodan según el tema y que se contradicen de modo recurrente. En definitiva, lo que alarma es la necedad infinita.

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skype: amedinamendez

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La revolución de las masas del siglo XXI: el replanteamiento de la democracia

Publicado por Teódulo López Meléndez en marzo 20, 2012

 

* Por Rodrigo Cornejo

* Magíster en Ciencia Política, Universidad Católica de Chile; Licenciado en Historia, Universidad Católica de Chile. Profesor de Universidad UNIACC. Artículo publicado en “Andragogía IV, Innovación y emprendimiento”, Año II, diciembre 2011, Nº 4.

Tanto en Chile como en el resto del mundo, 2011 ha sido un tiempo muy especial: se ha visto una auténtica explosión de descontento social, que ha generado más de un dolor de cabeza a los gobiernos de los países que se han visto afectados, si es que no han provocado en algunos Estados, incluso, el propio derrocamiento de algunas de sus máximas autoridades nacionales.

Tan simultánea y repentina situación ha llamado la atención de la mayor parte de los habitantes del orbe. No sólo por la cantidad de personas involucradas en las protestas y manifestaciones callejeras, sino porque aun hoy, hacia fines de 2011 no se sabe en qué terminará, finalmente, todo este proceso de intranquilidad social.

Agitados meses en África y Europa.

 

El despertar de diversos grupos sociales empezó en diciembre de 2010 en el norte de África, y desde entonces se ha expandido por varios países del mundo.

En la gestación de la creciente inestabilidad en los Estados afectados han convergido distintas razones, pero sólo una engloba a todas juntas: el marcado descontento de grandes grupos de poblaciones nacionales hacia sus respectivos gobiernos centrales. Sea por cansancio frente a administraciones que han permanecido en el poder por largo tiempo, sea por medidas específicas implantadas en su oportunidad por las autoridades, sea para protestar abiertamente contra un presente (y futuro) que ven como poco promisorio para su país (y sus intereses), lo cierto es que esas vastas masas de ciudadanos movilizados han asumido un protagonismo tal, que constituye algo que no se apreciaba desde hacía más de veinte años, con motivo de la caída de los regímenes comunistas de Europa del Este.

Si se pudiera hacer un recuento de cuáles son las causas concretas de las protestas y movilizaciones de este 2011 tendremos que señalar que éstas han obedecido a motivaciones políticas, económicas y sociales, a menudo sucediendo que las distintas reivindicaciones se han ampliado, traspasándose de un ámbito a otro o mezclándose entre sí. Esto ha llegado al extremo de que en algunas protestas, incluso, se ha solicitado el auténtico cambio de modelo político u socio-económico que pudiese estar rigiendo a un país determinado en el momento del estallido de las manifestaciones.

Así por ejemplo, las múltiples protestas que ha habido este año se iniciaron en Túnez, Libia y Egipto, donde las motivaciones fueron esencialmente políticas y sociales.

Las demandas por mayores libertades desde los correspondientes centros detentadores del poder político nacional, así como también el deseo de lograr más avances en la superación de las desigualdades sociales, generaron no sólo una oleada de desorden interno dentro de los países involucrados -que los gobiernos trataron de controlar principalmente mediante la represión de los manifestantes- , sino que en Túnez y Egipto acabaron hasta por derribar a sus respectivos, polémicos y corruptos Presidentes, que estaban en el poder desde la década de 1980. La situación de Libia también es destacada, pues la férrea administración de Muammar Gaddafi a pesar de que dio una dura oposición a los insurgentes -generando de paso el comienzo de una guerra civil en el país- fue derrocado por sus adversarios.

Misma incertidumbre se manifiesta actualmente en Siria, donde el autoritario gobierno socialista de Bashar al Assad ha optado también por librar un acérrimo combate a los ciudadanos que han salido a protestar pidiendo -como en el norte de África- mayores libertades políticas y oportunidades sociales dentro de la sociedad.

La represión emprendida por el gobierno de Assad hacia sus opositores ha generado múltiple rechazo internacional, incluso de Estados Unidos, cuya Secretaria de Estado, Hillary Clinton, recomendó medidas políticas y económicas con el fin de aislar a Siria. Es más, el 18 de agosto de 2011, el mismísimo Presidente estadounidense, Barack Obama -envuelto a su vez en una delicada coyuntura interna caracterizada por las dificultades económicas de EE.UU. y la visible baja en su popularidad como mandatario-, sugirió que Assad lisa y llanamente debía renunciar al poder, como una forma de descomprimir la actual crisis política que sacude al país árabe.

Así como las variables políticas y sociales son los esenciales factores desencadenantes de protestas y manifestaciones dentro del mundo árabe, la economía y su manejo en un mundo globalizado ha generado asimismo grados apreciables de rechazo los últimos meses en el continente europeo.

De esta manera, las masivas protestas habidas en países como Grecia y España derivan tanto de un profundo malestar en su población respecto al excesivo endeudamiento de los Estados -y sus consiguientes medidas paliativas de recortes en el gasto- como de los altos niveles de desempleo tenidos en estos países.

La situación española se asemeja notoriamente a la griega, en el sentido de convocar a protestas contra la alta cesantía y el recorte de los planes sociales emprendido por el gobierno local. Sin embargo, con todo, en España las movilizaciones tuvieron un cariz ostensiblemente sui generis. A este respecto, las multitudinarias protestas de mayo de 2011 por el grupo de “Los Indignados”, en Madrid y otras ciudades de España, hicieron suyo no sólo su visible oposición al actual manejo económico del país, así como el deseo de provocar una reducción del poder de bancos y transnacionales – a juicio de “Los Indignados”, los grandes beneficiados de la situación económica actual-, sino que, más aún, expresaron con toda su “indignación” un abierto y completo rechazo a la propia clase política local. A través de sus protestas contra diversos legisladores (el lema “No nos representan” se ha hecho simbólico en tal sentido), “Los Indignados” buscan el recambio de la elite política hispana y, por qué no, tratar de poner fin al bipartidismo PSOE-PP.

 

Los casos de Inglaterra e Israel son bien particulares, pues las expresiones de descontento han obedecido a factores principalmente internos y específicos, en el sentido estricto del término. En el caso inglés, una mera incursión policial en Londres contra el delito, que provocó la muerte del supuesto delincuente -vinculado a los grupos de inmigrantes-, generó al comenzar agosto de 2011 una seguidilla de disturbios, incendios y saqueos que se extendió por diversos puntos de la capital londinense y otras ciudades inglesas, lo que ha mantenido en alerta al gobierno conservador de David Cameron.

En cuanto a lo que ha sucedido a su vez en Israel, durante este mismo tiempo miles de personas han salido también a protestar en ciudades como Tel Aviv y Jerusalén, disconformes en este caso con los altos precios de las viviendas y alimentos y solicitando asimismo una mejor educación. La administración centro-derechista de Benjamin Netanyahu prometió llevar a cabo el estudio de diversas medidas para intentar satisfacer las demandas sociales.

Como se puede apreciar, varios son los elementos que han coadyuvado a generar las muchas veces multitudinarias formas de descontento y protestas que han sacudido al mundo este año. Cómo terminará todo esto, aún es un misterio. Pero lo que sí está claro es que se trata de un fenómeno que ha afectado casi simultáneamente a varios países en el mundo y con claros efectos en sus respectivos y “habituales” niveles de convivencia social.

En Chile.

 

Después de haber vivido el país durante 2010 grandes hitos coyunturales y mediáticos, tales como el terremoto del 27 de febrero, las magnas celebraciones del Bicentenario y el finalmente exitoso rescate de 33 mineros atrapados en un yacimiento cercano a Copiapó -por no mencionar también los destacados hechos derivados de la segunda vuelta electoral del 17 de enero y la propia asunción al poder presidencial de Sebastián Piñera el 11 de marzo-, parecía que el año 2011 sería un tiempo no tan agitado como el año anterior y con una convivencia nacional relativa (y razonablemente) tranquila.

