Democracia del siglo XXI

  • Teódulo López Meléndez

    Abogado, diplomático, novelista, ensayista, poeta, editor, columnista de opinión.

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EL SURGIMIENTO DEL TOTALITARISMO (SIGLOS XIX y XX)

Posted by Teódulo López Meléndez en octubre 1, 2008

por Alejo Urdaneta

Algunas ideas fundamentales

El principio de toda manifestación absolutista está en la voluntad de un hombre que refleja su ambición en otros que lo apoyan, y en contubernio se proponen la imposición de un deseo personalista. El poder en un solo hombre que dice representar a un sistema no es exclusivo de Occidente. Desde el Antiguo Testamento y Grecia, y en todos los continentes del mundo, se ha visto el dominio global que extiende su influencia hegemónica hasta llevarla al dominio político.

El Cristianismo en tanto doctrina exalta al individuo como centro de la existencia racional, y la voluntad humana de ser Uno e irrepetible arroja al hombre hacia lo que quiere. El objetivo puede ser noble, como ha ocurrido en la Historia con los grandes reformadores: Cristo, Bhuda, Zoroastro son ejemplos de la creación de principios espirituales absolutistas que buscan elevar la condición humana; pero también se corre el riesgo de desviarse hacia el mismo centro que impulsó a la voluntad: “…esta esperanza se hace voluntad, apasionada, frenética voluntad. Y es cuando se produce el endiosamiento” [1]

La idea de Dios desciende hacia los hombres y se personifica, pues resulta ser la única forma de acercarnos a él. En un texto olvidado de André Gide, el escritor francés contempla dos opuestos de la divinidad: De un lado, el cosmos y las leyes que rigen la naturaleza: materia y fuerza como elementos de la energía. Es lo que el autor llama el lado Zeus, que merece el nombre de Dios pero suprime toda significación moral. En el otro extremo vemos los esfuerzos humanos para erradicar la brutalidad y tender hacia el bien, lo bello, en un lento dominio de los impulsos animales, todo al servicio del hombre: Es el lado Prometeo y también Cristo, la ampliación del ser humano en todas sus fuerzas benefactoras. El Dios Prometeo – Cristo sólo existe en el hombre y para el hombre: se crea a través del ser humano, y no media la oración ni el ritual religioso en su acción como segunda divinidad. El mito de Prometeo es equivalente en cierto modo a la crucifixión evangélica: tienen causa común en el amor y la solidaridad altruista hacia lo humano que Prometeo realiza al robar el fuego, atributo divino, y dárselo a los hombres. En el afán prometeico presenciamos la rivalidad entre lo humano y lo que domina al hombre desde lo inaprensible: la divinidad.

Visto de esa manera, el absolutismo proclama la superioridad del hombre en el mundo. Nació en viejos tiempos en el ser humano la convicción de tener una naturaleza propia, y la idea de naturaleza humana consolidó en él la identidad con el Cristo, Dios personificado: el sueño de llegar a ser como Dios mismo. Es la criatura única como aspiración del humanismo; y sin embargo se aprecia en el fondo una contradicción, porque el hombre no puede llegar a ser Dios, en ninguna de las creencias sustentadas por el espíritu y el pensamiento.

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En el fenómeno que conocemos con el nombre de Totalitarismo hay un elemento que constituye su fuente u origen visible: el imperialismo. Como ideología política, el totalitarismo no surge de una voluntad consciente de un individuo que un día decide asumir el dominio total de un país organizado como nación – Estado, y ocurre que después se transforma en la expresión omnímoda del querer de un solo hombre o un solo sistema sobre otras naciones, otras culturas.

Su existencia en la sociedad mundial es considerada como una desviación en el orden jurídico de las naciones occidentales, constituidas en Estados como la forma política que toma el conjunto de hombres que viven en comunidad organizada. El mundo europeo era una sociedad de Estados que tenían por suporte el principio nacional. Quedaban en el siglo XIX dinastías como la monarquía de los Habsburgo, pero las colectividades apelaban como siempre al sentimiento nacional. Se pertenece a una nación concebida como comunidad de sentimientos y características homogéneas de lengua religión y cultura: lo que se conoce como el ethos que identifica un país o una comunidad. El ethos es la organización inconsciente de un grupo o una sociedad, la morada espiritual de una comunidad. Es el elemento básico de la cultura, el fondo de donde proceden las normas, los valores, todo lo que se observa inconscientemente. La nación es el conjunto social, el Estado es la personificación de la sociedad nacional.

