Democracia del siglo XXI

  • Teódulo López Meléndez

    Abogado, diplomático, novelista, ensayista, poeta, editor, columnista de opinión.

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Globalización: el planeta redondo

Posted by Teódulo López Meléndez en julio 1, 2008

por Teódulo López Meléndez

La globalización significa la

particularización de lo universal

y la universalización de lo particular.

Roland Robertson

Allí, en la Academia, fuera de los límites de Atenas, comenzó un proceso matemático llamado globalización. La advertencia sobre la necesaria condición de geómetra para entrar implicaba una conexión con la ontología que hacía de filósofos y cosmólogos hacedores de un globo, el del cielo. Cuando los marineros europeos, alrededor de 1500, abandonaron la tierra para hacer del mar la nueva vía y junto a ellos los geógrafos comenzaron a trazar los mapas de los descubrimientos se inició la globalización terrestre. Había un interés económico, se usufructuaban las riquezas del nuevo mundo en beneficio de los monarcas europeos que habían hecho una inversión en procura de un retorno a sus inversiones. Desde entonces dinero y globo terráqueo van juntos. Hoy asistimos a un factum político-económico-cultural iniciado con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Tenemos, así, un tránsito que va desde la mera especulación meditativa hasta la praxis de registro de un globo. Así, el mundo se des-aleja, se eliminan las distancias ocultantes, se convierte en una red de circulación y de rutinas telecomunicativas. La técnica ha implantado en los grandes centros de poder y consumo la eliminación de la lejanía. Quienes se oponen genéricamente a la “globalización” son unos extravagantes. Está aquí de hecho, tiene un ritmo indetenible, la preside el dinero porque este es la nueva barca capaz de girar el planeta y regresar. No es, por supuesto, un mero proceso económico, pero sí un hecho consumado, uno donde consumación sustituye a legitimación, uno que se hace insustituible a la hora de analizar la era presente de la humanidad. Como bien lo dice Peter Sloterdijk “ahora somos una comunidad de problemas”. Ya hemos apuntado que con el acontecimiento globalizador se deshacen las concepciones políticas, se afectan las autounidades nacionales, cambian los actores tradicionales que pierden competencias, el multiculturalismo irrumpe, sobre Europa se produce el “regreso” por la entrada de grandes masas de población a un estado de movilidad, lo que a su vez afecta el concepto de sociedad de masas y, claro está, viene la protesta de los antiglobalizadores que lleva a Roland Robertson (Globalization. Social Theory and Global Cultura) a definir el acontecimiento de la globalización como “un proceso acompañado de protesta” (a basically contested process), lo que hace que Sloterdijk señale que la protesta contra la globalización es también la globalización misma, pues no es otra cosa que la reacción de los organismos localizados frente a las infecciones del formato superior del mundo.