Sin embargo, lo que ha sucedido el 2011 hasta la fecha ha estado lejos de cumplir tal pronóstico. Como un reflejo local de lo que paralelamente sucedía en el mundo árabe y en Europa, nuestro país ha asistido también al progresivo surgimiento de fuertes y muchas veces masivas muestras de descontento social, que, llevado por el empuje, la convicción y la capacidad movilizadora de determinados grupos de interés, han terminado por copar la agenda con sus respectivos planteamientos. Esto, a su vez, ha generado, desde enero la sucesiva convocatoria a marchas y protestas en las calles de Santiago y otras ciudades, por las más diversas demandas y reivindicaciones y como desde hacía mucho tiempo no se producía en Chile.

Las motivaciones de tal descontento y su expresión concreta por medio de las a menudo multitudinarias protestas callejeras abarcan razones provenientes de lo económico, lo social y hasta lo ambiental, pasando también por la inevitable crítica hacia la política y los políticos como tales.

Entre enero y agosto de 2011 -ya sea en Santiago o en otras regiones, y, en ciertas ocasiones, en ambas- hubo recurrentes y masivas concentraciones de personas contra el alza del precio del gas en Magallanes, en oposición a la construcción de proyectos energéticos en particulares ambientes naturales (Barrancones e HidroAysén), a favor de la legalización de las uniones homosexuales, y tal vez el conflicto más fuerte, polémico y quizás más mediáticamente cubierto de todos, el que aproximadamente desde fines de mayo de 2011 trata de conseguir una mejora (y aun un cambio total) en el actual modelo de educación secundaria y superior.

Frente a este movido panorama, el gobierno centro-derechista de Sebastián Piñera ha debido salir de su marasmo inicial y tratar de buscar una solución a cuanto descontento y manifestación se ha producido. Movido por las presiones sociales de los grupos y personas involucradas en las protestas, el gobierno decidió no continuar con ciertas discutidas iniciativas (alza del precio del gas magallánico, Barrancones), así como impulsar otras medidas (uniones homosexuales, aun a costa de las recriminaciones de algunos sectores de derecha más tradicionalistas). Y aun cuando el futuro de HidroAysén está en manos de los tribunales de justicia, en cambio, el conflicto por la educación está todavía bastante lejos de ser solucionado.

No deja de llamar la atención que este repentino estallido de descontento social se produzca cuando en Chile la economía esté funcionando relativamente bien, el desempleo general está bajo los dos dígitos, el país está retomando índices de crecimiento que se creía cosa del pasado, y, más aún, según la última encuesta CEP (junio-julio de 2011), la mayoría de los encuestados dice estar satisfecho con su presente e incluso ve con relativos buenos ojos su futuro.

En su último libro, “¿Por qué no me quieren?”, el sociólogo Eugenio Tironi plantea que lo que sucede hoy en Chile obedece en parte al rechazo que, en vastos sectores de la población nacional, despierta la figura del Presidente Sebastián Piñera. No obstante ser electo como mandatario en los comicios de 2009-2010, para Tironi, a Piñera se le vería como una persona fría, lejana al común de la gente y, en especial, con un excesivo afán personal de destacar y ser el mejor en todo. Además, Tironi establece que fueron demasiadas las expectativas en las personas que despertó el gobierno de Piñera, y que el mismo mandatario se encargó de exacerbarlo con su oferta de eficiencia y “nueva forma de gobernar”, a base de dicha eficiencia y de su imperioso deseo de sentar una clara diferencia de gestión respecto a los anteriores gobiernos de la Concertación.

Hacia una renovada visión de la democracia. 

 

Literal y etimológicamente hablando, democracia quiere decir  “gobierno del pueblo”. Aunque tal definición se puede prestar para múltiples y variadas interpretaciones, existe consenso entre los cientistas políticos, sociólogos y especialistas en la materia en que la democracia involucra, en breves palabras, la elección de las autoridades por parte de todos los ciudadanos, el debido respeto de las libertades y derechos cívicos, así como también la existencia de visibles, permanentes y concretas formas de participación de parte de los ciudadanos en los asuntos del Estado.

 

Sea en su forma directa -al estilo de la Grecia Clásica- o en su modalidad representativa -modelo usado de manera mayoritaria en la actualidad-, lo cierto es que históricamente (con mayor propiedad, desde las revoluciones estadounidense y francesa del siglo XVIII), la democracia ha sido vista como el mejor modelo político para garantizar una óptima (o por lo menos lo más cercano a ello) convivencia social. Según esta visión, a través de la democracia encontraría amplia cabida el despliegue de las innumerables individualidades del ser humano, que convergerían de modo más fácil y natural en un sistema político democrático, como un intento por lograr una mejor sociedad para todos sus integrantes.

Si la democracia es usualmente tan bien valorada y hoy los regímenes autoritarios están en abierta retirada (los recientes casos del norte de África son la última muestra de esto), ¿por qué, entonces en este 2011, se han producido  encontronazos entre grupos masivos de ciudadanos y sus respectivas elites políticas? ¿Acaso en Grecia, España, Inglaterra, Israel y Chile no hay una plena democracia, aun cuando todos estos países son democráticos, al menos constitucional y jurídicamente hablando? ¿O es que las actuales democracias no satisfacen a la ciudadanía como ésta lo hubiese deseado desde un principio?

Se sabe que ninguna democracia es 100% perfecta, y que siempre habrá alguien (o algún grupo) que esté disconforme, por uno u otro motivo, con el statu quo en que le toca vivir. Pero lo que en verdad tiendo a pensar es que, como sea, y a partir de lo vivido en las variadas expresiones de descontento vistas durante este 2011, algo no está satisfaciendo hoy a vastos grupos de ciudadanos de países que se dicen ser democráticos.

 

Más que manifestarse en contra de la democracia como sistema político per se, los ciudadanos que han salido a las calles a protestar por uno u otro motivo lo hacen principalmente para expresar su descontento contra la forma en que la democracia se da a conocer en sus países. Incluso más -y obviando los países en que luego de las protestas se derrumbaron gobiernos autoritarios (Túnez y Egipto, por ejemplo)-, lo que esencialmente buscan hoy las masas movilizadas en Chile y otras puntos del planeta es una palpable y cabal profundización de las democracias presentes en sus respectivos Estados.

 

A los ciudadanos en protesta ya no les satisface que sólo las elites tomen las decisiones en los principales asuntos nacionales. Claramente, en la actualidad las personas y los grupos de interés movilizados quieren dar a entender que éstos y aquéllas también desean participar en lo que ven como el forjamiento de su propio destino como país y comunidad política.

Dentro de este punto, es necesario dilucidar acerca de quiénes, en concreto, han salido a las calles y qué lugar ocupan, en promedio, dentro de la estratificación social de sus países. Según un artículo escrito por el periodista y analista político peruano Álvaro Vargas Llosa, aparecido a mediados de agosto de 2011 en el diario ”La Tercera”, el grueso de las personas participantes en marchas y manifestaciones pertenecen a la clase media.

Jóvenes y adultos mesocráticos se movilizan hoy por lo que ellos juzgan elementos indeseables de la Globalización, como son los altos costos que asumen la educación y las viviendas o los incrementos que a su vez ha tenido en los últimos meses y años el índice de desempleo. Tal vez, el único caso que escapa a la norma es el inglés, donde quienes esencialmente han adherido a las protestas y protagonizado sendas escenas de violencia son grupos de población de estratos sociales bajos y marginales, que utilizan el desorden reinante para reclamar contra su desfavorable situación material, prestándose hasta para el robo o el saqueo en los barrios afectados por las protestas.