En el concepto de nacionalismo van implícitos, ya se ha dicho, elementos culturales tales como lengua, raza, historia y religión, que dan carácter al grupo humano consolidado como nación; pero hay otro elemento fundamental: La territorialidad, quizás el principal requisito del nacionalismo. La reivindicación de nación comienza en lo grupal, que está compuesto por aquellos elementos culturales, y va hacia lo territorial. El territorio de un grupo es la exigencia primordial de la expresión nacionalista, para lograr un Estado propio y reconocido.

De esta manera, podemos situar el punto de origen del totalitarismo en un hecho que a su vez proviene de la existencia de las naciones – Estado: el Imperialismo, nacido del dominio colonial de un Estado sobre otros Estados, en acciones expansivas que se adueñan de espacios territoriales y de bienes, e imponen en ellos el sistema político y de gobierno del Estado colonizador. El movimiento de la expansión por la expansión en sí misma es el concepto más preciso del Imperialismo.

Al irrumpir el Imperialismo en tono invasor, va influyendo en el carácter compuesto por los elementos nacionales y sustituyéndolo por el del colonizador.

Hablamos aquí del Imperialismo moderno: el de Inglaterra, Rusia y Alemania, sin referirnos al de la Roma antigua ni a los imperios asiáticos. Y pudiéramos incluir al Imperio Otomano, dada su presencia activa en nuestro tiempo, desde el siglo XII hasta mediados del siglo XX. El caso de Inglaterra es notable por excepcional. El Imperialismo nacido del dominio colonial de Inglaterra sobre India es producto de la expansión requerida por motivos económicos, tiempo después de que había perdido influencia y hegemonía en América y Asia. Al proclamar Churchill la liquidación del Imperio de Su Majestad, se obtuvo la independencia india y se extinguió su dominación colonial en esa extensa región asiática, y sin embargo, esta acción liberadora no se tradujo en la construcción del país descolonizado.

I

EL REORDENAMIENTO TERRITORIAL Y LA EXPANSIÓN

POLÍTICA IMPERIALISTA

Cuando observamos el mapa político de Europa en el año 1814, después de las conquistas territoriales de Napoleón I Bonaparte, advertimos que todas las naciones del continente europeo, salvo el Reino Unido y Rusia, pasaron a ser colonias de Francia. Vino luego un breve tiempo de paz, hasta que el Emperador regresó de la isla de Elba a continuar su dominio, pero fue vencido por la coalición de Inglaterra y Prusia en la batalla de Waterloo, en Bélgica, el año 1815.

La derrota de Napoleón Bonaparte fue el inicio de una revisión minuciosa de la situación geopolítica de Europa, a partir de los acuerdos del Tratado de París de mayo de 1814, para llegar al Congreso de Viena iniciado ese mismo año, hasta su conclusión en 1815. La finalidad del Congreso de Viena fue decidir acerca de la restitución de las fronteras de las naciones colonizadas, para llevarlas a la situación anterior al dominio francés.

El resultado de las negociaciones sostenidas en el Congreso fue que Francia perdió todos los territorios conquistados por Napoleón, y se reordenó el mapa europeo creando reinos gobernados por dinastías, como en el caso de los Países Bajos, o manteniendo a otros países unidos bajo gobiernos monárquicos. Se impusieron indemnizaciones y Rusia recibió gran parte del Ducado de Varsovia, mientras que el reino de Prusia se benefició con la Prusia Occidental. Otros muchos cambios geopolíticos se hicieron en el continente, destruyendo el sentido de pertenencia a una nacionalidad.

La situación geográfica resultante del Congreso de Viena de 1815 se mantuvo vigente hasta la Primera Guerra Mundial.

El cambio de la geografía europea hizo nacer naciones soberanas, con relativa autonomía, muchas de ellas sin el soporte del requisito de la nacionalidad como fuente de ciudadanía y creador de la homogeneidad de poblaciones con fronteras redefinidas.

