DEL “BUSHISMO” AL “OBAMISMO”
Por Fernando Mires
La experiencia ha enseñado que cuando un político, en este caso Barack Obama, es atacado desde los extremos, es señal de que va caminando por la correcta senda.
En América Latina lo estamos viendo: los gobernantes del ALBA, siguiendo las diatribas que desde su lecho mortal envía Fidel Castro, insisten en declarar que entre Bush y Obama no hay diferencias, probando que añoran a Bush como a un amor que se fue para nunca más volver.
Los comentaristas de derecha tampoco se quedan cortos. Acusan a Obama de débil y vacilante; insisten en que debe aumentar las sanciones en contra de Cuba; se quejan porque ha retirado sus tropas de Irak; presionan para que declare cuanto antes la guerra a Irán; lo acusan de alimentar el auge del islamismo y, más recientemente, de no enviar marines a Siria. Añoran, en fin, al igual que sus epígonos izquierdistas, los tiempos de Bush (Jr.) cuando todo era fácil, cuando una línea recta separaba a los malos de los buenos, y cuando los esquemas de la Guerra Fría continuaban vigentes.
Son pocos los observadores que han leído el presente de acuerdo a perspectivas amplias. Uno de ellos es, a mi juicio, Shlomo Ben Ami, ex ministro israelí de Asuntos Exteriores.
Ben Ami fue uno de los primeros en señalar que el peligro que hoy se cierne sobre los países del Oriente Medio no reside en los regímenes islámicos sino en la contrarevolución de los militares. En su más reciente artículo (El País, 8 de enero de 2012) Ben Ami aconseja, además, a los EE UU, disminuir su obsesión por el Oriente Medio. El argumento de Ben Ami es muy fino: Si EE UU logra liderar un fuerte polo democrático mundial, los gobiernos árabes tenderán a orientarse en esa dirección y no, por ejemplo, hacia Rusia (o China). Eso es, por cierto, lo que Obama ha venido intentando desde los días en que pronunció su ya legendario discurso de El Cairo (2009) Releyendo ese discurso –según la visión literaria de Carlos Fuentes: profético- es posible detectar a la luz de acontecimientos recientes, tres líneas centrales:
1.- No existe ninguna contradicción fundamental entre el Islam y los EEUU. El entendimiento sobre bases políticas y no militares es posible. Ello implica un terminante rechazo a cualquier intento por revivir la tesis de la “guerra de las civilizaciones”
2.- El gobierno de los EE UU se compromete a corregir errores cometidos en el pasado, cuando apoyó, por razones geopolíticas, a implacables dictaduras militares.
3.- Pero un nuevo comienzo exige un compromiso tácito. Así como los EE UU se comprometen a disminuir la presión militar, los gobiernos de la región islámica deben aceptar dos condiciones: La primera: no habrá ninguna concesión en la lucha en contra del terrorismo internacional. La segunda: reconocimiento del Estado de Israel.
A primera vista pareciera que estuviéramos frente a una reedición de la polémica norteamericana entre un “poder duro” y un “poder suave”, términos que popularizó el ex consejero de Clinton, Joseph S. Nye, en su todavía actual libro Soft Power (2004). Sin embargo, la posición del gobierno de Obama va más allá de un cambio de método. Se trata de un giro trascendental en la política internacional. Estamos hablando –ese es el punto- de un cambio que implica sustituir el primado de la guerra por el de la política. O dicho en los términos de Joseph S. Nye: el objetivo es convertir una potencia imperial en una nación políticamente hegemónica.
De acuerdo a la línea Bush, los EE UU requerían de una presencia militar directa en el mundo islámico (Arabia Saudita es un aliado comercial mas no político). De acuerdo a la línea Obama, en cambio, los EE UU privilegian la presencia política (la que no es física) por sobre la dominación militar, apoyando a todos los gobiernos dispuestos a ampliar las libertades democráticas en sus respectivos países.