Otro aspecto a destacar en esta revolución de las masas del siglo XXI ha sido el gran rol alcanzado en las manifestaciones por las redes sociales y la utilización de medios de comunicación típicos del mundo globalizado. Sea por Facebook o Twitter, o mediante el uso de los teléfonos celulares, Blackberrys o iPhones, los opositores a sus gobiernos y al actual estado de cosas han intercambiado pareceres y se han convocado a protestar. Esto señala un punto muy sensible para el manejo político de las autoridades del presente, pues con el auge de la Globalización (y de la cual el enorme avance tenido en la tecnología y la informática es una de sus caras más simbólicas) los Estados ven hoy disminuida notablemente su capacidad de controlar los contactos y las comunicaciones entre los ciudadanos que están bajo su jurisdicción.

Frente a toda esta situación de malestar y desorden sociales, las respectivas elites nacionales deberían tomar real nota del disconformismo actual, y buscar maneras de encauzar y procesar las múltiples demandas dentro del marco institucional vigente o -caso de las eventuales nuevas democracias- por crear. A este respecto, a juicio de ciertos analistas, el deseo de los manifestantes chilenos por implantar plebiscitos para dirimir conflictos socio-políticos -instrumento no previsto en la Constitución, al menos en el sentido que le quieren dar sus patrocinantes, de ser los referéndums susceptibles de resolvercualquier pugna de poder-, no serviría de mucho para solucionar la disputa por el tema educacional.

En tal sentido, el sociólogo y ex ministro de la administración de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, José Joaquín Brunner, en artículo aparecido en “El Mercurio” de Santiago el 14 de agosto de 2011, junto con criticar la notoriamente lenta reacción del gobierno de Sebastián Piñera para enfrentar el conflicto por la educación, argumenta también que por muy razonables y atendibles que sean las demandas estudiantiles -entre otras- de lograr el fin del lucro y una mejora en la calidad de la enseñanza, dichas demandas deberían canalizarse principalmente vía Parlamento y por medio de la ley, y no a través de los ultimátums y la visible intransigencia de que han dado muestra los partidarios de los citados cambios (incluso solicitando el mencionado plebiscito).

Dice Brunner:

“Debieran preocupar no tanto los contenidos de sus demandas -a fin de cuentas, caben perfectamente en una comunidad política pluralista-, sino los medios invocados o imaginados para alcanzarlos. Es la intransigencia en la forma, la negativa a participar en la deliberación pública, el desprecio por los mecanismos institucionales, el abandono de la política de acuerdos y cambios incrementales, la noción de que la polis se confunde con el ruido de las protestas en la calle, lo que llama la atención”.

Como clases políticas que se consideran ser, las actuales elites chilena y extranjeras deberían encontrar la manera cabal de ensamblar aquellos puntos que, en la década de 1950, el politólogo norteamericano David Easton utilizaba para definir su concepto deSistema Político. El núcleo del sistema (poderes del Estado) debería procesar concreta y fehacientemente los llamados inputs (demandas y apoyos) provenientes de las partes del mismo sistema (electorado, partidos y grupos de interés), convirtiéndolos a su vez en debidos outputs o decisiones y respuestas acerca de lo que dicen relación los inputs.

 

Dentro de esta perspectiva -y tratándose de un sistema político democrático-, pienso que en la actualidad no se requiere más Estado -como muchos de los manifestantes piden hoy en Chile y otros países-, sino que todos los actores involucrados deberían tratar de que se logre un mejor Estado, con más altos grados de capacidad y gestión en su funcionalidad como tal y siempre atento a los cambios y necesidades provenientes de la ciudadanía. Con autoridades plenamente proactivas, una institucionalidad democrática firme y legitimada por gobernantes y gobernados, y con organismos estatales eficientes y que pudiesen incrementar el contacto con las personas -entre otras cosas abriéndose a las nuevas tecnologías-, se podrían tener Estados mejor preparados para bregar con los inevitables problemas que todo país atraviesa en su existencia.

 

Asimismo, las actuales y futuras elites políticas deberían ser además capaces de lograr mayores dosis de confianza en las masas, algo de por sí de suma importancia por estos días debido a lo desprestigiada que está la actividad política en muchas partes del planeta. No se trata de que los gobiernos y partidos (oficialistas y de oposición) asuman comportamientos populistas ni que provean al electorado de tentadoras ofertas para la próxima elección, sino que ambos (gobiernos y partidos) tengan ideas y planes claros acerca de lo que hay que hacer en un mundo tan cambiante y globalizado como el que vivimos. Finalmente -tal vez lo más importante tratándose de democracia-, es necesario y aun imprescindible que las elites sepan actuar debidamente en pos del bien común de la sociedad a su cargo, bajo todo tipo de circunstancias y puntos de vista.

Considerando las múltiples protestas y el desorden social vividos durante este 2011, es  sumamente aconsejable la mayor cercanía y compenetración entre las elites y las masas. Así lo que exige la democracia del siglo XXI.

** Las opiniones expuestas no representan necesariamente el parecer de Universidad UNIACC o Apollo Global. *

 

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El público privado de la sociedad

Publicado por Teódulo López Meléndez en marzo 19, 2012

 

Por Ricardo Viscardi

La revista Caras y Caretas publicará un suplemento dirigido por Sandino Núñez, ubicado por el público en tanto filósofo sin licencia, antes que por su título de licenciado en filosofía. El interés de esta circunstancia es que Sandino ha incursionado de forma impar en un territorio supuestamente vedado para la filosofía: la “caja boba” televisiva[1]. Este vínculo entre el campo mediático y la filosofía constituye un tabú para la actividad académica, por cierto, mucho más allá de la filosofía, que por su parte ha ocupado con éxito espacios mediáticos, en contextos menos envarados culturalmente que el Uruguay.

La lectura de la exitosa actividad de Sandino en la televisión puede tornar a la perplejidad ante este reingreso a las letras de molde: ¿no significa un paso atrás con relación a un espacio conquistado ante el público mayor que concita la televisión? Esa pregunta sugiere dos respuestas favorecidas por las costumbres intelectuales uruguayas:

a) La filosofía necesita del ámbito de los medios masivos para actualizar su misión pública

b) La vinculación mediática no es sino una forma subalterna de la elaboración filosófica

Si se prefiere la primer respuesta, se lamentará el retorno de Sandino a un medio de prensa impreso, en cuanto supone abandonar la incidencia entre un público mayor en número. Si se prefiere la segunda contestación, se celebrará que esa desaparición de una emisión filosófica vidriada de pantalla ponga fin a un episodio de escándalo conceptual.

Desde nuestro punto de vista, esas dos percepciones son complementarias y sobre todo erróneas en clave filosófica, antes que nada, porque disminuyen la entidad crucial de la cuestión mediática. Tal cuestión cunde más allá de límites avenidos, es decir, metafísicamente, latitud que alcanza por sus fueros la filosofía cuando no se reduce a alguna forma de obsecuencia.

Conviene tomar a cargo, en primer lugar, que un medio de prensa es tan masivo como un medio electrónico, ya que la masividad se constituye en tanto condición unilateral del vínculo establecido a partir de un medio, sin reversibilidad posible de parte del destinatario. Las cartas de los lectores, las llamadas por teléfono a la emisora, etc. son simples remedos de interlocución, que no pueden eludir la condición de ecos desvanecidos de un retorno al lugar “a partir del cual

Por esa razón los medios masivos suponen, como su condición de existencia social, la adhesión de un público, en tanto segmento de la población receptora de mensajes destinados a las mayorías sociales. Incluso, estas mayorías mantienen su condición de tales dentro de un campo particular, cuando se trata de prensa especializada en intereses sectoriales dentro de una población. Detrás de la noción de “mayoría colectiva” se encuentra la de “naturaleza social” en tanto condición subsistente y cíclica de una comunidad humana. Ahora, la destinación pública de los medios masivos supone que estos últimos interpretan el sentir propio de las mayorías, objeto privilegiado del enunciador periodístico. Como todo narrador, este periodista es objeto de su propia fábula[2], lo que cierra el ciclo de la naturaleza social sobre un efecto “en diferido”: la propia persona “en referido”, es decir, el enunciador[3].