A finales del siglo XIX se apreciaba el nacimiento del sistema Nación-Estado, estimulado por el desarrollo económico e industrial de Europa; y fue justamente el desarrollo lo que motivó la creación de los sistemas nacionales indispensables para realizar el progreso a que aspiraban. Nacía el sentimiento de la comunidad nacional, con orígenes comunes en la religión, en la lengua y en intereses compartidos. Antes del siglo XVIII las entidades políticas se basaban en relaciones religiosas y en vínculos dinásticos: el clan y la tribu imponían su carácter.

Cabe hacer notar que las contradicciones nacionales (religiosas, étnicas y sociales) dentro de los Estados, han tenido mayor peso que las contradicciones ideológicas como motivo de disensión. Los conflictos de los nuevos Estados nacionales, nacidos de los acuerdos post napoleónicos, han sido el origen de las contiendas que en el siglo XIX se presentaron, y no una supuesta lucha de clases.

En 1848 comenzó a notarse en los países de nueva formación política, el surgimiento de insurrecciones que perseguían la realización de reformas económicas y políticas. Eran revoluciones de carácter liberal democrático y nacionalista, fomentadas por miembros de la burguesía, que reclamaban gobiernos constitucionales y representativos, y por trabajadores y campesinos, en rebelión contra el capitalismo, al que atribuían la pobreza que padecían. Detrás de estas protestas latían consideraciones nacionalistas: aquellos pueblos sometidos a gobiernos monárquicos extranjeros, impuestos por los acuerdos políticos, reclamaban crear un Estado propio, sobre bases liberales, para garantizar su carácter nacional.

Alemania, Italia, Checoslovaquia, Hungría levantaron protestas que no tuvieron resultados prácticos favorables, pero sí sirvieron de influencia en los gobiernos europeos al disminuir el concepto absolutista monárquico a favor del liberalismo y el socialismo.

Francia hizo el primer gesto de rebelión, en defensa del sufragio universal. Fue en la época en que los socialistas, con el liderazgo de Louis Blanc, derrocaron al rey Luis Felipe I de Orleans y proclamaron la II República. Pero tampoco se logró el consenso y Francia volvió a la monarquía y al imperio con Luís Napoleón, sobrino del Napoleón I Bonaparte, denominado Napoleón III.

El tema de la unificación nacional se planteó de nuevo en los estados alemanes e italianos y fue tomando fuerza en todos las demás naciones de Europa. La unidad de naciones tuvo en los imperios austríaco, ruso y otomano la primera manifestación de unificación, no obstante el fracaso de las revoluciones nacionalistas de 1848. Ya existían Estados Nación que adquirieron entidad política independiente, como Italia y Alemania; pero había pueblos que no se amparaban en la unidad y eran comunidades sin Estado, y que aspiraban a tenerlo sin sujetarse a los imperios ya constituidos políticamente.

El Estado Nación sería muy pronto una realidad. Finalmente, las comunidades nacionales han alcanzado la estabilidad y están conformes con su configuración territorial y política.

La Primera Guerra Mundial fue la expresión de rebeldía ante la superioridad de las naciones establecidas, frente a los intereses de los pueblos todavía en busca de una entidad política.

Y no es temerario decir que todos los conflictos posteriores en el orden político internacional tienen su nacimiento en el siglo XIX, con el dominio imperial francés de Napoleón I Bonaparte. El caos que produjeron las invasiones y la apropiación territorial disolvieron el mapa europeo y el efecto se extendió hasta la raíz que define a las comunidades, por la religión y por los principios comunes de cultura que los han formado inicialmente y los definen.

Las luchas de las naciones en 1848, para lograr su independencia respecto de las monarquías, después del Congreso de Viena, no impidieron la expansión colonialista. La victoria alemana sobre Francia en 1870, además de la formación del reino de Italia como producto de los acuerdos de la post guerra napoleónica, impulsaron el imperialismo.

A mediados del siglo XIX quedaba un verdadero imperio mundial: el Británico, pero continuaron las políticas expansionistas en Alemania, Bélgica y Holanda, Francia o Rusia. Los continentes colonizados fueron África y Asia, sobre todo el continente negro.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial en 1918, las potencias victoriosas, y sobre todo Francia y Bélgica, consideraron la necesidad de estabilizar la seguridad del mundo contra una eventual resurrección de Alemania. Se establecieron inicialmente garantías militares y políticas, que consistieron en la limitación del armamentismo alemán y la ocupación de los territorios renanos occidentales que se había anexionado Alemania.

