
por Ricardo Viscardi
No es frecuente en la circunstancia percibir que se llegó al otro lado. La impresión de estar alcanzando otro lugar registra lo acontecido en el acontecimiento. Cuando se genera esta condición se supera el borde del tiempo, es decir, se accede a lo propio del tiempo, al paso de pasar [1].
El cotejo del borde traslada la verdad allende el límite. Lo que se encuentra más allá anuncia lo que se ha desplazado imperceptiblemente y que de pronto alcanza figura divisable. Esta visibilidad ya es división y permite una primera toma de distancia, en principio como distancia incoercible de una emotividad que pugna por ir al otro lado. Tal desborde configura asimismo un anuncio de lo absoluto en tanto ajenidad. Lo ajeno no nos pertenece, pero no deja de involucrarnos. Estamos involucrados en la suerte que pertenece a alguien que no nos pertenece.
Esa pertinencia de lo impersonal constituye el mayor desafío para la decisión que se sustente en la libertad.
El efecto del diario de Ana Frank es destacar lo inefable de la inocencia personal. De esa forma, la tragedia de la casi adolescente víctima del exterminio nazi de lo diferente, ponía de relieve hasta qué punto la Humanidad era una ficción narcisista de la Historia, incluso fatal a los crédulos. Sin embargo, la propensión a justificar un relato de la transparencia de la conciencia persistió en hacernos creer que el nazi-fascismo fue una anomalía socio-económica, sin percibir que todo lo que pueda ser imputado a la naturaleza de la sociedad lo es asimismo a una pretendida universalidad de conciencia.
El síntoma cancerígeno de la degeneración del humanismo en etno-nacionalismo no cesó de sacudir el debate de la segunda mitad del siglo XX, en particular ante la multiplicación de los campos de exterminio de derecha y de izquierda, incluidos aquellos instalados en los países llamados subdesarrollados bajo el influjo institucional y estratégico explícito de los vencedores militares del nazi-fascismo.
Los adoradores de la transparencia de la conciencia, incluyendo a los nostálgicos de la “subjetividad transformadora” y a los adalides de la “iniciativa privada” no lograron desplazar en ningún sentido perceptible la cuestión de la tragedia totalitaria del siglo XX. Esta incapacidad teórica es determinada por el mismo anclaje de los relatos neo-revolucionarios y neo-liberales en un núcleo de significación inefable, cristalizado en tanto tautología procedimental[2]. En tales términos, la autoridad del procedimiento proviene de la cristalinidad de su forma, tal como quería Narciso. Ante tal objetividad pura lo ajeno exige racionalmente ser exterminado.
El objetivo del diario de Ana Frank era la memoria de Ana Frank. Esa memoria no era objetiva, en un sentido que superara la existencia de Ana Frank. Por eso el exterminio de Ana Frank subrayó de la manera más objetiva hasta qué punto pendía una amenaza sobre el ser propio de un humano, tan sólo por la condición de encontrarse marcado en alguien.
La estrategia de regeneración de la Humanidad, por la vía de poner límite a la diferenciación de los miembros de la especie, constituye la racionalidad totalitaria. Su racionalismo pretende lograr la forzosa reducción de las pautas de la identidad, para preservar el registro de una forma nativa ante usos espurios. Aducir que esta moral de la identidad formal conduce a las más aberrantes inmoralidades es no entender el principio de toda moral basada en el sí mismo: su necesidad de fundarse y estar ante sí como ante otro, que por la misma condición doble de toda moral, vincula en el texto de Lacan a Sade y Kant entre sí[3].
Una percepción del fascismo en tanto restauración autocrática del Orden de la representación, fatalmente deshilachado por su propio fundamento en la individualidad de su avatares exógenos, no puede avanzar sino periféricamente[4]. Sus alianzas se anudan allí donde el sistema de las identidades, las representaciones y los poderes, que Occidente acuñó en la forma-Estado, cede lugar por sus propias fallas y anomalías constitutivas (la necesidad de excluir y marginar, en particular).
De esas falencias que aquejan a un sistema que permite perpetuarse clausurándose, el actual debate en torno a la prolongación del nazi-fascismo en sus antiguas víctimas, a través de la intervención militar del Estado de Israel en la franja de Gaza, constituye una de las expresiones más patentes[5]. Las acusaciones recíprocas se basan en el mismo argumento del exterminio étnico masivo. Pero en cuanto lo étnico encierra la cuestión de la identidad, la condición de la diferencia que enciende la chispa de la explosión genocida queda, en los dos sentidos de la argumentación, abstrusa.
En el caso del afán expansionista que se le imputa a Israel, no se diferencia la razón de Estado del integrismo étnico. La supuesta conspiración antisemita que incluye a quienes se inclinen críticamente ante la situación, estados árabes moderados incluidos, no es sostenible desde el punto de vista de ninguna racionalidad de Estado. Esta perspectiva del mundo en pandemonio antisemita no es asimilable a ninguna perspectiva que aspire a una hegemonía y a una política de alianzas sostenida en relaciones entre estados, e incluso atenta contra una idea de la comunidad de naciones en tanto organización de estados (ONU). Detrás de esta agresión masiva y de esta agresividad no disimulada se percibe un designio de determinación unilateral de las condiciones, que no puede provenir sino de quien se cree dueño del destino propio y del ajeno. Si la cuestión del Estado se plantea allí donde surge otra nación[6], en este caso la desestatización creciente de la política israelí pone en evidencia la condición insignificante que en la sensibilidad pública de esa población adquiere la causa árabe, en particular y sobre todo, la palestina.
