(Filósofo-Universidad de la República, Montevideo)
En el período fundacional del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) una frase cristalizó la percepción que mancomunaba al grupo inicial, más allá de una diversidad de orígenes: “Los hechos nos unen, las palabras nos separan”. La condena del lenguaje, cuando no se contrapone a otra índole de expresión, como sucede cuando se condena el verbalismo, encierra el encandilamiento metafísico más paralizador, ya que se postula, con la inhabilitación in totum del lenguaje, un acceso pleno e inmediato a una realidad absoluta. No otra cosa constituyó desde siempre el designio de la metafísica: ir más allá de la limitación, de la índole perecedera y del condicionamiento subalterno[1].
Las palabras concitan, en occidente, la vía que se abre paso entre las señales contradictorias y las inclinaciones desordenadas. Este lugar de la expresión adviene en tanto cristalización de elementos instrumentales del pensamiento, proceso de mediación que como ya lo advertía Condillac, hace casi tres siglos, constituye la base sin la cual el pensamiento se borra y disuelve[2]. Sin el oxígeno de la expresión ordenada que supone el lenguaje, la actuación es mera agitación y no llega nunca a la acción que cumple un objetivo. Se podría decir que ese signo aciago de una propuesta sin teoría tenía que terminar en la catástrofe en que se sumergió estratégica y políticamente el MLN-Tupamaros. Pero es de temer que ese laudo se encuentre, en la percepción de muchos, en cotejo contradictorio con el actual auge electoral del MPP y particularmente con la popularidad de Mujica, en cuanto lo uno y lo otro podrían suponer una proyección trascendente de aquellos hechos transparentes de realidad, eternamente desnudos de palabrerío engañoso.
Si se concuerda con la percepción de una trascendencia de aquel momento fundacional del MLN, conviene entonces restituirlo a las condiciones de su surgimiento, tan lejanas del presente de un Frente Amplio post-dictatorial y ahora gobernante. Una vía directa y simple es la traducción comentada de aquella expresión fundacional “Los hechos nos unen, las palabras nos separan”.
En un contexto de tradición civilista, republicano y democrático-representativo como el del Uruguay de entonces, que incluso llevara al Che, en su visita al Uruguay, a subrayar las oportunidades que presentaba para una estrategia de izquierda, tal desdén por el lenguaje (“…las palabras nos separan”) traducía asimismo una condena de las instituciones, de la legalidad y del estado de derecho. Esa percepción no sólo se acrecentaba ante el acicate imaginario que incitaba el romanticismo guerrillero de la revolución cubana, de la misma revolución argelina y del proceso vietnamita en ciernes, sino que ante todo correspondía a la percepción vernácula de un pantano parlamentarista y declarativo en el que chapoteaba la izquierda uruguaya. Conviene recordar para restituir aquel contexto con verosimilitud, que en el período de hegemonía batllista, a la hora de votar los obreros sindicalizados reiteraban su pertenencia electoral a los partidos tradicionales. En un período en que aumentaba el estancamiento económico y la desigualdad social, el rechazo de una perspectiva de acumulación eterna y barrial, con el signo “afíliate y baila”, que tanto se prestaba a la comunicación parroquial, debiera parecernos justificada al menos por la impaciencia. En esa irritación ante una inacción estratégica anclaba, antes que en una represión y desbaratamiento social que no advino plenamente sino años después, en tanto a inicios de los sesenta era mera figura proyectiva, la presunción tupamara original.