Todo medio termina, en una medida directamente proporcional a su potencia social, hablando sobre sí mismo, así como las entrevistas se ilustran periodísticamente por el entrevistador. Este círculo cerrado sobre la emisión es condición intrínseca de la mediación, cuando se la concibe en tanto “naturaleza social”: subsistencia cíclica de una condición pública. En razón del umbral mediático “a partir del cual recomienza el proceso”, el periodista (alias “comunicador social”) no puede sino hablar de sí mismo, en tanto efecto propio de una circularidad que sostiene la misma noción de naturaleza (y de “representación” que provee su núcleo conceptual)[4].

Quizás por esa razón todo filósofo que aspire a una metafísica fidedigna debe verse llevado a desconfiar de la fidelidad pública del comunicador, en cuanto el círculo que se cierra sobre el “comunicador social” proviene de la misma índole refleja de un público objetivo, o lo que es lo mismo, de un objetivo público[5]. La equivalencia entre las dos formas de “público” y de “objetividad” no es tan sólo fonética, sino además conceptual: para que exista un público debe constituirse una “naturaleza social” de base demográfica, así como tal base se constituye en el horizonte posible de la objetividad social.

La razón por la cual tal filósofo, quizás en este caso Sandino, se puede ver llevado en cierto punto de su potencia mediática a esquivar la “comunicación social”, aun cuando se presente bajo la forma más exitosa, proviene de la propia primacía de la mediación sobre la noción de objetividad pública y por ende, de público masivo. Así como la noción de “punto en que recomienza el proceso” denuncia en Marx la circularidad naturalista de todo determinismo[6] (y sobre todo la condición mediática del determinismo, léase dar términos: de-terminar), la condición objetiva de un público se constituye a partir de la noción de mediación, sin cuyo concurso ninguna circunstancia vinculante se nutre de reciprocidad.

Por esa razón, tal como ocurriera en “La República de Platón”[7], una inscripción mediática del intelecto desfonda y condensa al mismo tiempo la noción de “realidad social”: denuncia su vacuidad en tanto substancia, pero restituye su consistencia en tanto medio público. Contrariamente a la circunstancia de un Uruguay de inicios de los 90’, donde resonaban persecutoriamente las sirenas post-batllistas de la “modernización”, cabe considerar que el momento presente ya ha desatado el corsé estatal del cuerpo social moderno, así como tampoco permanece prefijado por la post-eridad mediática del prefijo “post”.

Sucede que la alteridad que siempre cundió por fuera del sistema proviene, una vez que un único sistema reúne todos los medios en red (inter-net), del propio sistema. La mediatización es condición de la mediación[8], desde que la condición numérica del dígito binario divide todo vínculo en 1 o 0, sí o no. Desde entonces, no somos socialmente la inteligencia que recoge el beneficio del artefacto que ella misma pergeñó, sino la defección que la inteligencia pergeña para esquivar una artefactualidad omnipresente. Por consiguiente, la circularidad mediática ha dado quiebra en pos (“post” es un prefijo) de su mismo afán de formalizar “perfectamente” el vínculo real: la exactitud (matemática en particular) ya no luce en tanto forma divina del pensamiento, sino como canal al servicio de la otredad.

Desde entonces la noción de “público” se privatiza, no en el sentido de un fuero íntimo o de una congregación de afinidades subjetivas opuestas a una misma objetividad, sino por el contrario, en tanto un público puede encontrarse felizmente privado del úkase de la “realidad social”. En cuanto toda sociedad implica vínculo, si este reconoce una única entidad real para el conjunto social, (el campo de) la concentración de esas relaciones no puede sino manifestarse en tanto soberanía “racional”. Por el contrario, anclando en redes que se identifican en tanto epígonos de un canal, el público no se remite a una naturalización demográfica, sino que privatiza la sociedad desde el punto de vista de una afinidad idiosincrática.

Tal privatización de lo público ha existido siempre como fuente de poder en occidente, pero quizás ahora pueda dirigirse contra la masividad, en momentos proclives a la convergencia de sistemas, pero también a la divergencia de idiosincrasias, que se diferencian entre sí a través de una filigrana cada vez más minuciosa. Si se admitiera que la cuestión de los medios en red ya promueve ese sesgo del participante, mientras el pensamiento por su lado no puede sino afiliarse a la singularidad diferenciadora, quizás prospere entre lo uno y lo otro una actividad filosófica vigente, gracias, entre otros, a Sandino.

[1] En otros contextos, también han desarrollado una significativa actividad mediática en el Uruguay desde la filosofía, Pablo Romero, a través del Proyecto Cultural Arjé y Horacio Bernardo a través de emisiones radiales.

[2] En el caso de textos de “audiencia bastante amplia”, Eco considera que tanto el autor como el lector son “estrategias textuales”, es decir, el narrador es un elemento actancial que no existe fuera de una secuencia textual dirigida a establecer una correlación con otro elemento actancial: el lector. Ver Eco, H. Lector in fabula, http://www.bsolot.info/wp-content/pdf/Eco_Umberto-Lector_in_fabula_La_cooperaci%C3%B3n_interpretativa_en_el_texto_narrativo.pdf pp.88-89.

 [3] Para Benveniste los índices de enunciación (“yo”, “tú”, “aquí”, “ahora”, etc.) son partículas lingüísticas que la lingüística no puede considerar sino metalingüísticamente y que no admiten uso cognitivo: permanecen ajenas a la objetividad de cualquier referencia. Benveniste, E. (1974) Problèmes de linguistique générale, Gallimard, Paris, p.84.

[4] Baste recordar el sentido de la expresión “razón natural” en Descartes, ver Derrida, J. (1995), Paidós, Buenos Aires, pp. 29-31.

[5] Acerca de la reversibilidad entre público y objetividad ver Viscardi, R. “La mediación-medición o viceversa” (2009) Encuentros Uruguayos Nº2 (segunda época) Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Montevideo, pp.14-17 http://www.fhuce.edu.uy/images/archivos/REVISTA%20ENCUENTROS%20URUGUAYOS%202009.pdf

[6] Ver Bruckmann, M. “Apuntes sobre el método de la economía política de Marx” (particularmente 4.4 “La síntesis”), http://www.achegas.net/numero/dezoito/monica_b_18.htm (acceso el 15/03/12).

[7] La “República de Platón” constituye una leyenda mediática uruguaya, que desde el propio cotidiano La República, congregaba en una perspectiva afiliada al auge del prefijo “post”, entre otros, a Ruben Tani, Amir Hamed y el propio Sandino Núñez como director.

 [8] Igarza, R. (2008) Nuevos medios, La Crujía, Buenos Aires, p.155.

 

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Deslumbrados con la mediocridad

Publicado por Teódulo López Meléndez en marzo 18, 2012

 

Por Alberto Medina Méndez

Dicen que el poder genera cierta atracción, y la verdad es que ciertos hechos los confirman. Se puede entender que determinado tipo de personas tengan cierta afinidad con aquellos que detentan el poder a diario. Quedan encandilados por lo que el poderoso de turno puede hacer y por como maneja su discrecionalidad y decide por otros, sobre sus riquezas o futuro.