Los intentos de acuerdos de garantía no tuvieron la eficacia prevista, y fue el Tratado de Versailles del 28 de junio de 1919 el que fijó las nuevas fronteras de Alemania y estableció las indemnizaciones que debía satisfacer la nación germana. Surgió así un mapa europeo diferente al que había existido desde el Congreso de Viena de 1815.

Quizás la causa principal de la Segunda Guerra Mundial fueron los acuerdos del Tratado de Versailles, que gravaron a Alemania con sanciones económicas y pérdidas de territorios. De allí nace también el surgimiento de nuevos imperios.

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El capitalismo ha sido señalado como el impulso del cual nace el imperialismo, y debemos buscar en la burguesía el movimiento creador capitalista. Empujada por la necesidad de nuevos mercados, la burguesía ha debido penetrar y difundirse por doquier. Crea medios de comunicación y expande su necesidad en la búsqueda de la explotación del mercado mundial sobre la base de la producción y el consumo, para adquirir un carácter que comprende todo el mundo. El perfeccionamiento de los medios de producción y la eficacia de las comunicaciones, se extiende la influencia capitalista. Estas ideas fueron expresadas por Marx y Engels en El Manifiesto Comunista en 1848, era revolucionaria en Europa. Se identifica así burguesía con capitalismo.

Durante todo el siglo XIX, el carbón y el hierro, y a la par el oro, abrieron perspectivas de riqueza en la América inglesa. Después se extendió por todo occidente la influencia de esas riquezas naturales, para pasar a los países anglosajones los productos preciosos que antes había explotado el imperio Ibérico.

Muy pronto se sumó África a la oferta de oro, y los invasores Boers de Holanda participaron en la explotación aurífera en Suráfrica. La pérdida sufrida por Holanda de los territorios de Orange y Transvaal, a favor de Inglaterra, fue debida en gran parte a la inmensa producción de oro de esa región surafricana.

Del metal precioso se pasó a la moneda. El símbolo monetario está autorizado por el depósito en oro como reserva y respaldo del dinero. Fue desapareciendo el uso directo del metal precioso y se impuso el del papel moneda. Para los liberales, la moneda es el único medio de cambio, pero no es estable en su valor, y ello trajo a la economía la unificación de los sistemas monetarios nacionales.

Con la circulación monetaria en gran escala surgió la necesidad de crear un mercado de capitales y constituir la banca como institución de crédito, medio seguro de cambio por la fluidez de la riqueza en espacios muy distantes uno del otro.

El homo oeconomicus dirige el movimiento de la riqueza representada en la moneda. El líder Jean Jaurés, socialista francés y periodista fundador de L’Humanité, le rinde homenaje: “Hay en la producción burguesa, en su intensidad, en su perpetua renovación técnica, en sus responsabilidades siempre renacientes, en el espíritu de combatividad que desarrolla por la competencia, un prodigioso estimulante de las facultades de trabajo de los que la dirigen”. [2]

Pero la marcha del capitalismo no es continuamente ascendente ni regular. Se presentan las crisis propias del sistema, que antepone el provecho de la remuneración a la mano de obra y conduce a exceso en la producción. Se suceden períodos de prosperidad y depresión, en forma cíclica.

El libre cambio sufre de estos vaivenes y el resultado se ve en la defensa de la política capitalista, que atribuye al nacionalismo las pérdidas económicas. Frente a ellos, los nacionalistas promueven el proteccionismo estatal.

Las contradicciones del sistema debidas a las circunstancias y la naturaleza misma del fenómeno, llaman a Europa y América del Norte hacia la expansión: el Imperialismo es el resultado.

II

LA DECADENCIA DEL IMPERIO

El dominio político expandido en amplias zonas del mundo requiere de atención hacia esos nuevos espacios. Es necesario a los imperios atender los requerimientos sociales de las nuevas posesiones, que con el tiempo van acentuando su independencia cultural y regresando paulatinamente a sus modos de vida originarios y son fuente de conflictos sociales que se convierten en reclamos políticos.