Sería, sin embargo, tan desacertado afirmar que los hechos dieron razón a los que negaban las palabras, como suponer que esa negación de las palabras tenía, más allá de la ignorancia de su propia ignorancia, otra significación que una movilización idiosincrática y generacional. En verdad ni siquiera se puede alcanzar ninguna corroboración, en un sentido conceptual, si se comienza por negar en las palabras la expresión que designa un objeto cualquiera. Esa alergia idiosincrática y generacional al lenguaje -particularmente sugestiva en un país orgulloso por entonces de su cultura, no sólo concitó una versión verosímil de su propia gesta, sino una adhesión masiva[3] tras el vuelco a la derecha del gobierno nacional en el 68. Por consiguiente, ignorar que la ignorancia que cristalizaba en esa percepción antiteórica atesoraba, sin embargo, una significación acorde al momento y a la inclinación subjetiva de los protagonistas de aquella hora, equivale a tirar, junto con el agua del baño objetivista, el bebé de la inspiración efectiva.
En horas difíciles y bajo el signo desacertado de la denegación de los signos, los tupamaros del MLN, que no fueron los primeros ni seguramente serán los últimos tupamaros, expresaron una inclinación removedora y sugestiva de la índole uruguaya. No debe sorprender entonces, que en un giro alternativo de la coyuntura, no sólo sus adversarios (y no sólo de derecha) intenten borrar lo que supuso la guerrilla (incluso más allá del MLN). Tampoco lleva a asombrarse que también la propia posteridad de sus miembros y simpatizantes hayan quedado prisioneros de una percepción verificacionista del acierto y el error, como si la historia caminara por un diseño en puntillado que sólo los aciertos (supuestos –y sub-puestos-, además, por certidumbres transitorias) convierten en trazado de línea plena. Esa visión determinista, moderna y disciplinaria de la política la arroja, en tiempos de comunicación digitalizada y puesta en pantalla, en brazos de publicistas y encuestadores, para hacerla bailar al son del órgano, simiescamente.
Tal racionalismo gana incluso a quienes en el pasado condenaban las palabras y los hace confiar en la ciencia de las encuestas como en la verdad revelada. No se atragantan ahora de literatura revolucionaria romántica, sino que se ahogan en un mar de preguntas-respuesta. Esa misma necesidad de creer en una realidad que ayer borraba las palabras y que hoy navega en cifras, los ha llevado, reyes realistas de la realidad, a no advertir que el legado de la insurgencia guerrillera, que hacía lo que no sabía que hacía porque se negaba a decírselo en palabras, consistió en dejar desnudo al rey, ante la inviabilidad estratégica de estructuras institucionales que no salen del pantano, en lo que a participación y movilización subjetiva se refiere, ni con gobiernos de derecha ni con gobiernos de izquierda. Una mayoría de especialistas de la comarca parecen ahora desconfiar más de las palabras que los mismos tupamaros de antaño, al punto de no darse por enterados de la ya casi inabarcable nómina de autores de enjundia que explican los porqué del declive del Estado-nación y de su escalón social en los partidos políticos[4].
En ese punto indómito que fuera subversivo y hoy campea en la teoría (al menos en el resto del mundo), hay una inclinación uruguaya que es antiuruguaya, el mejor antídoto para lo peor de nosotros mismos: la condena de una cristalización institucional que es el tapón de un país-tapón, creado para coagular una correlación de fuerzas (entre sub-potencias regionales) y por consiguiente, trazado para configurar una configuración ante todo político-institucional, efecto primordial de una mirada sobre las fuerzas en el terreno (vecino) antes que en el terreno de las fuerzas (propias). En esa destinación estratégica que instruyó el poder internacional (y no sólo el mundial, sino también el regional) anida la razón de la centralidad (antes que del centralismo) del sistema político en el Uruguay, de la perennidad de su simbolización partidaria, de la fraccionalidad de sus partidos que se mimetizan y superponen al mismo mapa social, hasta volverlo irreconocible como sociedad y dejarlo en el calco del papel (de calco) partidario.
En esa configuración que ante todo es una cristalización ideológica, pervive lo mejor y lo peor del Uruguay. Lo mejor bajo la forma de una insurgencia siempre posible de lo político contra lo político, porque en cuanto hija de lo posible, la política siempre se para sobre el piso de la singularidad, en definitiva ingobernable, del pensamiento. Lo peor bajo la forma de una conformidad colectivista a los estados de agregación pública, que asfixian la respiración en ámbitos alternativos a la conformidad conformista.