Es comprensible que aquellos que jamás estuvieron cerca del poder, de pronto, se vean impresionados por la ampulosidad, el despliegue pomposo y cierto glamour que el gobernante tiene al rodearse de personajes públicos, famosos que provienen de diversas disciplinas, o simplemente funcionarios de otras latitudes que intercambian acciones protocolares con el protagonista ocasional. Es demasiado frecuente que el roce social que el gobernante ostenta, resulte seductor para ciertos círculos que rara vez accede al mismo.

Lo que llama especialmente la atención es como gente preparada, con abundante formación académica, que puede exhibir títulos y especializaciones puede admirar a tanto político mediocre.

Se ve también idéntico fenómeno en personas que pueden enorgullecerse de éxitos importantes en su disciplina elegida, el arte, el deporte, el mundo de las empresas, inclusive habiendo accedido a significativas fortunas económicas y teniendo poco que envidiar al poderoso de su tiempo.

Se puede comprender que esto suceda cuando del otro lado estamos frente a una mente brillante, a un estadista, a un habilidoso de la política, un orador destacado, un profundo lector, o un intelectual de la partidocracia.

Lo difícil de entender es como personas exitosas en lo suyo pueden someterse, ofreciendo adulación, pleitesía y claudicación permanente a sus ideas frente a tanto personaje gris, a los que han hecho de la picardía una profesión reemplazando su ausencia de inteligencia, solo con ciertas inescrupulosas acciones que le permitieron manotear la caja de otro, apropiarse de los recursos de la sociedad, y alcanzar al poder, gracias a sus escasos principios morales.

Inclusive se puede comprender cierta admiración por la inteligencia, la cultura, y hasta la habilidad para comprender a una sociedad, pero es difícil de entender como gente con valores, puede prestarse a este patético juego.

No llama la atención que los prebendarios de siempre lo hagan, esos que les fascina que los llamen empresarios, cuando en realidad saben que solo son buenos para intercambiar favores por dinero y buscar privilegios secuencialmente. Ellos no apelarán a sus talentos para competir con otros.

Tampoco resulta extraño que ciertos personajes, que dicen disponer de una amplia formación cultural, aprecio por las artes y refinado gusto, terminen adulando al poderoso, solo porque de tanto en tanto este último los invita a banquetes oficiales, a transitar las alfombras rojas del protocolo oficial, o inclusive lo contrata abonándole fortunas por su sola presencia farandulera.Algunas de esas celebridades, solo se arrastran, se trata de gente que repta por los pasillos estatales sin dignidad, que suelen ver al poder como un vehículo para reunir dinero y disponer de una acumulación económica que detestan en público pero que disfrutan a sus anchas en privado.

Ese sector de la sociedad, no tiene principios. Muchos de ellos están siempre cerca del poder, y cuando el que está ahora caiga en desgracia,  verán como acomodarse con el siguiente.

Lo que es inadmisible, es que gente inteligente, con formación, que puede mostrar éxitos genuinos en su campo de acción, haya caído en la misma trampa, y termine mezclado con los de siempre, compartiendo escenario y vereda con gente sin estatura moral.

Hay que intentar levantar la cabeza, no se puede ser sumiso ni servil. El poder, a veces, merece cierto respeto, pero no siempre, y algunas otras, solo desprecio, o al menos hacer el intento de no terminar claudicando como otros, solo por el temor al amedrentamiento oficial.

Cuando queremos enseñar valores a nuestros hijos y pensamos que ellos deben tener un mundo mejor, no alcanza solo con recitarlo, es preciso demostrarlo con hechos, actitudes concretas  y no con abstracciones. Ciertos renunciamientos a veces tienen sabor amargo, pero es la única forma efectiva conocida de no brindar ambiguos discursos, por aquello de que algunos gestos valen más que mil palabras.

La próxima vez que estemos en contacto con los que mandan, animémonos a preguntarnos a nosotros mismos, si estamos haciendo lo adecuado, si estamos siendo consecuentes entre nuestro discurso y nuestra acción. Tal vez algunos estén transitando el camino de la adulación a la persona incorrecta. Los grandes, los estadistas, los que gobiernan para el futuro no necesitan de alcahuetes, solo precisan algo de respeto, de ese que se gana y no se pide, tal vez un critica genuina en el momento exacto, y una dosis de confianza y paciencia para que logren concretar sus ideas.

Los otros, los que necesitan del halago y de gente que les aplauda todos los días, son solo mediocres, gente repleta de complejos de inferioridad, que no merece demasiada consideración y que sus propias inseguridades le hacen precisar de una obsecuencia lineal, que solo ofrecen los que también son parecidos y terminan formando parte de los deslumbrados con la mediocridad.

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La venganza y la justicia

Publicado por Teódulo López Meléndez en marzo 8, 2012

 

por Jorge Majfud

Pocas cosas hay más estimulantes que las preguntas. Siempre les digo a mis estudiantes que cuando no tengan preguntas pueden considerar que están intelectualmente muertos. Con cierta frecuencia recibo colecciones de preguntas de otros estudiantes, casi todos, vaya a saber por qué, de universidades de Europa. Hoy, por ejemplo, me dispuse a contestar una larga lista de una estudiante de una conocida universidad de Francia, que está haciendo un posgrado en literatura y su trabajo final consiste en un análisis de La reina de América.

Cada vez que respondo este tipo de preguntas y comentarios, viejos fantasmas de la dictadura de mi país resurgen y, como si los lectores más lejanos fuesen mis mejores psicoanalistas, sin querer me revelan o me proveen de indicios sobre esas verdades que gritan en códigos de sueños pero que ni el mismo autor es capaz de comprender plenamente cuando se deja llevar por las emociones de una historia, por las pasiones de sus personajes. Al menos no de forma racional.

En La reina de América abunda la crueldad, es decir, la violencia moral. He dicho muchas veces que me parece que hay pocas violencias más terribles como la violencia moral, porque uno puede recuperarse de un golpe en la cara pero difícilmente pueda recuperarse de un golpe moral. Las dictaduras uruguaya y argentina fueron especialmente especialistas en este tipo de violencia que abunda en esa novela y en algunas otras, no por casualidad. Muchos presos políticos y muchos policías y militares de aquella época me confesaron historias de una innecesaria y cruel creatividad. Por alguna razón, no difícil de analizar, muchas de ellas tienen alguna relación con el sexo. Algunas, ya las he mencionado en novelas y artículos y este no es el momento de volver a ellas.

Pero no sólo las dictaduras practicaron la crueldad. Las post dictaduras ejercitaron este tipo de violencia moral de formas diferentes, si no por abuso de poder, por carecer de él. El miedo tiene la universal facultad de destrozar individuos y sociedades por igual. La impunidad fue una de esas formas y, quizás, por esta razón, varios personajes de la novela mencionada optaron por diferentes formas de venganza.

Por supuesto que yo, como autor, soy incapaz de matar un gato ahogado en una fuente, pero mis personajes han ejercido esta locura de forma reiterada. Una de las protagonistas y la narradora principal de La reina de América, Consuelo, la hija de la inmigrante prostituta, no sólo ahoga un gato en una fuente sino que venga su propia violación con la violación de su violador, haciendo uso de una especie de sicario que sodomiza a su violador en un galpón de la Aguada, ante su propia presencia, tiempo después de haber heredado las propiedades de su tío. El dinero la inviste del poder necesario para ejercitar, por su parte, más violencia moral. Pero también uno de los protagonistas, que debe presenciar las fotografías de su amada siendo abusada por los militares que lo investigan, termina haciendo justicia por cuenta propia en un parque de Buenos Aires.