Las inversiones económicas son cada vez mayores en países extranjeros dominados por la colonización. Es imposible arrancar de colectividades con raíces profundas y de mucha antigüedad sus modalidades de vida. El imperio debe aportar más recursos para mantener el equilibrio y contener las protestas de las comunidades subyugadas. Esto crea problemas políticos y económicos difícilmente superables. El dinero y la ayuda material aportada a las colonias se pierden en el foso de la corrupción y la incompetencia para administrar los recursos, y tampoco el imperio está en capacidad de mantener el aporte de la abundancia. Ya para el colonizador ha cambiado la justificación primera de su dominio, que fue el beneficio de la riqueza obtenida de los pueblos colonizados. No se producen más inversiones privadas provenientes de ciudadanos del imperio, y la ayuda exterior a las colonias, económica y militar, la otorgan los mismos gobiernos imperiales. Es una colaboración de índole política sin beneficios; antes bien, ocasiona pérdidas que el imperialismo no puede sostener y van llevando a las potencias a una indefinida decadencia.

La vigencia imperial es en el fondo una anomalía universal. Salir de casa con el traje habitual, ingresar en otros modos de existencia desconocidos y penetrar en la red social de esas sociedades para imponer hábitos a otros pueblos, es un desgaste que muy pronto comienza a notarse. Octavio Paz nos ha dicho que la decadencia es indefinible; nadie sabe cómo ha llegado y de qué manera se hace presente con su melancólica mezcla de nostalgia y recuerdo del momento glorioso en trance de perderse.[3] Todo lo contrario de lo que se percibe ante el progreso en acción: insensibilidad, proclamas de triunfo, dominio avasallador. Quizás la decadencia sea una luz que se enciende en la realidad del imperio; como decir que advierte el equívoco y llama a una especie de expiación. Ya no hay mayor gloria y se busca inconscientemente la legitimidad. Cuando Francia perdió su imperio ante Alemania en la guerra Franco – Prusiana de 1870, tuvo en compensación el nacimiento de un arte nuevo, una época de creación y descubrimiento, un tiempo de paz.

No debemos, sin embargo, dejar lo dicho como verdad apodíctica. La política del poder imperialista conduce del dominio de interés nacional: extensión territorial y la riqueza consiguiente, hasta la obtención del poder por el poder mismo, sin mirar hacia el reducto del espacio nacional. Eso se logra por añadidura. En la novela “Kim”, de Kipling, se habla de un gran juego en que están como piezas naciones enteras que se adquieren y se intercambian en el proceso interminable de la expansión y acumulación de poder. Es el instinto humano de posesión, como Tántalo, condenado al hambre y la sed insaciables. El personaje de Kipling lo dice: “Cuando todos estén muertos, el Gran Juego está terminado. No antes”.

La complejidad del imperialismo estriba en que llevar con eficacia una política exterior de dominio total, sin descuidar la interna, se hace onerosa, y la relación de protección global se va corroyendo en su estructura. Sigue existiendo una distancia cualitativa muy grande entre el imperio y sus colonias, y una de las causas es el empobrecimiento cultural y el crecimiento demográfico de las naciones colonizadas. No le basta al imperio aumentar los aportes de sustento y conocimientos de toda índole, ni asistir a sus colonias con los excedentes de riqueza de que pueda disponer. “Cuanto mayor sea la población, menos ayuda per capita recibirá” [4]

En la extinta Unión Soviética la necesidad de ejercer a plenitud el dominio total sobre los países sometidos tenía otras causas. Era una sociedad estraficadada y de estructura militar que dominaba internamente en beneficio de unos pocos que representaban a las castas sociales y el ejército. Y así debían enfrentar diferencias étnicas y religiosas, culturales y políticas. Para evitarlo, se recurrió al terror o al dominio total de otras naciones, como manera de desviar la atención del pueblo que vive profundas contradicciones.

Cuando ocurre el distanciamiento entre el Estado Imperial y la Nación – Estado colonizada, comienza a verse una sombra que cubre a las naciones en dominio ajeno. Ya el Imperio no está en capacidad de atender debidamente a sus colonias, los pueblos manifiestan su descontento y exigen la independencia. Se anuncia el desinterés por la colaboración mutua, porque el Estado omnipotente no tiene ya el poder de manejar los asuntos exteriores. Poco a poco va retirando su presencia protectora, y a cambio surgen en las naciones sometidas gestos de poder en grupos organizados. Se avizora el Totalitarismo en ellas.