Una configuración bienpensante y obediente, poco propensa a los riesgos intuitivos y bastante inclinada a la opinión de las mayorías, no les perdonó nunca a los insurgentes de ayer la desobediencia moral. Muchos, aunque no todos, volvieron al redil electoralista y parlamentarista, incluso imbuidos algunos de la convicción en una movida que supuestamente redundaría a largo plazo. Sin embargo, cuando “las papas queman” el Frente Amplio gubernamental no se mueve más. Cómo si hubiera llegado a dónde quería y no le conviniera entrar en más agitación.
Si eso sucede con una organización que obedece a una matriz de gobierno estatal y de estrategia electoral, incluso contrariando la aspiración de justicia y la trayectoria democrática de muchos sectores e individuos que la integran ¿qué no sucederá con particulares signados en su propia trayectoria personal por la satisfacción profesional, la gratificación comunicacional y el éxito electoral? ¿Cómo no entender que sigan viendo, como nunca dejaron de ver, a los insurgentes de ayer como díscolos hirsutos y desmelenados que el rigor terminó por disciplinar? ¿Cómo no entender que sólo toleran a los antiguos combatientes cuando acarrean votos y contrapesan (incluso contrabalanceándolos) golpes de timón a la derecha?
¿Son más imputables los militantes gubernamentales que se comprometieron a partir de un currículo personal que quienes doblan el lomo para que se escriba sobre su espinazo, con sesgo derechista y contra la memoria de los que cayeron en plena juventud? ¿Es distinta la ambición de los que siguieron un rumbo rutilante, porque cuando nadie sabía lo que se jugaba, simplemente porque nadie sabía, prefirieron esperar, que la ambición de los que no supieron desensillar cuando el cabalgar político era paso de desfile electoral y poca cosa más? ¿Se puede olvidar que el “Frente Grande” que propuso Sendic poco antes de su muerte ponía en un mismo plano a partidos políticos, gremios y organizaciones sociales? ¿No constituye precisamente una inversión de esa perspectiva plantarse en una consolidación centrípeta del Frente Amplio?
La indignación de algunos porque sus candidaturas o candidatos son vetados por compañeros de ruta sólo se justifica en razón de un itinerario mal proyectado. Contar con el sustento de una base social gratificada por la equivocidad de un refranero folklórico, es tan erróneo hoy como lo fue ayer proyectar, en la movilización de una juventud indignada y pautada por expectativas generacionales, un alzamiento de la profundidad social.
Es acertado, desde el punto de vista electoral, considerar que una fuerza política que presenta una proyección gubernamental y aspira a un equilibrio de fuerzas regulado por el sufragio universal, debe contar con candidaturas acordes a ese trayecto institucional y a ese terreno comicial. Sólo conviene agregar que discutir dentro de esa alternativa supone dejar en el punto ciego de la perspectiva lo más interesante, que no es el conformismo bienpensante ni la moral jurisprudente. Aunque la actualidad se vuelva –apenas por unos meses y con vetos en más y votos en menos- de más en más electoral y carnavalesca en un sentido aguado del término, conviene que la izquierda extra-gubernamental subraye los conflictos que pasan por los lindes del campo gubernamental. Como en el caso de los candidatos despistados y las expectativas desvirtuadas. Quizás el voto en blanco sea, como borde de un sistema del que no queda más que todo-centro, una alternativa a discutir en la primera vuelta, en un momento en que el electoralismo ya está, como el mate, para darlo vuelta, aunque con otro giro de bombilla, sin alusión diminutiva al pasado.