Por otro lado, el argumento israelí de un designio de exterminio del Estado de Israel en razón de un fanatismo religioso, no explica cómo el integrismo musulmán ha crecido en el Medio Oriente a la par que el conflicto que hoy atizan los israelíes por su parte. Si Hezbollá se acrecentó, a la par que se consolido el régimen de los Ayatollah en Irán, mientras se continuaba la propia guerra que las potencias occidentales alineaban contra el mismo Irán, nada da a pensar que la masacre de palestinos genere entre sus filas reacciones en otro sentido. Incluso porque, Al Quaeda mediante, nadie puede ignorar que el integrismo musulmán crece en la región, dentro del propio Egipto inclusive, por más que Israel pretenda injerencia indirecta entre los árabes más moderados.
En verdad, la furia totalitaria contra la diferencia encarnada en el diferente marcado, ha traspasado, llevada por la presencia a distancia (de identidades, idiosincrasias, sensibilidades), del objetivo del pensamiento al objetivo de la cámara. Esta injerencia multiplicada por la instantaneidad de la señal mediática en la condición ajena, pone a toda persona en el trance de su alteridad ante poderes extraños. La guerra en el visor que propalan las agencias isralíes, a través de la cámara que presenta desde el mismo misil la progresiva aproximación al blanco, hasta que otra cámara registra la explosión que aniquila a la primera y su destino, expresa metafóricamente la condición mediática del objetivo en la actualidad.
Esta condición ya no es la del objetivo de una memoria, como en el diario de Ana Frank, sino la del objetivo de una visual, como la que tiene cualquiera desde su ventana mientras la cámara registra la aproximación del misil a esa fuente de visibilidad. Cada mirada pasó a ser un objetivo en el ser de la tecnología, en particular porque la tecnología se encuentra hoy liderada, en todos los campos, por las técnicas de la imagen, cuyo objetivo primordial es provisto por lo que una mirada pretende gobernar.
De ahí que el totalitarismo y el fundamentalismo presenten perspectivas diferentes del exterminio. El totalitarismo anunciaba la liquidación de toda diferencia espuria, por su impertinencia canónica para un régimen logocéntrico de la representación, particularmente trazado en el eje étnico-racial. El fundamentalismo propende a la reacción violenta de creencias agredidas a domicilio, ante tendencias que desestabilizan su centro de equilibrio, se propone destruir la fuente del daño que advierte en medio suyo. Mientras el totalitarismo apunta al exterminio del extranjero (a una idiosincracia, a costumbres, a una etnia) el fundamentalismo se propone atacar al mal donde sus manifestaciones suponen un peligro para su propio destino.
Así, el objetivo de Ana Frank pasó de la identidad de una memoria a la memoria de toda identidad, que en un campo de objetivos a distancia constituye una visión finalista del destino singular de cada uno[7]. La trascendencia descendió de un más allá inefable a un más allá enfocable, centrado en la mira de cada quién, en tanto blanco de un poder de destrucción militar, objetivo de una política de medios, designio de estratagemas diplomáticas. La cuestión del fundamentalismo se plantea entre convertir a cada uno en un objetivo o admitir la tercería incluida de la ajenidad, en el núcleo mismo de la condición humana, de la condición de existencia, de lo vacuo de toda condición que aspire a ser una misma.
[1] Sobre la concepción de Derrida al respecto ver Viscardi, R. “La verdad del equilibrio” (2002) Revista Actio 1, FHCE http://www.fhuce.edu.uy/public/actio/Textos/I-1/Viscardi.htm
[2] « Si el « problema del conocimiento » se hubiera formulado en términos de las relaciones entre proposiciones y el grado de certeza que se les atribuía, y no en términos de supuestos componentes de las proposiciones, quizá no hubiéramos heredado nuestra idea actual de « historia de la filosofía » . Rorty, R. (1983) La filosofía y el espejo de la naturaleza, Cátedra, Madrid, p.142.
[3] « La Filosofía en el tocador viene ocho años despuésqe la Critica de la Razón Práctica. Si depués de haber visto que le es acorde, demostramos que la completa, diremos que presenta la verdad de la Crítica.
Lacan, J. (1971) Ecrits II, Seuil, Paris, p.119.
[4] Es la lectura de Baudrillard que seguimos en Viscardi, R. (2005) Guerra, en su nombre, Arcibel, Sevilla, p.51.
[5] Es ilustrativa al respecto la polémica entre un representante del Comité Central Israelita del Uruguay y l central sindical única (PIT-CNT) ver : Buszkaniec, I. (entrevista) « Nunca se les acusó de fascistas » La República (10/01/09), Montevideo http://www.larepublica.com.uy/
[6] Ver al respecto la afirmación en cotejo de los estados-nación europeos entre sí : Marramao, G. (2006) Pasaje a Occidente, Katz, Buenos Aires, p.188.
[7] El componente religioso del análisis incrementa su participación explicativa en los distintos textos, incluso de sociólogos-economistas, ver al respecto Sader, E. Gaza : preguntas y respuestas en Compañero http://www.pvp.org.uy/?p=466 , asimismo, Mirza, Ch. « Que Jehová los perdone » La República (15/01/09) Montevideo http://www.larepublica.com.uy/
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