III

EL TOTALITARISMO

El hombre vive en relación con otros hombres. No hay sociedad sin individuos ni individuos sin sociedad. Al reflexionar sobre esta mutua relación, algunos autores asignan mayor importancia a uno de los dos términos y colocan al otro a su servicio.

Según este criterio, las cuatro ideologías políticas fundamentales pueden ser divididas en dos grupos: las totalitaristas: socialismo y nacionalismo, que priorizan al grupo; y las individualistas, liberalismo y anarquismo, que dan prioridad al individuo.

El término Totalitarismo es entendido como dominio del Estado en cuanto entidad colectiva que pesa sobre el individuo y lo utiliza para sus fines de poder absoluto.

En las concepciones transpersonalistas, representadas por el totalitarismo, el hombre no es considerado como ser moral con dignidad, como persona que tiene una singular misión a cumplir por su propia cuenta. Por el contrario, es utilizado tan solo como material para la realización de finalidades que trascienden su propia existencia moral, como instrumento para fines ajenos a su vida; por tanto, se la valúa no como un sujeto que es sustrato de la tarea moral sino como mercancía que tiene precio, en la medida en que resulta aprovechada para una obra transhumana (ajena a la individualidad), que encarna el Estado.

Son expresiones del totalitarismo las doctrinas de la Antigüedad pagana, las romántico – tradicionalistas, los idearios ultraconservadores, el militarismo, el belicismo, el Fascismo, el Nazismo y otros programas similares.

La doctrina política de Hegel constituye una de las aportaciones principales al pensamiento político transpersonalista o antihumanista. El hombre es persona, tiene una significación valiosa, no en tanto que individuo, como ser para sí mismo, sino en la medida en que participa en el “Espíritu Objetivo” del pueblo, encarnado en el Estado, y se halla totalmente subordinado a éste. El hombre vale en la medida en que se desindivualiza y se sumerge en lo general: es la razón transpersonal que encarna el Estado, manifestación del “Espíritu Objetivo” que el Estado representa.

Según lo dicho, la misión del Estado se rige por el espíritu universal, y su misión no está sometida a los principios de justicia y moralidad, pero tampoco debe respetar las reglas de equidad o tolerancia que son de estricta naturaleza humana aunque no quepan dentro del orden jurídico.

El totalitarismo considera que no existe otro tribunal que la historia, que dicta sus fallos mediante la guerra para dirimir las diferencias y conflictos entre los Estados. Por este sentido belicista, mantienen como el programa de mayor importancia la acumulación de poder en el Estado, como un fin en sí mismo: el poder por el poder. Esto sirve de motivo a la militarización del Estado, es decir la superposición de la clase militar como la jerarquía superior del Estado, y a la vez la militarización de otra serie de funciones sociales distintas de la defensa nacional. Detrás de la expresión del poder magno hay valores místicos y sobrenaturales, que confieren al conductor títulos que encierran un destino histórico, o la encarnación de la sustancia de la raza.

Los totalitarismos fascista y nazi presentan esos caracteres en grado mayor: 1.- Niegan el sentido y la misión moral del hombre. El grupo prevalece sobre el individuo y el hombre es su instrumento. 2.- Divinización del Estado elevándolo a la categoría de Dios único, ante el cual se exige veneración y sumisión absolutas. 3.- Nacionalismo exaltado. 4.- El belicismo a ultranza: el hombre ha nacido para la guerra y el país es un cuartel sometido por el caudillo. 4.- El dirigente y caudillo es visto como ser sobrenatural. 5.- El poder no tiene límites.

Como orden político y social, el régimen totalitarista de Hitler consistía en la aplicación de los principios de la derecha tradicional: lucha contra lo que ellos calificaban como los falsos dogmas de 1789, eliminación de las ideas democráticas, repudio al liberalismo, el marxismo y la lucha de clases. Decían que un pueblo es una jerarquía de familias, de profesiones, municipios, responsabilidades administrativas, familias espirituales. El Estado debe ser autoritario y jerarquizado, en la busca de una organización profesional corporativa. La idea del retorno a la tierra y a los orígenes, que se observa de modo notable en la exaltación del arte musical de la Alemania nazi, es otro elemento característico del totalitarismo. Todos esos dogmas podían resumirse en la fórmula: “Trabajo, Familia, Patria”, en oposición al apotegma de la Revolución Francesa: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Al realizarse el programa nazi desaparece la República.