[1] La crítica de la metafísica en tanto tradición, a partir del planteo heideggeriano de la cuestión filosófica, consiste en demostrar que todo “fin de la metafísica” empieza en la idea metafísica de una meta no-física(meta-física: más allá de la física) y queda por lo mismo, inaugurada por lo que pretende finiquitar: “Ciertamente parece que el “meta”, la trascendencia a lo suprasensible, esté dejado de lado a favor de la persistencia de lo elemental de lo sensible, mientras que lo que ocurre simplemente es que el olvido del ser está llevado a su acabamiento y lo suprasensible queda liberado y puesto en acción como voluntad de poder” Heidegger, M. “Superación de la Metafísica” (2001) Conferencias y Artículos, Serbal, Barcelona, p.57.
[2] “Hemos observado que el desarrollo de nuestras ideas y de nuestras facultades no se hace sino por medio de signos, y no se haría sin ellos; que por consiguiente nuestra forma de razonar no puede corregirse sino corrigiendo el lenguaje, y que todo el arte se reduce a saber hacer la lengua de cada ciencia” Condillac, La lógica, citado en Derrida, J. (1990) L’archéologie du frivole, Galilée, Paris, p.29 (trad. R. Viscardi).
[3] El MLN llegó a contar en su estructura organizativa con varios miles de personas, su influencia era gravitante en los frentes de masa y pesó desde el inicio en la acumulación electoral del Frente Amplio.
[4] Para inventario de memoria agregamos uno más: Marramao, G. (2006) Pasaje a Occidente, Katz, Buenos Aires.
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Procandidática: el pensamiento nulo
1ª quincena de noviembre
La izquierda gubernamental se ha transformado de programática en procandidática. Dos por tres, en la batahola de declaraciones en torno a candidaturas e incluso a reelección, alguien se acuerda del programa[1]. Sin embargo, las actualidades periodísticas y/o las encuestas actualizadas borran dos titulares más abajo, incluso en un mismo órgano perio-partidario o parti-periodístico, el prurito sistemático de la izquierda (en el sentido occidental, cristiano y post-cartesiano del término): su identificación con el conocimiento, es decir con la realidad natural de un sistema (físico, biológico, social, humano, etc.). Sin naturaleza real de un sistema no hay programa que valga más que papel pintado[2]. Como hoy por hoy no hay programa que valga su peso en papel (que no deja de ser significativo para el hombre del carrito, rebautizado ordenador de residuos) cabría preguntarse por el ineluctable ocaso del programa-sistema.
Quien avance tal pregunta la encontrará oída como una petición de principio, que el hiper-sistema cognitivo-estadístico considera inconducente, improductiva y en definitiva impertinente: la estadística se da por principio que el quantum de información disponible convierte en despreciable toda hipótesis alternativa. Incluso la teoría de la verdad carnapiana se funda en la saturación de la verosimilitud cuantitativa de la información[3]. Por consiguiente, plantear una pregunta no sólo pasa a ser irrelevante, sino ante todo poco inteligente, por no decir irremisiblemente torpe: ¿cómo dudar de lo que ya se ha saturado informativamente en el concepto de su probabilidad hasta convertir en despreciable toda otra hipótesis? Ahí están los “grupos de control”, no intervenidos por la indagación, para confirmar que ésta es significativa con relación al comportamiento habitual del objeto.
Por lo tanto, se vuelve absurdo preguntarse al respecto y además, al respecto de preguntarse, se anula la necesidad de pensar. Se equivocan quienes hablan de “pensamiento único”, creyendo que esa desacertada expresión asimila un sistema al poder como si ya no fueran lo mismo (sistema y poder[4]); el pensamiento, si es tal, siempre es “único” y a-sistemático[5], a riesgo de no existir, es decir, propio, intransferible, original, rupturista, eventual, contingente, singular, individuado: el no-pensamiento es pensamiento nulo.
Si la izquierda gubernamental llega a adherir en sus manifestaciones mayoritarias al pensamiento nulo, tal cosa acontece porque su adhesión al sistema-de-conocimiento y al conocimiento-de-sistema (es decir, a la modernidad) la lleva irremisiblemente a suscribir al borrado del pensamiento y de la individualidad. Tal renuncia es ante todo una afirmación del conocimiento moderno (el único que merece llamarse conocimiento por constituir un sistema de pensamiento), en su fase de asimilación del método sistemático al procedimiento probabilístico.