Una obra de ficción es un testimonio de un momento histórico, como un sueño revela una insatisfacción real. En este caso, creo, es el producto de una injusticia largamente institucionalizada en el Cono Sur, aunque con algunas enmiendas. La ficción es, como los sueños, la realización de actos que nuestra moral condena en su conciencia; es la revelación de frustraciones individuales y colectivas, como bien lo articulara Ernesto Sábato décadas atrás.

Ahora, por otro lado, en un plano más racional y analítico, también podemos enfocar un momento nuestra atención en las trágicas diferencias entre justicia y venganza.

Es políticamente correcto pedir justicia y condenar la venganza. Al menos en el discurso público, todos se cuidan de rechazar cualquier proximidad con esta práctica y deseo que todos condenamos a la luz del día. Sin embargo, creo que en lo más profundo, aunque son practicas distintas, no son dos categorías ontológicas ni morales tan diferentes. Porque la justicia es una venganza institucionalizada, y la venganza una justicia personalizada.

Claro que la primera es superior, ya que su propósito es conducir a una sociedad por un camino conveniente y justo, mientras que la segunda pone el énfasis en las emociones personales, que con frecuencia pueden producir injusticias. El problema es que cuando una sociedad falla grave y sistemáticamente garantizando la justicia más básica, como ocurrió en Uruguay con leyes que dieron inmunidad a los violadores de los Derechos Humanos, los sentimientos que afloran pueden estar my relacionados con los deseos de venganza. Como ocurre en La reina de América, el contexto social no garantiza esa justicia básica, razón por la cual los personajes con frecuencia recurren a la venganza.

En lo personal no estoy a favor de la venganza. No porque la considere de una categoría radicalmente diferente a la justicia, sino porque la considero peligrosa como práctica social e individual. Pero la ficción es un sueño colectivo, y por lo tanto es la expresión de frustraciones (colectivas y personales) con soluciones o desenlaces semejantes a los sueños, donde en ocasiones cometemos actos repudiables y en ocasiones realizamos deseos frustrados.

La justicia tiene la función de evitar agresiones y el quebrantamiento de la regla de oro (“no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”); pero la venganza también. Al fin y al cabo, la justicia es, aparte de un sentimiento antiguo muy relacionado con la venganza, una institución socialmente sofisticada, con reglas y leyes impersonales que exigen la sumisión de las pasiones. Pero cuando la justicia falla como institución y como práctica del poder, los individuos vuelven su mirada a su antepasado más primitivo, la venganza, precisamente, en búsqueda de esa justicia que no llega. Si en nuestro mundo contemporáneo las víctimas normalmente se contienen, es debido a un entrenamiento psicológico y moral que han recibido de una educación, de una cultura civilizada y, frecuentemente, por la esperanza de que el viejo refrán sea cierto: “la justicia tarda pero llega”.

Este refrán, probablemente, es, como muchos, aleccionador, moralizante. Es decir, es una moraleja, tipo medieval, que pretende prevenir determinadas conductas indeseables. No es necesariamente la verdad porque, en el fondo, toda justicia que tarda no llega. Bastaría con considerar la excarcelación de un inocente al final de su vida que es compensado con una suma abultada de dinero. ¿Qué tiene eso de justicia? El único refrán verdadero en este caso es “peor es nada”, pero nunca “la justicia tarda pero llega”, porque “justicia que tarda” es, en sí mismo, un oxímoron cuando se aplica a seres mortales. La justicia sólo es justicia cuando se realiza a tiempo. Lo cual, casi nunca es materialmente posible, pero al menos en un Estado de Derecho se compensa con la inmediata protección de la víctima, con su reparación moral, que incluye el castigo al victimario, y con el ejemplo social.

En un Estado donde no reina el derecho, a la víctima le queda otra forma de justicia que todos condenamos por conveniencia propia. Por ello, rara vez, sino nunca, la víctima procede como procedería la justicia si el derecho y el poder estuviesen distribuidos entre todos por igual.

Jorge Majfud

Jacksonville University, marzo 2012.

majfud.org

 

 

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Abbás: «No existen diferencias entre Al Fatah y Hamás»

Publicado por Teódulo López Meléndez en marzo 6, 2012

 

El presidente de la Autordad Palestina (AP), Mahmud Abbás, declaró que no existen diferencias entre Al Fatah y Hamás, debido a que ambos partidos han llegado a un acuerdo sobre una plataforma política común y una tregua con Israel.

En sus declaraciones, Abbás informó que se ha acordado alcanzar un período de paz, no sólo en Gaza, sino también en Cisjordania.

Asimismo, informó que el acuerdo entre ambas organizaciones incluye la resistencia pacífica contra Israel, el establecimiento de un Estado palestino según las fronteras de 1967 y la prosecución de las conversaciones de paz si Israel detiene la construcción de asentamientos y acepta las condiciones impuestas por la AP.

Además, Abbás reiteró su intención de no buscar la reelección, siempre y cuando las nuevas elecciones presidenciales se llevan a cabo en los territorios palestinos.

Abbás anunció que accedió a encabezar un gobierno de unidad intermedio, porque tiene esperanzas de resolver un problema y no porque quiera mantener su posición en el poder.

http://youtu.be/Dx3yNb84YtQ

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Claves de Ibero 40 años después

Publicado por Teódulo López Meléndez en marzo 5, 2012

 

Por Ricardo Biscardi

Contrariamente al registro predominante en el Uruguay, el signo que gobierna el presente mundial y nacional no es el desencanto, sino el bochorno. El desencanto puede desde ya entregarse al duelo de las ideas fracasadas en la historia, que adquiere la visibilidad indisimulable del estacionamiento de chatarra.

La obra “Antígona oriental”[1] pone en escena el desencanto de la izquierda uruguaya en razón de la obsecuencia de sus propios y sucesivos gobiernos -dotados, por si algo faltara, de mayorías parlamentarias, ante la impunidad amparada por una ley jurídicamente grotesca, desde que promulga que un Estado caduca por los efectos de las mismas potestades que reivindica como propias. Sin embargo la misma subida a cartel en una sala de Estado, habla de los márgenes de ocupación del sentido por su propia producción, de manera que la perversión estatal que se impugna es la misma que hace lugar al cuestionamiento. Finalmente, podría aducirse estratégicamente que la prevaricación ideológica denunciada en el efecto de impunidad, forma parte del solapamiento propio a toda idea, que tras la parusía de alguna “astucia de la historia” nos conducirá finalmente a la meta utópica.

La pieza se interroga desde el presente sobre el terror de Estado que sigue impune, mientras tanto pondría además en duda la identidad de los más jóvenes ante la narración horrenda. Desde un ahora en vilo, esa mirada juvenil sobre el pasado revierte la narrativa utopista, en cuanto mirar el pasado desde un presente cuestionado admite, desde ya al fundarse en la duda y no en la realidad de un proceso, que renuncia a la proyección histórica del sentido ideal.

Asesinada en plena juventud, la obra de Ibero Gutiérrez nos ofrece claves de la duda desde las que se plantea la realidad como un desenlace interrogado. Se ha observado la estrecha relación que presenta la creación de Ibero entre la política, el arte y el pensamiento, de manera que no alberga una continuidad que hilvane tales campos dentro de un orden. Ese desorden conlleva sin embargo un caos primordial donde la creación se abre paso por sí misma. Sin duda, la postura creativa de Ibero había abandonado el correlato entre realidad y racionalidad que hiciera célebre Hegel[2], pero no en aras de una certidumbre por fin satisfecha, sino en pos de una satisfacción de la propia incertidumbre a partir de sí misma. Conviene reconocer que el coraje en tanto motor de la creación pauta desde su arranque la modernidad de un sapere aude[3], que quizás Ibero haya llevado hasta una hondura que le costó la vida.