Como estamos hablando de dos tipos de hegemonía, hay que destacar que la de Obama es una inversión a largo plazo. La primera hegemonía -Bush- está basada en la capacidad de fuego, la que no ha disminuído durante Obama. La segunda -Obama- en el liderazgo político internacional.
Tengo la impresión de que la que más asusta a los tiranos de la tierra es la segunda hegemonía. Frente a ella no tendrían armas –ni rusas ni chinas- que oponer.
Dictadura y prosperidad
por Luis Caro Figueroa
El siglo XX fue un periodo de graves contradicciones y marcados contrastes. Durante tres cuartas partes de aquella centuria, la gran mayoría de los países del mundo estuvo regida por gobiernos autoritarios y dictatoriales; emergieron los grandes totalitarismos y -excepto en las últimas dos décadas- la democracia fue un sistema político minoritario y marginal.
Durante el siglo pasado, la ciencia progresó como nunca antes lo había hecho en los siglos precedentes; sin embargo, la mayoría de los avances científicos se consiguieron a costa del empobrecimiento y la marginación de muchos seres humanos. El progreso de la ciencia y la tecnología hizo que la humanidad alcanzara las mayores cotas de prosperidad y bienestar de la historia, pero también se expandieron la pobreza y el hambre hasta niveles insospechados. Los países perfeccionaron los mecanismos para asegurar la paz, pero al mismo tiempo se produjeron las guerras más tremendas y devastadoras que recuerde la humanidad. Las conquistas de la libertad y de la civilización resultaron, a la postre, ensombrecidas por la barbarie, la opresión y el genocidio. Todo en un mismo siglo.
Solo hacia el final del periodo, el triunfo indiscutible del capitalismo, la aceptación prácticamente universal del mercado como sistema indispensable para la prosperidad, el colapso de la Unión Soviética y el empequeñecimiento del Estado en casi todos los continentes, propiciaron un acelerado proceso de expansión territorial de la democracia liberal como sistema de gobierno, que redujo significativamente el número de países regidos por dictaduras.
La difusión de la democracia fue acompañada por otros procesos igualmente vertiginosos: la aceleración de los intercambios económicos entre países, la interconexión e interdependencia progresiva de las economías nacionales, la mundialización de los mercados financieros internacionales y, especialmente, la interconexión tecnológica de estos y su virtual desregulación.
Un impulso de imitación
Sin embargo, transcurridas más de dos décadas desde el comienzo de aquellos procesos, es posible advertir hoy que el sostenido crecimiento espacial de la democracia en muchos casos no obedeció tanto a la sed de libertad, de justicia y de tolerancia de los pueblos, hasta entonces oprimidos por dictaduras, cuanto a un impulso de imitación: la democracia liberal unida a la economía de mercado había conseguido, hacia finales del siglo pasado, construir una gran prosperidad en un número reducido de “países avanzados”, mientras que las dictaduras y los regímenes autoritarios y populistas -en general, salvo contadas excepciones- solo habían conseguido traer miseria y marginación para sus pueblos.
La democracia formal -entendida como el reconocimiento de la soberanía popular, la celebración periódica de elecciones y la aplicación de la regla mayoritaria- se convirtió entonces en un instrumento al servicio de la prosperidad y del bienestar económicos, más que en una aspiración de justicia y libertad; en una carta de presentación para ingresar a un club de naciones cada vez más interdependientes entre sí, más que en una herramienta para la protección y realización efectiva de los derechos humanos y la consagración de valores como la igualdad o la solidaridad.
Las dudas democráticas
A comienzos de la segunda década del siglo XXI se comienza a poner en entredicho la relación positiva entre democracia liberal y economía de mercado, o, lo que es prácticamente lo mismo, se empieza a cuestionar si las dictaduras (y los regímenes autoritarios y populistas), efectivamente, son solo capaces de producir atraso económico y tecnológico.
Detrás de estas dudas cabalgan la profunda crisis económica y de legitimidad política que, desde 2008 en adelante, afecta a buena parte de las hasta aquí llamadas “democracias avanzadas”; y otro hecho nada desdeñable: que muchos de los países denominados “emergentes” -que no solo han resistido mejor la crisis financiera internacional sino que están creciendo económicamente a tasas muy elevadas- poseen en realidad regímenes autoritarios, cuasidictatoriales o populistas.