Tal disolución de la diferencia en la unidad de medida no hace sino llevar la individualidad de cada pensamiento, procesada su diferencia como unidad de cómputo, al lugar propio y sustantivo que antaño se subordinara al sistema natural de la realidad. Esta transferencia de la reflexión-organicidad a la suma de individuos de un conjunto, por ejemplo poblacional-demográfico, promueve ineluctablemente la saturación informativa de la decisión, es decir, el relevamiento estadístico de la totalidad de casos que propone (conceptualmente) la estadística e instrumenta (técnicamente) la informática. Como ya todo está dado (la singularidad de cada quién disuelta en la unidad del observable-dato-número) en la medida de la medición, pensar es nulo. Ese es el principio del pensamiento nulo, que es un principio de realidad (en el sentido freudiano del término): un fin del mundo (como pensable in-mundo, es decir, como mundo vinculado a alguien que pro-pone).
Quien crea que esto que acaba de ser dicho-leído está lejos de una condición tangible y contingente no tiene más que leer el artículo de Eleuterio Fernández Huidobro en La República del jueves 30 de octubre de 2008 (hoy día)[6]. La facundia metafórica de Fernández Huidobro puede despistar al lector, en particular en cuanto habla de “bomba política de fragmentación”. Para entender el sentido que toma esa referencia explosiva a la política en el artículo, es necesario tener presente ante todo la “Bomba Informática”[7] que identifica Virilio como la condición misma de la catástrofe posible en aras del posibilismo tecno-científico desarraigado, antes que el arma que portara más de un guerrillero tupamaro años atrás. La preocupación de Fernández Huidobro proviene de la sustitución de hecho de la organicidad de la organización política (incluso rebautizada hace poco “fuerza política” con efecto aparentemente entrópico), por iniciativas individuadas en la base, que en su sinergia y acumulación inorgánica, trastocan toda agenda y calendario organizativo del conjunto. Por ejemplo, una recolección de firmas con propósito reelectoral del presidente, que echa por tierra por su propia dinámica, con cualquier plazo propio de congreso o elecciones internas, sin hablar de la tan mentada unidad frenteamplista en aras de un candidato único[8].
Se trata de una reversión de la célula militante individual sobre el organismo colectivo, que comienza a volver caducas las formas de organización (valga la redundancia que se convierte en sintomática) orgánicas. El organismo (político, biológico, cultural) ha perdido razón de ser porque la parte orgánica (la célula-militante en este caso) se ha independizado por su cuenta y ha encontrado formas de gregarismo y vinculación que lo liberan de toda forma (orgánica) previa a su propia existencia organizada (por sí y ante sí). La pirámide reposa ahora sobre su base, pero la base no sostiene, sino que remueve. Un terremoto anti-orgánico de política individuada. Desde un lugar aparentemente próximo al vértice, aunque por momentos con un lenguaje próximo de la base, que sin embargo no parece escucharlo como el senador quisiera, Fernández Huidobro se pregunta por el destino de tanta novedad que requiere interpretación.
La sorpresa de Fernández Huidobro sólo se explica en un país que viene a enterarse treinta años después de lo que ningún teórico serio sobre el planeta deja de afirmar desde hace buen tiempo: el sistema político, el sistema de partidos, la organización partidaria, piezas engranadas en la condición representativo-orgánica, ya son esquirlas detonadas por la propia fragmentación del Estado-nación que antaño las contenía. Lo que Fernández Huidobro percibe como el movimiento independiente del piso sobre el que está parado, ha resonado en varias sacudidas previas, por ejemplo en varios escándalos de encuestas[9].