La lección política de ese coraje de Ibero pervive en su obra[4], como señal de un pasado que nos da la clave del presente: si tenemos el coraje de ir hasta la creación desde la incertidumbre cuestionaremos desde el vamos el cretinismo del poder. Así el pasado de la muerte de Ibero en su aniversario nos ofrece desde una obra trunca las claves del presente 40 años después[5], en cuanto esas señales se yerguen pese al horror de una interrogante asesinada en plena juventud. El terrorismo de Estado pudiera quizás ser comprendido con esa medida: todo Estado supone ante todo el terrorismo, en el sentido metafísico que señalaba Vattimo acusando al Uno supremo[6], pero además, en cuanto esa condición impar se opone en su unidad de sentido al caos primordial de la creación. Esta última no es legítima si no cunde desde la incertidumbre que arroja el ancla de una interrogación, pero la interrogación no la sostiene, apenas la fija a un fondo.

“Antígona oriental” plantea en el terreno del terrorismo de Estado una condición grotesca del poder, en tanto que connivencia estratégica entre las ínfulas del Estado y las señales de identidad de las víctimas. Esa concomitancia estratégica entre victimarios del pasado y del hoy conduce al bochorno antes que al desencanto, en cuanto elimina el lugar de un sentimiento ideal que intercediera ante la realidad con ánimo de alternativa. Cierta razón profunda del terror de Estado encuentra su fundamento particular en esa correlación entre “razón de Estado” y “estado de la realidad”. En cuanto tal relato de correlación se hilvana bajo el signo fehaciente de “racionalidad”, conduce al bochorno de toda idea, de cara a la realidad grotesca del poder.

El mismo bochorno se traslada a la educación, donde la autonomía se ve sometida al doble voto de la autoridad, o a la reforma del Estado que se propicia a costa de los funcionarios, mientras se omite con aire de distracción la cuestión decisiva del costo para los empresarios. El grotesco señala a las claras que la realidad impera sobre la racionalidad, con un efecto de bochorno simbólico, que no avanza en ninguna historia sino a costa de alguna renuncia.

Las claves requeridas por el presente conducen a una economía simbólica del sentido, que distorsiona ante todo lo propio del sentido, en cuanto el absurdo gana de inmediato la partida contra cualquier interpretación razonable. Este absurdo no consiste en una falencia de lectura, recompuesta por la vía de un “razonamiento por el absurdo”, sino en la falencia humana que connota “lo creo porque es absurdo”[7], en cuanto una persistente incongruencia de las actuaciones se respalda paradójicamente en una ilusión permanente, que escribe “liberación” con tinta de lugar propicio en la realidad. Lejos del lugar de la idea que ocupa la utopía, nos encontramos con una ocupación eficiente de todos los lugares por un parque industrial de la humanidad. Un régimen de producción del sentido acarrea la polución del mundo, en cuanto el sentido de un mundo posible requiere el lugar humano, localidad que se ve, sin embargo, reducida al fantasma en la máquina.

La reversión del mundo en máquina es la propia posibilidad de la modernidad, es decir, de la correlación sistemática, vía naturaleza, entre el sujeto y la realidad. Por esa razón, a toda falencia del mundo le ha correspondido, en clave moderna, una idealidad consumada en la máquina. Sucede que tal reversión, lejos de obedecer a un ajuste de la índole del sentido de la historia, corresponde a un desajuste de la índole de la historia del sentido, que nos muestra que el desplazamiento de lugares humanos y mundanos es permanente, incoercible y subrepticio. Ante la emergencia de un acceso a este devenir, conviene ilustrarse en la historia del sentido, antes que en un sentido de la historia perforado por el fantasma que habita la máquina política.

En “La invención de Hugo Cabret” de Scorsese, el mito y el cine, es decir el movimiento del tiempo, se unen en el autómata que replica al humano. La invención del cine o cualquier otra no se diferencia de la reparación de la máquina mítica del tiempo, representada por el reloj o por el autómata. La automatización del tiempo no es posible, sin embargo, sino a través del mito. Por eso Scorsese concede un lugar especial a Meliès, mago ilusionista de profesión, que quizás por lo mismo fue el primero en vincular el designio íntimo con la imagen en movimiento. Sin embargo, Meliès se ve superado en la sensibilidad pública por el advenimiento de la primera Guerra Mundial, cuyo horror en imágenes supera el vínculo entre mito e ilusión y lo lleva por el sendero de una mitología de la fuerza y el horror, que anticipa la filosofía de Nietzsche y cristaliza la narrativa de Céline.

Ibero retoma en su obra con instinto generacional, un legado de “pasaje al límite” de la realidad a través de la racionalidad, que es efecto de la 2ª Guerra Mundial y que ocasiona tanto la desaparición del intelectual orgánico, como lo señalara Foucault[8], como el desafío de la humanación del presente tecnológico que lleva infusa, aunque no en tanto fatalidad, una condición racional –es decir, mecánica-. Esa creación sólo puede sostenerse en la incertidumbre y esta provenir del coraje. No tan sólo de saber, sino ante todo, de saber asumir la incertidumbre como un norte sin brújula.

 


[1] Torello, G. “Orientar a Antígona” La Diaria (09/02/12) Montevideo, http://ladiaria.com.uy/articulo/2012/2/orientar-a-antigona/

[2] La expresión de Hegel es “Todo lo real es racional y todo lo racional es real”.

[3] La expresión de Kant en latín se traduce por “atrévete a saber”.

[4] En poesía: Gutiérrez, I. (2009) Obra junta (antología de Luis Bravo y Laura Oreggioni), Estuario, Montevideo.

[5] Ibero fue asesinado por el Escuadrón de la Muerte el 28 de febrero de 1972.

[6] Este blog retoma el criterio de Vattimo en El mayordomo de la mundialidad, Democracia del siglo XXIhttp://teodulolopezmelendez.wordpress.com/2012/01/02/el-mayordomo-de-la-mundialidad/

[7] Daniel Feldman publicó en el semanario Voces en dos períodos desde 2009 una sección que homenajeaba la frase de Tertuliano credo quia absurdum .

[8] Foucault, M. (1997) “Verdad y poder” en Teorías de la Verdad en el Siglo XX, Tecnos, Madrid, p.455.

 

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Transiciones hacia la Democracia

Publicado por Teódulo López Meléndez en marzo 4, 2012

 

Transiciones hacia la Democracia
La primavera árabe ha vuelto a poner en el escenario mundial el desafío de las transiciones hacia la democracia.
Oscar Ortiz Antelo
Túnez, Egipto y Libia están viviendo un periodo intenso de debate social sobre cómo, construir sociedades democráticas de personas libres que no solo garanticen a sus poblaciones los derechos humanos fundamentales sino también mejoraren sus condiciones de vida para superar la pobreza, desarrollar y modernizar sus naciones.
En Latinoamerica, también existen transiciones en curso aunque aun no se han producido cambios de régimen. Cuba y Venezuela son los casos más notables. En el caso de Cuba, el régimen comunista ha tomado algunas decisiones iniciales hacia una transición económica. Lo hicieron ya hace tiempo con las condiciones para la inversión extranjera, por ejemplo en el sector de hidrocarburos, donde las impresas transnacionales encuentran mejores condiciones para invertir que en Bolivia. Sin embargo, el gobierno de los hermanos Castro se resiste a iniciar la transición política, habiendo convertido su último Congreso partidario en un escenario de mayor concentración de poder en los sobrevivientes de la revolución, los cuales deberán enfrentar inexorablemente las limitaciones de edad de la naturaleza humana.