Pareciera una antinomia decir que el totalitarismo se apoya en la masa popular, pues lo que ofrece y practica el sistema es justamente la opresión de los más desasistidos. Sin embargo, la historia nos muestra que los designados para gobernar en forma absoluta en perjuicio de los principios humanos, han sido elegidos por la mayoría. Ni Hitler ni Stalin hubieran podido mantener su dominio sobre poblaciones tan grandes, ni sobrevivido a crisis interiores y exteriores nacidas de las contradicciones sociales, si no hubieran tenido el apoyo popular de las masas. “Los movimientos totalitarios pretenden lograr organizar a las masas – no a las clases, como los antiguos partidos de intereses de las Naciones –Estados continentales; no a los ciudadanos con opiniones acerca de la gobernación de los asuntos públicos y con intereses en éstos, como los partidos de los países anglosajones. Mientras que todos los grupos políticos dependen de una fuerza proporcionada, los movimientos totalitarios dependen de la fuerza del número, hasta tal punto que los regímenes totalitarios parecen imposibles, incluso bajo circunstancias por lo demás favorables, en países con poblaciones relativamente pequeñas” [5]

Surge así la pregunta del por qué una nación es sometida pasivamente por un poder totalitario, y cual es la causa del comportamiento de la mayoría que acepta la ideología del Transpersonalismo, para darle al Estado o a un grupo dirigente el dominio global.

Pudiéramos decir que en el fondo de la ideología totalitaria existe una crisis que provoca la reacción de la población, puente que utiliza el gobierno para imponerse radicalmente. De inicio hay que observar que los movimientos totalitarios son posibles allí donde hay un descontento popular a causa de un agravio o una pérdida en la sociedad. Se ha estimulado con la reacción del pueblo la organización política, y las masas se mantienen unidas en torno a la fuerza que mana del líder, quien a su vez se vale del rechazo a la sanción para imponer esperanzas de desagravio y conquista. Se hace creer que el pueblo en su mayoría forma parte del gobierno y que los individuos pertenecen al grupo dominante. Ocurre lo contrario: las masas son políticamente indiferentes, neutrales, y debido a ello fácilmente manipulables. Cuando el partido nazi alemán invadió el Parlamento expresando su desprecio al sistema parlamentario, la masa que apoyó esa acción de modo inconsciente estaba motivada por la promesa de la restitución del poder a quienes debían ser sus gobernantes legítimos.

Al hacer un repaso superficial por la historia de los movimientos totalitarios de los dos siglos pasados, observamos que todos han surgido de una derrota y ésta ha venido de cambios sustanciales en el orden político del país. De la descomposición que trajo la Revolución Francesa surgió el regreso a formas absolutistas, imperiales, primero con el conquistador Napoleón Bonaparte, y después con el regreso a sistemas monárquicos que implantaron el totalitarismo. La derrota de Alemania en la Gran Guerra impuso sanciones económicas y políticas a la nación germana. El Tratado de Versailles con las cargas impuestas a la nación alemana, fue la justificación para levantar en la conciencia del pueblo alemán el sentido del orgullo nacionalista, y Hitler supo aprovechar el sentimiento nacional en beneficio de su ideología.

El razonamiento que hemos seguido en este ensayo es explicativo de una evolución que ocurre en el estado totalitario, pero no es exclusivo ni el único que se aprecia en la realidad política mundial.

NOTAS FINALES

Todo lo que se ha expresado con anterioridad se refiere al totalitarismo imperial, despegado del sistema republicano democrático. También en cualquier república puede surgir un régimen que se asemeje al totalitarismo. Así podemos hablar de la dictadura como ejercicio de gobierno que aparenta seguir las formas republicanas sin respetarlas en la realidad.

La dictadura del Imperio Romano tenía una significación de magistratura suprema. En tiempos de revuelta o peligro de guerra, y también en crisis económicas, se atribuía al dictador el derecho de gobernar en forma absoluta, como un soberano.

