Democracia del siglo XXI

  • Teódulo López Meléndez

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La legitimidad democrática

Publicado por Teódulo López Meléndez en octubre 1, 2008

por Elizabeth Burgos


Después de la publicación de La contra democracia (2006), el historiador Pierre Rosanvallon continúa su incursión por los meandros y complejidades, sus resortes e implicaciones de esa institución considerada como la “menos mala”, pero afectada por una grave crisis y sobre la cual el debate político se ha centrado en los últimos veinte años. El nuevo título que apenas haber llegado a los anaqueles de las librerías se ha convertido en un hito, emprende el espinoso tema de La legitimidad democrática, obra en la que el autor continúa apuntando a las mutaciones de la democracia en el siglo XXI, en particular, al fenómeno que esta vez intenta teorizar; el de la legitimidad en el campo de la democracia.

En la Contra democracia, el autor percibía una doble tendencia: por un lado la propagación de una tendencia “contra-democrática” , por el otro, el debilitamiento de la política institucionalizada, caracterizada por un desapego electoral. El haber constatado esa doble tendencia es lo que lo lleva a plantearse la “falsa evidencia del principio mayoritario”.

Al principio la ecuación parecía simple: la legitimidad democrática se desprende de la voluntad del pueblo expresada en el sufragio universal: la mayoría otorga el veredicto. Sin embargo, ciertos conflictos han demostrado que esa voluntad no es siempre “general”, puesto que la mayoría no es más que una fracción, aún siendo dominante, del pueblo. En las grandes democracias, como la francesa y la de Estados-Unidos, las virtudes del voto no son evidentes. El antiparlamentarismo, la denuncia de los partidos, la crítica del clientelismo demuestran la existencia de una crisis de la legitimidad electoral.

El autor demuestra que esas dificultades obligaron a las democracias a poner en órbita un “sistema de doble legitimidad”. La elección continúa siendo el principio clave, pero desde finales del siglo XIX, el poder de la administración pública ha crecido, en aras a dar una respuesta a los fallos de la legitimidad electoral. Mientras que la administración fue creada dependiente de lo político, los escándalos de corrupción, el nepotismo, han contribuido a conferirle la tarea de garantizar, la imparcialidad desinteresada del “bien común”.

En los años 80 el sistema entre abiertamente en crisis, hecho que se debería a la evolución de la economía y de la sociedad que se orientó hacia un modelo más “individualizado”. La retórica del neoliberalismo contribuyó a socavar la idea de que el poder administrativo encarnaba el interés general La tesis de Rosanvallon y las propuestas que se desprenden, es la certeza que el pueblo es la fuente de todo poder democrático, pero la elección no garantiza que un gobierno esté al servicio del interés general, ni que continúe haciéndolo. El veredicto de las urnas no puede ser la única demostración de legitimidad y así lo están percibiendo los ciudadanos para quienes un poder no puede ser considerado plenamente democrático si no se somete a pruebas de control y de validación a la vez concurrentes y complementarias de la expresión mayoritaria.

Ante las dificultades que enfrenta la democracia, el autor propone tres nuevas formas de legitimidad para corregir los límites de la democracia electoral, para que sea tomada en cuenta la totalidad de los ciudadanos. El poder debe plegarse ante un imperativo triple: debe mantenerse a distancia de posturas partidistas y de intereses particulares, es decir, ser imparcial (“legitimidad de imparcialidad”); tomar en cuenta las expresiones plurales del bien común, y reconocer todas sus singularidades(“legitimidad de reflexivilidad”) ; la necesidad de desarrollar instituciones y autoridades independientes y cortes constitucionales para facilitar la emergencia de un arte de gobernar más atento a los individuos y a las situaciones particulares, (legitimidad de proximidad”). Cumplir con estos tres requisitos ayudaría a “repolitizar” nuestras democracias, para que encuentren su nueva legitimidad emancipadora. Vencer el malestar de la democracia pasa por la rehabilitación de la política.

El veredicto, en las propias palabras de Rosanvallon, no deja dudas acerca de las condiciones de salvaguarda de la democracia: “Es bajo la apariencia de afables comunicadores, de hábiles profesionales de la escena de una proximidad calculada que pueden renacer las antiguas y terribles figuras que vuelcan la democracia contra sí misma. Nunca la frontera ha sido tan tenue entre las formas de un desarrollo positivo del ideal democrático y las condiciones de su traición. Es allí en donde la espera de los ciudadanos se manifiesta con mayor agudeza y la conducta de los políticos puede mostrarse de la forma más grosera y devorante. De allí la necesidad imperiosa de constituir la cuestión en objeto permanente de debate público. Hacer que viva la democracia implica más que nunca, mantener una mira constantemente lúcida sobre las condiciones de su manipulación y las razones de su incumplimiento”.

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