En el caso de Venezuela se presenta una doble condicionalidad. La más importante es que la oposición democrática ha logrado en las últimas elecciones una mayoría electoral, una estructura organizativa nacional y sobre todo una imagen de capacidad de convertirse en verdadera alternativa para gobernar Venezuela. La segunda, es la salud de Chávez, que por motivo del cáncer que padece podría privar al régimen de su principal factor de unidad y fortaleza. Sin embargo, en todos los escenarios Venezuela se encamina hacia una transición que seguramente será muy difícil y al mismo tiempo muy influyente en el conjunto del escenario político latinoamericano.

Si las transiciones de Cuba y Venezuela se concretan, los demás gobiernos de la ALBA se verán privadas de la inteligencia del régimen Cubano y del dinero venezolano que por vías no oficiales se canaliza para financiar campañas políticas para llegar al gobierno y sostenerse en el mismo. No obstante, no hay que menospreciar a estos gobiernos que ya han aprendido las técnicas para someter a las sociedades, cuentan con los recursos y la fuerza del Estado y difícilmente acepten ceder el poder con facilidad. A pesar de ello, la historia reciente nos muestra que los gobiernos más fuertes en determinados momentos no pueden resistir la demanda de libertad y democracia de las sociedades de redes del siglo XXI.

Todo ello nos debe llevar a mirar con atención los procesos de transición que se están desarrollando, especialmente las condiciones del cambio de régimen, la reconciliación en sociedades polarizadas, la reconstrucción de la institucionalidad democrática y la gestación de modelos sociales y económicos de sociedades empobrecidas que claman oportunidades y bienestar.

Oscar Ortiz Antelo

Ex presidente del Senado Nacional de Bolivia

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El absurdo de vivir bajo sospecha

Publicado por Teódulo López Meléndez en febrero 26, 2012


Por Alberto Medina Méndez

Cada vez se presenta con más frecuencia, aquella situación por la que los que generan riqueza, los que conducen la locomotora del mundo, los que lideran los grandes cambios, esos que impactan en la humanidad toda para siempre y de modo positivo, trayendo progreso, deben pedir permiso a los que no lo hacen para avanzar con el único camino genuino conocido y probado para salir de la pobreza, el de producir.

Las naciones que han logrado salir adelante, son las que producen, las que multiplican sus recursos. Ninguna sociedad puede hablar siquiera de redistribución, si previamente no ha hecho los deberes, obteniendo los medios para ello.

De hecho, las comunidades que se pasan repartiendo lo ajeno, y a veces  lo que ni siquiera existe, terminan invariablemente en la quiebra, y se empobrecen secuencialmente hasta que sus crisis los destruyen. Aunque habrá que decir a su favor, que sus ejecutores siempre se las ingenian, para encontrar un culpable, o muchos, a quienes atribuirles la responsabilidad del fracaso de sus políticas e ideas.

Nada describe mejor este fenómeno que aquella cita que se le atribuye a Ayn Rand que dice que “cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada, cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes sino favores, cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos sino por el contrario son ellos los que están protegidos contra usted, cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar sin temor a equivocarse que la sociedad está condenada”.

Lo paradigmático, es como muchos empresarios, siendo funcionales a esta dinámica terminan sintiendo cierta culpa por ganar dinero, sin comprender que ese es su principal fin y que para eso están en el ruedo.

Manuel Ayau decía que “la responsabilidad social de una empresa en una economía de personas libres es la de obtener beneficios para sus dueños, para lo cual debe competir con otros en beneficiar con sus productos y servicios a los demás miembros de la sociedad. Las ganancias empresariales no empobrecen a nadie, salvo cuando son producto de algún privilegio otorgado por el gobierno “.

La responsabilidad de las empresas es producir, crear riquezas, generar ganancias, solo así contribuyen con su sociedad a disponer de empleo genuino, fuentes reales y dignas de trabajo, oportunidades que mejorarán las chances de su entorno cercano de modo concreto y directo.

Cierta cultura de autoflagelación los ha llevado a muchos emprendedores, a  adquirir principios solo consecuentes con la filosofía de sus saqueadores.

Eso explica porque cada vez con más vigor, ciertos empresarios hablan con convicción y a viva voz, de responsabilidad social empresaria, como si su tarea fuera distribuir recursos sin nada a cambio, o llevar adelante acciones altruistas para que la sociedad no los ataque por ganar dinero.

Es paradójico que la sociedad toda se enoje con las empresas por percibir beneficios, cuando se ven claramente favorecidas por su presencia, y cuando en sus vidas personales todos concluyen funcionando de igual modo, es decir, intentando maximizar utilidades, obteniendo el óptimo  posible de ingresos, por el mínimo aceptable de esfuerzos.

Difícil es comprender esa hipócrita postura de que los demás no pueden hacer lo que ellos individualmente intentan todos los días. Siempre consideran que merecen cobrar más de lo que perciben, y les parece que los demás ganan demasiado, que las cosas que compran cuestan en exceso para sus magros ingresos. Es decir tratan de pagar lo más barato para quedarse con la mayor cantidad y calidad a su favor. Ecuación lógica para ellos de modo personal, pero aparentemente inmoral cuando de los demás se trata, mucho más aun si de empresarios hablamos.

Esos empresarios, parecen haber inaugurado una nueva modalidad, la de empezar a pedir permiso, para hacer grandes obras tratando de justificar sus inversiones, su riesgo y actitud de crecimiento, dando múltiples explicaciones sociales. No se entiende para que ni porque.

Pareciera que lo ideal fuera pasar desapercibidos, si se pueden hacer muchas cosas pequeñas mejor, y solo se animan a proyectos importantes, a emprendimientos magníficos, los más audaces, a veces inclusive los más inocentes, sin saber que los espera a la vuelta de la esquina, una andanada de críticas, sospechas y acusaciones para amedrentarlos.

Algunos en este mundo siguen sin entender que las sociedades que tienen el ingreso per cápita más alto, los salarios promedios más elevados, son los que acumulan capital, los que no le ponen techo al crecimiento económico, sociedades donde la envidia no manda.

Nosotros, aun vivimos en sociedades, que están más preocupadas por la renta del vecino, que por la propia, de acusar a los que ganan dinero, por haberlo conseguido, y buscarles la explicación a esa utilidad elevada, hurgando para encontrar donde cometieron algún delito para lograrlo.

Hay que decirlo. A veces tienen razón, pero no siempre, y las mas de las veces acusan a todos por lo que hicieron unos pocos. Delincuentes e inmorales existen en todas partes. No solo algunos pseudo empresarios obtienen rentas desmedidas por su esfuerzo, recurriendo a ardides o picardías poco elogiables, también, muchos individuos se ganan el dinero delinquiendo, o a veces con trabajos en los que cobran por lo que no hacen ni se esfuerzan, puestos a los que ingresaron sin meritos, por solo disponer de influencias o parentescos. A no horrorizarse tanto.

Lo preocupante es que ciertos empresarios, esos de los buenos, los que han hecho el dinero de modo legal, con mucha virtud de por medio, parecen disculparse cuando dicen daremos empleo en blanco, nos portaremos bien, pagaremos nuestros impuestos, facturaremos todo lo que hacemos sin evadir, cumpliremos las leyes, desarrollaremos a nuestros recursos humanos, no nos llevaremos la plata a otro país, no dañaremos a nadie, trataremos bien a la gente, en fin, una innumerable lista de explicaciones que no debieran ser necesarias por su obviedad.

Hay que tener cuidado con aquellos principios incorrectos, que algunos militantes ideológicamente interesados en difundir esas ideas, recitan y repitan hasta el cansancio. Después de todo eso es esperable, ahora que otros lo acepten como premisa verdadera es más grave. Tal vez sea oportuno recordar aquella frase de Jorge Luis Borges que decía “hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos.” Por eso, bien vale la pena, actuar de acuerdo a las propias convicciones, para no favorecer al absurdo de vivir bajo sospecha.

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