Algunos hablamos de posmodernidad, otros de una nueva modernidad, aunque si aceptásemos por un momento esta respuesta cabría preguntar como puede llamarse así sin utopía. Las contrarespuestas abundan, desde llamarla “sociedad de riesgo” hasta “incertidumbre fabricada”. Pero los fabricantes de definiciones deben aceptar las características de lo que acontece, como la formación de un habitus globalizado, desterritorialización de los procesos socio-económicos, cambios en las formas de producción y el interesante multiculturalismo. Como respuesta a los viajes de los marineros de 1500 ahora se está produciendo un viaje de regreso con la consecuente presencia de grandes masas desprovistas en el Occidente descubridor. Desde este punto de vista no se puede acusar a la globalización de homogeneizadora puesto que produce heterogeneización. Esto conlleva a la ruptura de viejos afianzamientos “tribales” y a la convivencia de formas culturales distintas. Como vemos, la globalización abarca mucho más que el simple proceso económico y, en ningún caso, puede reducirse a la acusación de un avance demoledor de un neo-liberalismo salvaje. Claro que se produce una consecuencia económica inmediata. Las estadísticas reflejan un avance de la pobreza y un aumento de la diferencia entre países ricos y pobres. Por ello, se han empleado otros términos como globalismo, para hablar del mercado como sustituto del quehacer político, o globalidad para insistir en la inexistencia de lo cerrado y en la consecuencia lógica de que nadie puede ya vivir sin los demás, dejando globalización para el juego de los Estados. Son juegos de sociólogos. Quedémonos con globalización y entendámosla, eso sí, como un acontecimiento pluridimensional, no como dicen los trasnochados “anti”, un proceso de resistencia contra el avance del neoliberalismo. Ciertamente es irreversible y con ella deberemos vernos las caras. Para enfrentarla lo primero que debemos hacer es dejar de considerarla sólo desde el punto de vista económico, puesto que si produce efectos en el Tercer Mundo también los tiene sobre el primero, puesto que la competencia obliga a reajustes, pero también a la búsqueda de centros de negociación sobre el comercio. He aquí una de las características que hay que comprender de esta era: hay que aprender a negociar. Si el neoliberalismo avanza lo hace porque es evidente que uno de los efectos de la globalización es el de la reducción de los Estados. Por otra parte, enfrentar lo local a lo globalizado como fenómenos contrarios es un absurdo, puesto que son caras de la misma moneda. Los filósofos procuran explicarlo como una reacción de protección local frente al abordaje del exterior. Los sociólogos se plantean el asunto de la uniformización cultural partiendo de los MacDonalds o del incompatible asunto de si es la identidad la que se enfrenta a la globalización, mientras otros preferimos hablar de la entrada en la nueva identidad, que no es otra que el acrecentamiento del individualismo frente a los temores de una capa de protección tan grande.

Sin duda, Roland Robertson, a quien he nombrado más arriba, es uno de los mayores estudiosos del acontecimiento globalización. Él resolvió ese supuesto problema de enfrentamiento entre globalización y localización inventando una palabra, glocalization. Hay que recordar que estamos asistiendo a una interpenetración de civilizaciones, lo que hace también superfluo otro debate que mencionamos arriba: el supuesto enfrentamiento entre homogenización y heterogeneización, para entrar a analizar como estas dos tendencias se implican mutuamente. Robertson recuerda como hay una discusión global sobre lo local, la comunidad y el hogar lo que le lleva a pensar en la cultura global como una interconexión de culturas locales. En otras palabras, la acusación gira sobre una imposición cultural norteamericana (Hollywood, CNN, por ejemplo) que no es otra cosa que el ejercicio del poder tecnológico, tal como otro tipo de poder fue impuesto a los pueblos “descubiertos” por los navegantes europeos que consideraban tomar posesión de las nuevas tierras como legal y legítimo. Quizás deberíamos recordar que, como consecuencia, Europa cambió para siempre y se dio origen a lo que llamamos Modernidad. Aún no sabemos con precisión cuales serán las consecuencias culturales de este acontecimiento llamado globalización, pero podría asomarse que encontraremos una hibridación. Si lo vemos desde este ángulo, podríamos decir que estamos ante muy llamativo proceso de mestizaje. Llamémoslo, de una vez por todas, multiculturalismo, lo que implica respeto hacia una “fertilización cruzada”. Si se plantea un desarrollo incontaminado de las culturas estaríamos cayendo en formas de racismo o de nacionalismo excluyente.

Ahora bien, debemos abordar el problema desde un ángulo estrictamente económico que, repetimos, es apenas uno entre los varios aspectos del acontecimiento globalización. Aquí entran al juego privatización, anulación de controles, eliminación del déficit, inflación, etc. Políticas económicas, en suma, marcadas efectivamente por una concepción neoliberal. Ello, por la presión de las poderosas transnacionales y por la conformación misma de instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, pero, también, es necesario decirlo, por la permeabilidad de gobernantes ahogados incapaces o impotentes para resistir. Identificar este proceso de manera excluyente con globalización es lo que ha hecho daño a la palabra que describe el proceso en que estamos inmersos. Se suma el elemento político: la acusación de ineficacia contra la democracia, lo que conlleva a peligros que ya hemos analizado prolijamente en otra parte. Para mí el problema es el renacimiento de una vieja enfermedad llamada economicismo, renacida con tal potencia que ha doblegado la política a su servicio. En primer lugar, el Estado jamás debe renunciar a su función reguladora confiando en las llamadas fuerzas del mercado, las que, en sociedades empobrecidas, son fuente de desigualdades e injusticias. El Estado está obligado a cumplir un rol de reductor de desigualdades. En segundo lugar, la política debe renacer de sus cenizas e imponerse sobre la economía. Creo que la gran enfermedad de nuestro tiempo es la reducción de la política a categoría de mal.