Algunos de estos países, como China y los “tigres asiáticos” responden a una larga tradición dictatorial o al menos autoritaria. Pero otros, como Rusia, Brasil o la Argentina son países de reciente democratización. La excepción es, quizá, la India, con una democracia muy antigua y consolidada, pero que exhibe altísimos niveles de desigualdad social.
Pocas dudas caben entonces acerca de que los dos factores antes apuntados han empujado a algunos países de democratización reciente a retroceder hacia fórmulas autoritarias y populistas (incluido el rebrote del caudillismo nacionalista), como única vía para garantizar el mantenimiento del crecimiento económico y, a través de él, para alcanzar mayores niveles de cohesión social.
El objetivo limitado del presente escrito impide entrar en los matices de este proceso de recidiva autoritaria que se está produciendo desde hace años en los países emergentes. Sin embargo, interesa destacar aquí lo que quizá constituya la paradoja más notable de este nuevo siglo: el marcado carácter instrumental de la democracia y el regreso a fórmulas autoritarias o populistas no solo parece estar presente en los países llamados emergentes, con economías hoy relativamente prósperas, sino también en algunos de los países avanzados, de larga tradición democrática, que se encuentran hoy afectados de modo singular por la crisis económica.
Países que llevaban seis décadas de crecimiento económico casi ininterrumpido y que, en base a mecanismos genuinamente políticos, inobjetablemente legales y probadamente democráticos, habían conseguido construir Estados del Bienestar sólidos y estables, atraviesan hoy por una profunda crisis que ya no solo amenaza con la quiebra financiera del Estado sino que también pone en riesgo a la propia democracia y al sistema de libertades públicas. En otras palabras, que en el ojo del huracán se encuentra nada menos que el sistema institucional que sustentó el crecimiento de estos países durante más de medio siglo.
El regreso de los “gobiernos fuertes”
Si bien todavía no hay señales inequívocas de un proceso de desguace a gran escala de las democracias del bienestar, sectores intelectuales y políticos de algunos de estos países miran hoy con una mezcla de recelo y envidia el éxito económico -por otra parte, indiscutible- de aquellos países con regímenes políticos difícilmente homologables a los estándares democráticos tradicionales.
Desde el autoritarismo de China -la segunda potencia mundial- o Rusia, pasando por los regímenes cuasidictatoriales de algunos de los llamados tigres asiáticos, hasta el remozado populismo nacionalista de países como el Brasil o la Argentina, todo se conjuga para que en el Primer Mundo democrático comiencen a escucharse voces que abogan por el regreso de “gobiernos fuertes” capaces de conducir la economía con mano de hierro y de contener, con idéntica firmeza, la creciente inquietud popular.
En algunos casos -afortunadamente, por ahora, muy marginales- se ensaya incluso una tardía defensa de las dictaduras del siglo XX, algunas de las cuales -se dice- trajeron prosperidad para sus pueblos y sentaron los cimientos de la verdadera democracia. En esta línea de pensamiento, hay ya quien propone levantar la excomunión a dictadores como Francisco Franco o Augusto Pinochet, con el argumento de que “no fueron nefastos” para sus pueblos, y en el convencimiento de que, al igual que en la economía, en la política también existen “ciclos”, en los que la variable de ajuste no parece ser otra que la libertad de los propios ciudadanos.
La sensación cada vez más generalizada de que hay países no muy claramente democráticos que están haciéndolo mucho mejor en materia económica está llevando a algunos a razonar de una forma parecida a la de Lenin cuando a comienzos del siglo pasado respondió a las inquietudes humanistas del socialista malagueño Fernando de los Ríos diciéndole aquello de “Libertad, ¿para qué?”.