Al mismo tiempo la fascinación mediática hace ya buen tiempo que ha sustituido a la fascinación por las armas entre los políticos, subversivos o no. Tratado como una unidad de decisión por el encuestador que lo convierte en responsable de su propia opinión, la célula-militante-órgano comienza a preferir constituirse su propia línea ideocrática, antes que verla descender de un topos uranos grandilocuente. Convertido en corriente de opinión por la publicidad que sus inclinaciones alcanzan en un sistema de medios (internet-televisión-radio), tal célula comienza a hacerse una composición de lugar mediático que resuena cada vez más a composición de parte política. Esa parte política buscará antes que la tutela del partido-organización, que la condena a someterse a un camino previamente marcado desde lo alto (cima sospechosamente encargada de sumar pareceres que la masa torna indiscernibles), el terreno propio de inclinaciones y afinidades por sí mismo.
El afán de transparentar el pensamiento, que diferencia a cada individuo de cualquier otro, valiéndose del empleo de la unidad de medida entronizada en dios conceptual de un procedimiento probabilístico, publicado universalmente por todos los medios de difusión y propaganda, no anuló el pensamiento como tal, individuado, singular, rupturista, idiosincrático, creativo, original. Tal éter universal promovió la singularidad pensante, en tanto fragmento dotado de la suficiente diferenciación particularizada, como para distinguirse sin matices del propio aparato de medición-difusión que supuestamente lo medía. Ahora el aparato (político, sociológico, cultural, etc) recibe, por ejemplo en la figura de un senador de la República, el impacto de lo que aceleró en tanto unidad singularizada hasta la súbita y explosiva fragmentación, que libera individualidades irreductibles al aparato político de gobierno. De gobierno del país o de la izquierda, de forma tal que la explosión de unidad propia y mediática de las partículas expande la ola explosiva de una izquierda extra-gubernamental[10].
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[1] “Sea quien sea el candidato a la presidencia deberá comprometerse con la aplicación plena del programa de gobierno discutido y definido por el Congreso del Frente Amplio” Declaración del Comité Central del PVP (25/10/08) http://www.pvp.org.uy/?p=342
[2] El Río de las Candidaturas Pintadas, 1/01/08 en este blog.
[3] En particular porque considera desde el punto de vista del concepto de probabilidad el vínculo entre el concepto de confirmación y el concepto empírico, relación probabilística que satisface el concepto de probabilidad en cualquier campo del saber. Ver al respecto Viscardi, R. “Interrogantes Interdisciplinarias del Análisis del Discurso Político” en Introducción al Análisis del Discurso Político (1987) Fundación de Cultura Universitaria, Montevideo, pp.22-23.
[4] Foucault destruye la distancia entre verdad y poder señalando que no existe verdad que no constituya poder, sobre todo en la perspectiva desde la cual toda distancia (la distancia entre verdad y poder incluida) puede ser considerada, a partir de “La Ciencia General del Orden” en Las palabras y las cosas, en tanto relación propia de un sistema dado: Focault, M. (1997) “Verdad y Poder” en Teorías de la Verdad en el Siglo XX, Tecnos, Madrid, p. 449.
[5] Incluso en la metáfora de la razón en tanto balanza, según Silva García, una mano sostiene la balanza de su brazo, a fortiori, esa asimetría que constituye el pensamiento instruye la metáfora del pensamiento en tanto “dar gracias”, ante todo por la gracia divina. En tal sentido debe entenderse el “inclinar sin necesitar” de Leibniz o el pensamiento en tanto ilusión de Baudrillard.
[6] Fernández Huidobro E. “La Reelección” (30/10/08) La República, Montevideo, contratapa, http://www.larepublica.com.uy/larepublica/2008/10/30/nota/337329
[7] Virilio, P. (1998) La bombe informatique, Galilée, Paris.
[8] Fernádez Huidobro, op.cit.
[9] Ver al respecto ¡Valiente encuesta! 2ª quincena junio 2008, en este blog.
[10] Ver al respecto Izquierdas en disputa por ser “izquierda” 2ª quincena enero 2008, en este blog.
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