El asunto cultural se manifiesta de muchas formas, como la mercantilización del arte, la putrefacción del mundo editorial, la imposición de modos de conducta. Sobre esto último creo que el ejemplo más vivo sigue siendo el caso de Irán bajo el Sha. Bajo una supuesta modernización se llegó a producir una catástrofe que podríamos designar como materialización del fundamentalismo. Ahora bien, el planteamiento radical nos asegura que todos usaremos jeans y comeremos hamburguesas, es decir, se nos impondrá una cultura americanizada que borrará nuestras particularidades culturales. A menos que la imposición cultural se produzca por el uso de las armas (y aún así), cabe decir que las culturas del sur, por llamarlas con términos geográficos, no van a reaccionar con una adaptación automática. La asunción técnica de los llamados Tigres Asiáticos significa simplemente que esa tecnología ya no es propiedad exclusiva de Occidente. Acertadamente se ha dicho que el programa de liberalización de los mercados y el libre intercambio de bienes y servicios no es un programa cultural. El capital que vuela de un sitio a otro no es una expresión de cultura. Ahora bien, claro que tiene incidencia, por lo que anotábamos del poder del dinero sobre los mercados culturales, como por ejemplo la adquisición de editoriales por parte de los holdings y la imposición de una ganancia de 15 por ciento lograda a costo de la reducción de la calidad de lo que se imprime. Todo eso es verdad, tendrá efectos perniciosos, pero la posibilidad de defensa sobrevive y hay que ejercerla. La cultura no es la Coca Cola en todas partes ni la presencia de teléfonos celulares en todas partes. Las sociedades emergentes adaptarán lo que haya que adaptar y si se considerara la globalización cultural como una acción imperialista hay que recordar que el capital no tiene corazón, lo que se dice como expresión despectiva, pero que podríamos transformar en positiva, pues si no tiene corazón es incapaz de crear lazos afectivos en los lugares donde llega. El capital no es la cultura, es un distorsionador de procesos y efectos culturales.

Si uno lee a los pensadores actuales encuentra cada vez más la palabra ecumenismo, antiguamente usada para indicar la restauración de la unidad entre todas las iglesias cristianas, pero si vamos a su origen griego podemos detectar que más bien se refiere al espacio apto para la vida humana. Ecúmeno, con todas las implicaciones de respeto, amplitud y garantías que implica, debe ser el nuevo espacio humano. Ya no podemos hablar de culturas como segmentos colocados unos al lado de los otros. Ahora constituyen un tejido, como una red de Internet. Debemos enfocarnos en el nacimiento de un nuevo pluralismo: variedad y experimentación cultural, tolerancia y desarrollo, la consideración de la heterogeneidad cultural como recurso para el futuro social, fomento del dinamismo transformador de la cultura. El aislamiento en “enclaves del olvido” no conduce a ninguna parte. Si a ver bien vamos el objetivo del desarrollo es la cultura, como condición indispensable al desarrollo es la cultura, culebra que se muerde la cola. Sabemos perfectamente que de la pobreza podemos salir. Por lo demás, veamos esta aparente paradoja: sin multiplicidad el capitalismo no puede sobrevivir, pues perdería la capacidad de innovar y, con ella, la de competir.