La diferencia con el totalitarismo está en que en la dictadura existe un Gobierno con legalidad que se pretende cumplir. La dictadura crea para sí formas de legalidad y establece un consenso jurídico que el pueblo debe acatar. Hay una ley aunque sea implícitamente injusta. El totalitarismo es el absoluto del poder mediante la imposición del terror sistemático, no solo como recurso para dominar a los oponentes, sino como objetivo principal. Ni siquiera se contempla una discrepancia entre la conducta humana y la ley, porque el gobierno totalitario es la voz de la historia o de la conciencia del líder, y esa voz dirige y contiene las voluntades como ley natural.

En los últimos dos siglos hemos visto la aparición frecuente del modelo de la dictadura, especialmente en la América del Sur. El gobernante y sus colaboradores, que defienden intereses personales en vez de los de la nación que rigen, prescinden de la voluntad del pueblo y disponen a su arbitrio del poder, por encima de las leyes y hasta de la Constitución Nacional. Se obvia en la práctica la división republicana de los poderes estatales: Legislativo, Ejecutivo y Judicial, se suprimen o restringen las libertades individuales: el derecho de expresión libre, el de asociación o reunión, y el dictador se erige en la voluntad suprema del Estado, aunque se mantenga, sólo en apariencia, la estructura de la República como sistema de gobierno. La dictadura está a un paso del totalitarismo pleno.

El acceso al poder se realiza generalmente mediante golpes de Estado, en los que la casta militar apoyada por grupos civiles instauran un régimen hegemónico con programas autoritarios, algunas veces sustentados en ideologías concretas.

A lo largo del siglo XIX y durante gran parte de la centuria pasada, la tradición de los países del sur de América parece llamarse tiranía. Unamuno la calificaría como una libertad agónica, que cae y se levanta continuamente, porque los que antes eran combatientes de la libertad, ahora la abandonan a cambio de la riqueza y el poder.

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“El hombre occidental no se ha identificado con entera claridad, no se ha reconocido en ese personaje de su sueño voluntarista. Y así el absolutismo reaparece bajo otras formas, con otras apariencias, prueba de que no son las doctrinas ni la religión quienes lo suscitan. Últimamente hemos padecido en el absolutismo degradado, invertido, en el absolutismo del Estado Dios, que por su misma falta de sustancia reclama sacrificio…” [6]

OBRAS CONSULTADAS:

1. Arendt, Hanna: Los orígenes del Totalitarismo. Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara SA. Bogotá, Colombia. Marzo de 2001.

2. Bracher, Karl Dietrich. Controversias de historia contemporánea sobre fascismo, totalitarismo, democracia. Barcelona, España: Laia, 1983.

3. Duroselle, J.-B. Histoire Diplomatique, de 1919 á nous jours: Dalloz, 1971. France.

4. Eco, Umberto: El Fascismo eterno, en “Cinco escritos morales”. Editorial Lumen. España. 1999.

5. García Bacca, Juan David: Antropología filosófica contemporánea (Diez conferencias) 1955. Universidad Central de Venezuela, Instituto de Filosofía. Facultad de Humanidades y Educación. UCV. Caracas, 1957.

6. HISTOIRE GENERALE DES CIVILISATIONS: S. XIX y XX: Volúmenes VI y VII. Presses Universitaires de France. París, 1967.

7. Paz, Octavio: Tiempo Nublado. Seix Barral. Biblioteca Breve. Barcelona, España. 1983.

8. Savater, Fernando: Contra las Patrias. Tusquets Editores. Barcelona, España. 1996.

9. Zambrano, María: Persona y Democracia. Biblioteca de Ensayo Siruela. Ediciones Siruela. Madrid, 2004.

10. Zambrano, María: El hombre y lo divino. Fondo de Cultura Económica (Breviarios, Nº 103). Madrid, 1993.


[1] Zambrano, María: Persona y Democracia, pag. 105. Ediciones Siruela. Madrid, 2004.

[2] HISTORIA GENERAL DE LAS CIVILIZACIONES: EL SIGLO XIX: El desarrollo del mercado de capitales y del aparato bancario. Vol. VI. Presses Universitaires de France. París, 1967.

[3] Paz, Octavio: Tiempo Nublado. Seix Barral. Biblioteca Breve. Barcelona, España. 1983. Pp. 29 y ss.

[4] Arendt, Hanna: Los orígenes del Totalitarismo. Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara SA. Bogotá, Colombia. Marzo de 2001. P. 25.

[5] Arendt, H. Obra citada, P 389.

[6] Zambrano, María. Ob citada. P. 117.

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