Los argumentos que se ofrecen desde estas posturas son, desde luego, sorprendentes, pues tienden a poner de relieve una de las mayores paradojas del siglo XX: la prosperidad y la “grandeza nacional” fue construida por los dictadores más crueles del planeta. En esta línea, se recuerda -ya sin complejos- que Mao Tse Tung fue el autor de la modernización y de la grandeza de China y que nunca aquel gigantesco país había alcanzado, hasta Mao, semejante grado de prosperidad.
En tiempos en que se demanda “mano fuerte” para controlar el desbocado déficit fiscal de los países ahogados por la crisis de la deuda, no falta quienes recuerdan que el caso de China no es único y que lo mismo ha ocurrido en casi todos los países gobernados por regímenes de fuerza, de uno u otro carácter o de diferentes ideologías.
Basta con pensar -dicen- que en las dictaduras no hay huelgas; que los obreros trabajan más horas, cobran menos y realizan sus labores sujetos a la vigilancia de capataces y comisarios, bajo la amenaza de castigo. Alemania —afirman— nunca fue tan fuerte, tan próspera, ni impuso tanto respeto en el mundo entero como bajo Hitler. Lo mismo ocurrió en Italia con Mussolini, en la URSS con Stalin, en Cuba con Fidel Castro o en España con Franco.
Se trata, insisto, de posiciones extremas y no de movimientos consistentes que convoquen abiertamente a dejar de lado a la democracia, pero que ponen de manifiesto de una forma cada vez más nítida una relación directa y estrecha entre el disfrute de las libertades públicas y el desempeño de la economía.
La esperanza democrática
Son los científicos los llamados a estudiar en profundidad hasta qué punto el deterioro de la economía puede traer aparejado el retroceso de la democracia en los países centrales, y si los países emergentes, con sus fórmulas autoritarias o populistas, constituyen un ejemplo a imitar por aquéllos.
Lo que parece claro es que la prosperidad creciente de que disfrutan los países emergentes impedirá, en el medio plazo, que sus sociedades avancen en una línea de expansión de las libertades, de respeto de los derechos humanos, de afirmación del Estado de Derecho, de alternancia en el poder y de incorporación de las minorías a los mecanismos de decisión púbica.
En la medida en que la bonanza económica que beneficia a estos países mantenga a una parte considerable de la población contenta, aunque se profundicen las desigualdades y se ensanche la brecha social, los partidarios de los modelos autoritarios podrán conseguir lo que sistemáticamente se les había negado durante el siglo XX: destruir las instituciones democráticas, conculcar las libertades e instaurar dictaduras sin recurrir al uso de la violencia.
Solo queda la esperanza de que una pronta superación de la crisis económica en los países democráticos avanzados aleje definitivamente los fantasmas de la dictadura y que la recuperación de los valores tradicionales de la democracia liberal (que, por cierto, nada tiene que ver con el neoliberalismo económico) sea la oportunidad para que los países con democracias recientes conviertan a la prosperidad en un instrumento para construir un sistema político en el que prevalezcan los derechos que derivan de la filosofía ética, política y jurídica de la democracia.
Vicios de la democracia en el siglo XXI
Por Federico Vitale
Algo novedoso sucede en la República Argentina. Si tuviéramos que explicarle a los indignados del norte una serie de pasos a seguir para enfrentar el próximo escenario político y económico en sus naciones, esto es, las decisiones y acontecimientos de los últimos años que nos han permitido crecer luego de nuestra experiencia histórica reciente, primero deberíamos ponerlos al tanto de sus propias limitaciones enfocadas desde su definitoria pérdida de soberanía en el cabal sentido de la palabra.
La multilateralidad ha resultado ser un instrumento efectivo de contralor ya no de ciertos países contra otros. El complejo entramado de relaciones financieras, corporativas y políticas nos lleva a pensar prontamente en la necesidad de dejar de lado el enfoque de que hay países predominando sobre otros, porque ya no se trata de territorios geográficos sino verdaderas realidades virtuales bancarias actuando en consecuencia a las prerrogativas de los grupos económicos dominantes.