Los que se desgañitan clamando por un mundo multipolar en contra del imperio desconocen que ya estamos en un mundo policéntrico, sólo que el poder no pertenece exclusivamente a los Estados sino que está repartido entre una pluralidad de actores transnacionales. Es lo que se ha denominado el mundo de la subpolítica transnacional. Es falso que el capital tenga todo el poder, como es obvio que los Estados nacionales perdieron tal control. Así, otro concepto en desuso es el de soberanía, puesto que los Estados están limitados hasta en su quehacer interno. No puede haber soberanía en una pluralidad inmanente. Las culturas globales, porque varias son, no están en ningún lugar ni en ningún tiempo. Las culturas globales están en el espacio, mientras las sociedades pobres siguen en el tiempo, lo que conlleva a una pérdida de la solidaridad. Es obvio que este desajuste conlleva a la pérdida de fe en la democracia y a la reaparición de viejas tendencias totalitarias, viejas, aunque traten de disfrazarse como nuevas versiones del siglo XXI.

Algunos recurren a las cifras para demostrar como la globalización es, en grado menor, y proporcionalmente hablando, no tanto un asunto económico. Se menciona que lo que ha sucedido es simplemente que las tecnologías de la comunicación han aumentado la velocidad en la circulación y, consecuentemente, aumentos en las ganancias debido a la mayor rotación del capital.

Está claro que hay una relación entre economía y cultura más allá de las operaciones de los holdings imponiendo la mediocridad para generar ganancias. Una de las consecuencias es convertir cultura en objetos, considerando al pensamiento como desechable. He obviado el asunto tecno-mediático puesto que ya lo he tratado en otras partes. No obstante, cabe decir que aquí se encuentra uno de los elementos más peligrosos de un eventual monoculturalismo puesto que impulsa el consumo de objetos estandarizados. No obstante, originado en la tecnología militar, ha producido Internet que, bien utilizado, como sucede ya en numerosas partes y por infinidad de escritores, fotógrafos y artistas en general, permite lo que Paul Virilio llamó en su momento “la deslocalización del arte” y también “el fin de la geografía”, permitiendo, al fin y al cabo, un escape a la censura o a las exclusiones de los grandes medios de comunicación. Es complejo estudiar la cultura en el nuevo contexto. Ciertamente nacionalismos y fundamentalismos son un regreso. Estudiar, en general, el acontecimiento globalización requiere de un pensamiento complejo, por encima de los berrinches histéricos de los manifestantes. Especialmente en sus implicaciones políticas. La apertura china demuestra como el capitalismo parece compatible con viejas tradiciones religiosas de todo signo. El problema es que el dinero se ha impuesto a la política, porque opera más rápidamente, es un medio abstracto homogeneizante que atraviesa espacio y culturas a gran velocidad. Hay maneras de defenderse: hay que recurrir al pensamiento complejo para construir un modelo humano de configuración del nuevo orden mundial. La política debe servir para esto, para buscar nuevas redes de sentido, para diseñar un proyecto civilizatorio democrático. Como vemos, alzarse cual Júpiter tronante frente a la globalización es una estupidez. Empeñémonos en darle la orientación correcta y no nos dejemos confundir por la orientación económica que ahora tiene.

Ciertamente ya nos estamos des-cobijando de la vieja “patria”. Es lo que Sloterdjik (Esferas) llama el tambaleo de “la construcción inmunológica de la identidad político-étnica” y el juego de las dos posiciones, la de un sí-mismo sin espacio y la de un espacio sin sí-mismo y la búsqueda de un modus vivendi entre los dos polos que implicará, seguramente, la creación de “comunidades imaginarias” sin lo nacional y la participación, también imaginaria, en otras culturas. El hombre puede tornar a “envolverse” en protección en la era globalizada, lejos del feroz individualismo que en el tiempo presente parece ser la única caparazón que le resulta reconfortante. Especial cuidado hay que poner en los efectos políticos, puesto que ya el colectivo no representa nada para el individualista. Hay que crear nuevas formas de tejido social-político que impidan a un hombre que ha hecho de su piel el nuevo resguardo un agente potencial del totalitarismo o un desconcertado frente al planeta redondo.

tlopezmelendez@cantv.net

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