Dicho esto, nos encontramos con un Norte en donde:
- Los Bancos Centrales son independientes de los gobiernos y quienes son elegidos por el pueblo no tienen posibilidades de administrar la política macroeconómica.
- Se aplican políticas de crecimiento del sistema financiero por sobre el de la economía real, esto es, el trabajo y el consumo.
- La sujeción al euro impide una política económica independiente de los poderes corporativos. La integración fue financiera, ni política ni en beneficio del crecimiento conjunto.
- Los gobiernos son elegidos a partir de un fuerte lobby corporativo y mediático que, fuerza es reconocerlo, llegan al poder merced a una falsa percepción de sus electores de las alternativas a la salida de la crisis. Eligen creyendo que la solución propuesta por dichos candidatos son las únicas.
- De dichos gobiernos participan verdaderos tecnócratas que provienen de diversas empresas que prontamente se ven beneficiadas por la aplicación de políticas de ajuste a las clases laboriosas.
- Los medios de comunicación, naturalmente, influyen en la política económica y llegan incluso a definirla. Han demostrado ser verdaderos monopolios de información que impiden ampliar el debate y encontrar soluciones alternativas. Definen la agenda mediática y la prensa de menor escala se encuentra obligada a seguirla. Sin duda alguna, también son efectivos defendiendo los intereses de las grandes corporaciones que pagan grandes caudales de dinero en publicidad.
Nos proponemos ilustrar en una pirámide el régimen democrático tal como consideramos –o como los últimos acontecimientos nos han revelado- se encuentra definido en el mundo occidental en la actualidad. Los ciudadanos ya no se encuentran en la base, sino en la cúspide.
Pueblo
Sistema Político
Bancos Centrales
Organismos Multilaterales de Crédito
Banca Privada / Corporaciones.
Medios de Comunicación. (Base)
Bueno, es interesante como logramos desentrañar algo con solo mirar los estamentos: la pirámide se ha invertido en su totalidad. Además se han incluido nuevos actores que parecen estar ocultos en la escena cotidiana, pero, como decíamos, condicionan y hasta definen la agenda. La democracia se ha redefinido a si misma. Pero en la percepción del común de los habitantes de los pueblos del mundo, sigue siendo de la siguiente manera:
Sistema Financiero
Política económica
Sistema Político
Pueblo (Base)
Que en Argentina se haya dado una reforma comunicacional, y que a veces nos cueste creer que en el mundo no se den cuenta de estas falsas nociones del poder real, no quita que debamos comprender con una visión más abarcativa cuán fuerte ha sido esta promoción de ideas del pensamiento único, cuán fuerte penetra en los ciudadanos y qué tan difícil es lograr la puesta en escena de opciones distintas, de escuelas de pensamiento distintas. Dos años atrás un gobierno que había demostrado prontamente ampliar las bases reales de ciudadanía en Argentina, perdía elecciones legislativas por la amenaza constante en los medios de comunicación sobre el supuesto fracaso a futuro de la política económica que se estaba implementando y el peligro de la delincuencia. Y en esto hay que ser claros al llevar nuestro mensaje a las naciones del mundo: ¿por qué consideramos que la base del poder real actual se concentra en los medios de comunicación dominantes? Porque la inversión de la pirámide no logra ser percibida por los pueblos por una digresión comunicacional, promovida por dichos medios devenidos en corporaciones oligopólicas y con innegable influencia en esta época comprometida.
Leyes que democraticen en el mundo las telecomunicaciones, que amplíen el acceso al espectro comunicacional, permitiría enseguida engrandecer el debate, incluir nuevas opiniones, y acercar a nuevos actores para que se comprometan en la búsqueda de soluciones más acertadas en un mundo cada vez mas aliado financieramente pero excluido en sus aspectos sociales. Por otra parte, contribuiría increíblemente a esa abstracción cosificada en estos tiempos que significa la paz mundial, ya que los países hegemónicos encontrarían serias limitaciones para intervenir bélicamente otras naciones sin excusas ciertas acordes al derecho internacional y el cuidado de la humanidad.


